martes, 3 de marzo de 2015

Juana Azurduy, Flor del Alto Perú

En las cercanías de Chuquisaca nació Juana Azurduy, y tal destino geográfico influyó decisivamente en su vida. Fue hija de don Matías Azurduy y doña Eula­lia Bermudes.

Era niña agraciada que prenunciaba la mujer de la qué mentaríase su belleza. Una contemporánea, doña Lindaura Anzuátegui de Campero la describía así: "De aventajada estatura, las perfectas y acentuadas líneas de su rostro recordaban el hermoso tipo de las transtiberianas romanas".

Valentías Abecia historiador boliviano, señala que "tenía la hermosura amazónica, de un simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mira­da dulce y dominadora". Esa indiscutible belleza será en parte responsable del carismático atractivo que doña Juana ejerció sobre sus contemporáneos.

Su madre, de allí su sangre mestiza, era una chola de Chuquisaca que quizás por algún desliz amoroso de don Matías Azurduy, se elevó socialmente gozando de una desahogada situación económica, ya que el padre de doña Juana era hombre de bienes y propie­dades.

Juana heredaría de su madre las cualidades de la mujer chuquisaqueña: el hondo cariño a la tierra, la apasionada defensa de su casa y de los suyos, la viva imaginación rayana en lo artístico, la honradez y el espíritu de sacrificio. La conjunción de sangres en ella fue enriquecedora, pues llevaba la sabiduría de los incas y la pasión dé los aventureros españoles. Pues también mucho tuvo de la España gloriosa y esforzada por línea paterna, porque fue mujer de ambición y de sentido de grandeza, capaz de casi todo en la persecución de sus ideales.

Nació el 12 de julio de 1780, dos años después de un hermano muerto prematuramente, Blas. Quizás algo de los varoniles atributos que sin duda caracterizaron a doña Juana se debiera al duelo imposible por una pérdida irreparable que hizo que los padres le transfiriesen las características reales o idealizadas de quien ya no estaba. También es de imaginar que en una sociedad conservadora como la chuquisaqueña, don Matías y doña Eulalia hubiesen anhelado la llega­da de otro varón para que perpetuase un apellido considerablemente noble y también para que en su adultez pudiese sustituir al padre en la administración de las propiedades familiares.

En aquella época, lo que resalta aún más la extraordinaria trayectoria de doña Juana, las mujeres esta­ban irremisiblemente condenadas al claustro monacal o al yugo hogareño.

De niña, Juana gozó en la vida de campo de libertades inusitadas para la época. Se crió con la robustez y la sabiduría de quien compartía las tareas rurales con los indios al servicio de su padre, a quienes observaba y escuchaba con curiosidad y respeto, hablándoles en el quechua aprendido de su madre y participando con unción de sus ceremonias religiosas.

En su vejez contaba que fue su padre quien le enseñó a cabalgar, incentivándola a hacerlo a galope lanzado, sin temor, y enseñándole a montar y a desmontar con la mayor agilidad. La llevaba además consigo en sus muchos viajes, aun en los más arduos y peligrosos, haciendo orgulloso alarde ante los demás de la fortaleza y de las capacidades de su hija. Sin duda se consolaba por el varón que el destino y el útero de su mujer le negaran. Así iba cimentándose el cuerpo y el carácter de quien más tarde fuese una indómita caudilla.

A los 7 años quedó huérfana y a cargo de una tía quien intentó educarla para las labores femeninas como "bordados y costuras". Juana no congeniaba con esa cultura y la mala relación con su tía hizo que la internaran en el famoso convento de Santa Teresa de Chuquisaca para "calmar" su sangre rebelde. La experiencia duró sólo un año y volvió a casa más alborotada que antes y en el cantón de Toroca, tomó contacto con los indios de quienes aprendió quechua y aymara. En 1805 se casó con Manuel Padilla, hijo de un hacendado local y con ese entrañable amor tuvo cuatro frutos benditos de su vientre. Un primer grito de libertad dado en América el 25 de Mayo de 1809 llegó para iluminar su mente, y sus ansias de emancipación y justicia brotaron por sus poros, y entonces comprendió que ella también podía empuñar su espada por sus creencias.

En 1809 se unieron a la Revolución de Chuquisaca, pero tras la derrota huyeron a ocultarse en las sierras entre las aldeas de los indios.

Padilla fue nombrado comandante civil y militar de una extensa zona que mediaba hacia Santa Cruz de la Sierra. Fusionado a las expediciones enviadas desde Buenos Aires al mando de Manuel Belgrano y Antonio González, apuntaló a Juana y 2000 guerrilleros indios en lucha contra los realistas.

Los hijos de los Padilla enfermaron en el monte y murieron. Juana combatió embarazada del quinto y la niña, Luisa, nació junto al río. Fue criada por una india durante todo el tiempo que su madre se dedicó a la guerrilla libertadora.

Tras derrotarlos en la batalla de Huaqui en 1811, los realistas recuperaron el Alto Perú y confiscaron propiedades, cosechas y ganado de los Padilla. Juana fue apresada pero su marido la rescató y se refugiaron en los altos de Tarabuco.

En 1813, Belgrano fue nombrado jefe del Ejército Auxiliar Argentino. Los Padilla se opusieron a él. Juana organizó el "Batallón de Leales" participando en la batalla de Ayohuma y los ejércitos argentinos debieron irse al Alto Perú.

Solo un momento pensó en la desolación, y otra vez su espíritu incansable arremetió feroz al recordar que su lucha era la lucha que le enseñó su amado Manuel, para la preservación de su ascendencia americana.
Se unió a Martín de Güemes. De las batallas que se libraron en el norte argentino participaba todo el pueblo. Como guerreros, espías o mensajeros, hombres, mujeres, niños y ancianos se unieron para expulsar a los realistas. Juana combatió junto a todos hasta la muerte de Güemes en 1821.

El 3 de marzo de 1816 Padilla y Juana atacaron al general español La Hera cerca de Villar; allí Juana al frente de treinta jinetes, entre ellos varias amazonas, logró detener a los realistas, quitarles el estandarte, recuperar fusiles y cubrir la retirada de su  compañero.

Juana fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada “Decididos del Perú”, con derecho al uso de uniforme, según un decreto firmado por el director supremo Pueyrredón el 13 de agosto de 1816 y que hizo efectivo el general Belgrano, quien debía entregarle el sable correspondiente, pero prefirió brindarle el suyo, el que lo había acompañado en Salta y Tucumán y durante el heroico éxodo jujeño.

En noviembre del mismo año, en la batalla de Laguna, fue herida y Padilla acudió a socorrerla. Allí lo hirieron a él y murió. Con un valor incomparable para una mujer de su época y pocos recursos, al morir su esposo, Juana Azurduy se colocó al frente de las guerrillas.

Juana escribió una carta conmovedora a las juntas provinciales solicitando medios para volver a su país mientras reclamaba a Bolivia sus bienes confiscados. El gobierno salteño decidió entregarle cincuenta pesos o cuatro mulas.

Juana ayudó a crear una milicia de más de 10.000 aborígenes  y comandó varios de sus escuadrones. Libró más de treinta combates, siempre a la vanguardia, haciendo uso de un coraje desmedido que se fue haciendo famoso entre las filas enemigas a las que les había arrebatado personalmente más de una bandera y cientos de armas. Su accionar imparable permitió recobrar del dominio español las ciudades de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz.

Ella solo participó en la guerra contra los Tabla-casacas, jamás empuñó su espada contra sus propios hermanos y no entendía cómo contra Güemes se habían revolucionado sus mismos compatriotas. El general Güemes murió en 1821, pero ella siguió combatiendo en Salta hasta 1825, en que murió en las márgenes del río Tumusla el último realista que había puesto precio a su cabeza. Desesperada regresó a la tierra que la vio nacer, abrazó a su adorada hija que tras largos y dolorosos años solo la mimaba en su mente. Juana caminaba por las calles de su blanca ciudad, era desconocida para algunos, respetada por otros e indiferente para la mayoría.

Ignorada o no, en esa época no le importó, siempre caminó con la frente en alto pues veía alegría en el rostro de sus conciudadanos que gozaban de la Independencia que ella, en su fuero interior sabía que había ayudado a conseguirla, abrazó la Bandera Boliviana, pero vivió con el dulce recuerdo de que una vez en combate, muy en lo alto y orgullosa de ello, hacía flamear la primera bandera patriota, la bandera blanca y celeste que tanto respetó y amó, por la que perdieron la vida sus seres queridos. Hoy el territorio está dividido, allá Bolivia, aquí Argentina, pero ella está feliz, cumplió su misión, luchó por ambas que hoy son libres.

Cuando al fin regresó a Bolivia, sintiéndose satisfecha por haber colaborado con la independencia de Argentina y Bolivia, vivió algunos años con su hija Luisa. Vivió sus últimos tiempos en una pieza de conventillo, cuidada por su sobrino Indalesio.

Bolívar le concedió a la heroica luchadora una pensión vitalicia de 60 pesos, que fue aumentada por el presidente de Bolivia, Mariscal Sucre, pero que Juana cobraba cada tanto hasta que dejó de cobrarla cuando la burocracia le ganó una de las pocas batallas que perdió en su vida. Juana murió  a los 82 años  el  25 de mayo de 1862 en la soledad, el olvido y la pobreza, paradójicamente en una casa en la calle “España” en un humilde barrio de Chuquisaca, el 25 de mayo de 1862.

Su sobrino solicitó un sepelio con honores. Irónicamente después de haber ganado 33 batallas, de ver morir hijos y marido para liberar dos naciones fue sepultada en un fosa común, acompañada sólo por Indalesio.

Cien años después, sus restos fueron exhumados y guardados en un mausoleo construido especialmente en Sucre.

La heroína de la emancipación sudamericana el siglo XIX, la boliviana Juana Azurduy de Padilla (1780-1867) fue restaurada el viernes en el sitial de privilegio que la historia, justa, finalmente, le reservó, al conjuro de la cantautora argentina Mercedes Sosa que volvió de la tumba para recordarla como "amazona de la libertad" y de la mano de la presidenta Cristina Fernández, que llegó a Sucre, cuna de esa bizarra mujer muerta en la indigencia pese liberar Bolivia, cuya historia la mandó al ostracismo, para hacerle justicia.La presidenta de Argentina elevó a "Doña Juana" al grado de generala del Ejército de su país, durante un emotivo acto en la histórica Casa de la Libertad, en la ciudad de Sucre (sudeste), capital de Bolivia. Ante los despojos mortales de la heroína boliviana y en medio de una atmósfera cargada de misticismo, Fernández entregó un sable, símbolo de empoderamiento de las armas argentinas, a su colega boliviano 

Juana Azurduy"  - YouTube

Música Ariel Ramírez 
Letra: Félix Luna
Intérprete: Mercedes Sosa
Álbum "Mujeres Argentinas": 1969

Juana Azurduy, flor del alto Peru 
No hay otro capitán mas valiente que tú 

Oigo tu voz más allá de Jujuy 
Y tu galope audaz Doña Juana Azurduy 

Me enamora la patria en agaz 
Desvelada recorro su faz 
El español, no pasara 
Con mujeres tendra que pelear 

Juana Azurduy, flor del alto Perú 
No hay otro capitán más valiente que tú 

  -  - Segunda parte -  -

Truena el cañón, préstame tu fusil 
Que la revolución viene oliendo a jazmin 

Tierra del sol en el Alto Perú 
El eco nombra aun a Tupac Amaru 

Tierra en armas que se hace mujer 
Amazona de la libertad 
Quiero formar en tu escuadron 
Y al clarín de tu voz atacar 

Truena el cañón, préstame tu fusil 
Que la revolucion viene oliendo a jazmin