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miércoles, 6 de enero de 2016

Invasión anglo-portuguesa al Río de la Plata

Rubén Collado.
Si aquel barco no hubiese fracasado en su intento de retomar la ciudad de Colonia, hoy en día se podría estar hablando inglés en toda América Latina”, aseguró el descubridor del navío, el argentino Rubén Collado.

A 350 metros de distancia de las costas de la ciudad uruguaya de Colonia del Sacramento, al suroeste del país, y a una profundidad de seis metros bajo el Río de la Plata, el "Lord Clive" observa silencioso desde hace casi tres siglos a la urbe que, tomada en 1763 por los españoles, resistió un intento de asalto que pudo reconfigurar la geopolítica mundial.


libertad absoluta para el saqueo

En 1756 estalló una nueva guerra entre las principales potencias europeas, la llamada guerra de los Siete Años. España, gobernada por Carlos III, entró finalmente en la guerra al lado de la Francia de Luis XV en enero de 1762, obligado por el Tercer pacto de familia que unía a ambos monarcas de la Casa de Borbón.

A principios del verano de 1762, en un bando aparecido en las calles de Londres, se solicitaban tripulantes aventureros para una expedición, asegurando “libertad absoluta para el saqueo”. La expedición tenía un destino, el Río de la Plata. El Almirantazgo de acuerdo con esta actividad corsaria proveyó los fondos y con el aporte de juntas comerciales del imperio se fletaron dos buques el HMS Kingston, bautizado luego como “Lord Clive”, un navío de sesenta cañones, construido por Bassel en Hull, en 1697, y la fragata “Ambuscade”, de 40 cañones. Ambas embarcaciones fueron puestas a las órdenes del Capitán Robert Mac Namara, un oficial de la East India Company. Ambos navíos partieron para Lisboa en agosto de 1762, donde se le unieron otras dos naves, una de ellas la Fragata portuguesa “Gloria” y seiscientos hombres más.

En Inglaterra habia madurado desde 1762, impulsada por el embajador de Portugal, un plan para intervenir en el Río de la Plata que se inicia en Colonia del Sacramento, plan que implica el gobierno portugués, al gabinete británico de Thomas Pelham-Holles, primer duque de Newcastle, y a la British East India Company. De acuerdo con este, sería la Banda Oriental para Portugal y el Oeste para los británicos. La compañía organizó la expedición, por lo que la situación jurídica de la propuesta expedición era cuestionable y terminó siendo una operación de corsario.


El "Lord Clive"

La nave insignia de la flota, el “Lord Clive”, era una veterana guerrera de la Armada Inglesa con más de 60 años en sus cuadernas. Había tomado parte de la captura de Gibraltar en 1704, Vélez y Málaga en 1709 y Caspe en 1711, todas posesiones españolas. Había sólo transcurrido en Portsmouth en 1740, participando en los combates de Tolón (1744), Menorca (1756) y en la toma de la Bahía de Quiberón en 1759. Toda su campaña la había realizado como HMS Kingston.


El 30 de agosto, el “Lord Clive” conjuntamente con la “Embuscade” de 50 cañones (Según otros solo 40) y seis bergantines de 18 a 20, armados de guerra y dos embarcaciones de transporte, con cerca de mil hombres (800 portugueses), pusieron rumbo a Rio de Janeiro con Mc Namara como comandante y Hugo Stackhouse su teniente.

Allí su gobernador Gomes Freire de Andrade, Conde de Bobadela reforzado su plantilla con la fragata "Nossa Senhora da Gloria", de 38 cañones, ocho bergantines para el transporte, y una fuerza de 600 hombres bajo el mando del teniente coronel Vasco Fernandes Pinto Alpoin. Gomes Freire recomendó a desembarcar en la Ensenada de Barragán (cerca de la ciudad de La Plata), por su profundidad y porque no estaba protegido. El 20 de noviembre la escuadra dejó Río, cruzándose sin saberlo con las embarcaciones que llevaban a los prisioneros portugueses de la Colonia.


Mientras tanto en el Río de la Plata…

En los primeros días de enero de 1762 la fragata Victoria, con 26 cañones, comandado por el teniente de navío Carlos José de Sarriá, partió de Cádiz rumbo a Buenos Aires con órdenes de que el gobernador del Río de la Plata, Pedro Antonio de Cevallos, de atacar a la Colonia. Sarriá partió con la flota de 16 barcos hacia la Ensenada de Barragán, en donde permaneció hasta el 29 de octubre con los barcos de su mando: "Victoria", "Santa Cruz", tres avisos, ocho lanchas y tres buques corsarios.

El 1 de octubre del mismo año las fuerzas comenzaron a moverse hacia Colonia y el 5 de octubre comenzó el sitio de la plaza. 31 de octubre de 1762 Vicente da Silva da Fonseca, el gobernador de la plaza, capituló, entrando los españoles en Colonia el 2 de noviembre de 1762. Arrasaron la plaza fortificada, apoderándose de 140 piezas de artillería y abundantes pertrechos, cumpliendo la orden real del 4 de agosto de 1776. La orden era “Tomada dicha Colonia, la haréis demoler y destruir, cegando su puerto cuanto antes se pueda”.

Cevallos zarpó a principios de septiembre con una escuadra compuesta por una fragata, un navío de registro armado, tres avisos, doce lanchas grandes armadas y quince transportes. Tras arribar a Colonia el 4 de septiembre, el 7 las naves españolas anclaron y comenzó el desembarco que se prolongó hasta el 14. Recién el día 26 arribó la artillería de Montevideo y el 27 se sumaron 1.200 nativos de las Misiones Jesuíticas. El 1 de octubre emprendió la marcha del ejército comenzando el sitio a la Colonia el 5 de octubre de 1762.

Tras el desembarco, la escuadra al mando de Sarriá, compuesta de la fragata Victoria, el navío de registro Santa Cruz, tres avisos, ocho lanchas y tres corsarios, se retiró sin órdenes de Cevallos a la Ensenada de Barragán, en la costa occidental del Río de la Plata, lo que posibilitó que el 14 de octubre 4 bergantines portugueses evacuaran de la plaza sitiada a numerosas familias y los caudales y que 3 de ellos regresaran el 17 de octubre con víveres y materiales para la defensa 

Sarriá, atrincherado en Ensenada, desobedeció las reiteradas órdenes para regresar y combatir aduciendo que no había venido de España a luchar contra el contrabando. Finalmente accedió a zarpar el 17 de octubre, pero no dejó el puerto hasta el 29, llegando a Colonia dos días después, tras la capitulación. 

Ya en diciembre, en aguas de Montevideo, la escuadra de Mc Namara apresó una pequeña embarcación española que les informó la rendición de la Colonia, por lo que decidió dirigirse directamente sobre Buenos Aires. Sin embargo, careciendo de prácticos del puerto no pudo ubicar el canal de acceso a la ciudad, rodeada de bancos de arena, por lo que retornó a Montevideo.


La invasión

El 2 de enero, los escuadrones anglo-portugueses estaban apostados fuera Montevideo, con la intención de hacer un ataque, pero al día siguiente vinieron de Rio de Janeiro, órdenes para volver. Un piloto que estaba a bordo les informó que los barcos tenían mucho calado para entrar en Montevideo y aconsejaron traslado a Colonia, cuyos canales de acceso reclamado a conocer bien.

El 4 de enero 1763 anclados en el Riachuelo, 11 km al N.E de Colonia, ensayando un ataque sorpresa y varios ataques menores de sondear las defensas.

Al mediodía del 6 de enero, los tres buques mayores se emplazaron por la banda de estribor frente a las principales posiciones fortificadas de la plaza: el Lord Clive frente al Baluarte de Santa Rita, el Ambuscade frente al de San Pedro Alcántara y el Gloria frente al de San Miguel. Aunque la historia dice que el Lord Clive primero comenzó a abatir el baluarte de San Pedro Alcántara.

El 6 de enero de 1763 las tres embarcaciones mayores de la escuadra, Lord Clive, Ambuscade y la fragata portuguesa Gloria entraron al canal del puerto de Colonia e iniciaron el ataque. Al medio dia el Lord Clive se prendió fuego, y duró hasta las cuatro de la tarde. Según el parte de los ingleses, dispararon tres mil treinta y siete cañonazos. Poco después de prenderse fuego, ardió el velamen Hubo 272 víctimas mortales, incluyendo el comandante de la expedición del capitán Robert Mc Namara quien murió durante la acción (Dicen que se dejó quemar). De los 78 sobrevivientes, 4 eran oficiales, 2 Guardiamarinas y 72 marineros. EL gobernador Cevallos luego de que los náufragos fueran interrogados ordenó que se le proporcionara un juego de ropa a cada uno de ellos. Los oficiales fueron juzgados sumariamente y ahorcados en la plaza.

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miércoles, 2 de diciembre de 2015

2 de diciembre de 1814 - Muere el marqués de Sade


Define la RAE el sadismo, citando como su origen al escritor Donatien Alphonse François de Sade, como "la perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona". La leyenda negra del Marqués de Sade, el escritor maldito por antonomasia, salpicado por los tumultuosos años de la Revolución francesa y por varios escándalos sexuales, envió sus obras al terrero de lo maldito y la Iglesia católica las incluyó en el Índice de libros prohibidos. Bien es cierto que los supuestos crímenes que cometió nunca alcanzaron ni la sombra de los que narraba en sus textos de ficción.

La infancia y juventud de Donatien Alphonse François de Sade, fue bastante convencional, sin rastro de la oscura erótica que marcaría su obra literaria. Hijo único de Jean-Bastiste François Joseph –diplomático, militar y conde de Sade– y de Marie Eleonore de Maille de Carman, de sangre borbónica, Donatien nació en París en 1740 y fue educado en sus primeros años por el importante noble Luis José de Borbón-Condé. Tras viajar por varios países de Europa junto a sus padres por causas diplomáticas, con 10 años, Donatien regresó a París para ingresar en el prestigioso colegio jesuita Louis-le-Grand. De aquel niño se ha dicho que tenía una mente brillante y que devoraba todo tipo de libros, con especial predilección por las obras de historia y, sobre todo, los relatos de viajeros, que le proporcionaban información sobre las costumbres de pueblos remotos y exóticos.

Cuando todavía era un adolescente, el heredero de la casa de Sade –una de las más antiguas de la zona de Provenza– ingresó en la academia militar. A la edad de los 16 años, Donatien participó en su primera batalla al mando de cuatro compañías de filibusteros durante la toma de Mahón (Menorca) a los ingleses, dentro del contexto de la Guerra de los Siete Años. En el asalto murieron más de cuatrocientos franceses, pero la buena actuación del joven teniente le ganó gran prestigio. Así, hasta el final de la guerra en 1763, Donatien recorrió la mayor parte de los frentes franceses repartidos por Europa, incluida la zona oriental, y alcanzó el grado de capitán en la caballería de Borgoña.

Acabada la contienda, en 1766 contrajo matrimonio por intereses de los padres con Renee-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil, con quien tiene dos hijos. En 1763 viaja a París y es encarcelado en la fortaleza de Vincennes por orden del Rey, acusado de libertinaje y liberado gracias a la intervención de la familia de su mujer. A finales de 1764, toda la familia de traslada a París, donde el Marqués de Sade comienza a tener amantes, llegando a irse varios meses con una de ellas a la casa que la familia de su esposa tiene en Lacoste.

En 1768 fue encarcelado por primera vez acusado de torturas por su criada, aunque fue liberado al poco tiempo por orden real. En 1772 es acusado en el famoso "Caso de Marsella" de envenenar a varias prostitutas. 

Fue juzgado y condenado a muerte por delitos pero huye a Italia. En 1777, tras enterarse de que su madre está agonizando, vuelve a París y es arrestado y encarcelado en Vincennes. En 1784 fue trasladado a la Bastilla y en 1789 al manicomio de Charenton, que abandonó en 1790 gracias a un indulto concedido por la Asamblea surgida de la Revolución de 1789. Participó entonces de manera activa en política, paradójicamente en el bando más moderado. En 1801, a raíz del escándalo suscitado por la publicación de “La filosofía del tocador”, fue Encarcelado y declarado demente a instancias de su familia en 1803, viviendo en el manicomio de Charenton hasta su muerte.

Escribió la mayor parte de sus obras en sus largos períodos de internamiento. En una de las primeras, el Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782), manifestó su ateísmo. Posteriores son Los 120 días de Sodoma (1784), Los crímenes del amor (1788), Justine (1791) y Juliette (1798).

Muchas de las obras de Sade contienen explícitas descripciones de violaciones e innumerables perversiones, parafilias y actos de violencia extrema que en ocasiones agredían directamente los convenios sociales. Así lo consideró el Emperador Napoleón que arrojó al fuego la novela "Justine o los infortunios de la virtud", distribuida clandestinamente por Francia, porque "es el libro más abominable jamás engendrado por la imaginación más depravada". Es por ello que gran parte de su obra se perdió, víctima de los ataques y la censura, entre ellos, la de su propia familia, que destruyó numerosos manuscritos en varias fases.

Encarcelado por el régimen napoleónico que le acusó de "demencia libertina" en 1801, Sade fue ingresado en el asilo para locos de Charenton gracias a la asistencia de su familia, que se encargó de pagar su estancia y su manutención. A su muerte en 1814, uno de sus hijos quemó todos los manuscritos inéditos, incluida una obra en varios volúmenes, "Les Journées de Florbelle", que el marqués había seguido escribiendo hasta que le fallaron los dedos.

Calificadas de obscenas en su día, la descripción de distintos tipos de perversión sexual constituye su tema principal, aunque no el único: en cierto sentido, Sade puede considerarse un moralista que denuncia en sus trabajos la hipocresía de su época. Su figura fue reivindicada en el siglo XX por los surrealistas.

Obras destacadas

  • La filosofía en el tocador (1795)
  • Las 120 jornadas de Sodoma (1785)
  • Los crímenes del amor (1799)
  • Viaje por Italia (1775)
  • Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782)
  • Los infortunios de la virtud (1787)

domingo, 8 de noviembre de 2015

Los 47 Ronin

La singular hazaña de los 47 ronin es una de las leyendas nacionales más conocidas y significativas del Japón, habiendo traspasado sus fronteras e influyendo notablemente en la conformación del carácter y la idiosincrasia de su país a lo largo de los siglos. Es una de los más célebres en la historia de los  samurai. Esta fue tal vez más aún, ya que se produjo en un momento en que la clase samurai estaba luchando para mantener un sentido de sí mismo: guerreros sin guerra, una clase social sin una función.

Curiosamente, los hechos que dieron origen a la leyenda ocurrieron en época relativamente moderna. El 30 de enero de 1703, según el calendario occidental, en una madrugada nevada y ventosa, 47 samuráis sin amo, que habían servido a la noble casa desaparecida de Ako, penetraron en la mansión situada en un barrio de Edo (actual Tokio) perteneciente al caballero Kira Kozuke-no-Suke Yoshinaka, antiguo maestro de ceremonias del palacio del shogun, y valiéndose de la sorpresa y de un plan de acción perfectamente planificado, se enfrentaron victoriosos a más de doscientos enemigos, localizando a su objetivo principal, el propio Kira, decapitándole y llevando su cabeza como ofrenda hasta la tumba de su antiguo señor, Asano Takumi-no-Kami Naganori.

El castillo de Ako, en la actualidad
Se cumplía así una justa venganza, cuyo origen se remontaba prácticamente a casi dos años atrás, cuando, en 1701, el señor Asano había sido provocado por Kira en el interior del palacio del shogun, obligando al primero a que sacara la katana bajo su noble techo, lo cual estaba terminantemente prohibido y penado con la muerte. Pese a las súplicas de sus hombres y los testimonios que culpaban de los hechos al mezquino Kira, Asano fue condenado a morir, infligiéndose el seppuku o hara-kiri, último honor reservado a todo samurái o daimyo (señor feudal) sentenciado a muerte. El joven amo del señorío de Ako acató el veredicto sin protestas, practicándose el doloroso ritual de inmediato. Su viuda se exilió al Templo de Sengakuji, en Edo, mientras su castillo y sus tierras eran expropiados por el shogun, dejando a los samuráis a su servicio, que llevaban décadas con la familia Asano, convertidos en ronin, es decir, samuráis sin amo. Fue el consejero principal del castillo de Ako, situado a buena distancia de Edo, el caballero Oishi Kuranosuke, quien reunió a su alrededor en secreto a los más fieles servidores de su difunto señor, conjurándose para vengarse y hacer justicia, pues el caballero Kira había sido exonerado de cualquier culpa por el consejo del shogun. Planearon cuidadosamente la venganza; Kira no era tonto, y esperando algún tipo de atentado contra su vida por los hombres de Asano aumentó su guardia personal. Con este fin el grupo de ronin escondió  armas y armaduras y se dispersaron; algunos ocupando puestos de trabajo de baja categoría, mientras que otros, como el propio Ôishi, permiten que parezca que habían perdido toda preocupación por su futuro

Veintidós meses de penalidades, miserias e ignominias pasaron para los ronin, durante los cuales Oishi Kuranosuke aparentó convertirse en mujeriego y bebedor, abandonó a su esposa y comenzó a frecuentar todas las casas de Edo de mala reputación, orgías con prostitutas y participar en peleas de borrachos. Se cuenta que en una ocasión, un samurai de Satsuma encontró a Ôishi borracho en la calle y escupió sobre él, diciendo que no era un verdadero samurai.

Finalmente, aquella noche de invierno, cuando ya nadie lo esperaba y sus nombres eran objeto de burla y vergüenza, Kuranosuke cumplió su palabra, llevando a cabo una hazaña inmortal, en la que unos pocos se enfrentaron a muchos... Los hombres de Kira, muchos de los cuales murieron o fueron heridos, fueron tomados completamente por sorpresa, pero pusieron una resistencia enérgica (uno de los ronin murió durante el ataque), aunque en última instancia, en vano: Kira fue encontrado en un cobertizo y se presentó a Ôishi, quien le ofreció la oportunidad de cometer suicidio. Cuando Kira no respondió, Ôishi golpeó la cabeza con la misma daga que Asano había utilizado para matarse a sí mismo. Entonces la cabeza de Kira fue puesta en un cubo y llevada a la Sengaku-ji, donde fue enterrado Asano.

Después de que Ôishi y los demás llevaron el sangriento trofeo al espíritu de Asano, se entregaron. Sabiendo que el único destino que les aguardaba, a pesar de la victoria, era la muerte: todos ellos serían condenados a su vez a practicarse el hara-kiri, a excepción del más joven entre todos, perdonado por el propio shogun Tsunayoshi. El veinte de marzo de 1703 (fecha occidental) los 46 ronin se hicieron el seppuku, siendo enterrados frente a la tumba de su señor, en el Templo de Sengakuji. Años después, gracias a su sacrificio, el nombre de la casa de Asano sería restaurado y su honor restablecido. Terminaba así el sangriento episodio conocido por los historiadores como Incidente de Ako o Incidente Genroku (aludiendo esto último a la Era del calendario japonés en que tuvieran lugar los hechos). Pero comenzaba la leyenda.

La opinión popular y la simpatía de las gentes estaban, casi unánimemente, del lado de los 47 ronin, que habían combatido y entregado sus vidas para defender el honor samurái, en una época en que este parecía haber desaparecido. De inmediato, apenas semanas después de los hechos, comenzaron a representarse obras de títeres (joruri o bunraku) inspiradas en los sucesos, aunque siempre con los nombres, fechas y ciertos detalles alterados, para escapar a la censura del shogun. Una de estas obras, "Kanadehon Chushingura", bautizó el género dedicado a glosar la hazaña de los ronin como "Chushingura", que viene a significar "tesoro de los siervos leales" y sigue utilizándose hoy día como sinónimo de su trágica aventura. Más de doscientas películas, incontables obras de teatro kabuki, poemas, novelas, libros de Historia, algunos desde ópticas revisionistas y desmitificadoras, pero también series de televisión, mangas y animes, han convertido "Chusinghura" en el equivalente nipón a las historias del Rey Arturo, Robin Hood, El Cid o Jesse James y los desperados del Oeste Americano. Su nombre simboliza las más altas virtudes de entrega, sacrificio, paciencia y heroísmo de la cultura samurái y, por extensión, del pueblo japonés. En Occidente, su popularidad creció inmensamente al publicarse en inglés, hacia 1880, la novela "47 ronin. La historia de los leales samuráis de Ako" del autor japonés Tamenaga Shunsui, convenientemente adaptada al gusto occidental, y auténtico best-seller capaz de conquistar a lectores tan ilustres como el mismísimo Theodore Roosevelt o el escritor Robert Louis Stevenson.


Escena de la película "47 Ronin" de 2013
Las tumbas de los 47 ronin -el samurái perdonado fue también enterrado junto al resto, tras su muerte con más de ochenta años de edad- constituyen un verdadero santuario, visitado anualmente por miles de japoneses y extranjeros, que siguen rindiendo asombrado homenaje a estos héroes singulares, símbolo de una cultura y una tradición no menos únicas.

Para los Samuráis, la muerte significaba un asunto de honor. Como lo creían los antiguos griegos, una muerte noble, temprana y violenta era un signo de predilección de los dioses, su ideal era  "Vivir bellamente y morir de manera hermosa". De allí la adopción del capullo de cerezo como emblema del Samurai... bello y efímero. Un día en pleno florecimiento, al dia siguiente abatido por la tormenta

La historia de los 47 ronin no tardó en convertirse en leyenda.
En la actualidad se pueden visitar las tumbas de todos ellos en el templo de Sengaku-ji


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sábado, 17 de octubre de 2015

17 de octubre de 1777 - Batalla de Saratoga

El ejército británico recibe un descalabro en Saratoga (EE.UU.) al entregarse el general John Burgoyne con 300 oficiales y 5.000 soldados a los 20.000 soldados americanos que les rodean. Se llega a un acuerdo mediante el cual los británicos regresarán a su patria y no volverán a combatir en América. 

Desde que el 4 de julio de 1.776 las Trece Colonias proclamaran su independencia en contra de la Corona, Su Majestad el Rey Jorge III se había visto arrastrado a una costosa guerra en la lejana América del Norte para la cual su país no estaba preparado. Desde luego, no era el mejor momento. La dura Guerra de los Siete Años, aunque triunfal, había salido cara para los ingleses, acostumbrados a ejércitos pequeños y profesionales. El reclutamiento masivo que hubo que realizar se hizo a expensas de endeudar a la nación, y los frutos de la victoria, aunque muy rentables a largo plazo, no sufragaban los costos en el futuro inmediato. 

La batalla de Saratoga, dividida en dos enfrentamientos destacados en septiembre y octubre de 1777, fue una victoria decisiva para los patriotas estadounidenses durante la Revolución Americana, y es considerada un punto crucial de la guerra revolucionaria. La batalla fue el impulso que necesitaba Francia para entrar en guerra con Gran Bretaña, además de un espaldarazo de confianza para el ejército de Washington y el acceso a provisiones y suministros muy necesarios.

Los británicos intentaban dominar el norte de Nueva York y aislar Nueva Inglaterra de las colonias del Sur, con miras a desalentar el movimiento revolucionario. Esta estrategia, derivó en una oportunidad única para los estadounidenses.

Las tropas británicas del general John Burgoyne, planeaban llegar desde Montral a Albany, Nueva York, siguiendo la ruta de los lagos Champlain, George, y el río Hudson. Una vez en Albany, se unirían a otros dos cuerpos británicos, uno proveniente del norte, de Nueva York, y el restante del este, que llegaría a través del valle del río Mohawk.

El avance de Burgoyne desde el sur se retrasó en los bosques cercanos al lago George. Las tropas coloniales demoraban su paso bloqueando su ruta con árboles. Para cuando Burgoyne llegó a Fort Edward, ya escaseaban sus suministros. Se envió un destacamento para la adquisición de ganado y vituallas a la vecina ciudad de Vermont, pero este fue emboscado por las tropas coloniales, disminuyendo el número de hombres de Burgoyne.

Cuando Burgoyne comenzó nuevamente su avance al sur, fue detenido cerca de 10 millas antes de Saratoga. La primera batalla de Saratoga, la Batalla de la Granja Freeman, tuvo lugar el 19 de septiembre de 1777. Una milicia de tiradores de Virginia acosó a los británicos, mientras que otras fuerzas coloniales cargaron agresivamente para trabar batalla con ellos. Burgoyne perdió dos hombres por cada estadounidense caído.

La segunda batalla, la Batalla de las Alturas de Bemis, tuvo lugar el 7 de octubre, cuando Burgoyne decidió romper el cerco de fuerzas coloniales que lo rodeaba y hacerlas retroceder. Las tropas británicas y sus aliados alemanes fueron devastados, al punto de casi perder sus posiciones atrincheradas.

Rendición del general Burgoyne tras la batalla,

jueves, 15 de octubre de 2015

Los primeros aeronautas

Hoy en día todo el mundo vuela, lo que ha convertido el acto de tomar un avión en algo sorprendentemente barato (incluso algunas compañías apuestan por ofrecer vuelos gratuitos, al menos indirectamente. Hoy en día hasta nos podemos permitir volar por placer, como ya navegamos con cruceros, por eso se están poniendo de moda otra vez los dirigibles y otros medios de transporte respetuosos con el medio ambiente: por ejemplo, mediante la energía solar.

Recientes investigaciones has demostrado que el 8 de agosto de 1709, el sacerdote brasileño Bartolomeu Lourenço de Gusmâo hizo la primera demostración de ascensión aérea en globo de aire caliente no tripulado en la Casa de Indias de Lisboa, ante la corte del Rey Juan V de Portugal. 

El padre Bartolomeu, gran conocedor de las leyes físicas, observó como una pompa de jabón ascendía rápidamente al situarse sobre el aire calentado por una vela, y de este pequeño destello surgió en su mente su máquina voladora. En 1709 logró un privilegio de invención del rey de Portugal, Juan V, y comenzó a experimentar con pequeños globos de papel que en breve fueron aumentando su tamaño y perfección, cambiando el papel por tela muy fina. Finalmente, el 8 de agosto del mismo año, realizó una gran demostración pública de su invento ante el monarca, diplomáticos, religiosos y grandes dignatarios portugueses. Su enorme globo de aire caliente ascendió varios metros por encima del suelo del recinto de la Casa de las Indias de Lisboa. Desde aquel día fue conocido como el “padre volador”, mas su nave, bautizada como ”Passarola”, no volvió a ser vista en público.

La gran desgracia del padre Lourenço quizás fue el estar demasiado adelantado a su época y paradójicamente, la iglesia, a la que el pertenecía como Jesuita, fue la que hundió y enterró sus esperanzas de seguir adelante con su gran sueño. Primero el papa Inocencio XIII, que no tenía en muy buena estima a los Jesuitas, y más tarde incluso la Santa Inquisición, reprendieron al padre Lourenço por el manejo de sus globos, pues en sus enigmáticas ascensiones estos veían la mano oscura del diablo. Bartolomeu Lourenço de Gusmâo incluso se vio obligado a salir de Portugal y falleció en España, en el año 1724, enfermo y abatido y sin llegar a cumplir el gran sueño de su vida, surcar los cielos con su máquina voladora, su Passarola.

Poco se conoce sobre el trabajo del Padre Lourenço, más allá de que para calentar el aire de sus globos usaba un sistema muy similar al de los quemadores que se usan hoy en día y de que disponía de diversos modelos perfeccionados y para diferentes usos, desde el militar hasta el transporte de pasajeros.

La mítica ascensión de la Casa de las Indias fue muy sonada y quedó inscrita en diferentes libros y revistas de la época, es muy posible que incluso los mismos hermanos Montgolfier tuvieran conocimiento de la Passarola del Padre Bartolomeu Lourenço.

Sea como sea, y como ocurre en la atribución de muchos inventos, la gloria siempre será para los Montgolfier aunque sin lugar a dudas, el pionero de la aerostación mundial fue el malogrado Padre Bartolomeu Lourenço de Gusmâo, "el padre volador".

Los hermanos Montgolfier

Las primeras ascensiones, universalmente admitidas, fueron llevadas a cabo por los hermanos Montgolfier. Joseph y Étienne Montgolfier vivían en Annonay (Francia), donde poseían una fábrica de papel y realizaron los primeros experimentos con globos en 1782 inspirados por la observación de la ascensión del humo de las chimeneas.

Ambos nacieron en Annonay, cerca de Lyon. Joseph el 26 de agosto de 1740 y su hermano Jacques Etienne el 6 de enero de 1745.
Monumento a los hermanos Montgolfier, Annonay

El mayor poseía el típico temperamento del inventor: rebelde, soñador y poco práctico en cuestiones relativas a los negocios y a los asuntos personales. El pequeño, mucho más serio, inició estudios de arquitectura en Paris pero tuvo que abandonar la carrera para dedicarse al negocio familiar de papel.

Como empresario, alcanzó gran éxito al incorporar las últimas innovaciones holandesas en los molinos de la familia. El gobierno francés reconoció su trabajo y estableció la fábrica de Montgolfier como modelo para otras fábricas de papel.

Los hermanos Montgolfier, como tantos otros, soñaban con surcar los cielos como los pájaros. Un día, y mientras jugaban con unas bolsas de papel invertidas sobre un fuego, descubrieron que las bolsas subían por sí solas hasta el techo.

De este experimento casual dedujeron acertadamente que el aire caliente pesa menos que el frío, y se pusieron manos a la obra para diseñar un globo de aire caliente.


Sus primeros vuelos

Su imaginación les llevó a experimentar con bolsas más grandes y materiales más ligeros, como la seda o el lino. El 14 de diciembre de 1782 probaron al aire libre una bolsa de seda de 18 metros cúbicos, que alcanzó una altitud de 250 m.

Pero la primera prueba de su globo de aire caliente se llevó a cabo unos meses más tarde, el 4 de junio de 1783, en la plaza de Annonay. El globo, de lino y tafetán, estaba abierto por debajo.


El aire se calentaba quemando lana y paja en un hornillo situado bajo la abertura. Ante una multitud asombrada, el aparato ascendió a más de 1.000 metros de altura y permaneció en el aire 10 minutos. Pronto se desarrollaron planes para un vuelo tripulado en un artefacto mucho mayor, pero había una cierta preocupación de que los humanos pudieran encontrar la alta atmósfera perjudicial para su salud.

La segunda prueba tuvo lugar tres meses más tarde, en Versalles, ante un público más distinguido. El rey Luis XVI y su esposa Maria Antonieta, presidieron la ascensión al cielo de un globo, bellamente adornado 

A pesar de que los seleccionados para subir al cielo deberían haber sido un par de criminales, haciendo caso de la sugerencia del rey Luis XVI, finalmente se escogieron un pato, un pollo y una oveja llamada muy convenientemente Montauciel (Subealcielo).

El 19 de septiembre de 1783, ascendieron hasta una altura de 460 metros, se desplazaron 3 km y aterrizaron vivos y completamente sanos después de un vuelo que se prolongó durante 8 minutos.


El objetivo era doble. Comprobar su funcionamiento y el efecto de la altura en los seres vivos. El ingenio se mantuvo en el aire durante unos 8 minutos, y aterrizó suavemente a unos 3 kilómetros de distancia, con los animales ilesos.

El primer vuelo tripulado humano no tardó en producirse, pues: el 15 de octubre, el médico Jean-François Pilâtre de Rozier ascendió en el aire en un globo de 23 metros de alto y 14 metros de diámetro, aunque se convirtió en el primer ser humano en subirse a un globo, en aquella ocasión el aparato estaba cautivo (es decir, anclado a tierra) y solo alcanzó 26 metros de altura.. 

Fue el 21 de noviembre cuando tuvo lugar el primer vuelo libre, tripulado por el propio Pilatre y el marqués de Arlandes. La ascensión se produjo en el parque de La Muette en las cercanías de París, con un globo de papel barnizado, construido también por los hermanos Montgolfier.


El aparato disponía de un pequeño horno de leña para mantener el aire caliente en el interior de la estructura. Durante 25 minutos, los intrépidos aeronautas sobrevolaron Paris a unos mil metros de altura en presencia de los reyes y de 400.000 parisinos. La hazaña les valió el reconocimiento de la Academia Francesa de las Ciencias y títulos nobiliarios.

Casi al mismo tiempo, el catedrático de física Jacques Alexandre César Charles inició por su parte experimentos con globos inflados con hidrógeno, en lugar de aire caliente. El 1 de diciembre de 1783 logró realizar su primer vuelo tripulado dando inicio a una carrera tecnológica entre los montgolfier y los charliere.

En el año 1784 se lograron ciertas mejorías, por ejemplo se consiguió llegar a una altitud de 3000 metros y a realizar un vuelo de 2 horas. Ese mismo año Joseph Montgolfier realizaría un vuelo desde Lyon llevando 7 personas a bordo.

Probablemente muchos consideraron que el médico de marras estaba infringiendo algún tipo de ley divina, al estilo torre de Babel o Ícaro, al subir tan alto por medios artificiales. Como en su tiempo ocurriera también con los rascacielos.


Los primeros fracasos

El feliz éxito de los vuelos con globos de aire caliente, conocidos como “montgolfieras” y con globos de hidrógeno, multiplicaron rápidamente el número de ascensiones y de los tripulantes tanto en Francia como en otras naciones. Sin embargo, muy pronto hubo que lamentar las primeras víctimas de la aerostación. La primera de ellas fue Pilatre de Rozier, quien pereció en 1785 junto con su compañero Jules Romain en el rápido incendio del globo que tripulaban en su intento de cruzar por aire el canal de la Mancha. Poco después otros dos franceses, Blanchard y Jeffries, intentaron el mismo viaje y su vuelo se vio coronado por el más completo éxito.

Muchas ascensiones a lo largo de la historia han tenido una finalidad científica o incluso política. Por ejemplo, en 1870 parte del Gobierno francés, sitiado en París por las tropas de Guillermo I de Prusia, pudo, burlar el asedio tripulando un globo y llegar a territorio libre. En 1897, el noruego Andrée intentó junto a dos compañeros la travesía del polo Norte, pero la frágil navecillas que sostenía el globo fue arrastrada por los vientos árticos y desapareció, hasta que en el año 1930 se encontraron restos de los expedicionarios y unas placas fotográficas.Los globos presentaban grandes lagunas y su empleo era arriesgado, dada por ejemplo la facilidad de incendio, pero ofrecía grandes posibilidades prácticas tanto en el campo militar como en el científico.


Aplicaciones

El aerostato se convirtió muy pronto en un excelente medio militar por sus posibilidades de transformarse en un observatorio aéreo y de ello da buena prueba como en 1793 y 1795 fueron utilizados como observatorios aéreos por el ejército francés en los asedios a Mauhenge y Maguncia respectivamente. Muy pronto, todos los ejércitos del mundo, emplearon los globos con fines militares y en el curso del siglo XIX, se crearon cuerpos especiales para la utilización de los globos tanto tripulados como cautivos con fines bélicos.

Durante la primera Guerra Mundial, fueron utilizados los globos con fines defensivos y como observatorios de los movimientos del enemigo dando en muchos casos excelentes resultados, si bien el perfeccionamiento de la aviación de caza los hizo excesivamente vulnerables, perdiendo toda su utilidad y eficacia para acciones bélicas.

Han sido muchísimos los globos que se han empleado a lo largo de los años en usos puramente meteorológicos para medir velocidades y dirección de los vientos a diferentes alturas así como para otros fines científicos llevando a bordo instrumentos especiales de medición cuyos datos se trasmitían a la Tierra.


De los globos de aire caliente a los dirigibles 

El inconveniente de aquellos artefactos era que obligatoriamente tenían que seguir la dirección del viento. Para controlar el rumbo, hacía falta un dispositivo de propulsión. La primera persona que combinó el ascenso con la propulsión fue el francés Henri Giffard, quien en 1852 tripuló un aerostato con motor de vapor. En vez de aire caliente, Giffard utilizó para elevarse un gas más ligero: el hidrógeno. Dado que aquel vehículo podía dirigirse, recibió el nombre de dirigible.

Unos diez años más tarde, un militar alemán viajó a Norteamérica para seguir de cerca la Guerra de Secesión, en la que ambas facciones utilizaban globos para hacer reconocimientos de las posiciones enemigas. La profunda impresión que recibió en su primer vuelo aerostático sobre el río Mississipí contribuiría a que su apellido quedara indeleblemente ligado a los dirigibles. Se trataba del conde Ferdinand von Zeppelin.


Los aerostatos actuales

El primer récord de altura ascendiendo con un globo de hidrógeno normal lo establecieron en Septiembre del 1862 los meteorólogos británicos Coxwell y Glaisher, alcanzando una altura de 8840 metros. El 15 de Abril de 1875, trece años después, Gaston Tissandier y sus dos acompañantes Silvel y Croce-Spinelli, a bordo del globo Zenith llegaron a 8000 metros de altura, pero la falta de oxigeno hizo que éstos dos últimos murieran, llegando con vida a tierra, muy extenuado, Gaston Tissandier. En 1932, el físico suizo Auguste Piccard realizó una ascensión subiendo hasta 16201 metros dentro de una cápsula sellada, para su completa estanqueidad y suspendida debajo de un globo libre, lo que fue el primer vuelo en la estratosfera de un ser humano. El 4 de Mayo de 1961, Malcolm D. Rosson realizó una ascensión estratosférica hasta 34668 metros.

Los aerostatos actuales, deben su desarrollo a los adelantos que ha experimentado la tecnología, tanto en la construcción de la vela, como en el uso de combustibles y quemadores. Todos los avances conseguidos en estos elementos hacen posible poner un globo en vuelo en poco menos de media hora.

Hoy en día el empleo de aerostatos ha quedado relegado a tres actividades: la meteorología, la publicidad y como actividad deportiva.

En primer lugar, el empleo de aerostatos en la meteorología mediante los cuales se permite medir la presión, la temperatura y la humedad atmosférica a medida que asciende el globo. Un radio detector sigue su dirección, mientras éste es arrastrado por los vientos de las capas superiores de la atmósfera y, midiendo la posición del mismo en momentos sucesivos, se puede calcular la velocidad y dirección del viento a diferentes altitudes. Científicamente esta es la utilidad más importante que desarrollan los globos sonda, llamados así.

En el ámbito publicitario los globos, dirigibles, y otros aerostatos son muy atractivos visualmente por sus formas, colores y especialmente, al verlos volar. Es por ello que son muy empleados como medio de impacto visual y reclamo comercial. Siendo esta la utilidad prácticamente exclusiva que hoy en día desempeñan los dirigibles.


Pero el ámbito más destacado en la que podemos encontrar estos primeros ingenios del vuelo, es como actividad deportiva, de aventura y ocio. Siendo un deporte en auge que cada vez cuenta con más adeptos. Eventos importantes a nivel mundial se desarrollan año tras año en una gran cantidad de países. Se destacan las competencias de Bristol (Inglaterra), Chateau D´Öex (Suiza), Saga (Japón) y Alburquerque (EE.UU.), donde se ven volar a globos de los más variados tamaños, colores y de las más increíbles formas.


La última gran proeza

La carrera por rodear el planeta a bordo de una cesta colgada de un gran globo de aire caliente es uno de los empeños que el ser humano, con toda su tecnología, hasta ahora no había conseguido vencer. Año tras año, se sucedieron los intentos. Y, año tras año, se sucedieron los fracasos.

El 20 de marzo de 1999, el suizo Bertrand Piccard y el inglés Brian Jones culminaron la última gran hazaña posible para el hombre dentro de la atmósfera terrestre. Con el globo "Brietling Orbiter 3", construido por el inglés Don Cameron, aterrizaron en Egipto después de completar una vuelta completa al planeta. Habían despegado en Suiza, y durante veinte días volaron 46.759 kilómetros sin escalas. Para realizar la travesía, combinaron el gas helio y el aire caliente.



Fuentes
http://www.ballooning.es/
http://www.rtve.es/
http://timerime.com/

lunes, 21 de septiembre de 2015

21/22 de septiembre de 1792 - en Francia, la Asamblea Legislativa proclama la Primera República.

La República nació en 1792, tras la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Fue creada por el pueblo y para el pueblo. A pesar de diferentes retornos a la monarquía o al imperio a lo largo del siglo XIX, la República triunfó, manteniendo siempre la misma inspiración. La historia republicana de Francia es, antes que nada, una construcción política que reagrupa una comunidad de ciudadanos iguales entre sí más allá de sus orígenes (sociales, étnicos, religiosos, etc.).

La trascendencia del movimiento iniciado en Francia en 1789, y que tuvo su primera revelación violenta con la toma de la Bastilla (14 de julio), está en el contraste de ideas entre los mismos revolucionarios.

Hasta entonces el pueblo había callado, o sus protestas, reducidas a revueltas fácilmente dominables, no llegaron a conmover el trono. El rey había sido siempre algo semidivino. Lo fue aún para muchos en las primeras épocas revolucionarias. Así se explica el hecho curioso de que hasta 1792 no se proclamara la República y que aún entonces se hiciera de un modo indirecto, como si la palabra asustara a los convencionales que abolieron la monarquía.



Los comienzos

Los motines populares se sucedían ya en los últimos años del reinado de Luis XV. A la muerte de este monarca, su nieto, Luis XVI, empuñó el cetro en circunstancias muy poco favorables. La corte vivía plácidamente mientras los humildes súbditos padecían toda clase de penalidades. En 1787 hubieron de convocarse los Estados generales (30 de julio). Desde entonces la agitación era continua en. En el siguiente año el Parlamento declaró: "La libertad no es un privilegio, es un derecho. Ningún ciudadano puede ser condenado sin antes haber sido oído".

A pesar de que tiempo atrás se habían abolido los Estados generales, se reunieron en 1788 unos trescientos diputados, quienes acordaron lanzar un llamamiento aconsejando a otras provincias francesas que no pagasen el impuesto mientras no se convocasen los Estados generales. Y como era necesario allegar recursos al exiguo Tesoro, el ministro de Hacienda cedió de acuerdo con el rey y los Estados se convocaron. Se comenzó entonces a hablar en Francia de revolución.

En 27 de junio de 1789, el tercer Estado (el Estado llano) hubo de asistir junto con la nobleza y el clero a las sesiones, formándose en consecuencia la Asamblea Nacional.


El 14 de julio. Toma de la bastilla

Disgustado Luis XVI por la constitución de la Asamblea y cediendo a presiones de la corte, despidió a sus ministros "reformadores". Al propio tiempo concentraba tropas en Versalles y París. La Asamblea hizo público su disgusto; pero como no disponía de fuerza alguna hubo de limitarse a protestar.

El pueblo parisiense, cada vez más acuciado por las necesidades y las miserias, se alzó en actitud amenazadora. Algunos obreros se sublevaron y las tropas sofocaron la rebelión matando a muchos de ellos. Entonces las turbas tomaron partido por la Asamblea y asaltaron la Bastilla, dando así una prueba concluyente de que la revolución estaba en marcha.

Mientras esto ocurría en París, en las provincias los aldeanos se negaban al pago de los derechos feudales.


Declaración de los derechos del hombre

En 4 de agosto la Asamblea decreta la abolición de los privilegios feudales y lanza la solemne declaración de los Derechos del Hombre. Pero el pueblo parisiense sentía hambre, desconfiaba de todos, y como si creyese que sus miserias se remediarían con la presencia del rey, acude a Versalles y obliga a Luis XVI a presentarse en la capital (6 de octubre de 1789). Desde entonces el monarca estuvo siempre vigilado de cerca por el pueblo. Coaccionado, sin ánimos para hacer frente a la situación, falsa y gravísima, prometió su apoyo y proclamó su adhesión a los principios revolucionarios (4 de febrero de 1790) y hubo de sancionar, bien a pesar suyo, decretos que, como el de la abolición de la nobleza hereditaria, habían de traer por resultado la desbandada de la mayoría de sus defensores, que huyeron a sitios para ellos menos hostiles.


El fracaso de Varennes

Como su situación era insostenible, instigado, según parece, por María Antonieta, Luis XVI intentó abandonar Francia en compañía de su familia, con tan mala fortuna que, descubierto en Varennes (noche del 20 al 21 de junio de 1791), fue detenido y vuelto a París, donde la Asamblea le declaró suspendido en sus funciones, asumiendo ella el Poder. Sin embargo, pocos pugnaban por proclamar la República. El mismo Maximilien Robespierre, uno de los más conspicuos jacobinos, afirmaba en su discurso del 13 de julio que «ni era monárquico ni republicano».

Lo evidente para el pueblo era que el rey esperaba su salvación de los prusianos y los austríacos, y que se unía a ellos contra Francia, optando así entre su pueblo y su corona.


El pacto de Pillnitz

Como la revolución francesa, al minar el trono francés amenzaba con hacer vacilar a tantos otros, algunos monarcas europeos consideraron intentar el exterminio de la nueva ideología. En un principio se limitáron a tolerar que los emigrados se estacionasen en las fronteras, armados y prevenidos para intentar la vuelta al régimen caído para siempre. Después, ante el camino emprendido por la revolución, ayudaron sin disimulo a los realistas. Prusia y Austria, enemigos hasta entonces, pactaron en Pillnitz en 27 de agosto de 1791 para comenzar su ofensiva contra Francia, aunque de momento no le declararon la guerra.

Los franceses comprendieron lo que esto significaba, y algunos de los jefes revolucionarios, conscientes de que en aquellos momentos representaban una potencia mundial hasta entonces desconocida o menospreciada, contestaron altivamente a las provocaciones. Por eso Isnard en 29 de noviembre dijo aquellas célebres palabras a la Asamblea:
"Digamos a Europa que si los Gobiernos comprometen a los reyes en una guerra contra los pueblos, nosotros comprometeremos a los pueblos en una guerra contra los reyes".
Pero en esto no todos los revolucionarios estaban de acuerdo, por cuanto los girondinos estimaban necesaria la guerra inmediata contra los extranjeros y la consideraron como norte de su primordial actividad, mientras que los jacobinos, más atentos a los enemigos de dentro, deseaban estabilizar la situación en Francia para evitar un fracaso. Decía Robespierre en los Jacobinos el 2 de enero de 1792
«La más extravagante idea que puede nacer en la mente de un político es creer que le basta a un pueblo entrar a mano armada en otro país para hacerle adoptar sus leyes y su constitución».
Pronto habían de demostrar los acontecimientos que la guerra era necesaria, puesto que no era ofensiva, sino de defensa contra imposiciones intolerables y que ningún pueblo acepta ni consiente. Los revolucionarios se dieron cuenta de ello y todos, pero especialmente los girondinos, se apresuraron a armar a las turbas de París para mandarlas a la frontera.


La guerra

El imprudente ultimátum enviado a Francia por Francisco II, emperador de Austria, y donde le exigía, bajo amenazas de destrucción, la vuelta al primitivo régimen, indignó a la Asamblea, al Ministerio y al pueblo. Era inaudito que una nación extranjera tratase de imponerles un sistema de gobierno. La guerra fue declarada por acuerdo de 29 de abril de 1792. La revolución empezaba el camino que había de conducirla al éxito definitivo.

Pero mientras el pueblo quería la guerra sintiéndose herido en sus ideales, Luis XVI esperaba de ella la derrota del pueblo y, como consecuencia, la vuelta al omnímodo poder real


Los desórdenes

En 20 de junio, las turbas, sospechando cuanto dentro del palacio se maquinaba, asaltan las Tullerías. El respeto que aún muchos conservaban hacia el rey sufrió con esto un rudo golpe, que preparó los ánimos para lo que después había de ocurrir. Aquel día se obligó a Luis a que se pusiera el gorro del pueblo (frigio) y bebiese vino a la salud de París. Esto era el "principio del fin". El rey había dejado de ser respetable para sus súbditos, y éstos, con una lógica que hoy no nos explicaríamos, intentaban a toda costa hacerle renunciar a sus derechos sin atreverse a negárselos. Es decir, que para el pueblo "el rey era el rey", y sólo dejaría de serlo por su propia voluntad. Poco duró esta inexplicable creencia.

Fue entonces cuando los reyes de Austria y Prusia, más los jefes de pequeños Estados alemanes, hicieron que el duque de Brunswick, generalísimo de los ejércitos aliados, firmase su célebre manifiesto, redactado, según todas las probabilidades, por emigrados franceses, y cuyo origen fue indudablemente el propio palacio de las Tullerías, donde se conspiraba en favor de los extranjeros y en contra de los revolucionarios. Aquel documento, fechado en Coblenza en 25 de julio y conocido en París dos días después (extraña celeridad para aquella época), era de una torpeza y de una osadía sin límites. En él se amenazaba con fusilar a los guardias nacionales, con destruir París y otras calamidades si se causaban "molestias" al rey. Toda aldea que se opusiera a tales designios sería incendiada.

El efecto del manifiesto fue fulminante; con aquella provocación se ponía en claro que Luis XVI, colocado entre el pueblo y su corona, optaba por ir contra aquél con tal de conservar ésta. La indignación popular estalló seguidamente. Éstos son los primeros pasos para la República. Los jacobinos concentraron ya su actividad con un objeto: derribar al rey. Comenzó, pues, una lucha a muerte.


10 de agosto de 1792

El 3 de agosto, las secciones (París se dividía en 48 secciones desde 1790) obligaron al alcalde Petion a que pidiese en su nombre a la Asamblea que Luis XVI fuese depuesto. Aquélla se negó. Desde tal negativa, la masa se preparó contra el palacio y las Tullerías contra la masa. Fue entonces cuando los girondinos y los jacobinos se atacaron ya abiertamente. Esta división trajo más tarde (octubre del mismo año) la expulsión de los girondinos del seno de los jacobinos, donde ya eran grupo aparte.

El choque entre el pueblo y la corte tuvo lugar el 10 de agosto. Los reyes pudieron entonces huir, puesto que la desorganización de sus enemigos hubiera impedido toda persecución eficaz. Pero confiaron en vencer y, desgraciadamente para ellos, se quedaron. La lucha fue terrible. Entre los combates del asalto y los que se desarrollaron en las calles cercanas a las Tullerías hubo más de mil quinientas víctimas. Los guardias suizos defendieron el palacio con heroicidad sin ejemplo y todos sucumbieron en su puesto, según testimonio de muchos asaltantes.

Derrotada la corte, el rey se refugió en la Asamblea, quien lo encerró en el Templo. Luis XVI, virtualmente, había dejado de ser rey.


Toma de Verdún y victoria de Valmy

Entretanto, las tropas francesas, derrotadas por los ejércitos unidos de Austria-Hungría y Alemania, bajo las órdenes de Brunswick, abandonan Verdún. Poco después Dumouriez es nuevamente vencido en el Argona y ha de retirarse precipitadamente viendo casi dispersadas sus divisiones. El sentimiento patriótico de los revolucionarios reacciona de una manera formidable.

A toda prisa se reorganiza el ejército, y en 20 de septiembre, en las cercanías del molino de Valmy, ante su decidida bravura, los aliados se ven obligados a replegarse desordenadamente. La revolución se había salvado.

Batalla de Valmy

Proclamación «indirecta» de la república. 

No faltan autores que afirman que la Convención Nacional, que comenzó sus sesiones el 21 de septiembre, procedió en la forma en que lo hizo bajo la impresión del triunfo obtenido en Valmy. Pero esto es totalmente inexacto, puesto que aún no había llegado a París la noticia de la victoria. La Convención tenía como principales directores a tres hombres cuyo recuerdo vive unido en la Historia, aunque diferían entre sí notablemente: Maximilien Robespierre, orador de formidable cultura clásica, hipocondríaco y atrabiliario con ribetes de loco; Jean-Paul Marat, extremista, sanguinario y en ocasiones repulsivo; Georges-Jacques Danton, orador razonado, patriota de buena fe, enérgico pero justo, riguroso pero noble y que en todo momento intentó mantener unidos a los diversos sectores revolucionarios, sin conseguirlo nunca.

La Convención constaba de setecientos cuarenta y nueve miembros, muchos de ellos pertenecientes a la Asamblea anterior. La Asamblea anterior cedió sus poderes a la nueva por medio del postrer presidente de aquélla, François de Neufchateau. Se aclamó a Petion como presidente y se designaron como secretarios a Condorcet, Lasource, Rabaut, Brissot, Camus y Vergniaud, en su mayoría girondinos.

La nueva Asamblea era casi totalmente republicana; acaso no llegaran a treinta los no partidarios de la abolición de la monarquía. Pero los girondinos parecían no tener prisa en decidirse en este punto.

Collot d’Herbois fue quien lanzó la idea de tal abolición. Opusiéronse tan sólo dos diputados, Quinette y Barreve, siendo lo notable que ambos eran republicanos. "No puede decidirse —dijeron— en asunto de tal gravedad sin conocer cuál es la voluntad del pueblo". En análogos términos se expresó más tarde Bazire. Estas palabras vienen a corroborar lo que al principio dijimos, es decir, que se conservaba aún cierto respeto al trono.

Pero he aquí que Grégoire, desconocido entonces, replicó en tono enérgico y decidido que sobradamente se había exteriorizado la voluntad popular en los últimos sucesos y que si los representantes no decidían seguidamente no cumplirían la misión que se les había confiado. Estas frases, de lógica incontrovertible, pronunciadas por un sacerdote de aldea, eran como una lección a los que presumían ser los más avanzados. Las razones de Grégoire causaron gran sensación, y tanto los representantes como el público prorrumpieron en aclamaciones.

En la sesión memorable del 21 aún dominaba a los convencionales la preocupación de si obraban “demasiado de prisa”. Además, los girondinos temían que los jacobinos intentaran provocar la anarquía para, a favor de la general desorientación, erigirse en dictadores. 

Finalmente, la Convención acordó declarar: 
  1. No puede haber Constitución si no es aceptada por el pueblo. 
  2. La seguridad de las personas y de las propiedades debe ponerse bajo la salvaguardia de la nación.
  3. La monarquía queda abolida.
Simplemente se abolió la monarquía… sin que expresamente se proclamara la República. Por eso dice bien el historiador A. Métin cuando escribe:
"El día 21 de septiembre la Convención declaró la monarquía abolida en Francia. El 22 resolvió que los documentos se fechasen en el año I de la República… Ésta fue, por tanto, establecida de una manera indirecta".

jueves, 17 de septiembre de 2015

Fuego amigo

La “Batalla de Barking Creek” 

Gran Bretaña obtendría su primer derribo de la Segunda Guerra Mundial al tercer día de estar dentro del conflicto. Sin embargo no fue un instante para celebrarlo, ya que el avión abatido no era enemigo, sino británico tras haber sido atacado por error en una acción de fuego amigo.

Sobre las 6:15 horas de la mañana del 6 de Septiembre de 1939, tres días después de que Inglaterra entrase en la Segunda Guerra Mundial, unos observadores situados en medio de la Isla de Mersea del Río Támesis, creyeron avistar a un grupo de aviones enemigos sobre el condado de Essex, próximo a Londres. Inmediatamente se lo comunicaron a los mandos correspondientes de la Real Fuerza Aérea Británica (Royal Air Force o RAF). Media hora más tarde, a las 6:45, despegaron un grupo de cazas Spitfire del 74º Escuadrón desde Hornchurch y otro grupo de cazas Hurricane del 56º Escuadrón desde North Weald.

Spitfire contra Hurricane. Los ataques por error fueron comunes.
Cuando los aviones se dirigían al punto donde pensaban se encontraban los alemanes desde dos procedencias distintas, los Spitfire confundieron a los 6 Hurricane que volaban a 300 metros por debajo de ellos y oscurecidos por la noche con aparatos enemigos. Inmediatamente el comandante Adolph Malan ordenó proceder al ataque y los Spitfire descendieron vomitando fuego de sus ametralladoras. Uno de los Hurricane al mando del oficial Frank Rose resultó dañado por el Spitfire de Vincent Byrne y se vió obligado a aterrizar forzosamente en un campo de hortalizas. Menos suerte tuvo el Hurricane de Montague Hulton-Harrop, ya que el Spitfire del oficial John Freeborn lo alcanzó, derribó y destruyó, perdiendo la vida su piloto. Este pequeño duelo entre aviones ingleses fue conocido como la “Batalla de Barking Creek” en honor al lugar que sobrevolaban.


Un verdadero As.

Louis Curdes fue un as de la USAF. A comienzos de 1943 obtuvo su primer destino de combate en la 12ª Fuerza Aérea, en el norte de África. El 7 de febrero de 1945, volando unas treinta millas al suroeste de Formosa, se encontró con un bimotor de reconocimiento japonés Mitsubishi Ki-46. Al derribarlo se convirtió en el primer piloto estadounidense en lograr victorias contra aviones de las tres potencias del Eje.

Bajo la carlinga están pintadas las marcas de sus victorias aéreas, en orden cronológico. Se pueden ver siete esvásticas, un fascio, una bandera del Sol Naciente y ¿una bandera estadounidense?
El 10 de febrero de 1945 Lou Curdes participó en una incursión contra un campo de aviación japonés en Batán, al oeste de la isla filipina de Luzón. Durante el ataque su compañero de ala, el teniente La Croix, fue alcanzado por el fuego antiaéreo y cayó al mar. Esperando que un hidroavión de rescate Catalina llegase antes de la noche, Curdes se mantuvo volando en círculos sobre el pequeño bote de goma en el que permanecía su compañero. Entonces vio un avión de transporte norteamericano C-47 dirigiéndose al aeródromo enemigo, aparentemente con la intención de aterrizar en él. Trató de comunicarse por radio con el piloto utilizando diversas frecuencias, pero no obtuvo respuesta. Se aproximó y le hizo señas, e incluso disparó unas ráfagas delante del morro del otro avión, pero todo fue inútil: el piloto parecía decidido a tomar tierra a toda costa. Al final, lo único que se le ocurrió para evitar que fuese capturado fue abrir fuego sobre el C-47 y obligarle a amerizar cerca de donde La Croix esperaba su rescate. Curdes disparó contra los dos motores del transporte, inutilizándolos y haciendo que el avión cayese al mar. Cuando vio que todos los tripulantes abandonaban el aparato y se subían a dos balsas, regresó a su posición inicial, sobrevolando la zona para protegerles. Al caer la noche aún no había llegado la ayuda, y Curdes tuvo que volver a su base. Al amanecer regresó y se mantuvo patrullando sobre los náufragos hasta que fueron recogidos por un Catalina. Los doce tripulantes del C-47 estaban sanos y salvos. Y libres, gracias a Curdes. El piloto había perdido el rumbo durante el vuelo y había confundido la base aérea japonesa con una estadounidense. Agobiado porque se estaba quedando sin combustible, se disponía a aterrizar en el aeródromo enemigo cuando Curdes se lo impidió.

Unas semanas más tarde Louis Curdes recibió la Cruz de Vuelo Distinguido por aquella acción. Casi con toda seguridad, es el único piloto de la historia condecorado por el derribo de un avión propio.

Es muy probable que los detalles de este episodio fuesen producto de la propaganda estadounidense. Es posible que Curdes ametrallase el C-47 por un error de identificación. No olvidemos que Curdes, era un as y un héroe de guerra. Después de todo, si no se podía ocultar el incidente, qué mejor que convertirlo en una acción heroica.


Malvinas, 1982

A las 6 de la tarde del 1º de mayo, durante el conflicto del Atlántico Sur, en el estrecho de San Carlos tres aviones atacaron al buque mercante argentino “Formosa”. 

Dos bombas cayeron al agua y reventaron en el mar, una tercera pegó en un palo, pero explotó también en el agua. Y mientras el barco se detenía, otro avión apareció ametrallándolos desde atrás. Después de tirar, hizo todavía una última pasada de proa hacia popa. 

El Formosa comenzó a navegar en círculos para no ser un blanco inmóvil, el capitán Juan Cristóbal Gregorio permaneció arriba en el puente presenciando los hechos.  
"Zielinsky, el jefe de cubierta, salió valientemente a preparar los botes salvavidas, lo cual es un trabajo enorme para un solo hombre, y quería dispararle a los aviones con un revólver reglamentario que llevaban en el barco. El cocinero, sentado en una escalera, se agarraba la cabeza y gritaba desesperado que saquen la Bandera argentina y que muestren una bandera blanca. A partir de allí le metimos a toda máquina hacia adelante. Yo esperaba que viniera una noche negra, cerrada, con mucha bruma y en cambio había una luna enorme que nos iluminaba por completo".
A las 5 de la mañana llegaron a la zona de exclusión y recién allí volvieron a respirar. Isla de los Estados estaba muy cerca y desde ese punto ya se veía el Faro del Fin del Mundo. 

Pero, al llegar por fin a la costa argentina, se encontraron con una cuarta bomba de 500 kilos en el entrepuente. Esta última sí había entrado al barco. Agujereó la escotilla, cayó en una bodega, pero nunca explotó. En la bahía San Sebastián, técnicos de la Fuerza Aérea los esperaban, junto a 10 ambulancias de la Prefectura , para revisar la bomba. 

No había heridos ni grandes daños. El susto estaba superado pero la sorpresa no, más aún cuando el técnico de aviación que revisaba la bomba dijo: 
"Qué raro, es tan parecida a las bombas españolas que usamos en nuestros aviones. Pero vaya tranquilo, capitán, puede llegar hasta Buenos Aires. Mientras no reciba calor, esto no va a explotar". .
Unas cuantas bolsas de aserrín bastaron para asegurarla. 

Llegada triunfal al puerto de Buenos Aires: prensa, autoridades, familiares, curiosos. y los especialistas de la Armada que venían a desarmar el incógnito explosivo. A la hora de la verdad, cuando la bomba fue girada, apareció enorme la leyenda: "Fuerza Aérea Argentina".

El capitán Gregorio sonríe, junto a la foto del “Formosa” y las medallas que le valieron su aventura.


La “Batalla de Los Angeles”

Siete submarinos japoneses habían empezado a patrullar la costa pacífica de Norteamérica tras el bombardeo de Pearl Harbor, del 7 de diciembre de 1941, que metió a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. A última hora de la tarde del 23 de febrero de 1942, uno de ellos cañoneó el campo petrolífero de Ellwood, cerca de Santa Bárbara (California). Este ataque, protagonizado por el sumergible I-17 del comandante Kozo Nishino, y la batalla de Los Ángeles sirvieron de inspiración a Steven Spielberg para su comedia “1941” (1979), en la cual John Belushi interpreta a un piloto de caza que persigue aviones japoneses por todos lados.

El bombardeo de Ellwood se saldó con la destrucción de una torre de perforación, una sala de bombas y una pasarela. Fue un incidente menor. Sin embargo, sirvió de pretexto para el internamiento de los estadounidenses de origen japonés, puso en alerta a los militares y llevó a la costa occidental de EE.UU. el miedo a un inminente ataque que acabaría provocando, a la noche siguiente, la ”Batalla de Los Ángeles”.

Dos meses y medio después del bombardeo de Pearl Harbor, a las 2.15 horas del 25 de febrero de 1942, los radares militares de Los Ángeles detectaron un tráfico no identificado sobre el Pacífico a unos 220 kilómetros al oeste de la ciudad. La inteligencia naval había avisado del riesgo de un inminente ataque japonés, así que se alertó a las baterías antiaéreas y a los pilotos del 4º Comando de Interceptores -ningún avión llegó a despegar-, mientras los radares seguían al objeto, que volaba hacia Los Ángeles.

Cuando, seis minutos después del primer contacto, el intruso se encontraba a pocos kilómetros de la costa, las autoridades militares ordenaron un apagón en la ciudad y sus alrededores. Y, a las 3.16 horas, los cañones de la 37ª Brigada de Artillería Costera abrieron fuego contra el objeto no identificado. En total, dispararon 1.400 proyectiles durante una hora. Ninguno dio en el blanco. A las 7.21 horas, se levantó la alerta con varios edificios dañados por el fuego de la artillería antiaérea, tres muertos en accidentes de tráfico y otros tres de ataque al corazón.


La batalla más absurda de la historia

Ocurrió durante la guerra Ruso-Turca de 1787-1792, donde el ejército austriaco, compuesto de 100.000 hombres, se enzarzó contra sí mismo en un enfrentamiento en el que se produjo 10.000 muertos y heridos. Esta es su historia.

El emperador José II de Austria, que era aliado de la Zarina de Rusia, se dirigió con un ejército de 100.000 hombres a la frontera turca en las proximidades de la ciudad de Karansebes, en Rumanía, con esperanzas de forzar un encuentro con las tropas turcas del Gran Visir que se dirigían a su encuentro y que se creían ya próximas al ejército austriaco.

Anochecía la tarde del 17 de septiembre de 1788. El emperador José II se durmió rápidamente en su tienda mientras en el campamento su ejército hacía preparativos para el combate. La caballería austríaca (húsares) cruzó el río para explorar la llegada del ejército turco. Pero en vez de otomanos, encontraron a un grupo de gitanos y un cargamento de licor.

Los soldados saludaron a este grupo de gitanos titiriteros de Valaquia comerciantes de barriles de licor. Los austriacos se miraron unos a otros, se encogieron de hombros y allí se quedaron. Mientras, en el campamento, los oficiales se preguntaban por qué tardaban tanto sus hombres. Temiendo que hubieran sido capturados, o algo peor, enviaron a otra columna a averiguar qué estaba pasando.

Cuando el segundo destacamento divisó al primer contingente de exploradores y se dispuso en formación de combate para afrontar lo posible amenaza, se encuentra a sus compatriotas de fiesta con los gitanos entre los barriles de licor. Por supuesto, ni que decir tiene, que esta segunda columna desmontó y se unió a la farándula…


Poco a poco fueron llegando también refuerzos en forma de unidades de infantería, topándose con los húsares borrachos. Viendo lo que se estaban perdiendo, solicitaron unirse a la fiesta, y así poco a poco, con la llegada de más y más soldados, las provisiones de alcohol comenzaron a evaporarse. 

Los gitanos ya no tenían más licor en sus carros, y los barriles comprados por los húsares se estaban agotando. La cosa empezó a subirse de tono entre caballería e infantería. Los jinetes bastante soplados ya, decidieron defender la poca provisión que iba quedando de los soldados que continuaban llegando y pidiendo su ración. De repente los húsares, borrachos, deciden establecer una barricada defensiva para proteger su licor.

Entonces estalla el conflicto, en el que empiezan a usarse incluso armas de fuego. Al otro lado del río, un muchacho oyó los disparos y se pensó lo peor: ya vienen los turcos. Mientras los infantes tiraban de espadas y mosquetes para hacer frente a los húsares, un avispado súbdito del emperador trató de engañarlos con una triquiñuela: “los turcos, los turcos”. Quizá de esta manera, los jinetes abandonaran los barriles para defender su retaguardia y así poder apoderarse de ellos los infantes.

Los húsares pensaron, borrachos y todo, que enfrentarse a una oleada de furiosos turcos no era una idea razonable, así que abandonaron su preciado botín, saltaron como pudieron sobre sus caballos y huyeron al campamento austríaco. Los soldados de infantería que no habían estado atentos al engaño entraron en pánico al ver huir a los húsares y comenzaron también a huir desordenadamente hacia la seguridad del campamento.

Un coronel austriaco hizo el ademán de bloquear el paso e intentó restaurar el orden, dando instrucciones a los beodos de que se detuvieran y formaran. No dejaba de gritar Halt! Halt! Pero hay que tener en cuenta que el ejército estaba formado por unidades procedentes de todos los rincones del imperio, alemanes, austriacos, italianos, bohemios, croatas, húngaros etc, muchos de los cuales no entendían el alemán. Entonces, en mitad de toda la confusión algunos interpretaron los gritos del coronel como Alá! Alá!, lo que hizo pensar a los ebrios y asustados soldados que estaban rodeados.


A medida que se expandió la noticia producida por el error de apreciación, todo el ejército austriaco que permanecía acuartelado en el campamento, despertó con el sonido de los alaridos y disparos que sonaban en las sombras junto al río, lo que solo podía significar una cosa para estos soldados, que a diferencia de los otros, estaban sobrios: “¡Los turcos nos están atacando!” Para añadir más leña al fuego, el ganado y los caballos, asustados por tanto alboroto rompieron las vallas que los guardaban y corrieron en estampida por el campamento, produciendo el sonido típico de una carga de caballería.

Un brigadier, teniendo por segura la carga turca mandó preparar los cañones, apuntar a bulto a las sombras que se aproximaban y abrir fuego…. sobre sus propios soldados. Éstos, asustados y viendo que los atacaban, devolvieron el fuego, formándose en la oscuridad del anochecer un caos de grandes proporciones. 

El emperador José II, sacado de su plácido sueño asomó fuera de su tienda, contemplando todo el jaleo. Trató de montarse en su caballo con ayuda de sus criados para huir de la turba que corría hacia él. Su guardia trató de protegerlo de los soldados, beodos y sobrios por igual, pero éstos agarraron al emperador y lo tiraron al río. Empapado, el emperador nadó hasta la orilla y allí, calado hasta los huesos contempló como su ejército se autodestruía mientras el sol se ponía en el horizonte.

Dos días después, el Gran Visir llegó por fin al lugar donde debía enfrentarse al ejército austriaco, y donde había estado su campamento, imaginen su sorpresa al encontrar cerca de 10.000 hombres muertos. Poco después, los turcos tomaban la ciudad de Karansebes. La llamada “Batalla de Karansebes” se conoce en la historia como la mayor derrota autoinfligida de la Historia. El emperador José II, que moriría un par de años después, mandó poner en su epitafio: “Aquí yace José II, que fracasó en todo lo que emprendió”.

En los últimos tiempos se ha venido poniendo en duda el detalle literal de estos acontecimientos, pese a estar recogidos en las obras de Geoffrey Reagan [The Brassey’s Book of Military Blunders (2000)] y de Erik Durschmied [The Hinge Factor: How Chance and Stupidity Have Changed History, Arcade Publishing (2000)]. Según la fuente más antigua, "History of the eighteenth century and of the nineteenth till the overthrow of the French empire, with particular reference to mental cultivation and progress" (1843), dice en su página 162:
“El emperador acampó entre Salota y Slatina, pero esta posición se volvió pronto insostenible, y a principios del otoño el ejército abandonó el campamento con el propósito de establecer otra posición en Karánsebes. Durante la marcha hacia allá, el ejército fue presa de un pánico inenarrable, creyendo que estaban siendo amenazados por el enemigo, se desordenaron y tomaron a sus propias tropas de las fronteras de Sclavonia por enemigos. Los regimientos se dispararon unos a otros, buscando enemigos donde en realidad no había ninguno, y todos los intentos por parte del emperador en persona para detener la refriega y poner fin a la confusión fueron en vano. […] Un relato detallado de la singular historia de esta marcha nocturna y de sus consecuencias no nos parece que deba incluirse en una historia general, pero podrá consultarse una narración completa y auténtica en el “Magazine Militar Austríaco de 1831”

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Fuentes
http://magonia.com/
http://laperlaaustral.com.ar/
http://nonsei2gm.blogspot.com.ar/
http://www.gehm.es/
La Segunda Guerra Mundial, - Ediciones Iberoaméricanas Quorum -1986