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lunes, 21 de septiembre de 2015

21/22 de septiembre de 1792 - en Francia, la Asamblea Legislativa proclama la Primera República.

La República nació en 1792, tras la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Fue creada por el pueblo y para el pueblo. A pesar de diferentes retornos a la monarquía o al imperio a lo largo del siglo XIX, la República triunfó, manteniendo siempre la misma inspiración. La historia republicana de Francia es, antes que nada, una construcción política que reagrupa una comunidad de ciudadanos iguales entre sí más allá de sus orígenes (sociales, étnicos, religiosos, etc.).

La trascendencia del movimiento iniciado en Francia en 1789, y que tuvo su primera revelación violenta con la toma de la Bastilla (14 de julio), está en el contraste de ideas entre los mismos revolucionarios.

Hasta entonces el pueblo había callado, o sus protestas, reducidas a revueltas fácilmente dominables, no llegaron a conmover el trono. El rey había sido siempre algo semidivino. Lo fue aún para muchos en las primeras épocas revolucionarias. Así se explica el hecho curioso de que hasta 1792 no se proclamara la República y que aún entonces se hiciera de un modo indirecto, como si la palabra asustara a los convencionales que abolieron la monarquía.



Los comienzos

Los motines populares se sucedían ya en los últimos años del reinado de Luis XV. A la muerte de este monarca, su nieto, Luis XVI, empuñó el cetro en circunstancias muy poco favorables. La corte vivía plácidamente mientras los humildes súbditos padecían toda clase de penalidades. En 1787 hubieron de convocarse los Estados generales (30 de julio). Desde entonces la agitación era continua en. En el siguiente año el Parlamento declaró: "La libertad no es un privilegio, es un derecho. Ningún ciudadano puede ser condenado sin antes haber sido oído".

A pesar de que tiempo atrás se habían abolido los Estados generales, se reunieron en 1788 unos trescientos diputados, quienes acordaron lanzar un llamamiento aconsejando a otras provincias francesas que no pagasen el impuesto mientras no se convocasen los Estados generales. Y como era necesario allegar recursos al exiguo Tesoro, el ministro de Hacienda cedió de acuerdo con el rey y los Estados se convocaron. Se comenzó entonces a hablar en Francia de revolución.

En 27 de junio de 1789, el tercer Estado (el Estado llano) hubo de asistir junto con la nobleza y el clero a las sesiones, formándose en consecuencia la Asamblea Nacional.


El 14 de julio. Toma de la bastilla

Disgustado Luis XVI por la constitución de la Asamblea y cediendo a presiones de la corte, despidió a sus ministros "reformadores". Al propio tiempo concentraba tropas en Versalles y París. La Asamblea hizo público su disgusto; pero como no disponía de fuerza alguna hubo de limitarse a protestar.

El pueblo parisiense, cada vez más acuciado por las necesidades y las miserias, se alzó en actitud amenazadora. Algunos obreros se sublevaron y las tropas sofocaron la rebelión matando a muchos de ellos. Entonces las turbas tomaron partido por la Asamblea y asaltaron la Bastilla, dando así una prueba concluyente de que la revolución estaba en marcha.

Mientras esto ocurría en París, en las provincias los aldeanos se negaban al pago de los derechos feudales.


Declaración de los derechos del hombre

En 4 de agosto la Asamblea decreta la abolición de los privilegios feudales y lanza la solemne declaración de los Derechos del Hombre. Pero el pueblo parisiense sentía hambre, desconfiaba de todos, y como si creyese que sus miserias se remediarían con la presencia del rey, acude a Versalles y obliga a Luis XVI a presentarse en la capital (6 de octubre de 1789). Desde entonces el monarca estuvo siempre vigilado de cerca por el pueblo. Coaccionado, sin ánimos para hacer frente a la situación, falsa y gravísima, prometió su apoyo y proclamó su adhesión a los principios revolucionarios (4 de febrero de 1790) y hubo de sancionar, bien a pesar suyo, decretos que, como el de la abolición de la nobleza hereditaria, habían de traer por resultado la desbandada de la mayoría de sus defensores, que huyeron a sitios para ellos menos hostiles.


El fracaso de Varennes

Como su situación era insostenible, instigado, según parece, por María Antonieta, Luis XVI intentó abandonar Francia en compañía de su familia, con tan mala fortuna que, descubierto en Varennes (noche del 20 al 21 de junio de 1791), fue detenido y vuelto a París, donde la Asamblea le declaró suspendido en sus funciones, asumiendo ella el Poder. Sin embargo, pocos pugnaban por proclamar la República. El mismo Maximilien Robespierre, uno de los más conspicuos jacobinos, afirmaba en su discurso del 13 de julio que «ni era monárquico ni republicano».

Lo evidente para el pueblo era que el rey esperaba su salvación de los prusianos y los austríacos, y que se unía a ellos contra Francia, optando así entre su pueblo y su corona.


El pacto de Pillnitz

Como la revolución francesa, al minar el trono francés amenzaba con hacer vacilar a tantos otros, algunos monarcas europeos consideraron intentar el exterminio de la nueva ideología. En un principio se limitáron a tolerar que los emigrados se estacionasen en las fronteras, armados y prevenidos para intentar la vuelta al régimen caído para siempre. Después, ante el camino emprendido por la revolución, ayudaron sin disimulo a los realistas. Prusia y Austria, enemigos hasta entonces, pactaron en Pillnitz en 27 de agosto de 1791 para comenzar su ofensiva contra Francia, aunque de momento no le declararon la guerra.

Los franceses comprendieron lo que esto significaba, y algunos de los jefes revolucionarios, conscientes de que en aquellos momentos representaban una potencia mundial hasta entonces desconocida o menospreciada, contestaron altivamente a las provocaciones. Por eso Isnard en 29 de noviembre dijo aquellas célebres palabras a la Asamblea:
"Digamos a Europa que si los Gobiernos comprometen a los reyes en una guerra contra los pueblos, nosotros comprometeremos a los pueblos en una guerra contra los reyes".
Pero en esto no todos los revolucionarios estaban de acuerdo, por cuanto los girondinos estimaban necesaria la guerra inmediata contra los extranjeros y la consideraron como norte de su primordial actividad, mientras que los jacobinos, más atentos a los enemigos de dentro, deseaban estabilizar la situación en Francia para evitar un fracaso. Decía Robespierre en los Jacobinos el 2 de enero de 1792
«La más extravagante idea que puede nacer en la mente de un político es creer que le basta a un pueblo entrar a mano armada en otro país para hacerle adoptar sus leyes y su constitución».
Pronto habían de demostrar los acontecimientos que la guerra era necesaria, puesto que no era ofensiva, sino de defensa contra imposiciones intolerables y que ningún pueblo acepta ni consiente. Los revolucionarios se dieron cuenta de ello y todos, pero especialmente los girondinos, se apresuraron a armar a las turbas de París para mandarlas a la frontera.


La guerra

El imprudente ultimátum enviado a Francia por Francisco II, emperador de Austria, y donde le exigía, bajo amenazas de destrucción, la vuelta al primitivo régimen, indignó a la Asamblea, al Ministerio y al pueblo. Era inaudito que una nación extranjera tratase de imponerles un sistema de gobierno. La guerra fue declarada por acuerdo de 29 de abril de 1792. La revolución empezaba el camino que había de conducirla al éxito definitivo.

Pero mientras el pueblo quería la guerra sintiéndose herido en sus ideales, Luis XVI esperaba de ella la derrota del pueblo y, como consecuencia, la vuelta al omnímodo poder real


Los desórdenes

En 20 de junio, las turbas, sospechando cuanto dentro del palacio se maquinaba, asaltan las Tullerías. El respeto que aún muchos conservaban hacia el rey sufrió con esto un rudo golpe, que preparó los ánimos para lo que después había de ocurrir. Aquel día se obligó a Luis a que se pusiera el gorro del pueblo (frigio) y bebiese vino a la salud de París. Esto era el "principio del fin". El rey había dejado de ser respetable para sus súbditos, y éstos, con una lógica que hoy no nos explicaríamos, intentaban a toda costa hacerle renunciar a sus derechos sin atreverse a negárselos. Es decir, que para el pueblo "el rey era el rey", y sólo dejaría de serlo por su propia voluntad. Poco duró esta inexplicable creencia.

Fue entonces cuando los reyes de Austria y Prusia, más los jefes de pequeños Estados alemanes, hicieron que el duque de Brunswick, generalísimo de los ejércitos aliados, firmase su célebre manifiesto, redactado, según todas las probabilidades, por emigrados franceses, y cuyo origen fue indudablemente el propio palacio de las Tullerías, donde se conspiraba en favor de los extranjeros y en contra de los revolucionarios. Aquel documento, fechado en Coblenza en 25 de julio y conocido en París dos días después (extraña celeridad para aquella época), era de una torpeza y de una osadía sin límites. En él se amenazaba con fusilar a los guardias nacionales, con destruir París y otras calamidades si se causaban "molestias" al rey. Toda aldea que se opusiera a tales designios sería incendiada.

El efecto del manifiesto fue fulminante; con aquella provocación se ponía en claro que Luis XVI, colocado entre el pueblo y su corona, optaba por ir contra aquél con tal de conservar ésta. La indignación popular estalló seguidamente. Éstos son los primeros pasos para la República. Los jacobinos concentraron ya su actividad con un objeto: derribar al rey. Comenzó, pues, una lucha a muerte.


10 de agosto de 1792

El 3 de agosto, las secciones (París se dividía en 48 secciones desde 1790) obligaron al alcalde Petion a que pidiese en su nombre a la Asamblea que Luis XVI fuese depuesto. Aquélla se negó. Desde tal negativa, la masa se preparó contra el palacio y las Tullerías contra la masa. Fue entonces cuando los girondinos y los jacobinos se atacaron ya abiertamente. Esta división trajo más tarde (octubre del mismo año) la expulsión de los girondinos del seno de los jacobinos, donde ya eran grupo aparte.

El choque entre el pueblo y la corte tuvo lugar el 10 de agosto. Los reyes pudieron entonces huir, puesto que la desorganización de sus enemigos hubiera impedido toda persecución eficaz. Pero confiaron en vencer y, desgraciadamente para ellos, se quedaron. La lucha fue terrible. Entre los combates del asalto y los que se desarrollaron en las calles cercanas a las Tullerías hubo más de mil quinientas víctimas. Los guardias suizos defendieron el palacio con heroicidad sin ejemplo y todos sucumbieron en su puesto, según testimonio de muchos asaltantes.

Derrotada la corte, el rey se refugió en la Asamblea, quien lo encerró en el Templo. Luis XVI, virtualmente, había dejado de ser rey.


Toma de Verdún y victoria de Valmy

Entretanto, las tropas francesas, derrotadas por los ejércitos unidos de Austria-Hungría y Alemania, bajo las órdenes de Brunswick, abandonan Verdún. Poco después Dumouriez es nuevamente vencido en el Argona y ha de retirarse precipitadamente viendo casi dispersadas sus divisiones. El sentimiento patriótico de los revolucionarios reacciona de una manera formidable.

A toda prisa se reorganiza el ejército, y en 20 de septiembre, en las cercanías del molino de Valmy, ante su decidida bravura, los aliados se ven obligados a replegarse desordenadamente. La revolución se había salvado.

Batalla de Valmy

Proclamación «indirecta» de la república. 

No faltan autores que afirman que la Convención Nacional, que comenzó sus sesiones el 21 de septiembre, procedió en la forma en que lo hizo bajo la impresión del triunfo obtenido en Valmy. Pero esto es totalmente inexacto, puesto que aún no había llegado a París la noticia de la victoria. La Convención tenía como principales directores a tres hombres cuyo recuerdo vive unido en la Historia, aunque diferían entre sí notablemente: Maximilien Robespierre, orador de formidable cultura clásica, hipocondríaco y atrabiliario con ribetes de loco; Jean-Paul Marat, extremista, sanguinario y en ocasiones repulsivo; Georges-Jacques Danton, orador razonado, patriota de buena fe, enérgico pero justo, riguroso pero noble y que en todo momento intentó mantener unidos a los diversos sectores revolucionarios, sin conseguirlo nunca.

La Convención constaba de setecientos cuarenta y nueve miembros, muchos de ellos pertenecientes a la Asamblea anterior. La Asamblea anterior cedió sus poderes a la nueva por medio del postrer presidente de aquélla, François de Neufchateau. Se aclamó a Petion como presidente y se designaron como secretarios a Condorcet, Lasource, Rabaut, Brissot, Camus y Vergniaud, en su mayoría girondinos.

La nueva Asamblea era casi totalmente republicana; acaso no llegaran a treinta los no partidarios de la abolición de la monarquía. Pero los girondinos parecían no tener prisa en decidirse en este punto.

Collot d’Herbois fue quien lanzó la idea de tal abolición. Opusiéronse tan sólo dos diputados, Quinette y Barreve, siendo lo notable que ambos eran republicanos. "No puede decidirse —dijeron— en asunto de tal gravedad sin conocer cuál es la voluntad del pueblo". En análogos términos se expresó más tarde Bazire. Estas palabras vienen a corroborar lo que al principio dijimos, es decir, que se conservaba aún cierto respeto al trono.

Pero he aquí que Grégoire, desconocido entonces, replicó en tono enérgico y decidido que sobradamente se había exteriorizado la voluntad popular en los últimos sucesos y que si los representantes no decidían seguidamente no cumplirían la misión que se les había confiado. Estas frases, de lógica incontrovertible, pronunciadas por un sacerdote de aldea, eran como una lección a los que presumían ser los más avanzados. Las razones de Grégoire causaron gran sensación, y tanto los representantes como el público prorrumpieron en aclamaciones.

En la sesión memorable del 21 aún dominaba a los convencionales la preocupación de si obraban “demasiado de prisa”. Además, los girondinos temían que los jacobinos intentaran provocar la anarquía para, a favor de la general desorientación, erigirse en dictadores. 

Finalmente, la Convención acordó declarar: 
  1. No puede haber Constitución si no es aceptada por el pueblo. 
  2. La seguridad de las personas y de las propiedades debe ponerse bajo la salvaguardia de la nación.
  3. La monarquía queda abolida.
Simplemente se abolió la monarquía… sin que expresamente se proclamara la República. Por eso dice bien el historiador A. Métin cuando escribe:
"El día 21 de septiembre la Convención declaró la monarquía abolida en Francia. El 22 resolvió que los documentos se fechasen en el año I de la República… Ésta fue, por tanto, establecida de una manera indirecta".