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sábado, 5 de septiembre de 2015

5 de septiembre de 1972 - El comando palestino Septiembre Negro asesina a 11 atletas israelíes capturados en la Villa Olímpica, mientras se disputan los Juegos Olímpicos de Múnich en Alemania

Los Juegos de Munich, en 1972, fueron la consagración de Mark Spitz, colosal nadador que acaparó siete medallas de oro. Se trata de un hito memorable de aquella competencia, como la final de básquet entre la Unión Soviética y Estados Unidos, que terminó en escándalo. O el debut de las mascotas. Sin embargo, aunque las autoridades olímpicas intentaron evitar que el olor de la sangre y la pólvora contaminara la burbuja deportiva, la masacre de once atletas israelíes a manos de un comando palestino quedó como la referencia más poderosa de la cita en Alemania.

Los Juegos olímpicos, en su regreso a Alemania (ahora dividida), luego del festín nazi de Berlín 1936-, comenzaron el 26 de agosto. La regularidad de la competencia que ganó la Unión Soviética (Estados Unidos la escoltó en el medallero) se acabó de golpe en la madrugada del 5 de septiembre, cuando un grupo de encapuchados se infiltró en la villa olímpica para tomar de rehenes a los atletas israelíes. 


Septiembre Negro

En septiembre de 1970 palestinos instalados en Jordania secuestraron seis aviones que aterrizan en Zarqa. Como respuesta, las tropas jordanas atacan los campamentos de los guerrilleros. Se contabilizan más de 3.500 muertos. En noviembre de 1971, comandos palestinos asesinaron en El Cairo al primer ministro jordano Wasfi Tal. Es la primera aparición de "Septiembre Negro". El grupo se vincula a Al Fatah (Movimiento Nacional de Liberación de Palestina) y a través de él, a la Organización de Liberación de Palestina (OLP)

Dos días antes de empezar los Juegos Olímpicos, el gobierno alemán recibió un informe sobre posibles atentados terroristas en Europa. El primero llegó a Lufthansa, alertando sobre un plan para desviar un avión de la Sabena belga en la ruta Bruselas-Londres y llevarlo a Adén, en Yemen del Sur. Presumía que un comando árabe viajaría en tres grupos a Londres, Amsterdam y Madrid entre el 4 y el 30 de agosto, proveniente de Rumania, Austria y Alemania Federal.

El 30 de agosto un nuevo aviso emanado de la inteligencia alemana reveló la partida desde Beirut de un grupo de fedayines. Era el quinto día de competencia. Los guardias y de la RFA fueron puestos en doble alerta.

En la villa olímpica había 15.000 policías, 25 helicópteros, 12.000 soldados, un centenar de agentes de contraespionaje. Todos formaban un aparato impotente, paralizado por antiguas culpas, inhibido por los fantasmas del pasado, de aquella olimpiada de 1936 organizada por el Tercer Reich, cuya imagen se quería borrar.


El ataque

Pasadas las cuatro de la mañana del martes 5 de septiembre un patrullero observa a un joven de sombrero blanco y traje de safari cerca de la villa. Poco antes, un empleado de correos ve a cinco hombres que saltan la reja. "Vaya, cinco atletas que se fueron de juerga", piensa.

A las cinco en punto, ocho sujetos enmascarados ingresan a la villa e invaden el hospedaje de los israelitas. Nueve logran escapar, once son atrapados. El entrenador del equipo de lucha, Moshé Weinberg, de 33 años, quien llegaba de comer de un restaurante, el levantador de pesas Joseph Roamno son asesinados al resistir. Alguien llama a la policía. "Hay un tiroteo", se avisa.

“Septiembre Negro” exigía la liberación de 234 palestinos prisioneros en Israel, país que se negó a negociar con los secuestradores.

Alemania, que pretendía que los Juegos continuaran sin mayor daño para su imagen, se avino a una conversación que encubría una emboscada.

Ese mismo día, la delegación de Israel se retiró de los Juegos Olímpicos. No obstante, mientras el mundo se sacudía con las noticias de Munich, luego de sólo 34 horas de interrupción, el circo olímpico continuó con la agenda prevista.

Avery Brundage, presidente del COI (Comité_Olímpico_Internacional), filántropo y coleccionista de arte, sostuvo que los terroristas no afectarían la realización de las competencias y, en la ceremonia en tributo a los muertos recientes a la que asistieron 80 mil personas y 3 mil atletas, elogió al movimiento olímpico pero no hizo mención a los asesinatos.


El show continuó, efectivamente. Al igual que la tormenta sangrienta en que se había convertido el conflicto entre israelíes y árabes. Diez días después de los hechos de Munich, comenzó a desplegarse la revancha. A diferencia de los duelos deportivos, este segundo turno fue apenas un eslabón de una matanza de nunca acabar.

Israel diseñó un complejo operativo para ejecutar a los hombres que planificaron y organizaron el asesinato de los atletas. "Munich", la película de Steven Spielberg, es una descripción muy precisa y conmovedora de esta trama. Y sobre todo, del carácter adictivo de la venganza.


Las horas finales

Pasadas las nueve el jefe de los terroristas abandona el edificio para examinar la ruta de salida. "Si no vuelvo en 3 minutos, mátenlos", ordena a sus hombres. Regresa y ambos grupos abordan un bus rumbo a dos helicópteros. Las armas de los fedayines sobre las cabezas de los deportistas.

Los terroristas llevaron a las víctimas en helicóptero a la base aérea de Fürstenfeldbruck, pensando que se les permitiría escapar en un jet Boeing 727 cercano. Diez minutos después las naves aterrizan en el aeropuerto. Sólo está alumbrada la torre y los edificios vecinos. De los 25 tiradores, cinco han logrado llegar al campo y se ubican tras el avión de Lufthansa. 

A las 23:03 dos terroristas bajan, caminan hacia el avión y vuelven. Enseguida otros dos descienden empujando a dos rehenes que llevan sus manos atadas a la espalda. La pista es súbitamente alumbrada con bengalas y focos. Suenan disparos. Los palestinos matan a dos atletas antes de caer impactados por balas de los tiradores. Se hace el silencio.

Pasada la medianoche se les pide que se rindan. Un miembro de Septiembre Negro lanza una granada sobre un helicóptero. Cuatro israelitas y el piloto vuelan por los aires en medio de una bola de fuego. El infierno se desata.


El asalto falló. Los terroristas mataron a los 11 atletas y entrenadores antes de que los francotiradores alemanes mataran a cinco de los ocho palestinos. 

Poco después, en medio del humo, surge en toda su magnitud la tragedia. Sólo tres de los secuestradores sobreviven y son detenidos, pero liberados tan solo 53 días después, tras el secuestro de un avión de Lufthansa


Tel Aviv. Diez días después.

Zvi Zamir, jefe del servicio secreto israelí -el Mossad-, llega a la casa de un veterano agente. Va en busca del hijo mayor de la familia, un capitán de reserva de los comandos -Avner-, de 25 años, héroe de la Guerra de los Seis Días. Avner es buzo táctico, combatiente de excepción entre las tropas judías de elite.

En pocos minutos ambos están frente a Golda Meir y al ídolo del ejército de Israel, el general Sharon. "Acuérdese de este día. Lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia judía", le dice la Primera Ministra.


La venganza.

Un comando judío salió diez días después desde Tel Aviv con la misión de ejecutar a los responsables. La venganza llevaría más de un decenio y caerían en ella perseguidos y perseguidores.

La misión de Avner será ejecutar a los once hombres que planificaron y organizaron la matanza de los atletas judíos. Si se le captura, Israel negará cualquier vinculación. Tampoco deberá regresar mientras no se le autorice. Eso sí, dispondrá de cuentas abiertas en Ginebra, París y Amsterdam por 250 mil dólares, que serán repuestos tras cada giro.

Avner comandará a un grupo que integrarán además otros cuatro hombres: Carl, un viejo halcón judío alemán; Hans, un falsificador genial; Robert, hijo de un matrimonio de jugueteros de Birmingham, experto en explosivos; y Steve, proveniente de Sudáfrica, especialista en borrar huellas de atentados.

Una exigencia es perentoria: "Deben ser precisos. No dejar víctimas inocentes. Nuestros enemigos deben pensar que están indefensos y que los podemos alcanzar cuando queramos", se les advierte.


Se inicia la cacería

Abandonan Israel con destino a RFA. Su primer contacto es un tal Andreas, miembro de la Baader Meinhoff, a quien pagan 100 mil dólares por información. Avner viaja a Canadá donde se entrevista con integrantes del Frente de Liberación de Quebec. Regresa a Europa y en París un viejo librero trotskista que vive en el Barrio Latino lo contacta con un terrorista latinoamericano que iniciaba sus operaciones junto a la banda Baader y que le proporciona valiosas pistas.

Cuarenta días después de la matanza de Munich los vengadores localizan a su primera víctima, el encargado de reclutar al comando palestino. Está en un departamento del Corso Trieste, en Roma.

El 16 de octubre, cuando llegaba con una bolsa de víveres, es abordado por dos de los judíos. "¿Es usted Wael Zwaiter?", le preguntan. Al asentir, Avner y Robert le dispara catorce balas de Beretta 33.

En París, el 8 de diciembre, ubican a Mahmud Hamshari. Está en el 175 de la calle Alesia, protegido por cuatro fedayines. Le interfieren el teléfono y cuando solicita un técnico para repararlo acude Robert, que coloca una pequeña bomba bajo la mesa del aparato.

Una señal sonora activa luego la explosión y Hamshari es alcanzado en el bajo vientre. Tarda un mes en morir, pero antes revela la técnica empleada por sus asesinos.

El 24 de enero de 1973, Abal Al Chir, un organizador de atentados que aparenta ser profesor de lenguas orientales, se acuesta en su cama en un hotel de Nicosia. Seis cargas explosivas instaladas entre el somier y el colchón estallan y lo despedazan. Avner y sus hombres quedan satisfechos.

Basil Al Kubeisi, responsable de los armamentos del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), es baleado por Avner y Hans el 6 de abril muy cerca de la Iglesia de Madelaine, en París. Es la cuarta víctima.

Los vengadores se trasladan a Beirut. Allí están los otros tres responsables de la masacre de Munich: Kamal Nasser, Kamal Udwan y Abu Yussuf (miembro del comité central de Al Fatah), protegidos por el máximo líderl del FPLP, el doctor Georges Habache. Más de cincuenta palestinos vigilaban el lugar, un edificio de tres pisos.

Avner avisa a Israel y propone organizar una operación combinada con comandos que lleguen por mar. El 8 de abril Yussuf es acribillado desnudo a la salida de un encuentro amoroso; Nasser es baleado en su despacho y Udwan desintegrado por una granada. Cargas explosivas derriban el edificio para proteger la huida de los comandos judíos.

Esa noche, a metros de allí, se escapa uno de los hombres más buscados por Avner, Muhamad Budía, el ex jefe del Frente de Liberación Nacional argelino y responsable del FPLP para toda Europa. Dos meses más tarde, el 28 de junio, lo sorprenden en París. Robert pone una bomba en el automóvil de Budía y a los minutos el terrorista salta despedazado.

La cacería se hace cada vez más difícil. Waddi Haddad, jefe de la masacre de Munich se refugia en Yemen del Sur. Otros dos, Hassan Salameh (hombre clave del aparato de inteligencia de Al Fatah) y Abu Daud, no son hallados. Entonces, los judíos se transforman en perseguidos.

Carl es víctima de los encantos de una terrorista holandesa; Hans es acribillado en el Ostpark de Francfort; Robert es dinamitado en su laboratorio clandestino en Bruselas.

Se ordena el regreso de Avner y Steve. Sólo el segundo obedece. Avner, obsesionado, intenta seguir la batida.

El Mossad envía a Europa un grupo de relevo. En enero de 1979, Salameh y sus guardaespaldas son desintegrados en Beirut. En julio de 1981, Abu Daud es baleado en una cafetería de Varsovia. Haddad, el único inalcanzable, el que decidió la masacre, muere de cáncer en un hospital de Berlín oriental.

Un tercer equipo también operaba desde julio de 1973, un mes después de la ejecución de Budía. El Mossad había encomendado a un mercenario francés, Edouar Laskier -Mike-, la muerte de Salameh y Daud. Mike recluta a 15 personas cuyas mayores habilidades son manejar rifles calibre 22 y las reúne en la ciudad noruega de Lillehammer.

Un informante del Mossad había avisado que Salameh entraría en contacto con un hombre de Septiembre Negro, un tal Kamel Benamane. Mike y sus hombres ubican a su presa en una casa, junto a una piscina, conversando con quien suponen su contacto. Disparan trece balas sobre Salameh, quien en verdad era un marroquí, llegado a Suecia en 1966, casado con una sueca y, lo más importante, completamente inocente.

El 20 de enero de 1974 cinco miembros del comando de Mike son condenados a prisión en Noruega. 

El fiasco de Lillehammer no detuvo la misión, y en 1979 el Mossad logró dar con el paradero del hombre que les había escapado en Noruega.

Para la operación de eliminación de Ali Hassan Salameh, el Mossad reclutó a Erika Chambers, una ciudadana británica, que se unió a una organización de apoyo a refugiados palestinos en Líbano, logrando conocer a Salameh en Beirut.

Cuando Chambers tuvo clara la rutina diaria de su objetivo, Erika dejó su coche en el lateral de la calle que se veía desde su apartamento. Una vez puesto explosivo en el automóvil, la joven británica espero al paso de Salameh junto al vehículo y detonó la bomba a control remoto desde su apartamento, matando a Salameh y otras ocho personas.

Entre 1972 y 1979 más de una docena de palestinos fueron asesinados por agentes de Iseael, lo que en la práctica supuso la total erradicación del grupo terrorista Septiembre Negro.

Monumento conmemorativo - Tel Aviv



Fuentes