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lunes, 5 de septiembre de 2016

Cleopatra VII, reina de Egipto

Fue la séptima reina de Egipto de igual nombre: Antes de ella, hubo otras seis Cleopatras. Ninguna la superó en inteligencia, visión política, astucia, capacidad de mando, seducción y sentido práctico. 


Cleopatra Filopátor Nea Thea, o Cleopatra VII Fue la primera y única faraona no egipcia -había nacido en Macedonia en el 69 aC- que se molestó en aprender el idioma de sus vasallos. Era políglota y no necesitaba intérpretes ni traductores para comunicarse personalmente con etíopes, árabes, sirios, medos y partos. Hablaba fluidamente en todas esas lenguas y tenía gran facilidad de aprendizaje de varias más, en tanto sus predecesores en el trono egipcio apenas si habían sabido manejarse en el dialecto griego de Macedonia, que ni siquiera era el griego de origen, sino un fárrago de inflexiones por momentos indescifrables. En cambio, Cleopatra estudió el griego clásico con severos profesores de Atenas, y también leía, escribía y hablaba el latín con envidiable naturalidad.

Su padre, Ptolomeo XII redactó un testamento, cuya copia envió a su "padrino" romano, el poderoso Pompeyo, designando a Cleopatra VII como su legítima sucesora, para que muy pronto gobernara Egipto junto con su hermano y marido Ptolomeo XIII. Esto último, sólo aclarado a efectos de evitar nuevas "luchas del escorpión", como se le llamaba al derramamiento de sangre entre familiares de la alta realeza. Es que Berenice IV, otra hermana de Cleopatra, quedaba excluida de esta herencia, y era mejor prevenir que curar, porque entre ellas no se llevaban nada bien.

Tenía apenas 18 años cuando se ciñó la corona real, medio siglo antes del nacimiento de Jesucristo. Y nunca fue vieja: vivió sólo hasta los 39 años. De ahí que a Cleopatra VII se la recuerde tal como lo hacen las monedas acuñadas en su época, actualmente exhibidas en el Museo de Alejandría: serena y bella, de ojos enormes, con un cuello largo y delgado, y un porte pulcro y elegante, delicado y fuerte a la vez.

Así como la visualización de Cleopatra VII resulta esencial para narrar su peculiar historia, no menos importante es describir la por aquel entonces capital absoluta de Egipto, donde el cuerpo perdido de Alejandro reposa hoy sin tumba ni paradero, acaso bajo las piedras de una Alejandría tan exclusiva y tan excluyente que fue llamada "la Ciudad", a secas. Por decirlo sintéticamente: tras unos 3.000 años de faraones egipcios, unos 300 años antes de Cristo llegaron los Ptolomeos y, después de Cleopatra, Roma administró esa "colonia" por casi 400 años más. 

Una idea subyacente, y para nada disparatada, es que, de haber triunfado Cleopatra y no Roma, Alejandría habría sido la sede de un "imperio mediterráneo" con una monarquía helénica que habría expandido y sostenido mucho mejor ese ya de por sí bello, culto y rico escenario histórico. Pero, como se verá, Cleopatra perdió la batalla final. Y el mundo volvió a cambiar. 

Digamos que en el invierno del año 332 a.C., habiendo conquistado ya Siria y Palestina, las tropas de Alejandro habían entrado sin resistencias en la antigua patria de los faraones y aceptado su rendición incondicional. Por entonces, Egipto era un país autárquico y escasamente integrado a sus vecinos del Mediterráneo, y a los 24 años el emperador macedonio vislumbró la oportunidad de crear un extraordinario enclave, según un dato aparecido por primera vez en La Odisea de Homero: 
-Una isla llamada Faros en las agitadas aguas de la desembocadura del río Nilo. Hay allí un buen puerto donde los marinos pueden proveerse de agua... 
Alejandro le encargó al famoso arquitecto Dinócrates la construcción de un puerto único, con un faro que sería una de las siete maravillas del mundo en la isla del caso y un enorme espigón uniéndola a la ciudad costera, con canales para las embarcaciones pequeñas y puentes, calles, plazas, templos y edificios públicos. Y una avenida principal jamás vista: 300 metros de ancho y casi 5 kilómetros de largo, atravesando Alejandría. 


Según la tradición Alejandro Magno fue enterrado en algún lugar de Alejandría, en un cruce de caminos de las calles principales.

A mediados del siglo 1 a.C., cuando los sucesivos y nefastos Ptolomeos le cedían su postrer cetro a nuestra Cleopatra, Alejandría era la ciudad más moderna del mundo conocido. Mientras que Roma era un emplazamiento de "nuevos ricos" con abundantes bolsones de mendicidad, aguas servidas y sucios cuarteles militares, Alejandría era pulcra, ordenada y pacífica.

Alejandría era algo más que un puerto de lujo. Y no sólo por ser el mayor centro industrial de manufactura del papiro, sino también del vidrio y de las telas, de los lienzos y pigmentos, d.-las piedras preciosas y drogas medicinales, anticipándose los alejandrinos en eso que siglos más adelante Occidente llamaría "producción masiva" o "en serie", y en la importación de materias primas y la exportación de mercaderías elaboradas.

Pero, ¿por qué sufría Cleopatra, incluso mucho antes de ser reina? Porque entendía que Alejandría era Egipto, y que Egipto no era una nación libre, sino un protectorado romano a merced de impuestos, deudas y hasta tropas extranjeras. Es muy difícil desbrozar la enredada trama de intereses en pugna dentro del poder real alejandrino. En principio, uno de los máximos acreedores de Egipto era un financista enormemente rico y muy voraz, llamado Rabirio Póstumo. El Ptolomeo a cargo del trono no tuvo mejor idea que pagarle lo adeudado nombrándolo ministro de Hacienda del reino, sin importarle que fuera romano ni que su "plan de emergencia" fuese aumentar los impuestos arbitrariamente, para recuperar sus inversiones personales.

Pero, ¿de dónde le venía ese sentimiento nacionalista a Cleopatra? Tal vez de su educación republicana con sus profesores helénicos. Quizá de su desprecio por la grosería de la soldadesca romana. Acaso de su permanente contacto con la gente sencilla de su variopinto pueblo. Porque si algo hacía a escondidas, además de sufrir, era escaparse del Palacio cubierta de pies a cabeza con un rebozo árabe, y deambular por las calles bajas de Alejandría.

En la primavera del 51 a.C. Ptolomeo el Flautista se murió. La hora de Cleopatra había llegado. Acababa de cumplir sus 18 años y estaba más que lista para gobernar. Sólo tenía una contra: debía compartir el mando con su hermano Ptolomeo XIII, de 10 años, con quien estaba oficialmente casada, por pesado lastre de una tradición faraónica que no sólo admitía sino que incluso prescribía el incesto como garantía dinástica. Así las cosas, los Ptolomeos habían asumido y prolongado esa milenaria norma egipcia, pero tomando además amantes que no eran sus hermanos ni sus hermanas, engendrando más hijos ilegítimos y confundiendo la línea de sangre hasta límites improbables. De ahí que los antiguos faraones propusieran el sistema matrilineal: la línea de descendencia femenina, que podía ser comprobada por el simple embarazo y el parto observado, de manera que su hijo o hija fuese rey o reina sin duda ni disputa alguna... Claro que el problema no era él, sino ese descomunal "consejo de tutores" supuestamente designado para velar por los intereses del rey niño. Y bien sabía ella cuáles eran los "intereses" de esa burda pandilla de inútiles: la intriga, la corrupción, el juego, el ocio, los vicios

Uno de ellos era Aquilas, el comandante en jefe del ejército. Otro, el retórico griego Teodoto, que dosificaba y supervisaba la educación del pequeño monarca. Otro, el eunuco Potino, un típico obsecuente y relamido profesional del chisme que, sólo simbólicamente, desempeñaba el papel de ministro de Hacienda. Estos tres jerarcas eran los dueños de Ptolomeo XIII.

Ellos querían una soberana dócil, y de pronto descubrían a una Cleopatra que pensaba, juzgaba y obraba por cuenta propia, sin tan siquiera consultarlos. -¡Es una tirana, una ramera, una loca! -decían Potino, Teodoto y Aquilas, sin saber que sus dichos llegarían a oídos de Cleopatra -¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que hacer algo! -dijo el comandante. -Si, pero, ¿qué? -inquirió el retórico. -¡Debilitarla! ¡Aplastarla! -respondió el eunuco. -Sí, pero, ¿cómo? -profundizó el retórico. -¡Casar al pequeño con Berenice! -se iluminó el eunuco. ¡Podemos arrestarla por traición al César y anular ese matrimonio al estilo egipcio, que no es legal en Roma...!

Cleopatra no tuvo más remedio que dar un urgente paso al costado, adelantándose, como siempre, a los acontecimientos. Ya venían a buscarla los sediciosos, de noche y armados hasta los dientes, cuando ella y su cuerpo de consejeros y guardianes se iban con rumbo a Siria. Corría el 48 a .C. y Cleopatra ya tenía 21 años.

Aquilas fue ungido gobernador de Egipto y los otros dos chiflados se frotaron las manos, convencidos de que por fin se habían sacado de encima a la inmanejable Cleopatra. Pero no contaban con su astucia... En Siria, ella se encargó personalmente de convocar y de reagrupar a sus muchos partidarios, y en rearmar un ejército paralelo con todas las de la ley. Esto, mientras al otro lado del Mediterráneo se desarrollaban ciertos acontecimientos de extraordinaria importancia. Se rompía la neta coalición entre Julio César, Craso y Pompeyo, los tres romanos más poderosos de su época, debido a la desaforada rivalidad de sus ambiciones individuales. Y entonces fue Cleopatra la que se frotó las manos. Craso terminó muerto tras decidir por su cuenta y riesgo la intervención militar de Partia, para acabar con todas las rebeliones. Muy celoso de los triunfos bélicos de Pompeyo y César, Craso deseaba obtener una victoria que lo colocase a su nivel, y sobre todo llenar sus alicaídas arcas con las legendarias riquezas del Oriente. Un manotazo de ahogado que no prosperó, porque las tropas de Craso fueron aniquiladas en la cruenta batalla de Carrhae: una de las más desastrosas derrotas de Roma que no sólo jamás sería olvidada, sino que dejaría a Pompeyo y a César frente a frente, solos en la disputa final por el poder real

Recordemos, de paso, que a la sazón Pompeyo era el "padrino" de Alejandría, es decir, del Egipto de los Ptolomeos. Las heroicas andanzas de Julio César por las Galias y el rudo noroeste del Imperio, poco y nada les interesaban a los refinados alejandrinos. En cambio, Pompeyo el Grande era su protector, su representante y su defensor en las mafiosas cortes romanas. Un amigo de Egipto que siempre estaba ahí cuando se lo necesitaba, y viceversa. Un ejemplo. Un año antes de su fuga a Siria, Cleopatra recibió la visita de un hijo de Pompeyo, solicitándole el envío de numerosos barcos mercantes cargados de cereales destinados a alimentar a sus tropas, enzarzadas ya en una guerra civil sin tregua ni cuartel contra las legiones imperiales de César. Y Cleopatra lo hizo. Un año después, Pompeyo caía definitivamente derrotado por César en la luctuosa batalla fratricida de Farsalia, ocurrida en Tesalia, y Cleopatra se agarraba la cabeza. ¿Se había equivocado de bando? ¿Cuál sería ahora la actitud de Julio César, todopoderoso amo y señor del mundo entero, y por ende de Alejandría y de Egipto? 

De Pompeyo a Julio César 

La guerra civil era inevitable, y encima caía "de visita" Pompeyo. Las tropas egipcias estaban acampadas en Pelusium, listas para enfrentarse con el ejército paralelo de Cleopatra, y Pompeyo el Grande le avisaba a Aquilas que quería verlo cuanto antes en un pequeño puerto cercano, donde había anclado con su esposa. Y entre el comandante Aquilas y los otros dos tutores de Ptolomeo XIII se armó una agobiante discusión. ¿Debían ir a recibir gran jerarca romano derrotado? ¿O tenían que ignorarlo? Sí, se trataba del mismísimo Pompeyo, pero ¿qué haría luego el omnipotente Julio César al enterarse de que ellos quizás lo habían auxiliado?

En líneas generales, el dilema era el siguiente. Por un lado, Pompeyo le correspondía el derecho de asilo: era el "padrino" Protector de Egipto. Por otro, cabía la remota posibilidad de que Pompeyo, uno de los dos hombres más poderosos del mundo, resolviese enfrentar otra vez a César y, a la postre, resultara ganador. Era una hipótesis improbable, pero no imposible. Sin embargo todo indicaba que Pompeyo estaba acabado. Una opción era dejarlo solo: Después de todo, estaban en guerra... pero existía la posibilidad de que fuera a Siria y ayudara a Cleopatra contra ellos? Finalmente se impuso una idea perversa: Engañar a Pompeyo. Ofrecerle amistad y asistencia... y tomarlo de rehén. Así matarían tres pájaros con una sola flecha: ni se aliaría con Cleopatra y quedamos como los héroes que han sabido ponerle el punto final al desangre entre romanos. Además, César quedaría en deuda con ellos.

Aquilas llevó consigo a Septimio, un oficial romano que alguna vez había desempeñado tareas de mando bajo las órdenes del gran general y almirante Pompeyo, y también a un centurión de su entera confianza. Apenas Pompeyo puso pie en tierra, el nervioso oficial romano desenvainó su espada y lo tajeó a traición. -¡No! ¡Lo queremos vivo! -alcanzó a gritar Aquilas, pero ya el centurión "de confianza" lo imitaba a Septimio, y Pompeyo caía entre las piedras.

Así acabó la existencia del Grande que había limpiado el Mediterráneo de piratas y rebeldes. Todo el Mare Nostrum sería al fin indisputable propiedad de Julio César. Incluidas la nación de los faraones y Alejhandría.

En ese momento clave, mientras las huestes de Cleopatra y Aquilas se vigilaban en Pelusium, César y más de 4.000 de sus mejores guerreros, embarcados en 35 galeras, surcaban el Mediterráneo en busca de su rival en fuga, sin saber que ya había muerto, César intuía que Pompeyo se dirigiría a Egipto, y deseaba consolidar su victoria de Farsalia aplastándolo antes de que llegara a Alejandría, es decir, antes de que lograra reunir nuevas fuerzas. Y al llegar, desembarcó a sus legionarios de a pie y sus lanceros a caballo, y los dispersó por la ciudad con la orden de localizar y darle caza a Pompeyo y a todos sus seguidores. Por otro lado, al tanto de la guerra civil entre Cleopatra y el triunvirato dueño de Ptolomeo XIII, quería hacer algo para pacificar a ambos bandos o restablecer el orden a la romana: ultimando a uno de ellos, si fuese necesario. Y entonces se enteró del fin de Pompeyo: su problema principal había terminado, y bien podía descansar unos días. Muy pocos días más tarde llegó desde Pelusium el cínico Teodoto, llevando en alto la cabeza de Pompeyo y exhibiéndola con orgullo ante los ojos de César, —Pero, ¿qué es esto, maldito necio? —dijo César. Una cosa hubiera sido haberle dado muerte en pleno campo de batalla, o bien hacerle quitarse la vida por mano propia al mejor estilo romano, y otra cosa era comprender que al gran Pompeyo lo habían asesinado a sangre fría un griego oportunista y un par de egipcios degenerados por la pura ambición. 

Pintura que representa el ofrecimiento de la cabeza de Pompeyo como ofrenda a César al llegar a Egipto.
En el acto mandó liberar de prisión a todos los seguidores de Pompeyo, muchos de ellos detenidos por los hombres de Aquilas antes que por los recién llegados de Roma. César era un sujeto ambicioso e implacable, pero no se le escapaba que la mejor política hacia los vencidos era la magnanimidad. Sobre todo si ésta no se le aplicaba a los jefes, sino a los subalternos de menor importancia, proponiéndose ganarlos para su causa a cambio de un juramento de lealtad ante quien hasta ese piadoso momento había sido su mortal enemigo.

César le ordenó a Ptolomeo que retirara su ejército de la frontera egipcia con Siria. Y viendo una oportunidad única, Potino le mandó un mensaje a Aquilas, sugiriéndole enviar oficiales de élite para asesinar al César, y luego sí, aplastar de una buena vez las tropas de Cleopatra. Y aquí vuelve a entrar ella en escena. Convocada por César, Cleopatra sabía que para viajar hasta Egipto debía sortear el vasto cerco tendido por los vigías de Aquilas. Pero, ¿cómo atravesar las líneas enemigas sin ser detectada, capturada y ejecutada? Y si tenía éxito en esa fase inicial, ¿cómo entrar en Alejandría sin mayor riesgo? El problema era difícil por partida doble, pero Cleopatra usó la cabeza y, como siempre, superó toda previsión adversa con esa capacidad de ingenio y coraje que la caracterizarían hasta el fin de su existencia. Disfrazada de andrajoso paria del desierto, llegó de noche a Pelusium y zarpó mar adentro en una pequeña embarcación siria que la esperaba a escondidas. Y al atardecer del día siguiente, ya frente a "la Ciudad", le pidió a su leal remero, un sirviente siciliano de nombre Apolodoro, que esperara la caída del sol y luego atracara en el puerto alejandrino y le entregara al César en persona esa gran alfombra persa, de la que tanto le había hablado ella durante la navegación. Y Apolodoro lo hizo. Ató la alfombra enrollada, se la echó sobre los hombros y caminó hasta las murallas palaciegas, donde conversó animadamente y sin apuro con los guardias, explicándoles al fin que llevaba un modesto obsequio del gobernador romano de Siria para el genial César. Obviamente precedido por un par de custodios armados, César recibió a Apolodoro en sus aposentos, observó la gran alfombra que éste depositaba delicadamente en el piso de mármol y le ordenó que la desatara y la desenrollara. El remero siciliano obedeció y, como por arte de magia, ante el atónito César apareció Cleopatra.

De Alejandría a Roma 

Era Cleopatra, y los historiadores aseguran que Julio César la amó desde esa mismísima noche. -Aquella increíble argucia -escribiría Plutarco- ganó el corazón y la mente del gran César.

Al amanecer César mandó traer a sus aposentos al joven Ptolomeo y a su tutor Potino, y éstos empalidecieron al ver en la cama del conquistador a una aparentemente dócil Cleopatra, completamente desnuda y limándose las uñas con indolente aire.

Ptolomeo se arrancó la corona, que nunca había dejado de usar, y la estrelló contra el piso, mientras el eunuco Potino prorrumpía en impotente llanto. Por otro lado, el inquieto pueblo alejandrino supo que Cleopatra estaba en el Palacio e invadió los jardines y fuentes, reclamando explicaciones o un mínimo de transparencia. Estaban hartos de tanta confusión política, y querían saber de qué se trataba ahora. César aplacó a las masas prometiéndoles la reconciliación de los hermanos en pugna a muy corto plazo, la inmediata entrega de Chipre a Berenice y Ptolomeo como sendos gobernadores de esa isla, y el trono de Egipto delegado por Roma a su legítima ama y señora, Cleopatra VII.

En el regio banquete de esa precisa noche, programado para formalizar la reconciliación de los hermanos en pugna, de pronto el César lanzó una carcajada, levantó una mano, cerró el puño y bajó el pulgar. Y en un abrir y cerrar de ojos, el salón se llenó de legionarios y el ministro eunuco fue sacado al exterior. En la confusión de espadas al aire y gritos de alarma, Aquilas y sus hombres lograron escapar y reunirse al fin con su ejército. Pero Potino fue inmediatamente ejecutado.

El ejército de Aquilas contaba con 20.000 soldados, contra los 4.000 de César. Y lógicamente, muy pronto el Palacio fue sitiado por las tropas egipcias, recibidas a su ingreso en Alejandría con vivas y aplausos por gran parte de su inestable población. César se enfrentaba no sólo a Aquilas, sino también a los alejandrinos. El problema era francamente grave. Estaba encerrado allí con sus legionarios y los Ptolomeos, y sus enemigos habían contaminado los canales de agua potable del Palacio, vertiendo en ellos miles de toneles de agua marina. Impávido, César ordenó excavar bajo los pisos de mármol: sabía que en ese tipo de terrenos, de piedra caliza y tan próximo al mar, solia haber napas de agua dulce. Y su calma y sentido práctico no le fallaron, y sus hombres honraron su ya legendaria inteligencia. Cabe agregar que, durante los primeros enfrentamientos, Berenice huyó del Palacio junto con su tutor Ganímedes y que, al refugiarse en el cuartel general de Aquilas, ella fue considerada jefa espiritual de una rebelión popular en contra de Cleopatra, Ptolomeo y los romanos. Lo que no era del gusto de Aquilas, por ser Ptolomeo su protegido y su carta de triunfo en caso de conseguir derrotar a César. Conclusión: Berenice envenenó a Aquilas y Ganímedes se puso al frente de las tropas egipcias. En fin, que la llamada Guerra Alejandrina se extendió a toda la región y hubo numerosas batallas terrestres y navales, y el tiempo pasó sin que ninguno de los dos bandos alcanzara la victoria.

A cuatro meses de iniciado el conflicto bélico, César ya no soportaba a ese joven Ptolomeo que no sólo no podía no haber conspirado contra Cleopatra, y que quizá la mataría en cualquier momento. Además, Cleopatra estaba embarazada. Y dado que el padre de la criatura era el mismísimo amo del mundo, éste creía que en la frívola Roma reconocerían la legitimidad de su futuro hijo y, por ende, de su amada como indiscutible reina de Egipto, y de él mismo como administrador de ese país. A los 52 años, César se sentía lleno de vida, y pensaba defenderla a muerte. Ergo, le comunicó al malicioso Ptolomeo que lo dejaría salir del Palacio para reunirse con Berenice, puesto que su lugar estaba junto a ella y su pueblo. Y Ptolomeo cayó de rodillas y sollozó y gimió, declarándole su amor incondicional y suplicándole que no lo expulsase de su lado. Sorpresa... y lágrimas de cocodrilo. Ptolomeo no era tan tonto como parecía y se daba cuenta de que, a la larga, los egipcios no podían ganar. Y él no quería estar entre ellos, ni luchar ni morir con ellos, cuando todo terminara. Pero César lo echó a empujones del Palacio. Luego, Ptolomeo apartó del poder a Berenice y Ganímedes, y se invistió como comandante absoluto de las fuerzas rebeldes. Sí, el rencor lo había vuelto valiente. Entretanto, Mitríades de Pérgamo, a quien César había enviado en busca de ciertas remotas legiones de refuerzo, arrasó a los egipcios de Pelusium y entró en la nación de los faraones, asolándola desde el delta del Nilo hasta Menfis, para finalmente marchar a filo y sangre sobre "la Ciudad". Demostrando más coraje del esperado en un macedonio entregador y venal como casi todos sus ancestros, Ptolomeo fijó la posición de su ejército en un montículo fortificado a la vera de un pantano, y resistió el embate lateral de Mitríades durante dos cruentas jornadas, al cabo de los cuales todo estaba perdido para él y los suyos. Los pocos guerreros egipcios que quedaron vivos escaparon en botes y troncos lanzados a las aguas del Nilo. Y el desesperado Ptolomeo los imitó, pero con tan mala suerte que la pequeña embarcación a la que saltó, atestada de aterrados fugitivos, se dio vuelta y se hundió. Así, a los 15 años de edad, Ptolomeo XIII murió ahogado.

A principios del. 47 a.C., César había recuperado el control de "la Ciudad", y de Egipto entero. Era el gran vencedor y, Roma mediante, proclamó reina única y genuina a su amada, futura madre de un hijo grecolatino y garantía de una paz duradera, tras casi medio año de tan feroces como inútiles desangres. Tres legiones romanas estacionadas en ese dulce país bastarían para asegurar la convivencia ciudadana y el libre comercio, y ese descanso que César tanto necesitaba. Pero era imprescindible que el César de todos los Césares regresara a Roma, donde el Imperio requería de un gobernante capaz de ponerle coto al desmadre cívico y hasta senatorial. Sin embargo, el César se quedó largamente con "su" Cleopatra. Periodo en el que el embarazo de ella trascendió las fronteras alejandrinas y les planteó a propios y ajenos un urticante dilema: cuando naciera, ¿qué sería ese niño? ¿Un faraón, un Ptolomeo o un romano? ¿Un vástago natural o un príncipe real? ¿El producto de una mera unión sexual o el agente unificador de una cultura en común? Nadie podía aceptar ninguno de estos contradictorios argumentos. Ni siquiera haciendo circular en Egipto que César era la encarnación del dios Amón, émulo del Júpiter romano o del Zeus griego. Y en Roma, que Cleopatra era algo más que una hábil prostituta o una hechicera tipo Isis, que se había adueñado de César en la cama.
Entrada de Cleopatra a Roma, según el filme de 1962
Un monarca oriental había aprovechado las guerras civiles para sacarse de encima a uno de sus generales romanos, y César tuvo que partir en su auxilio antes de que naciera su hijo, al que Cleopatra llamaría Cesarión, es decir, "pequeño César". Lo que César se proponía era volver a Roma y allí reclamar, como de linaje propio, a Cleopatra y Cesarión. Pero no antes de derrocar a ese molesto monarca oriental y, ya restablecido el orden tras una dura batalla, lanzar la célebre frase: —Vine, ví y vencí. Célebre frase que no pudo menos que repetir en el anárquico sur de Italia, donde las exhaustas legiones de Campania se habían amotinado y Marco Antonio no lograba pacificarlas. Problema de lealtad que, con su carismática presencia, un solidario discurso y el anuncio de la inmediata distribución de tierras y alimentos a los soldados, César solucionó de plano. Y después tuvo que cruzar a Sicilia, para saltar luego al norte de África y aplastar definitivamente los resabios de las fuerzas subversivas pompeyanas, ejecutando a varios de sus cabecillas y permitiéndoles a los prestigiosos Catón y Escipión que se suicidaran. Y ahora sí que el magnánimo Julio César era todo un dios. Excepto en Hispania, donde los hijos de Pompeyo se afanaban vanamente en armar un nuevo ejército para continuar con la causa de su finado padre, César se elevaba por encima de la ya casi agonizante República romana y echaba los cimientos de otra etapa imperial, al amparo de las deidades helénicas y de un proyecto civilizador de mucho mayor alcance.

Con Cleopatra ya en Roma, Julio César se dejó honrar por todas sus conquistas. Cuatro días y cuatro noches duró la fiesta pública más espléndida y prolongada jamás vivida por los romanos. Llegó al Capitolio escoltado por 40 elefantes. Sus legionarios le cantaban coplas subidas de tono, inspiradas en sus dotes de "calvo adúltero". Pero, por diplomático tacto, Cleopatra no estaba a su lado. Pensaba hacer de ella su emperatriz, si es que lograba imponérsela como tal a sus recelosos compatriotas. Por el momento, estaba decidido a marchar sobre Hispania y acabar con esos facciosos pompeyanos de una buena vez, cosa que hizo a los 56 años, lejos de Roma y de Cleopatra. Fue nombrado cónsul por diez años, dictador vitalicio y emperador. Ahora, todo lo que quería hacer era casarse con Cleopatra y ungir al bebé Cesarión como el primer heredero de una dinastía inédita, propia y capaz de extenderse. 

Cuando Marco Antonio insistió en ofrecerle seriamente la corona real, César la rechazó a pesar de sus propios deseos. Los senadores se quejaban de sus excesos, y no era conveniente irritarlos más. Los despreciaba, pero acababan de confirmarlo como dictador vitalicio. Y en los idus de marzo, es decir, el día 15, debía reunirse con ellos para discutir cierta ley de los Libros Sibilinos: un tratado de oráculos que, presuntamente, él no obedecía como era debido. Uno de los cabecillas de la conspiración era Cayo Casio, un ex general y almirante de Pompeyo, a quien César había amnistiado. Otro era el joven Bruto, de quien se decía que era descendiente bastardo de César, y que éste estimaba y protegía como a un verdadero hijo. Intelectual y erudito, Bruto era todo lo contrario a lo que su nombre sugiere, y superaba a Cayo Casio en inteligencia y capacidad de simulación. El resto es Historia. Maldita, pero Historia al fin. Los confabulados escondían puñales entre los pliegues de sus ropas. Y César, apenas una pluma de escribir. Llevaba, sobre su impoluta toga, el manto púrpura del poder supremo. Los senadores lo recibieron de pie y, rodeándolo poco a poco, más y más, codeándose entre sí y rivalizando para pedir la palabra o un favor impostergable, uno de ellos le arrancó de la espalda el rojo manto. Era la señal. El momento de actuar. La hora fatal (ver más) -¿Qué significa este acto de violencia? -alcanzó a inquirir el disgustado emperador, y una daga se hundió en su garganta, aunque sin impedirle exclamar:-. ¡Tú, Casca! ¿Qué te propones, villano?... Un hermano del tal Casca lo apuñaló por el costado. Casio lo tajeó en pleno rostro. Y en cuestión de segundos, todos estaban encima de él; traidores aullando: -¡Libertad! ¡Democracia! ¡Muera al tirano! ¡Viva la Repúblical... ¿Dónde estaba Marco Antonio? ¿Será verdad que la reina del Nilo fue la primera en enterarse del crimen?

Asesinato de Julio César
El dilema de Cleopatra lucía insoluble. Era una monarca extranjera sin ningún derecho local y, para colmo de males, el hasta entonces casi desconocido Octavio se presentaba como el mejor hijo adoptivo y el más legítimo heredero de Julio César. Cabe preguntarse si Marco Antonio se proponía sustituir al César, y si Cleopatra lo veía a éste como el sucesor de su viejo amante y socio. De lo que no cabe duda alguna es de que ambos se encontraron en secreto: uno para jurarle fidelidad a la mujer más apreciada por su extinto jefe y colega, la otra para pedirle que la ayudase a salir de Roma lo antes posible. Y ése fue el principio de una bella amistad, por así decirlo. -Confía en mí y haré de ti un hombre feliz, romano -le habría dicho ella, al partir rumbo a su entrañable Alejandría.


Cleopatra y Marco Antonio

La oportunidad de utilizar de nuevo sus armas de mujer le llegó antes de lo esperado. Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Octavio Augusto por el poder en la región, había vencido en la batalla de Filipos, pero no estaba muy conforme con el comportamiento de la Reina de Egipto. Con la idea de reprocharle que no hubiera actuado como un aliado fiel, Marco Antonio hizo llamar a Cleopatra para que acudiera a verle y se humillara ante él pidiéndole disculpas por su mal hacer. Cleopatra, astuta e inteligente como la que más, decide acudir a la cita pero con otra intención diferente: la de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio. Le consideraba como el sucesor natural de Julio César y, sin importarle que estuviera casado en Roma con la que fue su primera mujer, Fluvia, se presentó en Tarso, aunque no humillada y débil como esperaba el romano, sino decidida a conquistarle. Cleopatra no estaba dispuesta a correr hacia él como una simple vasalla. Todo lo contrario, ella había ido, pero ahora él debía ir a su encuentro. Lo esperó, lista para hacerle entender por qué se la llamaba "reina de reyes". Cuando Antonio y sus guardias llegaron, si nos atenemos a la famosa descripción de Shakespeare, basada en La Vida de Antonio, de Plutarco, el panorama habrá sido el siguiente: Sobre las aguas, desfilaban tantos veleros faraónicos que era imposible contarlos. Todos relucientes y bruñidos, como si fuesen de bronce o de acero, y cargados a tope con fastuosos estandartes, objetos de arte, muebles finos, joyas y mesas pletóricas de comida y bebidas. Y cientos de muchachas semidesnudas y mancebos disfrazados de faunos, con cuernitos y patas de machos cabríos. Y en medio de esos navíos de fábula, la más impresionante barcaza real: íntegramente dorada, de casi cien metros de largo, con velas rojas y remos de plata, inmersa en una gran nube de incienso y una hechicera música de flautas y timbales. Y cuando la nube se lo permitió, el alelado Marco Antonio divisó al mando de tamaña ciudad flotante, como si se tratase de un mascarón de proa viviente, a una fascinante Venus o Afrodita ataviada con pecaminosas gasas traslúcidas al viento y maquillada como una auténtica Isis: Cleopatra, claro está. A los 29 años, le enseñaría por qué tres siglos de refinamiento helenístico en Egipto pesaban más que toda la sórdida cultura romana. Y entonces ordenó a sus sorprendentes naves que remontaran el río Cidno y entraran en un lago que era el puerto de la ciudadela de Tarso. Luego, abrumado por una multitud tan entusiasmada como vociferante, Antonio abordó la barcaza real. Desde ese preciso momento, fue el prisionero sensual de Cleopatra. A su llegada le ofrece a Marco Antonio la revelación de un mundo divino en la que ella es el centro, como una nueva Isis que se presenta ante el conquistador, un nuevo Osiris. Juntos formarían una pareja real capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasados. Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía en un principio, ya que Marco Antonio ni pudo ni quiso resistirse al esplendor de aquella formidable reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona. Cuatro días con sus cuatro noches más tarde las negociaciones habían llegado a su fin y Marco Antonio, completamente enamorado, acompañaba a Cleopatra para instalarse en el Palacio de la Reina de Alejandría a vivir una pasión que, en total, duraría 14 años.

De esa manera Marco Antonio, por amor, abandonó no sólo sus obligaciones familiares sino también las políticas y militares, para vivir una fastuosa vida en Egipto llena de lujos con su amada Cleopatra. Esto le llevó a ser declarado enemigo de Roma y de Octavio Augusto, que por entonces regía los destinos del Imperio y que no descansó hasta destruirlos. El amor de Marco Antonio por Cleopatra se impuso de tal manera a sus deberes como militar y a las necesidades de su patria que los historiadores de la época, incluido el propio Plutarco, cuentan que Marco Antonio "no estaba en posesión de sus facultades, parecía estar bajo los efectos de una droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella, en vez de pensar en vencer a sus enemigos". Cleopatra tampoco fue inmune a los encantos de Marco Antonio y ella también se enamoró de ese hombre fuerte y valiente que, aunque no tan inteligente como Julio César, le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado que, al menos en sus deseos, sería cada vez más próspero.

Aun así, el amor de la pareja estuvo plagado de rupturas, reconciliaciones y luchas por el poder y el control. De hecho, en la plenitud de su amor, Marco Antonio tuvo que regresar a Roma para casarse con Octavia, como parte del acuerdo político que intentaba lograr Octavio para que no se destruyera del todo el triunvirato. Con ella tuvo dos hijas, Julia Antonia la Mayor y Julia Antonia la Menor, pero ni siquiera ellas consiguieron hacerle olvidar a Cleopatra y, cuatro años después, repudió a su esposa y regresó a Egipto para reencontrarse con “su reina” y casarse con ella. El amor de la pareja se materializó en los tres hijos que nacieron fruto de su unión. Los primeros en llegar fueron los gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y luego nació Tolomeo Filadelfo, el pequeño. Los tres también fueron trágicas víctimas de las conspiraciones políticas de sus padres.

Como no podía ser menos en una historia de amor de estas características, el final de estos amantes fue tan dramático y trágico como era de esperar y llegó de la mano de una terrible derrota en el campo de batalla, unida a un malentendido que, a la postre, resultó ser mortal. El enfrentamiento final de la llamada ‘Guerra Ptolemaica’ (32-30 a. C.), por la que Octavio Augusto llevó hasta Egipto su lucha contra Marco Antonio, se produjo en la batalla naval de Actium. En ella cayó derrotada la flota de Marco Antonio al ser abandonado por las tropas egipcias, aunque consiguió huir y refugiarse con Cleopatra en Alejandría.

En el verano de 30 a.C., la capital egipcia estaba totalmente cercada por las tropas romanas. Cleopatra, rodeada de sus más íntimos y fieles servidores, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, seguramente el mausoleo de los reyes lágidas; allí guardó también todos sus tesoros: gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, vestimentas reales, especias... Entretanto, Antonio decidió presentar batalla. Junto a sus fieles se batió bravamente a las puertas de la ciudad para rechazar la incursión de la caballería de Octavio y mantener aún un poco más el asedio y la ilusión de resistencia. Pero Antonio hubo de ver cómo su flota se rendía, o más bien se pasaba al bando de Octavio, lo que hizo que la caballería desertara de inmediato. Agobiado por la situación e impresionado por un súbito rumor que se difundió acerca del suicidio de su amada reina, Antonio resolvió quitarse la vida con su espada, acompañado por un esclavo de confianza.

Cuando Octavio entró al fin en una Alejandría rendida y silenciosa, su principal preocupación se centró en Cleopatra, que se había atrincherado en el mausoleo, con las macizas puertas cerradas a cal y canto y con una provisión de madera para prender fuego al edificio y sus tesoros después de suicidarse. Eso era precisamente lo que más temía el nuevo amo de Alejandría. Octavio envió a un hombre de confianza, Gayo Proculeyo, para intentar persuadir a la reina de que desistiera de su encierro, pero fue en vano; el legado no podía conceder lo único que deseaba Cleopatra: salvar a sus hijos y sobre todo a Cesarión.

En manos de Octavio

Un día después se celebró una nueva entrevista. Mientras uno de los enviados hablaba con Cleopatra a través de una reja, Proculeyo escaló el edificio con dos sirvientes y accedió a la sala donde se hallaba la reina. Cuando una de sus mujeres la avisó –«¡Desdichada Cleopatra, te van a capturar viva!»–, la reina se clavó una daga en el pecho, pero la herida no fue mortal y Proculeyo logró desarmarla rápidamente. 

A continuación, Cleopatra fue trasladada al palacio de Alejandría, donde quedó bajo la custodia de un eunuco de confianza de Octavio y sometida a una estrecha vigilancia. Parece que la reina enfermó de pena y dejó de comer, en un intento por precipitar su muerte; Octavio sólo pudo convencerla de que se alimentara con la amenaza de dar muerte a sus hijos.

Unos días más tarde, Cleopatra solicitó una entrevista con Octavio. Las fuentes difieren mucho sobre lo que ocurrió en esa ocasión. Según Plutarco, Octavio vio a una demacrada Cleopatra que le imploró por su vida y la de sus hijos, mientras intentaba librarse de toda culpa. Dión Casio, en cambio, retrata a una reina digna y de luto, aún de irresistible belleza, que trató de seducir a Octavio como había hecho antes con Julio César y Marco Antonio.

Como quiera que fuese, el resultado sería el mismo. Cleopatra sabía que el designio de Octavio era llevarla a ella y a sus hijos a Roma para mayor gloria y triunfo del futuro Augusto; luego la meterían en una mazmorra, donde se volvería loca o se suicidaría, como les había ocurrido a otros monarcas helenísticos. Era una perspectiva insoportable para la orgullosa soberana lágida, que prefirió darse muerte ella misma.

Cleopatra, negándose a la humillación de compartir el triunfo de Octavio, se vistió con sus mejores galas, pidió que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio y se quitó la vida cumpliendo con el procedimiento ritual egipcio de hacerse morder por un áspid (una cobra egipcia). Era el 12 de agosto del año 30.a.C. y Cleopatra aún no había cumplido los cuarenta años de edad.

En venganza por no poder llevar prisionero a ninguno de los dos en su regreso triunfal, Octavio se llevó a los tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra a Roma como trofeos de guerra. Allí se los entregó la viuda legal de Marco Antonio, Octavia, que además era su hermana, para que fuera ella la que los tutelara. Aunque de los varones no se ha sabido nada más, sí se conoce que Cleopatra Selene se casó con el rey africano Juba II de Numidia y estableció su residencia en Mauritania hasta su muerte.

Con el fallecimiento de la pareja no sólo finalizó una de las más bellas y pasionales historias de amor de todos los tiempos, sino que también fue el fin de un sueño que había durado 22 años, los que Cleopatra consiguió mantenerse en el poder e incluso expandir su reino, que durante unos años fue casi tan extenso como en tiempos de sus más gloriosos antepasados. Con su suicidio también finalizó una era. El año 30 a.C. fue el que marcó el final del esplendor del Antiguo Egipto al ser incorporado como una provincia más al Imperio Romano concluyendo así con 3.000 años de historia ininterrumpida en la tierra de los Faraones.

Ciertamente, pocos personajes femeninos han sido tan frecuentados por las artes plásticas, la literatura y el teatro. Y del cine, ni hablar. Ejemplos al toque. En 1917, la legendaria Theda Bara fue la primera Cleopatra de repercusión universal del cine mudo, precedida por la mímica interpretación de Helen Gardner, en 1911. En 1934, le llegó el turno a la hermosa Cleopatra de Claudette Colbert. Las menos recordables: una de Sofía Loren en Dos noches con Cleopatra, en 1954, y otra versión titulada Los invasores del Nilo, con la actriz argentina Linda Cristal. La Cleopatra más famosa, al punto de haberse convertido en un ícono popular, fue indudablemente la de Elizabeth Taylor, en 1962. Y hay más, claro está. 


El gran Miguel Ángel la pintó como a una siempre joven doncella de mirada lánguida y frente despejada, sin flequillo y con una extensa trenza de cabello que, sobre sus hombros, se confunde con una delgada serpiente al acecho.


La cabeza de una estatua de mármol, hallada en la antigua Mauritania, la muestra con rulos y gruesos labios, pero no con una nariz tan prominente como la que se le adjudicó. Llevó una vida "de película", pero existió en carne y hueso. Y sus sueños de liberación, refinamiento y mancomunión global flotan aún sobre las cabezas de los prohombres de Occidente, harto enredados en una trama de intereses materialistas para nada "cleopatrianos", sino acaso todo lo contrario. Como bien lo señala el historiador Ernle Bradford en la última página de su monumental investigación sobre Cleopatra, ella fue una leyenda viviente, más allá de que la Historia oficial haya tratado de presentarla peyorativamente, como a una hembra pérfida y sólo entregada a los excesos sexuales. Falso. Cleopatra fue una mujer de insólita valentía, lucidez y visión política, que todo lo arriesgó con tal de liberar a Egipto del injusto dominio romano, liderando en persona a más de 80.000 combatientes antiimperialistas, y hasta intentando legarle la depreciada corona de los Ptolomeos a Cesarión, hijo de su primer amante y socio Julio, César de todos los Césares. Sí, su audacia y ambiciones fueron, y son, equiparables con las de su admirado héroe olímpico y macedónico compatriota, Alejandro Magno.

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sábado, 12 de septiembre de 2015

La Batalla de Maratón

La Primera Guerra Médica consistió en la primera invasión persa de la Antigua Grecia, durante el transcurso de las Guerras Médicas. Comenzó en 492 a. C., y concluyó con la decisiva victoria ateniense en la batalla de Maratón en 490 a. C. La invasión, que constó de dos campañas distintas, fue ordenada por el rey persa Darío I, fundamentalmente con el objetivo de castigar a las polis (ciudades) de Atenas y Eretria. Éstas habían apoyado a las ciudades de Jonia durante la Revuelta jónica contra el gobierno persa de Darío I. Además de una acción de represalia ante su actuación en la revuelta, el rey aqueménida también vislumbró la oportunidad de extender su imperio en Europa y asegurar su frontera occidental.

La primera campaña (492 a. C.) fue dirigida por Mardonio, quien volvió a subyugar Tracia y obligó a Macedonia a ser vasalla del reino de Persia. Sin embargo, el progreso de la expedición militar fue impedido por una tormenta que sorprendió a la flota del general persa mientras costeaba el Monte Athos. El siguiente año, habiendo dado muestras de sus intenciones, Darío despachó embajadores a todas partes de Grecia pidiendo la sumisión. Recibió la misma de todas excepto Atenas y Esparta, las cuales ejecutaron a los embajadores. Con Atenas desafiante y Esparta en guerra contra él, Darío ordenó una campaña militar para el siguiente año.

Imperio aqueménido hacia el 500 a.C. (click para ampliar)
El Gran Rey Darío I, tras el trato dado a sus embajadores por atenienses y espartanos, decide organizar una expedición de castigo contra Eretria, en la isla de Eubea, y Atenas. Para ello, en el 490 a.C. y en la costa sur de Asia Menor, lejos del alcance de los barcos helenos, arma una flota en la que embarca unos 25.000 hombres. De ellos 10.000 son de caballería, la principal arma persa, Imperio donde las distancias son enormes y la rapidez es fundamental. Por otra parte, los pastos son abundantes, lo que en modo alguno sucede en la Hélade. Los griegos no tienen caballería. Tampoco emplean arqueros, ellos se manejan con los hoplitas. El resto del ejército persa era infantería. El ejército lo manda Artafernes, sobrino de Darío, rey que morirá el año 486. Como segundo al mando, el noble Datis, al cargo de la caballería. Acompañaba a los persas un traidor griego, Hipías. Había sido tirano de Atenas y había sido desterrado hacía no mucho. Todavía tenía partidarios en la ciudad de Atenas y se había unido a los persas, esperando recuperar el trono de la ciudad que lo había rechazado. 

La fuente histórica principal de la batalla es el historiador griego Heródoto, que describe los acontecimientos en el libro VI, en los párrafos 102-117 de su "Historias" Heródoto facilita una fecha del calendario lunisolar, del que cada ciudad griega tenía su variante. Los cálculos astronómicos permiten obtener una fecha en el calendario juliano. En 1855, se determinó que la batalla tuvo lugar el 12 de septiembre de 490 a. C., fecha comúnmente admitida. Según otro cálculo, es posible que el calendario espartano estuviera un mes avanzado con respecto al calendario ateniense, en cuyo caso sería el 12 de agosto. 

Desde Eretria, y deseando castigar la insolencia ateniense, desembarcan el ejército en la llanura pantanosa de Maraton, por indicación de Hipías. Una pequeña península protege a los barcos, el pantano, a los guerreros que desembarcan y el lugar se encuentra a 42 kilómetros al noreste de Atenas. La recomendación de Hipías era la adecuada. La llanura de Maratón, protegida por un pantano, era el lugar desde el que amenazar a Atenas y obligar a luchar a los atenienses en una zona propicia a la caballería persa.

Inmortal persa
Los persas se instalan en la llanura, esperando celebrar allí la batalla y poder usar su caballería contra los griegos. Los atenienses, al conocer el ataque sobre Eretria, piden ayuda a los espartanos. Éstos dicen que ayudarán, pero que antes tienen que realizar los actos rituales que preceden a la marcha a la guerra de los suyos. Estos rituales les impedirán llegar a tiempo a Maraton. Cuando el ejército espartano llegue a Atenas, camino del norte, la victoria ya será historia; reciente, pero historia.

Durante varios días, los griegos y persas se colocaron a pie en largas formaciones a través de los más de 3.200 metros de la amplia llanura de Maratón. Los atenienses, con la ayuda de 600 hoplitas de la vecina Platea, se preparan para hacer frente al ejército persa. Los griegos alinean 10.000 hoplitas, frente a los 25.000 efectivos, entre caballería e infantería, de los persas. Los atenienses no tienen prisa por atacar, esperando la llegada de los refuerzos espartanos. Además, carecen de caballería y podrían ser tomados por los flancos o por la retaguardia y suceder lo peor. Los persas tampoco tienen prisa por celebrar la batalla, pues esperan que los partidarios de Hipías, al conocer la proximidad de su líder, les rindieran la ciudad, desprotegida de sus principales huestes. 

Ninguno de los dos ejércitos estaba dispuesto a iniciar el ataque y perder la ventaja de luchar a la defensiva. Los griegos estaban esperando el apoyo militar del ejército espartano, la fuerza de infantería de élite de todas las ciudades-estado griegas, mientras que los persas estaban esperando al resto de su ejército que venía desde Eretria. 

Pero pasan los días y nada sucede. De modo que los generales persas deciden pasar a la acción. Y toman una decisión equivocada: Dividen el ejército. Datis, con la caballería, embarca sigilosamente de noche, esperando dirigirse a Atenas, sitiarla y que las puertas de la ciudad se les abran. Si no sucede así, pueden atacar a los griegos por la espalda, pues estarían los griegos entre dos fuegos. Saben que con la división corren un riesgo, y por eso lo hacen de noche y procurando que la maniobra pase desapercibida. El campamento griego está al otro lado de la colina y desde él no se domina la playa.

Pero si los persas cuentan con la ayuda de un traidor, Hipías, los atenienses no van a ser menos: Varios soldados dorios, que militaban en el ejército persa, al conocer el embarque de la caballería, abandonan al Gran Rey, se pasan al bando heleno y cuentan apresuradamente a sus estrategas que los persas se han quedado sin caballería y que pretenden sitiar y tomar Atenas. Ante estas noticias, los generales atenienses, con Milcíades, político principal del momento, deciden atacar a la infantería persa de inmediato. Si logran una victoria rápida todavía pueden regresar a Atenas, antes de que los persas la sitien formalmente, y avisar para que la ciudad en modo alguno se rinda ante los persas.

Hoplita
Al ejército ateniense lo manda Calímaco, que morirá en la batalla. Las falanges de hoplitas formaban normalmente un rectángulo de 8 filas de fondo y avanzaban en formación hasta el contacto con el enemigo, esforzándose en mantener esa formación durante toda la batalla, en la que los hombres de las filas extremas se esforzaban en herir con su lanza al enemigo más cercano. La formación en bloques de guerreros codo con codo tenía la virtud de que las bajas eran muy inferiores que en una lucha cuerpo a cuerpo. Los griegos eran muy conscientes de que eran un pueblo corto en número y llegaron a amoldar su forma de conducir la guerra a la política de minimizar las bajas. La falange actuaba como un solo hombre y avanzaba o retrocedía sin perder su formación. 

En tales condiciones bélicas, el escudo formaba parte principal del arma del hoplita. Perder el escudo en la batalla era considerado un delito, penado con la muerte, porque quedaba desprotegido el que lo llevaba y el compañero de la izquierda. No tenía la misma gravedad perder la lanza o la espada. 


El centro persa aguantó el choque del centro griego y aún le hizo retroceder, estando formado por los mejores soldados de la formación persa. No obstante, la superioridad griega fue patente en las alas, que cedieron ante el empuje de los hoplitas. Las alas persas se deshicieron y emprendieron la huida a los botes, que estaban apostados en la playa. Los vencedores griegos volvieron entonces sus armas contra el centro persa, que estaba propinando una buena paliza a su zona central. Los persas se vieron cogidos entre dos fuegos y se llegó al desastre y a la huida general.

El balance de Maratón se saldó con entre 6.400 y 6.700 muertos en el ejército persa, frente a sólo 192 hoplitas muertos entre los atenienses, entre ellos, como hemos indicado, Calímaco. Sin perder demasiado tiempo, el ejército ateniense se dirigió a su ciudad, amenazada aún por la caballería persa. Mandaron, cuenta la leyenda, a un corredor para que se adelantara y llevara la buena noticia a su ciudad. Es posible que tal cosa hicieran, era lo lógico. El mensajero cubrió los 42 kilómetros, dio la buena noticia y la leyenda comienza cuando se nos dice que cayó muerto de cansancio en el momento siguiente. Era un digno broche a la heroicidad ateniense mostrada ante el enemigo. Es así como nacieron las célebres carreras de maratón en el mundo moderno. 

Antes de ser completamente envueltas, las tropas persas se separaron y comenzaron a correr hacia sus barcos de guerra. Datis y sus caballeros volvieron a sus barcos, pues nada podían hacer por cumplimentar los deseos del Gran Rey. Las consecuencias de esta fugaz guerra serán importantes y positivas para Atenas, que se va a convertir en la polis líder del mundo heleno durante unos decenios. Pero faltan aún los mejores episodios bélicos. Porque a Darío I le quedan pocos años de vida y a su hijo Jerjes la derrota de Maratón le resultará una espina clavada y volverá con un inmenso ejército, no ya para castigar insolencias, sino para conquistar y adueñarse de Grecia, pero esa es otra historia.

La Batalla de Maratón se convirtió en símbolo de los grandes logros militares y la estrategia. Sin embargo, aunque fue una victoria militar decisiva, no llegó a ser tan influyente como la Batalla de las Termópilas o Salamina unos diez años más tarde. Maratón si fue la primera gran victoria de una potencia europea sobre una de Asia. Sin esta victoria, la civilización occidental habría sido distinta. 

La victoria de los griegos sobre los persas marcó un punto de inflexión crucial en la evolución de la historia militar griega, porque esta batalla en la llanura de Maratón supuso el fin de la invasión persa, y permitió a los griegos convertirse en una potencia militar dominante en el mundo mediterráneo antiguo. Además, esto sentó las bases para que Grecia propagara la civilización occidental.

La leyenda de Maratón


 Filípides llegando a Atenas, 
Luc-Olivier Merson (1869)
En la ciudad griega de Atenas, las mujeres esperaban saber si sus maridos salían victoriosos o derrotados por los persas en la batalla en la llanura de Maratón (lugar ubicado aproximadamente a 42 km) debido que sus enemigos persas habían jurado que tras vencer a los griegos irían a Atenas a saquear la ciudad, y sacrificar a las niñas.


Al conocer esto, los griegos decidieron que si las mujeres de Atenas no recibían la noticia de la victoria griega antes de 24 horas, coincidiendo con la puesta del Sol, serían ellas mismas quienes matarían a sus hijos y se suicidarían a continuación. Los griegos ganaron la batalla, pero les llevó más tiempo del esperado, así que corrían el riesgo de que sus mujeres, por ignorarlo, ejecutasen el plan y matasen a los niños y se suicidasen después.

El general ateniense Milcíades el Joven decidió enviar un mensajero a dar la noticia a la polis griega. Y aquí se mezcla la historia con la leyenda: Filípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer una distancia de entre 30 y 35 km para dar la noticia, puesto que la ciudad de Maratón está al noroeste de Atenas, a no mucha distancia. Tomó tanto empeño en llegar a su destino a la mayor brevedad que, cuando llegó, cayó agotado y antes de morir sólo pudo decir una palabra: "νίκη" (-Níki- victoria en griego antiguo).

Otra versión nos la da el historiador Heródoto. Según él, Filípides fue enviado hacia Esparta para pedir asistencia militar y poder repeler la invasión de los persas, quienes estaban avanzando hacia Maratón. Según Heródoto, Filípides corrió desde Atenas a Esparta en dos días, recorriendo 240 km. Los fundadores del C.O.I. tomaron la primera versión y fijaron la distancia de la carrera en 40 km, aunque existe una carrera anual en homenaje a esta gesta denominada Espartatlón (Spartathlon), que recorre la distancia desde Atenas a Esparta. Pero no hay evidencia alguna de que en el mundo antiguo hubiera existido una competencia parecida al maratón moderno.

Heródoto escribió que Filípides recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días. Lo escribió 30 a 40 años después por lo que es bastante probable que Filípides sea una figura histórica. Pero el primer relato escrito conocido sobre una carrera de Maratón a Atenas es del escritor griego Plutarco (46-120), en su ensayo A la gloria de Atenas, donde atribuye la carrera a un heraldo llamado Thersippus o Eukles, no Filípides. Luciano, un siglo después, lo atribuye a Filípides. Parece probable que, en los 500 años transcurridos desde la época de Heródoto a la de Plutarco, se haya confundido la historia de Filípides con la de la Batalla de Maratón, y que algún escritor imaginativo haya inventado la historia de la carrera de Maratón a Atenas. Al parecer Filípides no hizo el recorrido Maratón-Atenas (42 km) pero seguramente si hizo la de Atenas-Esparta (246 km).

Muchos creen que sólo por Filípides el maratón recibió su nombre, pero eso es incorrecto, ya que en general los soldados griegos eran excelentes corredores y tras la batalla de Maratón todo el ejército ateniense debió correr la distancia Maratón-Atenas para llegar a la costa de su indefensa ciudad antes que los barcos persas. Cuando los persas llegaron no podían creer la increíble fortaleza de estos soldados y abandonaron sus intentos de conquista. Así pues, la proeza de la carrera de Maratón a Atenas debería atribuirse antes al atlético ejército ateniense que corrió a toda prisa, para defender su distante ciudad que a un Filípides que posiblemente no estuvo allí; y si estuvo, corrió junto con los demás.


viernes, 4 de septiembre de 2015

La caída del Imperio Romano de Occidente

Los grandes hechos y procesos históricos nunca tienen una sola causa. Este es el caso de la caída del Imperio Romano cuya decadencia comienza en el siglo III y culmina con la invasión de Roma por los germanos en el año 476.


La Crisis del Siglo III

Roma a partir del siglo III comenzó a perder su tradicional autoridad como centro del Imperio y las provincias adquirieron cada vez mayor autonomía. El Imperio era muy grande y difícil de controlar. Cada uno de los ejércitos regionales trataba de imponer a sus generales como emperadores provocando conflictos internos y aumentando la debilidad de Roma.

Frente a la inseguridad provocada por la crisis, las actividades comerciales y artesanales comenzaron a detenerse. Muchas ciudades romanas, que vivían de la recaudación de impuestos al comercio, comenzaron a despoblarse. Roma ya no conquistaba más, estaba a la defensiva y al no haber nuevas conquistas se perdió una de las principales fuentes de las riquezas imperiales. Los esclavos se tornaron escasos y por lo tanto más caros.

Ante la crisis, muchos propietarios rurales liberaron a sus esclavos. A estos ex esclavos se los llamó colonos y fueron la base de este sistema que consistía en la entrega de una porción de tierra, elementos de labranza y una parte de la cosecha para el mantenimiento del trabajador y su familia. A cambio el colono debía pagar fuertes tributos al dueño de la tierra. Dentro de la propiedad había también artesanos que producían lo necesario para la comunidad. Esto llevó a que las grandes propiedades se autoabastecieran y se apartaran de los circuitos comerciales. Allí el propietario se fue convirtiendo en un soberano que gobernaba su región y a sus colonos. Este sistema perjudicó seriamente al Imperio.


La Tetrarquía y La división del Imperio

Roma se hallaba sumida en el caos y su final parecía inminente. Sin embargo, un oscuro general de origen humilde, Diocleciano, consiguió tomar de nuevo las riendas del poder con mano firme, y el año 285 inauguró una era de reformas que asegurarían la supervivencia del Imperio durante casi dos siglos más en Occidente y mil años en Oriente.

Diocleciano se percató de que un solo emperador no era suficiente para atender todas las necesidades del Impero y decidió dividir sus dominios en dos, colocando la línea divisoria en la península balcánica. Fundó así la famosa tetrarquía: cada parte del imperio (la oriental y la occidental) sería gobernada por un emperador, con el título de augusto, que a su vez tendría como subordinado a una especie de vice-emperador, llamado César, que atendería a la seguridad de las fronteras. A este sistema se lo llamó "tetrarquía": gobierno de cuatro.


La tetrarquía no solucionó los problemas y siguieron las luchas internas hasta que en el 324 Constantino se proclamó emperador único. El nuevo gobernante fundó en Bizancio (actual Turquía) la nueva capital del Imperio Romano. Inauguró una política de tolerancia con el cristianismo adoptando él mismo esta religión, lo que dio un gran impulso a su difusión.

Con ciertas modificaciones, las reformas de Diocleciano fueron mantenidas y continuadas por Constantino. Pero el reinado de este emperador merece una atención particular por dos hechos fundamentales:
  1. El año 313 d.C. Constantino declaró la libertad de cultos en todo el Imperio, y el Cristianismo, tantas veces perseguido, inició entonces el largo camino que le convertiría en la religión oficial de Roma.
  2. Además, este emperador fundó la nueva ciudad de Constantinopla, a la que convirtió en capital imperial. De este modo, mil años después de su fundación, Roma quedaba reducida a una ciudad secundaria dentro del Imperio que ella misma había creado.
Constantino
Durante todo el siglo IV, las profundas reformas de Diocleciano permitieron administrar, con muchas dificultades, un imperio acosado por los bárbaros y debilitado por el empobrecimiento de sus provincias. Los escasos recursos del Estado no daban abasto para sofocar todos los intentos de invasión de unos pueblos atrasados que deseaban alcanzar el Imperio no ya para destruirlo, sino para disfrutar de sus ventajas.

Finalmente, el año 378 subió al trono el hispano Teodosio I, llamado el Grande.

El emperador Teodosio, al morir en el 395 d.C., dejó como herencia el Imperio a sus dos hijos. A Honorio le cedió el Occidente y a Arcadio, el Oriente. Esta división terminó de debilitar al Imperio, sobre todo en la parte occidental. Burgundios, Alanos, Suevos y Vándalos campaban a sus anchas por el Imperio y llegaron hasta Hispania y el Norte de África.

Los dominios occidentales de Roma quedaron reducidos a Italia y una estrecha franja al sur de la Galia. Los sucesores de Honorio fueron monarcas títeres, niños manejados a su antojo por los fuertes generales bárbaros, los únicos capaces de controlar a las tropas, formadas ya mayoritariamente por extranjeros.

El año 402, los godos invadieron Italia, y obligaron a los emperadores a trasladarse a Rávena, rodeada de pantanos y más segura que Roma y Milán. Mientras el emperador permanecía, impotente, recluido en esta ciudad portuaria del norte, contemplando cómo su imperio se desmoronaba, los godos saqueaban y quemaban las ciudades de Italia a su antojo.


La caída de Roma
En el 410 las tropas del visigodo Alarico saquearon Roma, causando una conmoción general en todo el Imperio. Durante tres días terribles los bárbaros saquearon la ciudad, profanaron sus iglesias, asaltaron sus edificios y robaron sus tesoros. Con el asalto a la antigua capital se perdía también cualquier esperanza de resucitar el Imperio, que ahora se revelaba abocado inevitablemente a su destrucción.

Los cristianos, que habían llegado a identificarse con el Imperio que tanto los había perseguido en el pasado, vieron en su caída una señal cierta del fin del mundo, y muchos comenzaron a vender sus posesiones y abandonar sus tareas.

San Agustín, obispo de Hipona, obligado a salir al paso de estos sombríos presagios, escribió entonces La Ciudad de Dios para explicar a los cristianos que, aunque la caída de Roma era sin duda un suceso desgraciado, sólo significaba la pérdida de la Ciudad de los Hombres. La Ciudad de Dios, identificada con su Iglesia, sobreviviría para mostrar, también a los bárbaros, las enseñanzas de Cristo.

Pero la ilustre historia del Imperio romano de Occidente vivió su último capítulo en el año 476 en Ravena, ciudad que desde hacía unas décadas era la capital del mismo Imperio. El general bárbaro Odoacro se hizo con el gobierno de Italia, tras destituir y desterrar a Rómulo Augusto, el último emperador, un joven de trece años que se ganó enseguida el apodo de «Augústulo», el pequeño Augusto. Su pomposo nombre hacía referencia a Rómulo, el fundador de Roma, y a Augusto, el fundador del Imperio. Y sin embargo, nada había en el joven emperador que recordara a estos grandes hombres. Rómulo Augústulo fue un personaje insignificante, que aparece mencionado en todos los libros de Historia gracias al dudoso honor de ser el último emperador del Imperio Romano de Occidente. En efecto, sólo un año después de su acceso al trono fue depuesto por el general bárbaro Odoacro, que declaró vacante el trono de los antiguos césares.

El imperio hacia el año 476 dC
Así, casi sin hacer ruido, cayó el Imperio Romano de Occidente, devorado por los bárbaros. El de Oriente sobreviviría durante mil años más, hasta que los turcos, el año 1453, derrocaron al último emperador bizantino. Con él terminaba el bimilenario dominio de los descendientes de Rómulo.

Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 se inicia la Edad Media, que termina con la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453.


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Fuentes
http://www.elhistoriador.com.ar/
http://www.historia-roma.com/
http://www.nationalgeographic.com.es/
Grandes Civilizaciones del pasado: Roma Antigua (Anna Maria Liberati y Fabio Bourbon – Ed. Folio, 2005)

martes, 25 de agosto de 2015

24 y 25 de agosto de 79 d. C. - Pompeya, congelada por el fuego del Vesubio

La erupción del Vesubio en el año 79 a.C. creó el infierno en la tierra para Pompeya y la vecina localidad costera de Herculano. De los habitantes de ésta solo quedaron algunos huesos. Un flujo volcánico a 400 grados arrasó con todo. Pero en Pompeya el menor calor generó costras de ceniza volcánica en torno a los retorcidos cuerpos de sus habitantes. En el siglo XIX, los arqueólogos inyectaron yeso en el vacío que dejó la muerte para crear moldes humanos


El relato detallado de esos momentos trágicos nos ha llegado en palabras de Plinio el Joven quien estuvo presente en la catástrofe durante la cual perdió la vida su tío el célebre naturalista Plinio el Viejo, almirante de la flota amarrada en Miseno, quien murió mientras trataba de socorrer a las víctimas del cataclismo en las playas de Estabia


Plinio el Joven cuenta a Tácito los terribles acontecimientos de aquellos días con estas palabras:
“Oía los gemidos de las mujeres, los alaridos de los niños, el clamor de los hombres, unos llamaban a gritos a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus cónyuges y los reconocían por su voz; había quien lloraba su suerte y quien deploraba la de los suyos; muchos levantaban sus brazos invocando a los dioses; otros, en menor número afirmaban que no existían ya los doses y que aquella era la última noche del mundo…”
Su mundo desapareció en 24 horas. Vivían sin saber que bajo las laderas fértiles del Vesubio latía el germen de su propia destrucción, que llegó por sorpresa en el año 79 antes de Cristo. Los habitantes de Pompeya, entre 12.000 y 15.000 personas según se estima, y los de la vecina localidad costera de Herculano, con unos 4.000 habitantes, murieron sepultados por sus propios techos, asfixiados por los gases tóxicos de la erupción, o carbonizados por un flujo abrasador de roca y aire ardiendo que se abalanzó sobre Herculano a 30 metros por segundo y 400 grados de temperatura.


Una nube volcánica de 35 kilómetros llevó la oscuridad a la bahía de Nápoles. La falta de visibilidad impedía la huida a los pompeyanos, que tuvieron unas pocas horas más de vida. Pero su mundo había sido el del aire fresco que disfrutan los actuales visitantes cuando recorren sus calles ordenadas, con el volcán al fondo. Un universo urbano de placeres y gozos cotidianos.

Arqueólogos y turistas

En el año 79 d.C. Pompeya era una ciudad que en la actualidad consideraríamos pequeña (ocupaba unas 80 hectáreas), pero bastante importante en opinión de sus habitantes y de otros romanos.

Su historia se remonta a la época etrusca, y sus ciudadanos —unos 20.000— descendían de los pueblos prerromanos y de los colonos romanos que se establecieron en la zona cuando Roma extendió su dominación sobre la Campania, región fértil y rica. (imagen de un esqueleto de aquella época sepultado bajo las cenizas durante 1900 años).

Se alzaba a orillas del río Sarno, que en la actualidad carece de importancia pero que entonces permitía que Pompeya fuera el puerto en el que atracaban los buques mercantes que recogían los productos agrícolas y las manufacturas de la ciudad. Pompeya constituía uno de los centros a través de cuyos mercados y muelles la Campania mantenía contactos con el mundo exterior.

Las casas, en su tipo más sencillo, tenía una sola puerta a la calle, y estaba cerrada todo alrededor por altas paredes, privadas de ventanas y provistas sólo de altos y estrechos respiraderos hacia el exterior, que servían para la ventilación. Parecía, pues, una pequeña fortaleza. Desde la entrada, tras haber recorrido un estrecho corredor, se llegaba al patio central o atrio; alrededor de éste se abrían las habitaciones de alojamiento, los “cubicula”, y frente a la puerta estaba el “tablinum”, lugar de reunión de toda la familia.

Este tipo sencillo y austero de casa pompeyana, usado en los siglos IV y III a. C., se transformó, gracias a la influencia griega, en una casa más suntuosa, en una especie de verdadero y auténtico palacio. Pero, junto a la lujosa casa del rico patricio o del mercader enriquecido, estaba siempre la modesta habitación del pequeño artesano o del comerciante.

La casa de los Vettii, llamada así por dos sellos encontrados en la misma que pertenecían a dos libertos llamados Aulus Vettis Restitutus y Aulus Vettius Conviva, es una de las más importantes de Pompeya, ya que conserva en la actualidad sus magníficos frescos decorados

En el siglo XVIII, el descubrimiento de las ruinas de Pompeya provocó una auténtica conmoción entre los amantes de la Antigüedad. La ciudad había desaparecido del mapa entre el 24 y el 25 de agosto del año 79 d.C., cuando una mortífera erupción del Vesubio sepultó ésta y otras localidades del entorno, como Herculano y Estabia. A lo largo de los años se mantuvo el recuerdo de la existencia de unas ruinas antiguas en la zona, e incluso algunos se aventuraron a apuntar su localización a la luz de ciertos hallazgos. Pero no fue hasta 1738 cuando el futuro Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, encargó a un ingeniero militar español, Roque Joaquín de Alcubierre, que iniciase las excavaciones. Esas primeras prospecciones se hicieron en la zona de Herculano, un punto especialmente dificultoso porque la ciudad había quedado sepultada bajo una capa solidificada de lava volcánica que llegaba a alcanzar los 26 metros de espesor. Por ello, pese a que se desenterraron algunas estatuas espléndidas, el monarca y sus asesores decidieron ampliar el alcance de la búsqueda. Fue así como, en 1748, se comenzó a excavar en la zona de la antigua Pompeya, si bien la ciudad no fue identificada como tal hasta mucho más tarde, en 1763.


Pompeya había quedado cubierta por una capa bastante menos gruesa de cenizas volcánicas solidificadas, tras la que se encontró otra mucho más ligera de lapilli (pequeñas piedras expulsadas durante una erupción volcánica); por ello, el acceso a las ruinas fue desde el principio mucho más fácil. Inicialmente los excavadores se sintieron decepcionados, pues no daban con las elegantes esculturas por las que suspiraba el rey. Durante dos años exploraron dos zonas opuestas de la ciudad, el anfiteatro y la vía de los Sepulcros. Tras una pausa, en el año 1755 se reanudaron los trabajos, siempre bajo la dirección de Alcubierre, que se mantuvo en el puesto hasta 1780. Los hallazgos se sucedieron: la villa de Cicerón, la finca de Julia Félix, más tarde el teatro Grande, el odeón, la villa de Diomedes y el templo de Isis. La expectación por los descubrimientos se extendió por toda Europa, y gran número de estudiosos, y también de simples curiosos –lo que hoy llamaríamos turistas–, empezaron a llegar al yacimiento para contemplar los edificios desenterrados, las estatuas y los primeros frescos que quedaban a la vista. El templo de Isis despertó especial interés; era el primer espacio sacro que se excavaba en Pompeya, el mejor conservado y, sobre todo, el primer santuario egipcio que podían ver con sus propios ojos los europeos, pues el viaje al país de los faraones no era factible en aquella época.

La vida en el hogar está ilustrada por delicados objetos, como una cuna de bebé de madera recuperada de la ira del volcán, o un banco para hacer una pausa en los paseos por los patios y jardines. En la calle, los residentes menos adinerados buscaban diversión en la tabernas como la de Salvio, de la que se salvaron algunos de los frescos más reveladores de la cotidianeidad pompeyana. «Aquí», exige un cliente al camarero. «No, me toca a mí», contesta otro. Las cocinas, un espacio menor en las casas, muestran las sopas y guisos de lentejas, alubias o cebolla que preparaban cuando estalló el Vesubio. La presencia de higos cuestiona la trágica fecha del 24 de agosto atribuida a Plinio, al ser octubre el mes de esta fruta.

Pompeya y la pequeña Herculano eran localidades cosmopolitas con una fuerte proporción de esclavos libres entre sus ciudadanos. Se estima que Pompeya debió tener entre 9 y 30 burdeles, la misma ciudad en cuyas paredes se han encontrado más de 50 graffitis con citas del poeta Virgilio. 

Las desinhibidas escenas de sexualidad conyugal que muestran algunos de los frescos más llamativos hablan de equilibrio en las relaciones entre sexos. En un fresco encontrado en la Casa de Lucius Caecilus, la pareja parece entretenida con las posturas sexuales, ella de espaldas, desnuda y reclinada sobre él, mientras un esclavo difuminado al fondo espera sus instrucciones.


La pintura colgaba en el patio de la casa, a la vista de todos. Los romanos estaban muy habituados a las imágenes de erotismo y sexualidad, que a menudo veían más como símbolos de fertilidad, superstición o, simplemente, de humor.


Es ese sentido del humor el que explica algunas imágenes más subidas de tono, como el de un lascivo sátiro que sujeta el pecho de una ménade, o la estatua del dios Pan en lo que antiguamente se definía como ayuntamiento carnal con una cabra. Esta jocosidad conmocionó a los arqueólogos que la encontraron a mediados del siglo XVIII en un jardín de Herculano.


En 1943, durante la segunda guerra mundial, una serie de bombardeos aliados dañaron seriamente los restos arqueológicos. Pero terminado el conflicto los trabajos se reanudaron a un ritmo intenso, aunque no siempre con el debido rigor; por ejemplo, los materiales desenterrados se utilizaron para la construcción de la autopista Nápoles-Salerno y como tierra fértil para los cultivos de la zona. Desde los años sesenta se han desenterrado tres nuevas casas: las de Fabio Rufo, Julio Polibio y de los Castos Amantes. Aun así, en la actualidad, 25 hectáreas del yacimiento, un tercio del total, aún no han visto la luz. Pero quizás el mayor reto para los arqueólogos sea la conservación de los edificios, mosaicos y frescos ya descubiertos, algo que resulta especialmente arduo en las condiciones de la actual crisis económica. Actualmente, un ferrocarril de cremallera conduce hasta el mismo cráter del volcán, siempre lleno de sugestión, pero siempre también humeante y amenazador. Nada hace suponer que el Vesubio haya cesado su actividad. Un observatorio vulcanológico situado próximo a él lo vigila atentamente, para prevenir al instante cualquiera de sus reacciones. La actividad del Vesubio no se ha extinguido, y su poder destructivo permanece latente, aunque Pompeya, Herculano y Estabia hayan quedado muy atrás…



EL MONTE VESUBIO

El Monte Vesubio es uno de los volcanes más conocidos en todo el mundo, la mayor parte de su fama proviene de su erupción en el año 79, que sepultó por completo la ciudad de Pompeya. El volcán se encuentra en Italia, en el Golfo de Nápoles y es uno de los volcanes que forman el arco volcánico de Campania. Este volcán es, de hecho, el único volcán activo situado en la parte continental de Europa, mide 1.281 metros de altura. Algunos de los otros volcanes que también se encuentran en este arco son Stromboli, Vulcano, Campi Flegrei y el Monte Etna. Estos volcanes son parte de la misma zona de subducción, que fue creada por las placas tectónicas euroasiáticas y africanas convergentes.

La primera erupción registrada. 
Una de las principales razones por la que el Vesubio es tan conocido es que en realidad es uno de los primeros volcanes en tener una erupción que se describe en detalle. Durante la erupción en el año 79 dC, Plinio el Joven vio la erupción volcánica de su ubicación en Miseno, a unos 18 kilómetros de distancia. Poco tiempo después, él escribió acerca de lo que vio, lo que nos da un registro temprano de las erupciones volcánicas. 


Erupción del Vesubio del año 79 d. C.,
según la descripción de Plinio el Joven
.
Él describió la erupción como una gran nube que se asemeja a un árbol, con un tronco y las ramas de humo y cenizas. Debido a Plinio el Joven los geólogos utilizan el término erupción pliniana para describir las erupciones que son similares a las del año 79, que son violentas y producen un gran volumen de gases en expansión, ceniza y rocas.

La erupción del Vesubio en el año 79 cubrió por completo las ciudades de Pompeya y Herculano. Los historiadores estiman que esta erupción podría haber matado a más de 16.000 personas. La principal causa de muerte durante esta erupción se debió a la asfixia por la ceniza volcánica. 

La parte más interesante de esta famosa erupción es que, debido a la ceniza caliente, se formaron moldes que preservaron a los fallecidos en detalle. Los únicos indicios de la erupción se produjeron unos pocos días antes, cuando las fuentes subterráneas de agua se secaron y se produjo un terremoto de menor importancia.

Actividad volcánica. 
En los 17.000 años anteriores, el Vesubio ha tenido 8 grandes erupciones, incluyendo la del año 79. Hace unos 3.780 años, una erupción ocurrió, y no sólo tomó a los residentes de las áreas circundantes por sorpresa, sino que fue lo suficientemente potente como para hacer que el área circundante (miles de kilómetros de ella) se convirtieran en desierto por más de 200 años.

Inmediatamente después de la erupción, en el año 79 dC, el volcán entró en erupción aproximadamente cada 100 años hasta 1037, momento en el que se detuvo temporalmente. Este largo período de tranquilidad provocó una erupción en 1631 que mató a 4.000 personas en el área.

Más recientemente, el Vesubio entró en erupción el 7 de abril de 1906, la erupción expulsó la mayor cantidad de lava registrada de este volcán. Esta erupción mató a 100 personas y cambió por completo los planes para los Juegos Olímpicos del Verano de 1908. La última gran erupción ocurrió el 18 de marzo de 1944, y destruyó varios pueblos cercanos, matando a 26 personas.

El volcán hoy. 
El Monte Vesubio y sus alrededores es un parque nacional, y está abierto a los visitantes. Existen varios caminos que lo rodean, incluyendo el acceso a la cumbre a pesar de la inminente erupción.


Hoy en día hay 18 pueblos alrededor de la base del monte Vesubio, y juntos contienen 600 mil personas, todos viviendo dentro de la zona roja. Esta zona se encuentra en la línea de fuego, en caso de que una erupción se produzca.

¿Qué sucedería en una erupción? Los científicos han medido que el Monte Vesubio se encuentra actualmente en la parte superior de una capa grande de magma, que se encuentra en el interior de la tierra y posee 154 kilómetros cuadrados, una cantidad muy grande de magma en comparación con otros volcanes de todo el mundo. Además, los científicos creen que la próxima erupción, como la del año 79, será una erupción pliniana, lo que significa que puede contener cenizas volantes y roca que alcanzarán velocidades de alrededor de 160 Km/h. Debido a su proximidad a Nápoles, y el gran número de personas que viven cerca, una erupción podría poner a más de 3 millones de personas en riesgo.

Gracias a las nuevas tecnologías, el gobierno italiano espera tener de dos semanas a 20 días de aviso antes de la próxima erupción, es de esperar que esto proporcione el tiempo suficiente para poner su plan de evacuación en vigor y salvaguardar a todas las personas que viven en la zona.




Fuentes
Grandes Civilizaciones del pasado: Roma Antigua (Anna Maria Liberati y Fabio Bourbon – Ed. Folio, 2005)