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miércoles, 2 de septiembre de 2015

La rendición de Japón

El poderío militar japonés, más o menos intacto hasta 1944, se hundió por la acción conjunta de las operaciones anglo-americanas en Birmania, las guerrillas populares en Vietnam, Birmania y China; la capitulación alemana del 8 de mayo de 1945, que agravó la situación de Japón al permitir a los aliados trasladar todas sus fuerzas a Extremo Oriente, la bomba atómica y la intervención rusa en Manchuria -prevista en Yalta- Ante esa situación, capituló en agosto de 1945

Churchill, Roosevelt y Stalin en Yalta
El avance del ejército norteamericano al mando del general McArthur hacia el archipiélago japonés se intensificó en los primeros meses de 1945. Los japoneses perdieron las islas de Iwo-Jima en marzo y Okinawa en junio. Con estas acciones alcanzaban prácticamente el territorio nipón y desde estas islas los norteamericanos podían intensificar los ataques aéreos y preparar un desembarco sobre el propio Japón, incapaz ya, en este momento, de mantener su esfuerzo bélico. 

Aunque la resistencia japonesa fue heroica y hasta desesperada, las condiciones de la economía japonesa no permitían hacer frente a la potencia económica norteamericana; movilizada al máximo alcanzaba un gran ritmo de producción industrial, muy superior a la japonesa, que iba encontrando dificultades en todos los sectores.

En los transportes y comunicaciones había dificultad en mantener las relaciones entre las diferentes regiones del Imperio y en aportar a la metrópoli los productos alimenticios, el petróleo y las materias primas que eran necesarios; la marina mercante, hostigada por los submarinos norteamericanos, estaba disminuyendo al no ser capaces los astilleros y todas estas limitaciones afectaban a toda la economía japonesa.

En el plano político-diplomático, Japón acusaba los efectos de todos estos factores, que unidos a la derrota de Alemania, e ignorando el compromiso contraído por Stalin en Yalta de atacar a Japón tres meses después de la capitulación alemana, llevaron a algunos sectores japoneses a pensar -entre mayo y julio de 1945, con el gobierno del almirante Kentaro y por medio de la URSS- en la posibilidad de una negociación frente a la posición intransigente de los militares nacionalistas que controlaban el poder.

En julio de 1945 la Conferencia de Postdam trató, además de los asuntos alemanes, la cuestión de la guerra en el oriente de Asia y elaboró la “Proclamación de Postdam” que, firmada por Estados Unidos, Gran Bretaña y China y dirigida a Japón, pedía la capitulación incondicional de las fuerzas japonesas. Anunciaba que Japón perdería todas sus posesiones exteriores, aunque daba seguridades en cuanto al futuro de la nación; añadía que de no capitular Japón se exponía a una pronta y total destrucción, en velada alusión a la bomba atómica.

El gobierno japonés no respondió a la Proclamación de Postdam y los acontecimientos se precipitaron. El 6 de agosto cayó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, dos días después la URSS entraba en la guerra y el 9 de agosto caía la segunda bomba sobre Nagasaki.

La noche del 9 al 10 de agosto se celebró una conferencia imperial y, con la intervención personal del emperador. Ni siquiera la terrible incertidumbre creada por la devastación de Hiroshima y Nagasaki y la posibilidad de que el siguiente nombre en la lista de objetivos pudiera ser el de la misma Tokio parecía capaz de hacer cambiar de actitud a algunos de los hombres llamados a decidir. Había miembros del Gobierno que todavía se negaban a creer que el Japón estuviera derrotado, Uno de ellos llegó incluso a sugerir que los vestidos blancos y los edificios de cemento armado asegurarían una protección adecuada contra las bombas atómicas. Cuando se envió a algunos expertos a toda prisa para que efectuaran una indagación en Hiroshima, un oficial les mostró con gran satisfacción que solo la mitad de su cara había sido quemada por la explosión. “por lo tanto –declaró- no se puede decir que no existen contramedidas.”

De todas maneras, al final prevalecieron las mentes más razonables. Aunque ahora sabemos que las incursiones de Hiroshima y Nagasaki agotaron temporalmente las disponibilidades de la nueva arma, una tercera bomba hubiera podido lanzarse en cualquier momento después de mediados de agosto. Los políticos de mayor sentido común comprendieron que ya no era posible que hubiera más dilaciones. Con el apoyo del Ministro de Marina Yonai, el Ministro de Asuntos Exteriores Togo solicitó al Gobierno que aceptase inmediatamente el manifiesto de Postdam.

El primer Ministro Suzuki recurrió a un procedimiento sin precedentes en la historia del país: Solicitó al emperador que decidiera cuál de las propuestas debía adoptarse, si la sugerida por Togo o, contrariamente, la del ministro de Guerra Anami que deseaba continuar la lucha. Expresando libremente su pensamiento declaró que era favorable a la del Ministro de Asuntos exteriores. De esta manera fue posible salir de aquel callejón sin salida. El Gobierno japonés decidió rendirse, a pesar de la oposición de algunos jefes militares, con la única condición de que la institución imperial fuera mantenida. El Gobierno norteamericano dio seguridades al respecto y el 14 de agosto se tomó la decisión de capitular, lo que fue anunciado al día siguiente al pueblo por radio a través de un discurso del propio emperador.

Desde ese momento y por todas partes, se hunde y se deshace el Imperio japonés. Las fuerzas japonesas, respetuosas con las instrucciones del emperador, aceptan capitular y se van rindiendo ante los aliados. El 30 de agosto se inicia la llegada de los norteamericanos y el 2 de septiembre tiene lugar la ceremonia formal de la rendición a bordo del acorazado USS Missouri en la Bahía de Tokio.

Un oficial japonés entregando su sable en señal de rendición
La delegación japonesa a su arribo al USS Missouri
El General Yoshijiro Umezu firma la rendición de Japón
La política de ocupación se desarrolló de acuerdo con el contenido de los documentos de ”Política inicial norteamericana post-rendición de Japón” del 29 de agosto de 1945 y las “Directrices básicas iniciales post-rendición” del 8 de noviembre. En este documento se señalaba como objetivo fundamental de la ocupación “el fomento de condiciones que ofrezcan la mayor seguridad de que Japón no se convertirá de nuevo en una amenaza para la paz y seguridad del mundo, y permitan su admisión eventual como miembro pacífico y responsable de la familia de las naciones. Es de desear que el Gobierno japonés esté de acuerdo, en todo lo posible, con los principios del Gobierno democrático autónomo.

También se tomó la decisión de que el comandante supremo no impondría su autoridad directamente sobre el pueblo japonés, sino que se conservaría un gobierno japonés actuando a través del mismo.

Esta política de ocupación debía aplicarse sobre un país no solo derrotado, sino arruinado y casi destruido. La guerra había ocasionado a Japón un millón y medio de militares muertos, 688.000 víctimas civiles y la muerte de decenas de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki. Quedó destruido el 30 % de las centrales térmicas, el 58% de las refinerías, el 40% de las ciudades, el 30% de las fábricas y el 80% de la marina.

Japón perdió también sus posesiones imperiales. Su soberanía se limitó al territorio nacional, reducido a las cuatro islas principales de Hokkaido, Honshu, Ryu-Kyu y Shikoku. En febrero de 1946 la URSS ocupó el sur de Sakhalin y el archipiélago de las Kuriles y Estados Unidos estableció su administración sobre las islas de Okinawa y Osagawara y las islas japonesas del Pacífico. Esta liquidación del imperialismo japonés implica, junto con las pérdidas territoriales, también la de productos alimenticios, industriales y minerales, así como la repatriación de los japoneses allí establecidos al archipiélago, ahora reducido a 368.480 km2

Una de las primeras tareas de la ocupación fue la liquidación del Japón militarista. Se suprimieron los ministerios del Ejército y la Marina y fueron licenciadas todas sus tropas. El material de guerra era confiscado y destruido. Se destruyó también la aviación y se cerraron las fábricas productoras de material bélico. También fueron separados de la vida pública los dirigentes de la época militarista y se procesó a los criminales de guerra en un tribunal que se estableció en Tokio en 1946, equivalente al de Nuremberg en Alemania. Juzgó a 28 dirigentes japoneses, de los que siete fueron condenados a muerte, entre ellos el ex primer ministro Hideki Tojo. Además de ese juicio principal se realizaron otros a japoneses considerados responsables de crímenes de guerra. Se declararon culpables a 4.200 japoneses de los que fueron ejecutados 700. Los juicios finalizaron en octubre de 1949.

Se dictaron disposiciones para construir un nuevo Japón democrático y occidentalizado. Esto impulsó reformas políticas, sociales y económicas que afectaron a la totalidad de los sectores y actividades de la vida japonesa.
MacArthur junto al emperador Hirohito durante su primer encuentro en el año 1945
Las medidas políticas fueron básicamente de democratización. Los americanos se dedicaron a introducir en Japón la democracia al estilo occidental. En el momento de la capitulación, los japoneses habían pedido, como única garantía, el mantenimiento de la institución imperial. El Gobierno americano aceptó, precisando que el emperador mismo estaría sometido a la autoridad del Supremo Comandante de las Fuerzas Aliadas y que la forma definitiva de gobierno debería establecerla la voluntad libremente expresada del pueblo japonés. McArthur se convertía así, prácticamente, en el dueño absoluto de Japón, aunque sometido a la autoridad del presidente de Estados Unidos..

El último samurai


Hirō Onoda (Kainan, Prefectura de Wakayama, 19 de marzo de 1922 - Tokyo, 16 de enero de 2014) fue un oficial de inteligencia del Ejército Imperial Japonés que luchó en la Segunda Guerra Mundial y no se rindió hasta 1974, después de haber pasado casi treinta años sobreviviendo en las Filipinas. Esto lo convirtió en último soldado de nacionalidad japonesa en rendirse tras la Segunda Guerra Mundial.

El 26 de diciembre de 1944 fue enviado a la Isla de Lubang en Filipinas. Las órdenes de Onoda eran realizar una guerra de guerrillas contra los estadounidenses, que estaban listos para invadir la isla, especialmente atacando las pistas de aterrizaje y los muelles del puerto para evitar que fueran usados por el enemigo. Sus órdenes también incluían el no rendirse bajo ninguna circunstancia o suicidarse.

el teniente Onoda y el mayor Taniguchi en Lubang
Localizado en febrero de 1974, el gobierno japonés tuvo que localizar a su antiguo superior, el mayor Taniguchi, que se había convertido en un librero. Taniguchi voló a Lubang el 9 de marzo 1974 e informó a Onoda de la derrota de Japón y le ordenó deponer las armas. Onoda finalmente se entregó a las autoridades, entregando su uniforme, espada y fusil tipo 99 con 500 cartuchos. 


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Fuentes
La Segunda Guerra Mundial, - Ediciones Iberoaméricanas Quorum -1986
Así Fue la Segunda Guerra Mundial - Editorial Noguer - 1972