viernes, 6 de marzo de 2015

El combate de Patagones

La guerra Argentino-brasileña fue el último acto de un antiguo conflicto entre España y Portugal que se remontaba al siglo XVI por la posesión de los actuales territorios de la República Oriental del Uruguay y parte del estado de Río Grande do Sul en el Brasil. Distintas bulas papales y tratados procuraron zanjar sus diferencias sin lograr frenar las hostilidades. En 1680 los portugueses fundaron Colonia del Sacramento la cual fue destruida en 1777 por el Rey Carlos III y paralelamente la creación del Virreinato del Río de la Plata como forma de salvaguardar los intereses de España en los territorios rioplatenses.

En 1821 Juan VI de Portugal incorporó la Provincia Oriental con el nombre de Cisplatina y la opinión pública en Buenos Aires y el litoral exigía la recuperación del territorio ocupado. Así en abril de 1825 se originó la expedición de los Treinta y Tres Orientales al mando de Lavalleja logrando acorralar a los brasileños y recuperar la Banda Oriental.

En diciembre de 1825 se había declarado la guerra con el Imperio del Brasil, el que a partir del 10 de diciembre pone bloqueo al Río de la Plata, impidiendo por lo tanto el movimiento comercial al puerto de Buenos Aires.

El 20 de febrero, el ejército republicano al mando de Carlos María de Alvear como General en Jefe, sometió a una dura derrota a las fuerzas imperiales en la “Batalla de Ituzaingó”, para los argentinos, o “Paso del Rosario”, para los brasileños.

A raíz del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra imperial, el apostadero naval rionegrino se había transformado en el seguro refugio de nuestros corsarios que atacaban valientemente el poderío naval enemigo.

El bloqueo del puerto de Buenos Aires obligó a los corsarios a tomar el puerto de Patagones como base de sus operaciones y Brasil, herido en sus intereses, montó una expedición compuesta por cuatro embarcaciones con 52 piezas de artillería y 613 soldados para someter a los corsarios aquí refugiados, recuperar sus presas y, al menos en forma temporaria, tener el control de la población.

El convoy, al mando del Capitán de Fragata James Shepherd (inglés al servicio de Brasil), estaba integrado por las corbetas “Duquesa de Goyaz” e “Itaparica”, con 22 cañones cada una, el bergantín goleta “Escudero” de cinco cañones y la goleta “Constancia” de tres bocas de fuego. Total: 52 cañones.

El mando de éstas estaba a cargo de: Guillermo Eyre (inglés), Luis Pouthier (corsario francés) y Joaquín Marques Lisboa, éste -de solo 19 años- serías más adelante el famoso vizconde de Tamandaré. A estos se sumaban 32 jefes y oficiales y 581 hombres de tropas, de los cuales 250 eran mercenarios, mayormente ingleses y norteamericanos, a los que hay que sumar la tripulación de los cuatro navíos.

Carmen de Patagones era hacia 1827 una aldea de alrededor de ochocientos habitantes integrada por los primeros pobladores hispanos, sus descendientes, extranjeros, las tropas y empleados del fuerte, morenos, gauchos deportados desde el Río de la Plata y el complejo panorama social se completaba con los indios tehuelches, pampas y araucanos. Atrás había quedado los años más difíciles logrando una relativa prosperidad gracias a la incidencia que tuvo la economía de los saladeros en la expansión económica que atrajo a agricultores, ganaderos, comerciantes y capitales.
Carmen de Patagones está ubicada a 799.5 km de Buenos Aires
Carmen de Patagones en la época del combate
En 1826 el Comandante Militar de Patagones Martín Lacarra recibió dos malas noticias: la inminencia de la invasión brasileña y la imposibilidad del gobierno central de enviar refuerzos militares; entonces hubo que frenar las apetencias extranjeras con los escasos recursos militares que contaba el fuerte, los mismos corsarios Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones, bajo las órdenes del comandante Santiago Bynon y los chacareros, hacendados, peones, artesanos, comerciantes y morenos africanos.

Las acciones comenzaron a las 9 de la mañana del 28 de febrero; la infantería de negros del coronel Pereyra abrió fuego de cañón y metralla contra el bergantín “Escudero” y detrás de este ingresó la corbeta, “Itaparica”, que traspasó la línea de la defensa sin dificultades porque ya no quedaban municiones para atender la batería ni existían otros medios para enfrentar la agresión.

Sobre el mediodía, la “Duqueza de Goyas” intentó franquear la desembocadura pero quedó varada en los bancos impidiendo el desplazamiento de la cuarta nave la “Constancia” que avanzaba detrás. A esta altura de los hechos y sin posibilidades de trabar combate con los invasores, la infantería se replegó en dirección al fuerte junto a los corsarios de los comandantes Harris, Dautant y Soulin y a los hombres del gaucho Molina. Dos negros y el corsario Fiori, de origen Italiano, murieron durante estas acciones.

La suerte de la “Duquesa de Goyaz”, que había varado era irremediable pues el oleaje la estaba demoliendo. A su vez, la “Itaparica” presentaba una encalladura en el estacionario. La precaria situación de la flota imperial determinó que se decidiera armar a las goletas “Chiquiña”, “Emperatriz”, “Bella Flor” y “Oriental Argentino”.

Luego de permanecer un día en alta mar, la “Constancia” logró atravesar la barra con los sobrevivientes de la “Duquesa de Goyaz”. Sobrepasada en su tonelaje y con el peligro de varar en el estuario, su comandante decidió un desembarco en inmediaciones de lo que hoy se conoce como el “Pescadero" para aligerar su carga y redistribuir a los náufragos en el resto de las naves, pero un grupo de milicianos que tenían la misión de custodiar la margen sur los sorprendió dejando abandonados sus mochilas y botes.

Patagones, pese a los días que ya habían transcurrido desde que la Escuadra Imperial había hecho su aparición en la desembocadura, no terminaba de adoptar un plan para hacerles frente.

El 5 de marzo se decidió convocar un Consejo de Guerra con el propósito de establecer un curso de acción definitivo. La Escuadra, reducida a la mitad de su poder original por el hundimiento de la “Duquesa de Goyaz” y el encallamiento de la “Itaparica”, se había adelantado hasta la Estancia de Rial para aprovisionarse de víveres. Esta situación favorecía un ataque con los barcos corsarios aunque, de acuerdo con la opinión del práctico Guillermo White, la operación presentaba muchas dificultades por las características del río Negro.

Al tiempo que se cumplían distintas tareas en el Fuerte para protegerse de un posible ataque de la infantería brasileña y tomaban posiciones en el lugar los negros libertos del coronel Pereyra, la caballería, integrada por vecinos armados y los 22 "tragas" del gaucho Molina, eran adelantados a Laguna Grande - bajo las órdenes del subteniente Olivera -, con la misión de determinar la ubicación del enemigo y el posible escenario desde donde podrían consumar un desembarco.

Alrededor de la diez de la noche del 6 de marzo, el Comandante de la expedición brasileña James Shepherd, ordenó descender a tierra los 400 hombres de infantería y avanzar durante toda la noche para sorprender a Patagones con las primeras luces del 7 de Marzo.

En la madrugada del 7 de marzo la infantería emprendió una marcha de veinte kilómetros conducida por un negro que había vivido un tiempo en Patagones, poco hábil para eludir las cortadas y barrancas del río convirtió la travesía en penosa y extenuante.

Santiago Jorge Bynon
A las 6:30 horas alcanzaron el cerro de la Caballada y comenzaron de inmediato a ser fogueados por las naves republicanas “Bella Flor” comandada por Bynon, el “Oriental Argentino” a cargo de Dautant, la “Emperatriz” por Jaime Harris y la goleta “Chiquiña” con Juan Soulin obligándolos a efectuar un repliegue para evitar los proyectiles. Pero además tenían a su vista un centenar de vecinos alistados por el subteniente Olivera, 43 veteranos de la guarnición, 10 hombres de Felipe Pereyra y los gauchos de Molina. De fondo el fuerte con las mujeres y ancianos vestidos con los gorros rojos simulando ser una fuerza de reserva.

Las fuerzas terrestres de la patria descargaron sus fusiles e hirieron de muerte al capitán Shepherd. Desorientados y dominados por la fatiga, la columna enemiga comenzó a retroceder buscando el río, pero la caballería de Olivera la arrolló encerrándola entre el río y el monte, envuelto en llamas por la astucia de Molina.

A poco de iniciado el combate las naves salieron aguas abajo y hacia alrededor de las 11 hs. se había logrado la rendición de la “Escudero” y la “Constancia”. Mientras tanto los infantes brasileños eran perseguidos por las tropas de Olivera quienes al enterarse de la rendición de sus buques hacen también lo mismo. Ya en horas de la tarde sólo faltaba la “Itaparica”, Bynon desplegó sus naves alrededor de la corbeta varada y se rindió sin dar pelea. El Oficial Juan Bautista Thorne descendió el pabellón de guerra brasileño.

Un de las dos banderas imperiales que se conservan en la iglesia de Ntra. Señora del Carmen. Eran siete, pero cinco se perdieron en un incendio
Inicialmente la posición del Imperio fue más ventajosa pero una serie de victorias obtenidas por las armas rioplatenses como en Juncal el 9 de febrero de 1827, Bacacay el 13 de febrero de 1827, la batalla de Ombú tres días después, Ituizangó el 20 de febrero, el 7 de marzo en Patagones, constituyeron un triunfo virtual y un desequilibrio de la posición del Imperio, pero la falta de recursos impidió una definición de la contienda por la vía militar por lo que se apeló a la instancia diplomática.

La misión de Tomás Guido y Juan Ramón Balcarce a Río de Janeiro dio como resultado la firma del acuerdo de paz en septiembre de 1828 reconociendo y garantizando la independencia de la Banda Oriental.