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lunes, 5 de septiembre de 2016

Cleopatra VII, reina de Egipto

Fue la séptima reina de Egipto de igual nombre: Antes de ella, hubo otras seis Cleopatras. Ninguna la superó en inteligencia, visión política, astucia, capacidad de mando, seducción y sentido práctico. 


Cleopatra Filopátor Nea Thea, o Cleopatra VII Fue la primera y única faraona no egipcia -había nacido en Macedonia en el 69 aC- que se molestó en aprender el idioma de sus vasallos. Era políglota y no necesitaba intérpretes ni traductores para comunicarse personalmente con etíopes, árabes, sirios, medos y partos. Hablaba fluidamente en todas esas lenguas y tenía gran facilidad de aprendizaje de varias más, en tanto sus predecesores en el trono egipcio apenas si habían sabido manejarse en el dialecto griego de Macedonia, que ni siquiera era el griego de origen, sino un fárrago de inflexiones por momentos indescifrables. En cambio, Cleopatra estudió el griego clásico con severos profesores de Atenas, y también leía, escribía y hablaba el latín con envidiable naturalidad.

Su padre, Ptolomeo XII redactó un testamento, cuya copia envió a su "padrino" romano, el poderoso Pompeyo, designando a Cleopatra VII como su legítima sucesora, para que muy pronto gobernara Egipto junto con su hermano y marido Ptolomeo XIII. Esto último, sólo aclarado a efectos de evitar nuevas "luchas del escorpión", como se le llamaba al derramamiento de sangre entre familiares de la alta realeza. Es que Berenice IV, otra hermana de Cleopatra, quedaba excluida de esta herencia, y era mejor prevenir que curar, porque entre ellas no se llevaban nada bien.

Tenía apenas 18 años cuando se ciñó la corona real, medio siglo antes del nacimiento de Jesucristo. Y nunca fue vieja: vivió sólo hasta los 39 años. De ahí que a Cleopatra VII se la recuerde tal como lo hacen las monedas acuñadas en su época, actualmente exhibidas en el Museo de Alejandría: serena y bella, de ojos enormes, con un cuello largo y delgado, y un porte pulcro y elegante, delicado y fuerte a la vez.

Así como la visualización de Cleopatra VII resulta esencial para narrar su peculiar historia, no menos importante es describir la por aquel entonces capital absoluta de Egipto, donde el cuerpo perdido de Alejandro reposa hoy sin tumba ni paradero, acaso bajo las piedras de una Alejandría tan exclusiva y tan excluyente que fue llamada "la Ciudad", a secas. Por decirlo sintéticamente: tras unos 3.000 años de faraones egipcios, unos 300 años antes de Cristo llegaron los Ptolomeos y, después de Cleopatra, Roma administró esa "colonia" por casi 400 años más. 

Una idea subyacente, y para nada disparatada, es que, de haber triunfado Cleopatra y no Roma, Alejandría habría sido la sede de un "imperio mediterráneo" con una monarquía helénica que habría expandido y sostenido mucho mejor ese ya de por sí bello, culto y rico escenario histórico. Pero, como se verá, Cleopatra perdió la batalla final. Y el mundo volvió a cambiar. 

Digamos que en el invierno del año 332 a.C., habiendo conquistado ya Siria y Palestina, las tropas de Alejandro habían entrado sin resistencias en la antigua patria de los faraones y aceptado su rendición incondicional. Por entonces, Egipto era un país autárquico y escasamente integrado a sus vecinos del Mediterráneo, y a los 24 años el emperador macedonio vislumbró la oportunidad de crear un extraordinario enclave, según un dato aparecido por primera vez en La Odisea de Homero: 
-Una isla llamada Faros en las agitadas aguas de la desembocadura del río Nilo. Hay allí un buen puerto donde los marinos pueden proveerse de agua... 
Alejandro le encargó al famoso arquitecto Dinócrates la construcción de un puerto único, con un faro que sería una de las siete maravillas del mundo en la isla del caso y un enorme espigón uniéndola a la ciudad costera, con canales para las embarcaciones pequeñas y puentes, calles, plazas, templos y edificios públicos. Y una avenida principal jamás vista: 300 metros de ancho y casi 5 kilómetros de largo, atravesando Alejandría. 


Según la tradición Alejandro Magno fue enterrado en algún lugar de Alejandría, en un cruce de caminos de las calles principales.

A mediados del siglo 1 a.C., cuando los sucesivos y nefastos Ptolomeos le cedían su postrer cetro a nuestra Cleopatra, Alejandría era la ciudad más moderna del mundo conocido. Mientras que Roma era un emplazamiento de "nuevos ricos" con abundantes bolsones de mendicidad, aguas servidas y sucios cuarteles militares, Alejandría era pulcra, ordenada y pacífica.

Alejandría era algo más que un puerto de lujo. Y no sólo por ser el mayor centro industrial de manufactura del papiro, sino también del vidrio y de las telas, de los lienzos y pigmentos, d.-las piedras preciosas y drogas medicinales, anticipándose los alejandrinos en eso que siglos más adelante Occidente llamaría "producción masiva" o "en serie", y en la importación de materias primas y la exportación de mercaderías elaboradas.

Pero, ¿por qué sufría Cleopatra, incluso mucho antes de ser reina? Porque entendía que Alejandría era Egipto, y que Egipto no era una nación libre, sino un protectorado romano a merced de impuestos, deudas y hasta tropas extranjeras. Es muy difícil desbrozar la enredada trama de intereses en pugna dentro del poder real alejandrino. En principio, uno de los máximos acreedores de Egipto era un financista enormemente rico y muy voraz, llamado Rabirio Póstumo. El Ptolomeo a cargo del trono no tuvo mejor idea que pagarle lo adeudado nombrándolo ministro de Hacienda del reino, sin importarle que fuera romano ni que su "plan de emergencia" fuese aumentar los impuestos arbitrariamente, para recuperar sus inversiones personales.

Pero, ¿de dónde le venía ese sentimiento nacionalista a Cleopatra? Tal vez de su educación republicana con sus profesores helénicos. Quizá de su desprecio por la grosería de la soldadesca romana. Acaso de su permanente contacto con la gente sencilla de su variopinto pueblo. Porque si algo hacía a escondidas, además de sufrir, era escaparse del Palacio cubierta de pies a cabeza con un rebozo árabe, y deambular por las calles bajas de Alejandría.

En la primavera del 51 a.C. Ptolomeo el Flautista se murió. La hora de Cleopatra había llegado. Acababa de cumplir sus 18 años y estaba más que lista para gobernar. Sólo tenía una contra: debía compartir el mando con su hermano Ptolomeo XIII, de 10 años, con quien estaba oficialmente casada, por pesado lastre de una tradición faraónica que no sólo admitía sino que incluso prescribía el incesto como garantía dinástica. Así las cosas, los Ptolomeos habían asumido y prolongado esa milenaria norma egipcia, pero tomando además amantes que no eran sus hermanos ni sus hermanas, engendrando más hijos ilegítimos y confundiendo la línea de sangre hasta límites improbables. De ahí que los antiguos faraones propusieran el sistema matrilineal: la línea de descendencia femenina, que podía ser comprobada por el simple embarazo y el parto observado, de manera que su hijo o hija fuese rey o reina sin duda ni disputa alguna... Claro que el problema no era él, sino ese descomunal "consejo de tutores" supuestamente designado para velar por los intereses del rey niño. Y bien sabía ella cuáles eran los "intereses" de esa burda pandilla de inútiles: la intriga, la corrupción, el juego, el ocio, los vicios

Uno de ellos era Aquilas, el comandante en jefe del ejército. Otro, el retórico griego Teodoto, que dosificaba y supervisaba la educación del pequeño monarca. Otro, el eunuco Potino, un típico obsecuente y relamido profesional del chisme que, sólo simbólicamente, desempeñaba el papel de ministro de Hacienda. Estos tres jerarcas eran los dueños de Ptolomeo XIII.

Ellos querían una soberana dócil, y de pronto descubrían a una Cleopatra que pensaba, juzgaba y obraba por cuenta propia, sin tan siquiera consultarlos. -¡Es una tirana, una ramera, una loca! -decían Potino, Teodoto y Aquilas, sin saber que sus dichos llegarían a oídos de Cleopatra -¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que hacer algo! -dijo el comandante. -Si, pero, ¿qué? -inquirió el retórico. -¡Debilitarla! ¡Aplastarla! -respondió el eunuco. -Sí, pero, ¿cómo? -profundizó el retórico. -¡Casar al pequeño con Berenice! -se iluminó el eunuco. ¡Podemos arrestarla por traición al César y anular ese matrimonio al estilo egipcio, que no es legal en Roma...!

Cleopatra no tuvo más remedio que dar un urgente paso al costado, adelantándose, como siempre, a los acontecimientos. Ya venían a buscarla los sediciosos, de noche y armados hasta los dientes, cuando ella y su cuerpo de consejeros y guardianes se iban con rumbo a Siria. Corría el 48 a .C. y Cleopatra ya tenía 21 años.

Aquilas fue ungido gobernador de Egipto y los otros dos chiflados se frotaron las manos, convencidos de que por fin se habían sacado de encima a la inmanejable Cleopatra. Pero no contaban con su astucia... En Siria, ella se encargó personalmente de convocar y de reagrupar a sus muchos partidarios, y en rearmar un ejército paralelo con todas las de la ley. Esto, mientras al otro lado del Mediterráneo se desarrollaban ciertos acontecimientos de extraordinaria importancia. Se rompía la neta coalición entre Julio César, Craso y Pompeyo, los tres romanos más poderosos de su época, debido a la desaforada rivalidad de sus ambiciones individuales. Y entonces fue Cleopatra la que se frotó las manos. Craso terminó muerto tras decidir por su cuenta y riesgo la intervención militar de Partia, para acabar con todas las rebeliones. Muy celoso de los triunfos bélicos de Pompeyo y César, Craso deseaba obtener una victoria que lo colocase a su nivel, y sobre todo llenar sus alicaídas arcas con las legendarias riquezas del Oriente. Un manotazo de ahogado que no prosperó, porque las tropas de Craso fueron aniquiladas en la cruenta batalla de Carrhae: una de las más desastrosas derrotas de Roma que no sólo jamás sería olvidada, sino que dejaría a Pompeyo y a César frente a frente, solos en la disputa final por el poder real

Recordemos, de paso, que a la sazón Pompeyo era el "padrino" de Alejandría, es decir, del Egipto de los Ptolomeos. Las heroicas andanzas de Julio César por las Galias y el rudo noroeste del Imperio, poco y nada les interesaban a los refinados alejandrinos. En cambio, Pompeyo el Grande era su protector, su representante y su defensor en las mafiosas cortes romanas. Un amigo de Egipto que siempre estaba ahí cuando se lo necesitaba, y viceversa. Un ejemplo. Un año antes de su fuga a Siria, Cleopatra recibió la visita de un hijo de Pompeyo, solicitándole el envío de numerosos barcos mercantes cargados de cereales destinados a alimentar a sus tropas, enzarzadas ya en una guerra civil sin tregua ni cuartel contra las legiones imperiales de César. Y Cleopatra lo hizo. Un año después, Pompeyo caía definitivamente derrotado por César en la luctuosa batalla fratricida de Farsalia, ocurrida en Tesalia, y Cleopatra se agarraba la cabeza. ¿Se había equivocado de bando? ¿Cuál sería ahora la actitud de Julio César, todopoderoso amo y señor del mundo entero, y por ende de Alejandría y de Egipto? 

De Pompeyo a Julio César 

La guerra civil era inevitable, y encima caía "de visita" Pompeyo. Las tropas egipcias estaban acampadas en Pelusium, listas para enfrentarse con el ejército paralelo de Cleopatra, y Pompeyo el Grande le avisaba a Aquilas que quería verlo cuanto antes en un pequeño puerto cercano, donde había anclado con su esposa. Y entre el comandante Aquilas y los otros dos tutores de Ptolomeo XIII se armó una agobiante discusión. ¿Debían ir a recibir gran jerarca romano derrotado? ¿O tenían que ignorarlo? Sí, se trataba del mismísimo Pompeyo, pero ¿qué haría luego el omnipotente Julio César al enterarse de que ellos quizás lo habían auxiliado?

En líneas generales, el dilema era el siguiente. Por un lado, Pompeyo le correspondía el derecho de asilo: era el "padrino" Protector de Egipto. Por otro, cabía la remota posibilidad de que Pompeyo, uno de los dos hombres más poderosos del mundo, resolviese enfrentar otra vez a César y, a la postre, resultara ganador. Era una hipótesis improbable, pero no imposible. Sin embargo todo indicaba que Pompeyo estaba acabado. Una opción era dejarlo solo: Después de todo, estaban en guerra... pero existía la posibilidad de que fuera a Siria y ayudara a Cleopatra contra ellos? Finalmente se impuso una idea perversa: Engañar a Pompeyo. Ofrecerle amistad y asistencia... y tomarlo de rehén. Así matarían tres pájaros con una sola flecha: ni se aliaría con Cleopatra y quedamos como los héroes que han sabido ponerle el punto final al desangre entre romanos. Además, César quedaría en deuda con ellos.

Aquilas llevó consigo a Septimio, un oficial romano que alguna vez había desempeñado tareas de mando bajo las órdenes del gran general y almirante Pompeyo, y también a un centurión de su entera confianza. Apenas Pompeyo puso pie en tierra, el nervioso oficial romano desenvainó su espada y lo tajeó a traición. -¡No! ¡Lo queremos vivo! -alcanzó a gritar Aquilas, pero ya el centurión "de confianza" lo imitaba a Septimio, y Pompeyo caía entre las piedras.

Así acabó la existencia del Grande que había limpiado el Mediterráneo de piratas y rebeldes. Todo el Mare Nostrum sería al fin indisputable propiedad de Julio César. Incluidas la nación de los faraones y Alejhandría.

En ese momento clave, mientras las huestes de Cleopatra y Aquilas se vigilaban en Pelusium, César y más de 4.000 de sus mejores guerreros, embarcados en 35 galeras, surcaban el Mediterráneo en busca de su rival en fuga, sin saber que ya había muerto, César intuía que Pompeyo se dirigiría a Egipto, y deseaba consolidar su victoria de Farsalia aplastándolo antes de que llegara a Alejandría, es decir, antes de que lograra reunir nuevas fuerzas. Y al llegar, desembarcó a sus legionarios de a pie y sus lanceros a caballo, y los dispersó por la ciudad con la orden de localizar y darle caza a Pompeyo y a todos sus seguidores. Por otro lado, al tanto de la guerra civil entre Cleopatra y el triunvirato dueño de Ptolomeo XIII, quería hacer algo para pacificar a ambos bandos o restablecer el orden a la romana: ultimando a uno de ellos, si fuese necesario. Y entonces se enteró del fin de Pompeyo: su problema principal había terminado, y bien podía descansar unos días. Muy pocos días más tarde llegó desde Pelusium el cínico Teodoto, llevando en alto la cabeza de Pompeyo y exhibiéndola con orgullo ante los ojos de César, —Pero, ¿qué es esto, maldito necio? —dijo César. Una cosa hubiera sido haberle dado muerte en pleno campo de batalla, o bien hacerle quitarse la vida por mano propia al mejor estilo romano, y otra cosa era comprender que al gran Pompeyo lo habían asesinado a sangre fría un griego oportunista y un par de egipcios degenerados por la pura ambición. 

Pintura que representa el ofrecimiento de la cabeza de Pompeyo como ofrenda a César al llegar a Egipto.
En el acto mandó liberar de prisión a todos los seguidores de Pompeyo, muchos de ellos detenidos por los hombres de Aquilas antes que por los recién llegados de Roma. César era un sujeto ambicioso e implacable, pero no se le escapaba que la mejor política hacia los vencidos era la magnanimidad. Sobre todo si ésta no se le aplicaba a los jefes, sino a los subalternos de menor importancia, proponiéndose ganarlos para su causa a cambio de un juramento de lealtad ante quien hasta ese piadoso momento había sido su mortal enemigo.

César le ordenó a Ptolomeo que retirara su ejército de la frontera egipcia con Siria. Y viendo una oportunidad única, Potino le mandó un mensaje a Aquilas, sugiriéndole enviar oficiales de élite para asesinar al César, y luego sí, aplastar de una buena vez las tropas de Cleopatra. Y aquí vuelve a entrar ella en escena. Convocada por César, Cleopatra sabía que para viajar hasta Egipto debía sortear el vasto cerco tendido por los vigías de Aquilas. Pero, ¿cómo atravesar las líneas enemigas sin ser detectada, capturada y ejecutada? Y si tenía éxito en esa fase inicial, ¿cómo entrar en Alejandría sin mayor riesgo? El problema era difícil por partida doble, pero Cleopatra usó la cabeza y, como siempre, superó toda previsión adversa con esa capacidad de ingenio y coraje que la caracterizarían hasta el fin de su existencia. Disfrazada de andrajoso paria del desierto, llegó de noche a Pelusium y zarpó mar adentro en una pequeña embarcación siria que la esperaba a escondidas. Y al atardecer del día siguiente, ya frente a "la Ciudad", le pidió a su leal remero, un sirviente siciliano de nombre Apolodoro, que esperara la caída del sol y luego atracara en el puerto alejandrino y le entregara al César en persona esa gran alfombra persa, de la que tanto le había hablado ella durante la navegación. Y Apolodoro lo hizo. Ató la alfombra enrollada, se la echó sobre los hombros y caminó hasta las murallas palaciegas, donde conversó animadamente y sin apuro con los guardias, explicándoles al fin que llevaba un modesto obsequio del gobernador romano de Siria para el genial César. Obviamente precedido por un par de custodios armados, César recibió a Apolodoro en sus aposentos, observó la gran alfombra que éste depositaba delicadamente en el piso de mármol y le ordenó que la desatara y la desenrollara. El remero siciliano obedeció y, como por arte de magia, ante el atónito César apareció Cleopatra.

De Alejandría a Roma 

Era Cleopatra, y los historiadores aseguran que Julio César la amó desde esa mismísima noche. -Aquella increíble argucia -escribiría Plutarco- ganó el corazón y la mente del gran César.

Al amanecer César mandó traer a sus aposentos al joven Ptolomeo y a su tutor Potino, y éstos empalidecieron al ver en la cama del conquistador a una aparentemente dócil Cleopatra, completamente desnuda y limándose las uñas con indolente aire.

Ptolomeo se arrancó la corona, que nunca había dejado de usar, y la estrelló contra el piso, mientras el eunuco Potino prorrumpía en impotente llanto. Por otro lado, el inquieto pueblo alejandrino supo que Cleopatra estaba en el Palacio e invadió los jardines y fuentes, reclamando explicaciones o un mínimo de transparencia. Estaban hartos de tanta confusión política, y querían saber de qué se trataba ahora. César aplacó a las masas prometiéndoles la reconciliación de los hermanos en pugna a muy corto plazo, la inmediata entrega de Chipre a Berenice y Ptolomeo como sendos gobernadores de esa isla, y el trono de Egipto delegado por Roma a su legítima ama y señora, Cleopatra VII.

En el regio banquete de esa precisa noche, programado para formalizar la reconciliación de los hermanos en pugna, de pronto el César lanzó una carcajada, levantó una mano, cerró el puño y bajó el pulgar. Y en un abrir y cerrar de ojos, el salón se llenó de legionarios y el ministro eunuco fue sacado al exterior. En la confusión de espadas al aire y gritos de alarma, Aquilas y sus hombres lograron escapar y reunirse al fin con su ejército. Pero Potino fue inmediatamente ejecutado.

El ejército de Aquilas contaba con 20.000 soldados, contra los 4.000 de César. Y lógicamente, muy pronto el Palacio fue sitiado por las tropas egipcias, recibidas a su ingreso en Alejandría con vivas y aplausos por gran parte de su inestable población. César se enfrentaba no sólo a Aquilas, sino también a los alejandrinos. El problema era francamente grave. Estaba encerrado allí con sus legionarios y los Ptolomeos, y sus enemigos habían contaminado los canales de agua potable del Palacio, vertiendo en ellos miles de toneles de agua marina. Impávido, César ordenó excavar bajo los pisos de mármol: sabía que en ese tipo de terrenos, de piedra caliza y tan próximo al mar, solia haber napas de agua dulce. Y su calma y sentido práctico no le fallaron, y sus hombres honraron su ya legendaria inteligencia. Cabe agregar que, durante los primeros enfrentamientos, Berenice huyó del Palacio junto con su tutor Ganímedes y que, al refugiarse en el cuartel general de Aquilas, ella fue considerada jefa espiritual de una rebelión popular en contra de Cleopatra, Ptolomeo y los romanos. Lo que no era del gusto de Aquilas, por ser Ptolomeo su protegido y su carta de triunfo en caso de conseguir derrotar a César. Conclusión: Berenice envenenó a Aquilas y Ganímedes se puso al frente de las tropas egipcias. En fin, que la llamada Guerra Alejandrina se extendió a toda la región y hubo numerosas batallas terrestres y navales, y el tiempo pasó sin que ninguno de los dos bandos alcanzara la victoria.

A cuatro meses de iniciado el conflicto bélico, César ya no soportaba a ese joven Ptolomeo que no sólo no podía no haber conspirado contra Cleopatra, y que quizá la mataría en cualquier momento. Además, Cleopatra estaba embarazada. Y dado que el padre de la criatura era el mismísimo amo del mundo, éste creía que en la frívola Roma reconocerían la legitimidad de su futuro hijo y, por ende, de su amada como indiscutible reina de Egipto, y de él mismo como administrador de ese país. A los 52 años, César se sentía lleno de vida, y pensaba defenderla a muerte. Ergo, le comunicó al malicioso Ptolomeo que lo dejaría salir del Palacio para reunirse con Berenice, puesto que su lugar estaba junto a ella y su pueblo. Y Ptolomeo cayó de rodillas y sollozó y gimió, declarándole su amor incondicional y suplicándole que no lo expulsase de su lado. Sorpresa... y lágrimas de cocodrilo. Ptolomeo no era tan tonto como parecía y se daba cuenta de que, a la larga, los egipcios no podían ganar. Y él no quería estar entre ellos, ni luchar ni morir con ellos, cuando todo terminara. Pero César lo echó a empujones del Palacio. Luego, Ptolomeo apartó del poder a Berenice y Ganímedes, y se invistió como comandante absoluto de las fuerzas rebeldes. Sí, el rencor lo había vuelto valiente. Entretanto, Mitríades de Pérgamo, a quien César había enviado en busca de ciertas remotas legiones de refuerzo, arrasó a los egipcios de Pelusium y entró en la nación de los faraones, asolándola desde el delta del Nilo hasta Menfis, para finalmente marchar a filo y sangre sobre "la Ciudad". Demostrando más coraje del esperado en un macedonio entregador y venal como casi todos sus ancestros, Ptolomeo fijó la posición de su ejército en un montículo fortificado a la vera de un pantano, y resistió el embate lateral de Mitríades durante dos cruentas jornadas, al cabo de los cuales todo estaba perdido para él y los suyos. Los pocos guerreros egipcios que quedaron vivos escaparon en botes y troncos lanzados a las aguas del Nilo. Y el desesperado Ptolomeo los imitó, pero con tan mala suerte que la pequeña embarcación a la que saltó, atestada de aterrados fugitivos, se dio vuelta y se hundió. Así, a los 15 años de edad, Ptolomeo XIII murió ahogado.

A principios del. 47 a.C., César había recuperado el control de "la Ciudad", y de Egipto entero. Era el gran vencedor y, Roma mediante, proclamó reina única y genuina a su amada, futura madre de un hijo grecolatino y garantía de una paz duradera, tras casi medio año de tan feroces como inútiles desangres. Tres legiones romanas estacionadas en ese dulce país bastarían para asegurar la convivencia ciudadana y el libre comercio, y ese descanso que César tanto necesitaba. Pero era imprescindible que el César de todos los Césares regresara a Roma, donde el Imperio requería de un gobernante capaz de ponerle coto al desmadre cívico y hasta senatorial. Sin embargo, el César se quedó largamente con "su" Cleopatra. Periodo en el que el embarazo de ella trascendió las fronteras alejandrinas y les planteó a propios y ajenos un urticante dilema: cuando naciera, ¿qué sería ese niño? ¿Un faraón, un Ptolomeo o un romano? ¿Un vástago natural o un príncipe real? ¿El producto de una mera unión sexual o el agente unificador de una cultura en común? Nadie podía aceptar ninguno de estos contradictorios argumentos. Ni siquiera haciendo circular en Egipto que César era la encarnación del dios Amón, émulo del Júpiter romano o del Zeus griego. Y en Roma, que Cleopatra era algo más que una hábil prostituta o una hechicera tipo Isis, que se había adueñado de César en la cama.
Entrada de Cleopatra a Roma, según el filme de 1962
Un monarca oriental había aprovechado las guerras civiles para sacarse de encima a uno de sus generales romanos, y César tuvo que partir en su auxilio antes de que naciera su hijo, al que Cleopatra llamaría Cesarión, es decir, "pequeño César". Lo que César se proponía era volver a Roma y allí reclamar, como de linaje propio, a Cleopatra y Cesarión. Pero no antes de derrocar a ese molesto monarca oriental y, ya restablecido el orden tras una dura batalla, lanzar la célebre frase: —Vine, ví y vencí. Célebre frase que no pudo menos que repetir en el anárquico sur de Italia, donde las exhaustas legiones de Campania se habían amotinado y Marco Antonio no lograba pacificarlas. Problema de lealtad que, con su carismática presencia, un solidario discurso y el anuncio de la inmediata distribución de tierras y alimentos a los soldados, César solucionó de plano. Y después tuvo que cruzar a Sicilia, para saltar luego al norte de África y aplastar definitivamente los resabios de las fuerzas subversivas pompeyanas, ejecutando a varios de sus cabecillas y permitiéndoles a los prestigiosos Catón y Escipión que se suicidaran. Y ahora sí que el magnánimo Julio César era todo un dios. Excepto en Hispania, donde los hijos de Pompeyo se afanaban vanamente en armar un nuevo ejército para continuar con la causa de su finado padre, César se elevaba por encima de la ya casi agonizante República romana y echaba los cimientos de otra etapa imperial, al amparo de las deidades helénicas y de un proyecto civilizador de mucho mayor alcance.

Con Cleopatra ya en Roma, Julio César se dejó honrar por todas sus conquistas. Cuatro días y cuatro noches duró la fiesta pública más espléndida y prolongada jamás vivida por los romanos. Llegó al Capitolio escoltado por 40 elefantes. Sus legionarios le cantaban coplas subidas de tono, inspiradas en sus dotes de "calvo adúltero". Pero, por diplomático tacto, Cleopatra no estaba a su lado. Pensaba hacer de ella su emperatriz, si es que lograba imponérsela como tal a sus recelosos compatriotas. Por el momento, estaba decidido a marchar sobre Hispania y acabar con esos facciosos pompeyanos de una buena vez, cosa que hizo a los 56 años, lejos de Roma y de Cleopatra. Fue nombrado cónsul por diez años, dictador vitalicio y emperador. Ahora, todo lo que quería hacer era casarse con Cleopatra y ungir al bebé Cesarión como el primer heredero de una dinastía inédita, propia y capaz de extenderse. 

Cuando Marco Antonio insistió en ofrecerle seriamente la corona real, César la rechazó a pesar de sus propios deseos. Los senadores se quejaban de sus excesos, y no era conveniente irritarlos más. Los despreciaba, pero acababan de confirmarlo como dictador vitalicio. Y en los idus de marzo, es decir, el día 15, debía reunirse con ellos para discutir cierta ley de los Libros Sibilinos: un tratado de oráculos que, presuntamente, él no obedecía como era debido. Uno de los cabecillas de la conspiración era Cayo Casio, un ex general y almirante de Pompeyo, a quien César había amnistiado. Otro era el joven Bruto, de quien se decía que era descendiente bastardo de César, y que éste estimaba y protegía como a un verdadero hijo. Intelectual y erudito, Bruto era todo lo contrario a lo que su nombre sugiere, y superaba a Cayo Casio en inteligencia y capacidad de simulación. El resto es Historia. Maldita, pero Historia al fin. Los confabulados escondían puñales entre los pliegues de sus ropas. Y César, apenas una pluma de escribir. Llevaba, sobre su impoluta toga, el manto púrpura del poder supremo. Los senadores lo recibieron de pie y, rodeándolo poco a poco, más y más, codeándose entre sí y rivalizando para pedir la palabra o un favor impostergable, uno de ellos le arrancó de la espalda el rojo manto. Era la señal. El momento de actuar. La hora fatal (ver más) -¿Qué significa este acto de violencia? -alcanzó a inquirir el disgustado emperador, y una daga se hundió en su garganta, aunque sin impedirle exclamar:-. ¡Tú, Casca! ¿Qué te propones, villano?... Un hermano del tal Casca lo apuñaló por el costado. Casio lo tajeó en pleno rostro. Y en cuestión de segundos, todos estaban encima de él; traidores aullando: -¡Libertad! ¡Democracia! ¡Muera al tirano! ¡Viva la Repúblical... ¿Dónde estaba Marco Antonio? ¿Será verdad que la reina del Nilo fue la primera en enterarse del crimen?

Asesinato de Julio César
El dilema de Cleopatra lucía insoluble. Era una monarca extranjera sin ningún derecho local y, para colmo de males, el hasta entonces casi desconocido Octavio se presentaba como el mejor hijo adoptivo y el más legítimo heredero de Julio César. Cabe preguntarse si Marco Antonio se proponía sustituir al César, y si Cleopatra lo veía a éste como el sucesor de su viejo amante y socio. De lo que no cabe duda alguna es de que ambos se encontraron en secreto: uno para jurarle fidelidad a la mujer más apreciada por su extinto jefe y colega, la otra para pedirle que la ayudase a salir de Roma lo antes posible. Y ése fue el principio de una bella amistad, por así decirlo. -Confía en mí y haré de ti un hombre feliz, romano -le habría dicho ella, al partir rumbo a su entrañable Alejandría.


Cleopatra y Marco Antonio

La oportunidad de utilizar de nuevo sus armas de mujer le llegó antes de lo esperado. Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Octavio Augusto por el poder en la región, había vencido en la batalla de Filipos, pero no estaba muy conforme con el comportamiento de la Reina de Egipto. Con la idea de reprocharle que no hubiera actuado como un aliado fiel, Marco Antonio hizo llamar a Cleopatra para que acudiera a verle y se humillara ante él pidiéndole disculpas por su mal hacer. Cleopatra, astuta e inteligente como la que más, decide acudir a la cita pero con otra intención diferente: la de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio. Le consideraba como el sucesor natural de Julio César y, sin importarle que estuviera casado en Roma con la que fue su primera mujer, Fluvia, se presentó en Tarso, aunque no humillada y débil como esperaba el romano, sino decidida a conquistarle. Cleopatra no estaba dispuesta a correr hacia él como una simple vasalla. Todo lo contrario, ella había ido, pero ahora él debía ir a su encuentro. Lo esperó, lista para hacerle entender por qué se la llamaba "reina de reyes". Cuando Antonio y sus guardias llegaron, si nos atenemos a la famosa descripción de Shakespeare, basada en La Vida de Antonio, de Plutarco, el panorama habrá sido el siguiente: Sobre las aguas, desfilaban tantos veleros faraónicos que era imposible contarlos. Todos relucientes y bruñidos, como si fuesen de bronce o de acero, y cargados a tope con fastuosos estandartes, objetos de arte, muebles finos, joyas y mesas pletóricas de comida y bebidas. Y cientos de muchachas semidesnudas y mancebos disfrazados de faunos, con cuernitos y patas de machos cabríos. Y en medio de esos navíos de fábula, la más impresionante barcaza real: íntegramente dorada, de casi cien metros de largo, con velas rojas y remos de plata, inmersa en una gran nube de incienso y una hechicera música de flautas y timbales. Y cuando la nube se lo permitió, el alelado Marco Antonio divisó al mando de tamaña ciudad flotante, como si se tratase de un mascarón de proa viviente, a una fascinante Venus o Afrodita ataviada con pecaminosas gasas traslúcidas al viento y maquillada como una auténtica Isis: Cleopatra, claro está. A los 29 años, le enseñaría por qué tres siglos de refinamiento helenístico en Egipto pesaban más que toda la sórdida cultura romana. Y entonces ordenó a sus sorprendentes naves que remontaran el río Cidno y entraran en un lago que era el puerto de la ciudadela de Tarso. Luego, abrumado por una multitud tan entusiasmada como vociferante, Antonio abordó la barcaza real. Desde ese preciso momento, fue el prisionero sensual de Cleopatra. A su llegada le ofrece a Marco Antonio la revelación de un mundo divino en la que ella es el centro, como una nueva Isis que se presenta ante el conquistador, un nuevo Osiris. Juntos formarían una pareja real capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasados. Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía en un principio, ya que Marco Antonio ni pudo ni quiso resistirse al esplendor de aquella formidable reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona. Cuatro días con sus cuatro noches más tarde las negociaciones habían llegado a su fin y Marco Antonio, completamente enamorado, acompañaba a Cleopatra para instalarse en el Palacio de la Reina de Alejandría a vivir una pasión que, en total, duraría 14 años.

De esa manera Marco Antonio, por amor, abandonó no sólo sus obligaciones familiares sino también las políticas y militares, para vivir una fastuosa vida en Egipto llena de lujos con su amada Cleopatra. Esto le llevó a ser declarado enemigo de Roma y de Octavio Augusto, que por entonces regía los destinos del Imperio y que no descansó hasta destruirlos. El amor de Marco Antonio por Cleopatra se impuso de tal manera a sus deberes como militar y a las necesidades de su patria que los historiadores de la época, incluido el propio Plutarco, cuentan que Marco Antonio "no estaba en posesión de sus facultades, parecía estar bajo los efectos de una droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella, en vez de pensar en vencer a sus enemigos". Cleopatra tampoco fue inmune a los encantos de Marco Antonio y ella también se enamoró de ese hombre fuerte y valiente que, aunque no tan inteligente como Julio César, le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado que, al menos en sus deseos, sería cada vez más próspero.

Aun así, el amor de la pareja estuvo plagado de rupturas, reconciliaciones y luchas por el poder y el control. De hecho, en la plenitud de su amor, Marco Antonio tuvo que regresar a Roma para casarse con Octavia, como parte del acuerdo político que intentaba lograr Octavio para que no se destruyera del todo el triunvirato. Con ella tuvo dos hijas, Julia Antonia la Mayor y Julia Antonia la Menor, pero ni siquiera ellas consiguieron hacerle olvidar a Cleopatra y, cuatro años después, repudió a su esposa y regresó a Egipto para reencontrarse con “su reina” y casarse con ella. El amor de la pareja se materializó en los tres hijos que nacieron fruto de su unión. Los primeros en llegar fueron los gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y luego nació Tolomeo Filadelfo, el pequeño. Los tres también fueron trágicas víctimas de las conspiraciones políticas de sus padres.

Como no podía ser menos en una historia de amor de estas características, el final de estos amantes fue tan dramático y trágico como era de esperar y llegó de la mano de una terrible derrota en el campo de batalla, unida a un malentendido que, a la postre, resultó ser mortal. El enfrentamiento final de la llamada ‘Guerra Ptolemaica’ (32-30 a. C.), por la que Octavio Augusto llevó hasta Egipto su lucha contra Marco Antonio, se produjo en la batalla naval de Actium. En ella cayó derrotada la flota de Marco Antonio al ser abandonado por las tropas egipcias, aunque consiguió huir y refugiarse con Cleopatra en Alejandría.

En el verano de 30 a.C., la capital egipcia estaba totalmente cercada por las tropas romanas. Cleopatra, rodeada de sus más íntimos y fieles servidores, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, seguramente el mausoleo de los reyes lágidas; allí guardó también todos sus tesoros: gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, vestimentas reales, especias... Entretanto, Antonio decidió presentar batalla. Junto a sus fieles se batió bravamente a las puertas de la ciudad para rechazar la incursión de la caballería de Octavio y mantener aún un poco más el asedio y la ilusión de resistencia. Pero Antonio hubo de ver cómo su flota se rendía, o más bien se pasaba al bando de Octavio, lo que hizo que la caballería desertara de inmediato. Agobiado por la situación e impresionado por un súbito rumor que se difundió acerca del suicidio de su amada reina, Antonio resolvió quitarse la vida con su espada, acompañado por un esclavo de confianza.

Cuando Octavio entró al fin en una Alejandría rendida y silenciosa, su principal preocupación se centró en Cleopatra, que se había atrincherado en el mausoleo, con las macizas puertas cerradas a cal y canto y con una provisión de madera para prender fuego al edificio y sus tesoros después de suicidarse. Eso era precisamente lo que más temía el nuevo amo de Alejandría. Octavio envió a un hombre de confianza, Gayo Proculeyo, para intentar persuadir a la reina de que desistiera de su encierro, pero fue en vano; el legado no podía conceder lo único que deseaba Cleopatra: salvar a sus hijos y sobre todo a Cesarión.

En manos de Octavio

Un día después se celebró una nueva entrevista. Mientras uno de los enviados hablaba con Cleopatra a través de una reja, Proculeyo escaló el edificio con dos sirvientes y accedió a la sala donde se hallaba la reina. Cuando una de sus mujeres la avisó –«¡Desdichada Cleopatra, te van a capturar viva!»–, la reina se clavó una daga en el pecho, pero la herida no fue mortal y Proculeyo logró desarmarla rápidamente. 

A continuación, Cleopatra fue trasladada al palacio de Alejandría, donde quedó bajo la custodia de un eunuco de confianza de Octavio y sometida a una estrecha vigilancia. Parece que la reina enfermó de pena y dejó de comer, en un intento por precipitar su muerte; Octavio sólo pudo convencerla de que se alimentara con la amenaza de dar muerte a sus hijos.

Unos días más tarde, Cleopatra solicitó una entrevista con Octavio. Las fuentes difieren mucho sobre lo que ocurrió en esa ocasión. Según Plutarco, Octavio vio a una demacrada Cleopatra que le imploró por su vida y la de sus hijos, mientras intentaba librarse de toda culpa. Dión Casio, en cambio, retrata a una reina digna y de luto, aún de irresistible belleza, que trató de seducir a Octavio como había hecho antes con Julio César y Marco Antonio.

Como quiera que fuese, el resultado sería el mismo. Cleopatra sabía que el designio de Octavio era llevarla a ella y a sus hijos a Roma para mayor gloria y triunfo del futuro Augusto; luego la meterían en una mazmorra, donde se volvería loca o se suicidaría, como les había ocurrido a otros monarcas helenísticos. Era una perspectiva insoportable para la orgullosa soberana lágida, que prefirió darse muerte ella misma.

Cleopatra, negándose a la humillación de compartir el triunfo de Octavio, se vistió con sus mejores galas, pidió que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio y se quitó la vida cumpliendo con el procedimiento ritual egipcio de hacerse morder por un áspid (una cobra egipcia). Era el 12 de agosto del año 30.a.C. y Cleopatra aún no había cumplido los cuarenta años de edad.

En venganza por no poder llevar prisionero a ninguno de los dos en su regreso triunfal, Octavio se llevó a los tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra a Roma como trofeos de guerra. Allí se los entregó la viuda legal de Marco Antonio, Octavia, que además era su hermana, para que fuera ella la que los tutelara. Aunque de los varones no se ha sabido nada más, sí se conoce que Cleopatra Selene se casó con el rey africano Juba II de Numidia y estableció su residencia en Mauritania hasta su muerte.

Con el fallecimiento de la pareja no sólo finalizó una de las más bellas y pasionales historias de amor de todos los tiempos, sino que también fue el fin de un sueño que había durado 22 años, los que Cleopatra consiguió mantenerse en el poder e incluso expandir su reino, que durante unos años fue casi tan extenso como en tiempos de sus más gloriosos antepasados. Con su suicidio también finalizó una era. El año 30 a.C. fue el que marcó el final del esplendor del Antiguo Egipto al ser incorporado como una provincia más al Imperio Romano concluyendo así con 3.000 años de historia ininterrumpida en la tierra de los Faraones.

Ciertamente, pocos personajes femeninos han sido tan frecuentados por las artes plásticas, la literatura y el teatro. Y del cine, ni hablar. Ejemplos al toque. En 1917, la legendaria Theda Bara fue la primera Cleopatra de repercusión universal del cine mudo, precedida por la mímica interpretación de Helen Gardner, en 1911. En 1934, le llegó el turno a la hermosa Cleopatra de Claudette Colbert. Las menos recordables: una de Sofía Loren en Dos noches con Cleopatra, en 1954, y otra versión titulada Los invasores del Nilo, con la actriz argentina Linda Cristal. La Cleopatra más famosa, al punto de haberse convertido en un ícono popular, fue indudablemente la de Elizabeth Taylor, en 1962. Y hay más, claro está. 


El gran Miguel Ángel la pintó como a una siempre joven doncella de mirada lánguida y frente despejada, sin flequillo y con una extensa trenza de cabello que, sobre sus hombros, se confunde con una delgada serpiente al acecho.


La cabeza de una estatua de mármol, hallada en la antigua Mauritania, la muestra con rulos y gruesos labios, pero no con una nariz tan prominente como la que se le adjudicó. Llevó una vida "de película", pero existió en carne y hueso. Y sus sueños de liberación, refinamiento y mancomunión global flotan aún sobre las cabezas de los prohombres de Occidente, harto enredados en una trama de intereses materialistas para nada "cleopatrianos", sino acaso todo lo contrario. Como bien lo señala el historiador Ernle Bradford en la última página de su monumental investigación sobre Cleopatra, ella fue una leyenda viviente, más allá de que la Historia oficial haya tratado de presentarla peyorativamente, como a una hembra pérfida y sólo entregada a los excesos sexuales. Falso. Cleopatra fue una mujer de insólita valentía, lucidez y visión política, que todo lo arriesgó con tal de liberar a Egipto del injusto dominio romano, liderando en persona a más de 80.000 combatientes antiimperialistas, y hasta intentando legarle la depreciada corona de los Ptolomeos a Cesarión, hijo de su primer amante y socio Julio, César de todos los Césares. Sí, su audacia y ambiciones fueron, y son, equiparables con las de su admirado héroe olímpico y macedónico compatriota, Alejandro Magno.

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viernes, 18 de diciembre de 2015

18 de diciembre de 218 a. C.: en el río Trebia, cerca de Piacenza (Italia), las tropas cartaginesas de Aníbal derrotan al ejército romano en la batalla del Trebia.

Durante la primera guerra púnica (264-241 a.C.), acontecida años atrás en la lucha por Sicilia, Cartago ya había saboreado la derrota, después de que Roma se aliara con Siracusa, y en la Batalla de las Islas Egadas logró derrotar a Cartago lo que pondría fin a su supremacía naval.

Esta derrota le fue muy dolorosa a Cartago, debido a pérdidas territoriales y al pago de una indemnización a Roma. El padre de Aníbal, Asdrúbal Barca, que luchó durante la primera guerra púnica le haría jurar a su hijo que siempre odiaría a Roma.

Infantería romana
hastati (jóvenes, parte superior),
princeps (mediena edad, escudo rojo)
triarii (veteranos, escudo blanco)
La poderosa caballería mercenaria númida de Aníbal. 
La mayor parte de su ejército eran mercenarios)

La segunda guerra púnica comenzó pues, con el inicio de las hostilidades cartaginesas, en la península Ibérica, en ese momento, habían diversas tribus, sobre las que romanos y cartagineses ejercían una fuerte influencia, una de estas ciudades íberas, la de Sagunto estaba en la frontera con el territorio cartaginés en iberia, pero era un aliado de Roma y Aníbal atacó la ciudad, lo que iniciaría el conflicto entre ambas potencias.

Aníbal se dió cuenta de que no podía atacar por mar, debido a la supremacía naval que había alcanzado Roma (dicen algunos historiadores que copiando el diseño de naves cartaginesas o siracusanas durante la primera guerra púnica), así que decidió invadir territorio romano cruzando los alpes con 70.000 hombres y sus famosos elefantes, las bajas fueron grandiosas, perdió 44.000 hombres y a casi todos sus elefantes, aún así continuo su avance hacia Italia, esta invasión sorprendió enormemente a Roma ya que Cartago no había construido flota y no lo creían capaz de cruzar los alpes.

Tras la conquista de Qart Hadasht (Sagunto) por parte de Aníbal y el cruce de los Alpes, solo sobrevivieron sus mejores tropas, aquellas más recias y fuertes, sus tropas de élite hispanas, galas númidas y cartaginesas, algunos infantes ligeros y solo unos pocos elefantes de los casi 50 que habían partido al inicio del viaje desde la península ibérica...en total unos 40.000 hombres a los que posteriormente se le unirían mercenarios, galos, y todo tipo de tropas, llegarían finalmente al norte de Italia en la primavera y conquistaron la ciudad de Turín

Estas tropas cansadas por la travesía tenían que enfrentarse al ejército romano, formadas por casi 4 legiones (casi 20.000 hombres) 10.000 auxiliares y casi 3.000 equites dirigidas por el cónsul Tiberio Sempronio Longo que representaba a Roma junto con Publio Cornelio Escipión (padre).

Tiberio estaba ansioso por entrar en batalla, las próximas elecciones al consulados estaban próximas, y planeó una gran batalla sin hacer caso a los consejos de Escipión, que se mostraba más cauto. 

El río Trebia nace en los Apeninos, en las cercanías de Génova, desembocando en el Po a la altura de Piacenza. Precisamente en las cercanías de esta ciudad habían emplazado los romanos su campamento tras la derrota sufrida en el río Tesino. Según Polibio, Aníbal llegó a las proximidades del campamento romano cinco días después que aquéllos, estableciendo el atrincheramiento de sus tropas a una distancia próxima a los cincuenta estadios (unos 8900 metros). Con ello, ambos campamentos quedaban en la orilla occidental del río, es decir, la opuesta a Piacenza.

Fue entonces cuando los romanos sufrieron dos nuevos y graves contratiempos: la deserción de más de 2.000 galos, que asesinaron a algunos romanos en su huída; y la toma de Clastidium (actual Casteggio), donde los romanos guardaban gran cantidad de trigo. Tras estos sucesos, Escipión, el cónsul al mando de las tropas romanas, levantó el campamento, cruzó el Trebia y mandó asentar un nuevo atrincheramiento en unas colinas que dominaban la orilla oriental del río4, ocupando con ello una mejor posición desde el punto de vista estratégico, puesto que el lugar ofrecía un complicado acceso a la caballería enemiga. Los estudios efectuados en la zona han situado la ubicación del campamento romano a poco más de un kilómetro del río, cerca de la localidad de Rivergaro, en la ruta que une Piacenza y Génova.

Aníbal, al saber que los romanos estaban cruzando la orilla y fortificando su nueva posición, envió a la caballería númida con la intención de detener o al menos estorbar los trabajos del enemigo. Pero sus órdenes no se cumplieron al pie de la letra; los númidas se entretuvieron saqueando el campamento que los romanos acababan de abandonar y, como consecuencia, la mayor parte del ejército romano pudo atravesar el río sin serias dificultades. De lo contrario, la retaguardia, incluyendo a los animales que transportaban el bagaje, hubiera caído en manos enemigas. Los númidas solamente pudieron apresar a un puñado de hombres y causar la muerte a otros tantos.

Una vez puesto a salvo su ejército, Escipión decidió esperar hasta la llegada de su colega consular, Sempronio Longo, llegada que se produjo a mediados de diciembre del año 218 a.C. Al poco de la llegada de Longo, se produjo una escaramuza entre las caballerías de ambos ejércitos, saliendo mejor parada la romana, seguramente por la negativa de Aníbal a trabar combate sin establecer estrategia alguna. Este resultado produjo la euforia de Longo, cuya pretensión de alcanzar la gloria durante el ejercicio del consulado se hacía cada vez más patente. Por el contrario, tanto Aníbal como Escipión, que se recuperaba de las heridas sufridas en el Tesino, sabían que el tiempo jugaba en contra de los púnicos, quienes se exponían a quedar aislados en territorio enemigo. Es por tanto razonable, que Aníbal quisiera precipitar el enfrentamiento, mientras Escipión aconsejaba a su colega consular esperar a la llegada de nuevos refuerzos. Desgraciadamente para los romanos, será el Barca quien consiga su objetivo.

La batalla tuvo lugar el día posterior a la escaramuza arriba mencionada. En palabras de Polibio «La estación era ya solsticio de invierno, y el día era muy nevoso y extremadamente frío». Baste como orientación decir que la temperatura media de la zona en la actualidad ronda, durante el mes de enero, los 0º C.

Aníbal
Aníbal había descubierto un lugar ideal para organizar una emboscada; corría «un riachuelo en cuyas orillas había zarzas y espinos que las recubrían totalmente». Era el lugar ideal; un lugar llano con vegetación de marisma, sin árboles –los romanos desconfiaban profundamente de los bosques, pues en ellos tendían los galos sus embocadas-, con espacio suficiente para ocultar algunos hombres e incluso sus monturas.

Al anochecer, Aníbal envió a su hermano Magón, al frente de un destacamento de 1.000 jinetes y otros tantos infantes, al lugar elegido para la emboscada. Al alba, el comandante cartaginés ordenó a la caballería númida cruzar el Trebia y provocar a los romanos. La estratagema tuvo más éxito del deseado; Sempronio ordenó a la caballería salir en persecución de los númidas. Tras la caballería, envió los velites, unos 6.000 infantes ligeros, y, mientras éstos iban progresando, mandó formar a la infantería pesada y a los aliados. Fue así como los romanos partieron hacia el desastre, en una fría mañana del año 218 a. C., con temperaturas posiblemente inferiores a los 0º C. Las precipitaciones en forma de agua y nieve caídas durante la noche habían elevado considerablemente el nivel del agua del río. Así, cuando comenzaron a cruzar el río, las frías aguas empezaron a entumecer sus extremidades, cubriéndoles hasta las axilas y oponiendo resistencia a su avance.

Mientras los romanos -a quienes lo inesperado del ataque había impedido tomar alimento alguno- sufrían estas penalidades, los púnicos se calentaban en los hogares y tomaban alimento, a la par que se untaban la piel con grasa para combatir el frío: tan sólo tenían que recorrer los escasos 1.500 metros que les separaban del campo de batalla elegido por Aníbal.

Lo que en un principio podría ser considerado un combate equilibrado, con ambos ejércitos rondando los 40.000 hombres, se convirtió en una lucha desigual, con los soldados romanos agotados y hambrientos. Aníbal envió a la infantería ligera con lanzas y a los baleares, sumando entre ambos grupos unos 8.000 hombres. Por detrás, formó a su infantería pesada: unos 20.000 hombres entre iberos, galos y africanos, y desplegó su caballería en ambos flancos, dividiendo en dos el total de 10.000 jinetes con que contaba. Dividió también el total de elefantes, situando la mitad al frente de cada flanco.

Ante la táctica empleada por los jinetes númidas, el cónsul romano hizo regresar a su caballería, alineando su infantería según lo acostumbrado. Es difícil calcular el número de infantes romanos; Polibio habla de 16.000, y Livio calcula unos 18.000. A éstos hombres habría que sumar los cerca de 20.000 aliados –entre latinos y los pocos galos que permanecían fieles a los romanos- y unos 4.000 jinetes –entre romanos y aliados. Es cierto que Sempronio contaba con cuatro legiones, pero habría que descontar de estos efectivos tanto las unidades que se habían perdido en el Tesino y en las diferentes escaramuzas, como los hombres que se habían quedado guardando el campamento.


Sempronio desplegó su infantería pesada en el centro, con la caballería cubriendo los flancos. La infantería ligera, como siempre al frente de la formación, fue la primera en trabar combate. Pero los romanos, que estaban agotados, habían lanzado casi todas las jabalinas en la escaramuza con los númidas, y las que les restaban «estaban inutilizadas por la persistencia de la humedad». Así, aunque la infantería romana era muy superior a la cartaginesa, sus flacos, protegidos por la caballería, empezaron a ceder bajo el peso de los jinetes enemigos, superiores tanto en número como en preparación. Los elefantes contribuían a empeorar la situación; estos animales causaban verdadero terror a los caballos (por el olor que despedían, en opinión de Livio). Como consecuencia de todo ello, las alas romanas quedaron al descubierto, momento que aprovecharon los lanceros púnicos y los infantes númidas para atacar. Justo entonces, los jinetes númidas, que permanecían emboscados, se levantaron y atacaron a los romanos por la espalda, creando una confusión absoluta. Los hombres de Sempronio estaban perdidos: los honderos baleares lanzaban proyectiles constantemente; la caballería romana estaba en aplastante inferioridad numérica, y los elefantes efectuaban violentos ataques. Ante la desesperada situación, la caballería romana se retiró en dirección al río.

No paraba de llover; el agua y la sangre se mezclaban y embarraban el terreno. Los infantes romanos, abandonados a su suerte por sus compañeros de la caballería, no tenían una perspectiva clara de lo que estaba ocurriendo: el griterío era ensordecedor y los hombres, rodeados por los combatientes, no podían ver lo que estaba pasando a su alrededor; muchos caían al suelo y morían aplastados por sus propios compañeros.

Pese a lo difícil de la situación, los hombres situados en primera línea lograron romper el frente cartaginés y, viendo que todo estaba perdido, decidieron escapar en formación en dirección opuesta al río. Este grupo, formado por unas 10.000 unidades, logró llegar a Placentia. Los que permanecían en el campo de batalla fueron masacrados por la caballería y los elefantes púnicos, o murieron ahogados al intentar cruzar el río -los heridos tardarían horas en morir desangrados. Únicamente unos pocos lograron cruzar el Trebia y llegar al campamento para después, junto con la caballería y la guardia del campamento, marchar a Placentia.

Los púnicos desistieron de atravesar el río, pues las condiciones climatológicas lo desaconsejaban. Habían ganado la batalla, pero la continua lluvia, el frio y una fuerte nevada que cayó durante los días posteriores acabaron con muchos hombres y caballos, así como con todos los elefantes a excepción de uno

Esta victoria dejo a Aníbal el control y dominio sobre el norte de Italia lo que le permitió reabastecerse de suministros y sobre todo de hombres ya que había sufrido muchísimas bajas.

Más tarde otro cónsul Flaminio intentó derrotar a Aníbal pero este se enteró de la emboscada, y tras una complicada maniobra en la que el propio Aníbal perdió un ojo, atrajo a Flaminio hacia él, lo que le convirtió en el emboscador, esto ocurrió cerca del lago Trasimeno en donde perdieron la vida más de 15.000 romanos.

Movimientos militares durante la segunda guerra púnica

Después de esta derrota, la ciudad de Roma quedaba vulnerable, pero al no contar Aníbal con armas de asedio renegó de sitiarla, además no sabía con certeza el contingente que había en la ciudad, por lo que se marchó

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lunes, 5 de octubre de 2015

5 de octubre de 1582 - el día en que nada ocurrió

Se puede decir que este día de este año nunca existió ya que en Roma, el papa Gregorio XIII decretó el calendario gregoriano en sustitución del calendario juliano, y la noche del jueves 4 de octubre dará paso al viernes 15 de octubre, por lo cual el 5 de octubre de 1582 nunca existió en nuestro calendario.

Nuestro actual calendario proviene directamente del calendario romano, el cual se fue conformando desde los propios orígenes de Roma, y fue modificado a lo largo del tiempo, con dos importantes reformas, una la que llevó a cabo Julio Cesar, y que conformó el llamado calendario juliano, y otra la que llevaría, en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII, que sobre la base del juliano se realizaron pequeñas pero importantes cambios, que principalmente tenían que ver con el desfase, y que da lugar al calendario actualmente usado en Occidente, el calendario gregoriano. 

La Vida de los romanos estaba regida por un calendario de origen etrusco o anterior. El año constaba de 10 meses; cuatro de 31 días y seis de 30, en total 304 días empezando en Marzo y terminando en Diciembre. Los cuales eran divididos a su vez en décadas, es decir, 10 días (semanas de 10 días).  Posteriormente los Etruscos introdujeron los meses de Enero y Febrero. Numa Pompilo (716-673 a.C.) añadió los meses de Ianuarius, dedicado a Jano dios de las puertas, al comienzo del año; pero una vez que la dinastía fue expulsada en el siglo VI a.C., siguió siendo Marzo el primer mes del año hasta que a mediados del siglo II a.C. se retomó Enero; y Februarius, dedicado a Plutón (Februus) dios del infierno, de los muertos; al final del año, se consagró como un rito de purificación, para que los difuntos no hicieran daño o no molestaran. Además redujo el número de días de los meses para sumar un total de 355 días, con lo que adaptaba el calendario al ciclo lunar.

Este calendario nos ofrece un año dividido en doce meses, de la siguiente manera: todos los meses tenían 29 días, menos los llamados meses largos, marzo, mayo, julio (en aquel momento Quintilis) y octubre, que tenían 31. Febrero tenía 28. Pero si sumamos todos los días, esto hace un año de 355 días, lo que produce un amplio desfase entre el calendario y el año astronómico, es decir, esto hace que las estaciones no caigan en sus respectivos meses. Por tanto, para que esto no ocurriera, se añadía un mes de 27 días cada dos años, conocido como mensis intercalaris, aunque Plutarco lo menciona como Mercedinus. En esos años, el mes de febrero quedaba reducido a 23 o 24 días, y seguidamente se intercalaba este mes de 27 días.

Julio César
La siguiente reforma del calendario vendrá por parte de Cayo Julio Cesar. Éste encarga la reforma al astrónomo Sosígenes, de origen egipcio. No era una casualidad elegir a un egipcio para este trabajo, pues éstos desde antiguo tenían cálculos mucho más exactos sobre la astronomía. 

Cuando se afrontó esta reforma, en el 46 a.C, el calendario romano llevaba un retraso de ochenta días con el año solar. Para ello Julio Cesar tuvo que ampliar el año 46 a.C para que se pusiera a la par con el año solar. De esta forma el año 46 a.C fue el año más largo de la historia, con 445 días. Julio César llevó a cabo una reforma del calendario de manera que el año tuviera los 365 días que todavía conservamos. Este calendario se llamó «juliano» y en él los meses impares tenían 31 días y los pares, 30 (excepto febrero, que tenía 30 sólo los años bisiestos). Por ser el último mes era el más corto, y por eso se le añadió después un día, el bis sextum, en los años llamados, por este motivo, bisiestos. 

El nuevo calendario, que se aplicó por primera vez en el año 45 a.C, tendrá un año de 365 días. Además se realizó una nueva división de los días de cada mes, quedando finalmente los meses tal y como los conocemos: Ianuarius (31 días), Februarius (28) Martius (31), Aprilis (30), Maius (31), lunonius (30), Julius (31), Augustus (31), September (30), Octobri (31), Novembris (30), Decembris (31). 

El quinto mes, Quintills, pasó a llamarse julio, Iulius, en honor a Julio Cesar. Luego ya con la reforma del calendario Juliano fue renombrado en honor a Julio César (por él mismo) por ser este el mes de su cumpleaños. Julio es el séptimo mes del año, pero era el quinto mes del calendario romano antiguo y lo llamaban quintilis, que significaba quinto. Julio César nació durante este mes. Cuando reajustó el calendario a su capricho, movió el comienzo del año de marzo a enero, y le puso su propio nombre al antiguo quinto mes, que quedó en lugar séptimo. También le proclamó dar 31 días a este mes, pese a la renuencia y alboroto de los científicos y astrónomos romanos..." Poco después, cuando Augusto llega al poder, también se le otorgará a él un mes. El sexto mes, Sextilis, pasó a llamarse Agosto, Augustus. Cuando el sexto mes se dedicó al emperador Augusto, no podía tener me­nos días que el dedicado a César y así se añadió un día a agosto tomado del mes de febrero, que desde entonces sólo tiene 28 días.

Sin embargo, los meses de Julius y Augustus no fueron aceptados rápidamente entre la población. Esto se puede notar en varios escritos medievales donde los nombres Quintilis y Sextilis siguieron siendo utilizados hasta bien entrado el medievo.

Los meses de septiembre (de “septem”, que en latín significa séptimo), octubre (de “octo”, octavo) noviembre (de “novem”, noveno y diciembre (de ”decem”, décimo) están desplazados dos lugares (del noveno al duodécimo) se ubican ahí porque antiguamente eran los meses séptimo a décimo en el calendario romano, pero rodaron dos lugares hacia adelante cuando Julio Cesar caprichosamente desbarajustó las reglas del calendario contra la astronomía y la climatología para satisfacer su ego humano y tener un mes (Julio) en pleno verano a su nombre.

Por otra parte, cuando Cesar hace la reforma se encuentra con el problema de que el año no dura 365 días exactos, sino que dura un cuarto de día más. El año bisiesto fue ya instituido por el calendario juliano, que añadía un día cada cuatro años en el mes de febrero, intercalándolo entre los días 23 y 24. Los romanos llamaban al 23 de febrero, "sexto calendas Martii" (el sexto día antes de las calendas de marzo). Al no permitir la peculiar cuenta y denominación de los días por los romanos "alargar" el mes, sólo les quedaba la opción de "repetir" un día. El día elegido para ser repetido fue el 23 de febrero, el sexto calendas, por lo que a los años en que se repetía (bis) ese día se les llamó bis-sextilis, que nos dio finalmente el nombre de bisiesto. Así quedó fijado el calendario juliano, y no será modificado hasta el siglo XVI, modificación que no alteró los meses ni los días de éstos. A partir de principios del siglo XVI se hace patente que el calendario está en desfase. El calendario juliano, aún mediante los años bisiestos, no estaba libre de error. Era un ligero desfase, unos doce minutos más al año, pero una acumulación de doce minutos en casi mil seiscientos años llevó a que en el 1582 el desfase respecto a la realidad astronómica era de diez días. 

Gregorio XIII
En esta época aplicar una modificación del calendario era muy difícil, ya no existía la unidad imperial romana, y Europa estaba dividida en una gran cantidad de estados. La única persona que podía tener alguna influencia sobre todos estos era el Papa, Así fue como en 1582, bajo el pontificado de Gregorio XIII, se llevó a cabo una nueva reforma del calendario, bajo el asesoramiento del astrónomo Cristóbal Clavius, quien realizó nuevos cálculos basándose en los ya hechos por Luigi Lilio.

El principal problema era volver a ajustar el año civil con la realidad astronómica, puesto que existía un desfase de 11 días. Gregorio decidió que del 5 de octubre de 1582, se pasara directamente al 15 de octubre.

Los nuevos cálculos del año dieron a éste una duración 365 días, 5 horas, 49 minutos, 12 segundos (los cálculos modernos han corregido esto). Ello corregía el antiguo cálculo de 365, y un cuarto de día. Se seguirán manteniendo los bisiestos cada cuatro años, siendo bisiesto los años cuyas dos últimas cifras sean divisibles para cuatro, pero con algunas excepciones. No serían bisiestos aquellos años cuya dos últimas cifras fueran cero, es decir, que los años 1700, 1800 y 1900, que hubieran sido bisiestos, no lo fueron porque acababan con dos ceros. A esto hay que sumar otra excepción, los años que acaben con dos ceros, pero sus dos primeras cifras sean divisibles para cuatro sí que se contaran como bisiestos. Por ejemplo el año 2000 acaba con dos ceros, pero sus dos primeras cifras se pueden dividir por cuatro, es por ello que si fue bisiesto. 

Todo esto se produce debido a que cada 134 años se produciría un error de un día, al contar cada cuatro años un día más. A pesar de todo esto, aún quedarían sin corregir veintiséis segundos cada año, que daría un día de más cada 3623 años, para cuya corrección bastaría con dejar de contar un bisiesto cada 3000 años. 

A este nuevo calendario se le llama calendario gregoriano, aunque realmente es el juliano con algunas modificaciones. Toda esta reforma, más o menos dificultosa era posible en la teórica, pero aplicarlo era otra cosa. La orden que dio el Papa para que se diera un salto del 4 de octubre de 1582 al 15 de octubre fue tan solo obedecida en tres países el mismo día de su implantación. Estos fueron España, Italia y Portugal. Países Bajos, Bélgica y Francia lo hicieron ese mismo año, pero en fechas diferentes. En Flandes y Holanda por ejemplo, se pasó del 21 de diciembre al 1 de enero, por lo que ese año no hubo fiestas de navidad. 

Poco a poco, en los siglos siguientes la gran mayoría de los países occidentales fueron realizando dicho cambio. En Gran Bretaña se adoptó en 1752, Rusia lo realizó en 1918, cuando el desfase era ya de catorce días, por ello la revolución de octubre realmente ocurrió en noviembre. De los últimos países en adoptar el calendario gregoriano fue Grecia, que lo hizo en 1923 y Turquía en 1927. En la actualidad sólo una parte de la iglesia ortodoxa sigue usando el calendario juliano. Debido a las diferentes fases de implantación del calendario a lo largo de la historia (como la Revolución de Octubre en Rusia -1917-, que como todo el mundo sabe, fue en noviembre), surge la necesidad de un calendario común que permita referirse sin ambigüedad a un momento de la historia. El concepto de día juliano (no confundir con calendario juliano) resuelve este problema.

Volviendo a 1582, el salto del 4 de octubre al 15 encontró un duro opositor en el pueblo. Estaba arraigada en las gentes más humildes la creencias del destino, todo estaba pensado por Dios desde un principio, por lo tanto quitar esos diez días iba contra el destino y los designios de Dios. Hay que pensar que era un pueblo analfabeto, y con una escasa cultura. Para ellos era más bien como quitar realmente diez días al tiempo. Se pensaba, por tanto, que quienes tenían que morir o nacer, o los acontecimientos que tuvieran que suceder en esos lo días nunca ocurrirían. Al Papa le costó revueltas en sus Estados, y sucesos similares tuvieron lugar en otros países conforme se iba aplicando el nuevo calendario.




Fuentes
http://enciclopedia.us.es/
http://www.tarraconensis.com/
http://historicodigital.com/
http://www.elalmanaque.com/
http://aliso.pntic.mec.es/

sábado, 12 de septiembre de 2015

La Batalla de Maratón

La Primera Guerra Médica consistió en la primera invasión persa de la Antigua Grecia, durante el transcurso de las Guerras Médicas. Comenzó en 492 a. C., y concluyó con la decisiva victoria ateniense en la batalla de Maratón en 490 a. C. La invasión, que constó de dos campañas distintas, fue ordenada por el rey persa Darío I, fundamentalmente con el objetivo de castigar a las polis (ciudades) de Atenas y Eretria. Éstas habían apoyado a las ciudades de Jonia durante la Revuelta jónica contra el gobierno persa de Darío I. Además de una acción de represalia ante su actuación en la revuelta, el rey aqueménida también vislumbró la oportunidad de extender su imperio en Europa y asegurar su frontera occidental.

La primera campaña (492 a. C.) fue dirigida por Mardonio, quien volvió a subyugar Tracia y obligó a Macedonia a ser vasalla del reino de Persia. Sin embargo, el progreso de la expedición militar fue impedido por una tormenta que sorprendió a la flota del general persa mientras costeaba el Monte Athos. El siguiente año, habiendo dado muestras de sus intenciones, Darío despachó embajadores a todas partes de Grecia pidiendo la sumisión. Recibió la misma de todas excepto Atenas y Esparta, las cuales ejecutaron a los embajadores. Con Atenas desafiante y Esparta en guerra contra él, Darío ordenó una campaña militar para el siguiente año.

Imperio aqueménido hacia el 500 a.C. (click para ampliar)
El Gran Rey Darío I, tras el trato dado a sus embajadores por atenienses y espartanos, decide organizar una expedición de castigo contra Eretria, en la isla de Eubea, y Atenas. Para ello, en el 490 a.C. y en la costa sur de Asia Menor, lejos del alcance de los barcos helenos, arma una flota en la que embarca unos 25.000 hombres. De ellos 10.000 son de caballería, la principal arma persa, Imperio donde las distancias son enormes y la rapidez es fundamental. Por otra parte, los pastos son abundantes, lo que en modo alguno sucede en la Hélade. Los griegos no tienen caballería. Tampoco emplean arqueros, ellos se manejan con los hoplitas. El resto del ejército persa era infantería. El ejército lo manda Artafernes, sobrino de Darío, rey que morirá el año 486. Como segundo al mando, el noble Datis, al cargo de la caballería. Acompañaba a los persas un traidor griego, Hipías. Había sido tirano de Atenas y había sido desterrado hacía no mucho. Todavía tenía partidarios en la ciudad de Atenas y se había unido a los persas, esperando recuperar el trono de la ciudad que lo había rechazado. 

La fuente histórica principal de la batalla es el historiador griego Heródoto, que describe los acontecimientos en el libro VI, en los párrafos 102-117 de su "Historias" Heródoto facilita una fecha del calendario lunisolar, del que cada ciudad griega tenía su variante. Los cálculos astronómicos permiten obtener una fecha en el calendario juliano. En 1855, se determinó que la batalla tuvo lugar el 12 de septiembre de 490 a. C., fecha comúnmente admitida. Según otro cálculo, es posible que el calendario espartano estuviera un mes avanzado con respecto al calendario ateniense, en cuyo caso sería el 12 de agosto. 

Desde Eretria, y deseando castigar la insolencia ateniense, desembarcan el ejército en la llanura pantanosa de Maraton, por indicación de Hipías. Una pequeña península protege a los barcos, el pantano, a los guerreros que desembarcan y el lugar se encuentra a 42 kilómetros al noreste de Atenas. La recomendación de Hipías era la adecuada. La llanura de Maratón, protegida por un pantano, era el lugar desde el que amenazar a Atenas y obligar a luchar a los atenienses en una zona propicia a la caballería persa.

Inmortal persa
Los persas se instalan en la llanura, esperando celebrar allí la batalla y poder usar su caballería contra los griegos. Los atenienses, al conocer el ataque sobre Eretria, piden ayuda a los espartanos. Éstos dicen que ayudarán, pero que antes tienen que realizar los actos rituales que preceden a la marcha a la guerra de los suyos. Estos rituales les impedirán llegar a tiempo a Maraton. Cuando el ejército espartano llegue a Atenas, camino del norte, la victoria ya será historia; reciente, pero historia.

Durante varios días, los griegos y persas se colocaron a pie en largas formaciones a través de los más de 3.200 metros de la amplia llanura de Maratón. Los atenienses, con la ayuda de 600 hoplitas de la vecina Platea, se preparan para hacer frente al ejército persa. Los griegos alinean 10.000 hoplitas, frente a los 25.000 efectivos, entre caballería e infantería, de los persas. Los atenienses no tienen prisa por atacar, esperando la llegada de los refuerzos espartanos. Además, carecen de caballería y podrían ser tomados por los flancos o por la retaguardia y suceder lo peor. Los persas tampoco tienen prisa por celebrar la batalla, pues esperan que los partidarios de Hipías, al conocer la proximidad de su líder, les rindieran la ciudad, desprotegida de sus principales huestes. 

Ninguno de los dos ejércitos estaba dispuesto a iniciar el ataque y perder la ventaja de luchar a la defensiva. Los griegos estaban esperando el apoyo militar del ejército espartano, la fuerza de infantería de élite de todas las ciudades-estado griegas, mientras que los persas estaban esperando al resto de su ejército que venía desde Eretria. 

Pero pasan los días y nada sucede. De modo que los generales persas deciden pasar a la acción. Y toman una decisión equivocada: Dividen el ejército. Datis, con la caballería, embarca sigilosamente de noche, esperando dirigirse a Atenas, sitiarla y que las puertas de la ciudad se les abran. Si no sucede así, pueden atacar a los griegos por la espalda, pues estarían los griegos entre dos fuegos. Saben que con la división corren un riesgo, y por eso lo hacen de noche y procurando que la maniobra pase desapercibida. El campamento griego está al otro lado de la colina y desde él no se domina la playa.

Pero si los persas cuentan con la ayuda de un traidor, Hipías, los atenienses no van a ser menos: Varios soldados dorios, que militaban en el ejército persa, al conocer el embarque de la caballería, abandonan al Gran Rey, se pasan al bando heleno y cuentan apresuradamente a sus estrategas que los persas se han quedado sin caballería y que pretenden sitiar y tomar Atenas. Ante estas noticias, los generales atenienses, con Milcíades, político principal del momento, deciden atacar a la infantería persa de inmediato. Si logran una victoria rápida todavía pueden regresar a Atenas, antes de que los persas la sitien formalmente, y avisar para que la ciudad en modo alguno se rinda ante los persas.

Hoplita
Al ejército ateniense lo manda Calímaco, que morirá en la batalla. Las falanges de hoplitas formaban normalmente un rectángulo de 8 filas de fondo y avanzaban en formación hasta el contacto con el enemigo, esforzándose en mantener esa formación durante toda la batalla, en la que los hombres de las filas extremas se esforzaban en herir con su lanza al enemigo más cercano. La formación en bloques de guerreros codo con codo tenía la virtud de que las bajas eran muy inferiores que en una lucha cuerpo a cuerpo. Los griegos eran muy conscientes de que eran un pueblo corto en número y llegaron a amoldar su forma de conducir la guerra a la política de minimizar las bajas. La falange actuaba como un solo hombre y avanzaba o retrocedía sin perder su formación. 

En tales condiciones bélicas, el escudo formaba parte principal del arma del hoplita. Perder el escudo en la batalla era considerado un delito, penado con la muerte, porque quedaba desprotegido el que lo llevaba y el compañero de la izquierda. No tenía la misma gravedad perder la lanza o la espada. 


El centro persa aguantó el choque del centro griego y aún le hizo retroceder, estando formado por los mejores soldados de la formación persa. No obstante, la superioridad griega fue patente en las alas, que cedieron ante el empuje de los hoplitas. Las alas persas se deshicieron y emprendieron la huida a los botes, que estaban apostados en la playa. Los vencedores griegos volvieron entonces sus armas contra el centro persa, que estaba propinando una buena paliza a su zona central. Los persas se vieron cogidos entre dos fuegos y se llegó al desastre y a la huida general.

El balance de Maratón se saldó con entre 6.400 y 6.700 muertos en el ejército persa, frente a sólo 192 hoplitas muertos entre los atenienses, entre ellos, como hemos indicado, Calímaco. Sin perder demasiado tiempo, el ejército ateniense se dirigió a su ciudad, amenazada aún por la caballería persa. Mandaron, cuenta la leyenda, a un corredor para que se adelantara y llevara la buena noticia a su ciudad. Es posible que tal cosa hicieran, era lo lógico. El mensajero cubrió los 42 kilómetros, dio la buena noticia y la leyenda comienza cuando se nos dice que cayó muerto de cansancio en el momento siguiente. Era un digno broche a la heroicidad ateniense mostrada ante el enemigo. Es así como nacieron las célebres carreras de maratón en el mundo moderno. 

Antes de ser completamente envueltas, las tropas persas se separaron y comenzaron a correr hacia sus barcos de guerra. Datis y sus caballeros volvieron a sus barcos, pues nada podían hacer por cumplimentar los deseos del Gran Rey. Las consecuencias de esta fugaz guerra serán importantes y positivas para Atenas, que se va a convertir en la polis líder del mundo heleno durante unos decenios. Pero faltan aún los mejores episodios bélicos. Porque a Darío I le quedan pocos años de vida y a su hijo Jerjes la derrota de Maratón le resultará una espina clavada y volverá con un inmenso ejército, no ya para castigar insolencias, sino para conquistar y adueñarse de Grecia, pero esa es otra historia.

La Batalla de Maratón se convirtió en símbolo de los grandes logros militares y la estrategia. Sin embargo, aunque fue una victoria militar decisiva, no llegó a ser tan influyente como la Batalla de las Termópilas o Salamina unos diez años más tarde. Maratón si fue la primera gran victoria de una potencia europea sobre una de Asia. Sin esta victoria, la civilización occidental habría sido distinta. 

La victoria de los griegos sobre los persas marcó un punto de inflexión crucial en la evolución de la historia militar griega, porque esta batalla en la llanura de Maratón supuso el fin de la invasión persa, y permitió a los griegos convertirse en una potencia militar dominante en el mundo mediterráneo antiguo. Además, esto sentó las bases para que Grecia propagara la civilización occidental.

La leyenda de Maratón


 Filípides llegando a Atenas, 
Luc-Olivier Merson (1869)
En la ciudad griega de Atenas, las mujeres esperaban saber si sus maridos salían victoriosos o derrotados por los persas en la batalla en la llanura de Maratón (lugar ubicado aproximadamente a 42 km) debido que sus enemigos persas habían jurado que tras vencer a los griegos irían a Atenas a saquear la ciudad, y sacrificar a las niñas.


Al conocer esto, los griegos decidieron que si las mujeres de Atenas no recibían la noticia de la victoria griega antes de 24 horas, coincidiendo con la puesta del Sol, serían ellas mismas quienes matarían a sus hijos y se suicidarían a continuación. Los griegos ganaron la batalla, pero les llevó más tiempo del esperado, así que corrían el riesgo de que sus mujeres, por ignorarlo, ejecutasen el plan y matasen a los niños y se suicidasen después.

El general ateniense Milcíades el Joven decidió enviar un mensajero a dar la noticia a la polis griega. Y aquí se mezcla la historia con la leyenda: Filípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer una distancia de entre 30 y 35 km para dar la noticia, puesto que la ciudad de Maratón está al noroeste de Atenas, a no mucha distancia. Tomó tanto empeño en llegar a su destino a la mayor brevedad que, cuando llegó, cayó agotado y antes de morir sólo pudo decir una palabra: "νίκη" (-Níki- victoria en griego antiguo).

Otra versión nos la da el historiador Heródoto. Según él, Filípides fue enviado hacia Esparta para pedir asistencia militar y poder repeler la invasión de los persas, quienes estaban avanzando hacia Maratón. Según Heródoto, Filípides corrió desde Atenas a Esparta en dos días, recorriendo 240 km. Los fundadores del C.O.I. tomaron la primera versión y fijaron la distancia de la carrera en 40 km, aunque existe una carrera anual en homenaje a esta gesta denominada Espartatlón (Spartathlon), que recorre la distancia desde Atenas a Esparta. Pero no hay evidencia alguna de que en el mundo antiguo hubiera existido una competencia parecida al maratón moderno.

Heródoto escribió que Filípides recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días. Lo escribió 30 a 40 años después por lo que es bastante probable que Filípides sea una figura histórica. Pero el primer relato escrito conocido sobre una carrera de Maratón a Atenas es del escritor griego Plutarco (46-120), en su ensayo A la gloria de Atenas, donde atribuye la carrera a un heraldo llamado Thersippus o Eukles, no Filípides. Luciano, un siglo después, lo atribuye a Filípides. Parece probable que, en los 500 años transcurridos desde la época de Heródoto a la de Plutarco, se haya confundido la historia de Filípides con la de la Batalla de Maratón, y que algún escritor imaginativo haya inventado la historia de la carrera de Maratón a Atenas. Al parecer Filípides no hizo el recorrido Maratón-Atenas (42 km) pero seguramente si hizo la de Atenas-Esparta (246 km).

Muchos creen que sólo por Filípides el maratón recibió su nombre, pero eso es incorrecto, ya que en general los soldados griegos eran excelentes corredores y tras la batalla de Maratón todo el ejército ateniense debió correr la distancia Maratón-Atenas para llegar a la costa de su indefensa ciudad antes que los barcos persas. Cuando los persas llegaron no podían creer la increíble fortaleza de estos soldados y abandonaron sus intentos de conquista. Así pues, la proeza de la carrera de Maratón a Atenas debería atribuirse antes al atlético ejército ateniense que corrió a toda prisa, para defender su distante ciudad que a un Filípides que posiblemente no estuvo allí; y si estuvo, corrió junto con los demás.