miércoles, 25 de marzo de 2015

El Concilio de Pisa o "ensalada de papas"

El Cisma de Occidente se produce a la muerte en el año 1378 de Gregorio XI, quien había trasladado a Roma la sede papal desde Aviñón.

Desde 1305 hasta 1377 los papas residían en Aviñón, Francia. En 1378, el papa Gregorio XI, había decidido intentar el regreso del papado a Roma, aunque pronosticó que el experimento sería un fracaso. Poco después de su llegada murió. El derecho canónico indicaba que el nuevo papa debía ser electo en el lugar donde el antiguo papa había muerto, así que el nuevo papa sería elegido en Roma. Una muchedumbre romana se reunió y amenazó con violencia contra los cardenales si no salía elegido un italiano como Pontífice. Los cardenales romanos eligieron como sucesor a Urbano VI.

Trece cardenales franceses formaron una coalición que buscaba reemplazar a Urbano al declarar que su elección fue inválida, ya que el cónclave había sido celebrado bajo la amenaza de violencia de parte de una muchedumbre. Así lo hicieron el 2 de agosto de 1378 en la ciudad de Anagni

Luego de la declaración de Anagni, los cardenales se reunieron en Fondi el 20 de septiembre de 1378, donde proclamaron a Roberto de Genebra con el nombre de Clemente VII, lo que originó la división en el seno de la Iglesia. 

Clemente VII (quien en 1377, mientras servía como legado papal, personalmente dirigió las tropas para reducir la pequeña ciudad de Cesena en el territorio de Forlì, que había obtenido recientemente su independencia de los territorios pontificios. Allí supervisó la masacre de 4000 civiles, una atrocidad para las reglas de la guerra de entonces, lo que le ganó el título de “El carnicero de Cesena”),  intentó imponer su autoridad como legítimo papa y conquistar Roma, pero en abril de 1378 su ejército fue vencido en Marino por el ejército de Urbano VI. La derrota le llevó a refugiarse en Nápoles, donde recibió la ayuda de la reina Juana I y de algunos barones enemigos de Urbano. Sin embargo ante la situación de debilidad en territorio italiano, prefirió refugiarse en Aviñón, donde estableció la residencia papal en 1379

A la muerte de Clemente VII (1394), Pedro de Luna fue elegido pontífice por 20 votos de 21 y tomó el nombre de Benedicto XIII.

Los papas de Aviñon Clemente VII y Benedicto XIII
A la muerte de Urbano VI, en 1389, todos pensaron que era la oportunidad de acabar con el Cisma, bastaba con que los cardenales de la Sede romana reconocieran al antipapa Clemente VII. Sin embargo, los cardenales se dieron prisa y el 2 de noviembre, eligieron al cardenal napolitano Pedro Tomacelli, quien contaba apenas con 35 años de edad. En la ceremonia de entronización, Tomacelli tomó el nombre de Bonifacio IX

Uno de los primeros actos de su pontificado fue la excomunión de Clemente VII, como respuesta a la excomunión que sobre él había lanzado el papa aviñonés. El enfrentamiento eclesiástico entre Bonifacio IX y Clemente VII se extendió al terreno político y el recién elegido Papa coronó, en 1390, rey de Nápoles a Ladislao, hijo de Carlos de Durazzo, para enfrentarlo a Luis de Anjou a quien Clemente había a su vez coronado en 1389.

Bonifacio IX se vio obligado a salir de Roma, por los tumultos populares de 1392, pero regresó al año siguiente, logrando liberar sus Estados de las tropas bretonas que aún quedaban y acabar con los últimos rescoldos del movimiento comunal romano, recuperando el Castillo Sant'Angelo y fortificándolo junto con otros puntos estratégicos de la ciudad
Tras diversos proyectos de solución  se intentó llegar a un acuerdo con la apertura de un concilio en Pisa 

El concilio comenzó el 25 de marzo del 1409, al que se sumarían luego nueve cardenales más, alcanzando un total de veinticuatro. En la primera sesión fueron llamados a comparecer ante el concilio los dos papas: Gregorio XII y Benedicto XIII, pero estos no se presentaron. Fueron depuestos el 5 de junio como herejes y cismáticos, basándose en las teorías según las cuales el poder concedido por Cristo a Pedro lo comparte con toda la Iglesia

El concilio tiene, desde el primer momento, el carácter de un tribunal, en el que se enjuicia duramente la actuación de los Pontífices, y un objetivo decidido: la condena de los dos Papas; el tono general es violentamente contrario a la autoridad del Pontificado. No es una asamblea deliberativa, ni se producen discusiones, todo transcurre en medio de una sorprendente unanimidad; cualquier disidente es apartado de la asamblea. 

Al día siguiente de la apertura, los dos Papas fueron declarados contumaces y advertidos de deposición si no comparecían ante la asamblea. Enseguida comienzan a producirse protestas aisladas por la orientación del concilio; el 19 de abril presentaron oficialmente su protesta, que fue acogida entre burlas, los representantes del rey de romanos: dos días después, en medio de un gran escándalo abandonaron Pisa. Pocos días después se produjo otra protesta inglesa, aunque en tono menor. 

Tampoco lograron mejor resultado las gestiones de una embajada aragonesa que, durante dos meses, hasta el 22 de mayo, trabajó para impedir que se actuase contra Benedicto XIII ofreciendo su renuncia si, simultáneamente, se producía la de Gregorio XII. 

El concilio redactó un acta de acusación, integrada por 37 artículos, y nombró una comisión encargada de probar aquellas acusaciones a las que, en el curso de la sumaria investigación, añadió 10 nuevos capítulos. Sobre Gregorio y Benedicto recaían, entre otras, las acusaciones de herejía y provocación del cisma, junto a otras simplemente fantásticas, que les hacían acreedores a la deposición. 

La condena de los dos Pontífices, y la consiguiente deposición, fue pronunciada el 5 de junio de 1409. Inmediatamente comenzaron los preparativos para la nueva elección; el sector más radical del concilio propondrá la previa realización de la reforma "in capite et in membris", una profunda reforma de la cabeza y los miembros de la Iglesia; es la primera vez que tal requerimiento, motivo de una gran controversia en el Concilio de Constanza, es presentado de modo oficial. En esta ocasión se impuso sin dificultades la elección en primer término. 

Pocos días después llegó una embajada de Benedicto XIII que fue recibida, el día 14, por una comisión de cardenales; no se aceptó intervención alguna de los embajadores: únicamente se les dio lectura de la sentencia conciliar pronunciada el día 5. Al día siguiente, al tiempo que los embajadores pontificios abandonaban la ciudad, los cardenales entraban en cónclave. 

Los votos recaían, el 26 de junio, sobre el cardenal Pedro Philargès, arzobispo de Milán, que adoptaba el nombre de Alejandro V.

Si Alejandro V fue un verdadero papa es un tema que fue muy discutido por canónicos y teólogos. La Iglesia no lo considera en la actualidad como papa legítimo, aunque dicha postura no ha sido históricamente uniforme como lo demuestra el hecho de que el siguiente papa que adoptó el nombre de Alejandro, Rodrigo Borgia, utilizó el numeral VI y no V como correspondería.

La elección de un tercer Papa, con importantes adhesiones, pero muy lejos del reconocimiento general, supuso un quebranto de las otras obediencias, especialmente de la romana. Sin embargo, Gregorio XII retrasaría todavía varios años su dimisión y Benedicto XIII, con el apoyo de Escocia y de los Reinos hispanos, se disponía a resistir. 

Los proyectos de reforma, cuya realización parecía requerir la previa elección de un Pontífice, hecho que había convencido a muchos para dar un paso de tanto riesgo, se evaporaron inmediatamente. Sólo celebró el concilio dos nuevas y anodinas sesiones en las que se tomaron vagas disposiciones de reforma y se anunció la celebración de un nuevo concilio, al cabo de tres años, cuya sede ni siquiera se anunciaba. El 7 de agosto de 1409 se clausuraba el Concilio de Pisa.

El revolucionario intento de terminar con el Cisma había dado lugar a un cisma tricéfalo, disipaba la esperanza de una abdicación de los Papas y, lo más grave, estaba haciendo nacer Iglesias nacionales autocéfalas.


Alejandro V moriría el año siguiente, siendo reemplazado por el “antipapa” Juan XXIII, quien, por su carácter y sus torpezas, cooperó a justificar la lamentable reputación de los «papas de Pisa».

Efectivamente, ni Benedicto XIII ni Gregorio XII habían renunciado a sus pretensiones y, lejos de restablecer la unidad, el concilio terminó creando una tercera obediencia.

Resulta evidente que tres papas no era ninguna solución por lo que se convoca un nuevo concilio, esta vez en Constanza (1414) donde son declarados depuestos los tres pontífices y elegido Martín V, lo que supuso la extinción del Cisma.

Benedicto XIII se dio a la fuga, y se escondió en el Castillo de Peñíscola, en Aragón. Como allí era inexpugnable, pero a la vez ya no era una amenaza para nadie, debido a que todos sus seguidores le habían abandonado, se le dejó en paz. Así pasó sus últimos años, hasta su indigna muerte en 1423, abandonado de todos, fulminando todos los días excomuniones contra Martín V, los otros Papas, el Emperador y sus propios antiguos seguidores, alegando ser él quien era legítimo Papa. De ahí que Benedicto XIII fue el primero en "mantenerse en sus trece"...

Como Benedicto XIII pasó a ser considerado antipapa, hubo después otro Benedicto que tomó idéntica numeración. Este Benedicto XIII gobernó entre 1724 y 1730.