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jueves, 17 de septiembre de 2015

Fuego amigo

La “Batalla de Barking Creek” 

Gran Bretaña obtendría su primer derribo de la Segunda Guerra Mundial al tercer día de estar dentro del conflicto. Sin embargo no fue un instante para celebrarlo, ya que el avión abatido no era enemigo, sino británico tras haber sido atacado por error en una acción de fuego amigo.

Sobre las 6:15 horas de la mañana del 6 de Septiembre de 1939, tres días después de que Inglaterra entrase en la Segunda Guerra Mundial, unos observadores situados en medio de la Isla de Mersea del Río Támesis, creyeron avistar a un grupo de aviones enemigos sobre el condado de Essex, próximo a Londres. Inmediatamente se lo comunicaron a los mandos correspondientes de la Real Fuerza Aérea Británica (Royal Air Force o RAF). Media hora más tarde, a las 6:45, despegaron un grupo de cazas Spitfire del 74º Escuadrón desde Hornchurch y otro grupo de cazas Hurricane del 56º Escuadrón desde North Weald.

Spitfire contra Hurricane. Los ataques por error fueron comunes.
Cuando los aviones se dirigían al punto donde pensaban se encontraban los alemanes desde dos procedencias distintas, los Spitfire confundieron a los 6 Hurricane que volaban a 300 metros por debajo de ellos y oscurecidos por la noche con aparatos enemigos. Inmediatamente el comandante Adolph Malan ordenó proceder al ataque y los Spitfire descendieron vomitando fuego de sus ametralladoras. Uno de los Hurricane al mando del oficial Frank Rose resultó dañado por el Spitfire de Vincent Byrne y se vió obligado a aterrizar forzosamente en un campo de hortalizas. Menos suerte tuvo el Hurricane de Montague Hulton-Harrop, ya que el Spitfire del oficial John Freeborn lo alcanzó, derribó y destruyó, perdiendo la vida su piloto. Este pequeño duelo entre aviones ingleses fue conocido como la “Batalla de Barking Creek” en honor al lugar que sobrevolaban.


Un verdadero As.

Louis Curdes fue un as de la USAF. A comienzos de 1943 obtuvo su primer destino de combate en la 12ª Fuerza Aérea, en el norte de África. El 7 de febrero de 1945, volando unas treinta millas al suroeste de Formosa, se encontró con un bimotor de reconocimiento japonés Mitsubishi Ki-46. Al derribarlo se convirtió en el primer piloto estadounidense en lograr victorias contra aviones de las tres potencias del Eje.

Bajo la carlinga están pintadas las marcas de sus victorias aéreas, en orden cronológico. Se pueden ver siete esvásticas, un fascio, una bandera del Sol Naciente y ¿una bandera estadounidense?
El 10 de febrero de 1945 Lou Curdes participó en una incursión contra un campo de aviación japonés en Batán, al oeste de la isla filipina de Luzón. Durante el ataque su compañero de ala, el teniente La Croix, fue alcanzado por el fuego antiaéreo y cayó al mar. Esperando que un hidroavión de rescate Catalina llegase antes de la noche, Curdes se mantuvo volando en círculos sobre el pequeño bote de goma en el que permanecía su compañero. Entonces vio un avión de transporte norteamericano C-47 dirigiéndose al aeródromo enemigo, aparentemente con la intención de aterrizar en él. Trató de comunicarse por radio con el piloto utilizando diversas frecuencias, pero no obtuvo respuesta. Se aproximó y le hizo señas, e incluso disparó unas ráfagas delante del morro del otro avión, pero todo fue inútil: el piloto parecía decidido a tomar tierra a toda costa. Al final, lo único que se le ocurrió para evitar que fuese capturado fue abrir fuego sobre el C-47 y obligarle a amerizar cerca de donde La Croix esperaba su rescate. Curdes disparó contra los dos motores del transporte, inutilizándolos y haciendo que el avión cayese al mar. Cuando vio que todos los tripulantes abandonaban el aparato y se subían a dos balsas, regresó a su posición inicial, sobrevolando la zona para protegerles. Al caer la noche aún no había llegado la ayuda, y Curdes tuvo que volver a su base. Al amanecer regresó y se mantuvo patrullando sobre los náufragos hasta que fueron recogidos por un Catalina. Los doce tripulantes del C-47 estaban sanos y salvos. Y libres, gracias a Curdes. El piloto había perdido el rumbo durante el vuelo y había confundido la base aérea japonesa con una estadounidense. Agobiado porque se estaba quedando sin combustible, se disponía a aterrizar en el aeródromo enemigo cuando Curdes se lo impidió.

Unas semanas más tarde Louis Curdes recibió la Cruz de Vuelo Distinguido por aquella acción. Casi con toda seguridad, es el único piloto de la historia condecorado por el derribo de un avión propio.

Es muy probable que los detalles de este episodio fuesen producto de la propaganda estadounidense. Es posible que Curdes ametrallase el C-47 por un error de identificación. No olvidemos que Curdes, era un as y un héroe de guerra. Después de todo, si no se podía ocultar el incidente, qué mejor que convertirlo en una acción heroica.


Malvinas, 1982

A las 6 de la tarde del 1º de mayo, durante el conflicto del Atlántico Sur, en el estrecho de San Carlos tres aviones atacaron al buque mercante argentino “Formosa”. 

Dos bombas cayeron al agua y reventaron en el mar, una tercera pegó en un palo, pero explotó también en el agua. Y mientras el barco se detenía, otro avión apareció ametrallándolos desde atrás. Después de tirar, hizo todavía una última pasada de proa hacia popa. 

El Formosa comenzó a navegar en círculos para no ser un blanco inmóvil, el capitán Juan Cristóbal Gregorio permaneció arriba en el puente presenciando los hechos.  
"Zielinsky, el jefe de cubierta, salió valientemente a preparar los botes salvavidas, lo cual es un trabajo enorme para un solo hombre, y quería dispararle a los aviones con un revólver reglamentario que llevaban en el barco. El cocinero, sentado en una escalera, se agarraba la cabeza y gritaba desesperado que saquen la Bandera argentina y que muestren una bandera blanca. A partir de allí le metimos a toda máquina hacia adelante. Yo esperaba que viniera una noche negra, cerrada, con mucha bruma y en cambio había una luna enorme que nos iluminaba por completo".
A las 5 de la mañana llegaron a la zona de exclusión y recién allí volvieron a respirar. Isla de los Estados estaba muy cerca y desde ese punto ya se veía el Faro del Fin del Mundo. 

Pero, al llegar por fin a la costa argentina, se encontraron con una cuarta bomba de 500 kilos en el entrepuente. Esta última sí había entrado al barco. Agujereó la escotilla, cayó en una bodega, pero nunca explotó. En la bahía San Sebastián, técnicos de la Fuerza Aérea los esperaban, junto a 10 ambulancias de la Prefectura , para revisar la bomba. 

No había heridos ni grandes daños. El susto estaba superado pero la sorpresa no, más aún cuando el técnico de aviación que revisaba la bomba dijo: 
"Qué raro, es tan parecida a las bombas españolas que usamos en nuestros aviones. Pero vaya tranquilo, capitán, puede llegar hasta Buenos Aires. Mientras no reciba calor, esto no va a explotar". .
Unas cuantas bolsas de aserrín bastaron para asegurarla. 

Llegada triunfal al puerto de Buenos Aires: prensa, autoridades, familiares, curiosos. y los especialistas de la Armada que venían a desarmar el incógnito explosivo. A la hora de la verdad, cuando la bomba fue girada, apareció enorme la leyenda: "Fuerza Aérea Argentina".

El capitán Gregorio sonríe, junto a la foto del “Formosa” y las medallas que le valieron su aventura.


La “Batalla de Los Angeles”

Siete submarinos japoneses habían empezado a patrullar la costa pacífica de Norteamérica tras el bombardeo de Pearl Harbor, del 7 de diciembre de 1941, que metió a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. A última hora de la tarde del 23 de febrero de 1942, uno de ellos cañoneó el campo petrolífero de Ellwood, cerca de Santa Bárbara (California). Este ataque, protagonizado por el sumergible I-17 del comandante Kozo Nishino, y la batalla de Los Ángeles sirvieron de inspiración a Steven Spielberg para su comedia “1941” (1979), en la cual John Belushi interpreta a un piloto de caza que persigue aviones japoneses por todos lados.

El bombardeo de Ellwood se saldó con la destrucción de una torre de perforación, una sala de bombas y una pasarela. Fue un incidente menor. Sin embargo, sirvió de pretexto para el internamiento de los estadounidenses de origen japonés, puso en alerta a los militares y llevó a la costa occidental de EE.UU. el miedo a un inminente ataque que acabaría provocando, a la noche siguiente, la ”Batalla de Los Ángeles”.

Dos meses y medio después del bombardeo de Pearl Harbor, a las 2.15 horas del 25 de febrero de 1942, los radares militares de Los Ángeles detectaron un tráfico no identificado sobre el Pacífico a unos 220 kilómetros al oeste de la ciudad. La inteligencia naval había avisado del riesgo de un inminente ataque japonés, así que se alertó a las baterías antiaéreas y a los pilotos del 4º Comando de Interceptores -ningún avión llegó a despegar-, mientras los radares seguían al objeto, que volaba hacia Los Ángeles.

Cuando, seis minutos después del primer contacto, el intruso se encontraba a pocos kilómetros de la costa, las autoridades militares ordenaron un apagón en la ciudad y sus alrededores. Y, a las 3.16 horas, los cañones de la 37ª Brigada de Artillería Costera abrieron fuego contra el objeto no identificado. En total, dispararon 1.400 proyectiles durante una hora. Ninguno dio en el blanco. A las 7.21 horas, se levantó la alerta con varios edificios dañados por el fuego de la artillería antiaérea, tres muertos en accidentes de tráfico y otros tres de ataque al corazón.


La batalla más absurda de la historia

Ocurrió durante la guerra Ruso-Turca de 1787-1792, donde el ejército austriaco, compuesto de 100.000 hombres, se enzarzó contra sí mismo en un enfrentamiento en el que se produjo 10.000 muertos y heridos. Esta es su historia.

El emperador José II de Austria, que era aliado de la Zarina de Rusia, se dirigió con un ejército de 100.000 hombres a la frontera turca en las proximidades de la ciudad de Karansebes, en Rumanía, con esperanzas de forzar un encuentro con las tropas turcas del Gran Visir que se dirigían a su encuentro y que se creían ya próximas al ejército austriaco.

Anochecía la tarde del 17 de septiembre de 1788. El emperador José II se durmió rápidamente en su tienda mientras en el campamento su ejército hacía preparativos para el combate. La caballería austríaca (húsares) cruzó el río para explorar la llegada del ejército turco. Pero en vez de otomanos, encontraron a un grupo de gitanos y un cargamento de licor.

Los soldados saludaron a este grupo de gitanos titiriteros de Valaquia comerciantes de barriles de licor. Los austriacos se miraron unos a otros, se encogieron de hombros y allí se quedaron. Mientras, en el campamento, los oficiales se preguntaban por qué tardaban tanto sus hombres. Temiendo que hubieran sido capturados, o algo peor, enviaron a otra columna a averiguar qué estaba pasando.

Cuando el segundo destacamento divisó al primer contingente de exploradores y se dispuso en formación de combate para afrontar lo posible amenaza, se encuentra a sus compatriotas de fiesta con los gitanos entre los barriles de licor. Por supuesto, ni que decir tiene, que esta segunda columna desmontó y se unió a la farándula…


Poco a poco fueron llegando también refuerzos en forma de unidades de infantería, topándose con los húsares borrachos. Viendo lo que se estaban perdiendo, solicitaron unirse a la fiesta, y así poco a poco, con la llegada de más y más soldados, las provisiones de alcohol comenzaron a evaporarse. 

Los gitanos ya no tenían más licor en sus carros, y los barriles comprados por los húsares se estaban agotando. La cosa empezó a subirse de tono entre caballería e infantería. Los jinetes bastante soplados ya, decidieron defender la poca provisión que iba quedando de los soldados que continuaban llegando y pidiendo su ración. De repente los húsares, borrachos, deciden establecer una barricada defensiva para proteger su licor.

Entonces estalla el conflicto, en el que empiezan a usarse incluso armas de fuego. Al otro lado del río, un muchacho oyó los disparos y se pensó lo peor: ya vienen los turcos. Mientras los infantes tiraban de espadas y mosquetes para hacer frente a los húsares, un avispado súbdito del emperador trató de engañarlos con una triquiñuela: “los turcos, los turcos”. Quizá de esta manera, los jinetes abandonaran los barriles para defender su retaguardia y así poder apoderarse de ellos los infantes.

Los húsares pensaron, borrachos y todo, que enfrentarse a una oleada de furiosos turcos no era una idea razonable, así que abandonaron su preciado botín, saltaron como pudieron sobre sus caballos y huyeron al campamento austríaco. Los soldados de infantería que no habían estado atentos al engaño entraron en pánico al ver huir a los húsares y comenzaron también a huir desordenadamente hacia la seguridad del campamento.

Un coronel austriaco hizo el ademán de bloquear el paso e intentó restaurar el orden, dando instrucciones a los beodos de que se detuvieran y formaran. No dejaba de gritar Halt! Halt! Pero hay que tener en cuenta que el ejército estaba formado por unidades procedentes de todos los rincones del imperio, alemanes, austriacos, italianos, bohemios, croatas, húngaros etc, muchos de los cuales no entendían el alemán. Entonces, en mitad de toda la confusión algunos interpretaron los gritos del coronel como Alá! Alá!, lo que hizo pensar a los ebrios y asustados soldados que estaban rodeados.


A medida que se expandió la noticia producida por el error de apreciación, todo el ejército austriaco que permanecía acuartelado en el campamento, despertó con el sonido de los alaridos y disparos que sonaban en las sombras junto al río, lo que solo podía significar una cosa para estos soldados, que a diferencia de los otros, estaban sobrios: “¡Los turcos nos están atacando!” Para añadir más leña al fuego, el ganado y los caballos, asustados por tanto alboroto rompieron las vallas que los guardaban y corrieron en estampida por el campamento, produciendo el sonido típico de una carga de caballería.

Un brigadier, teniendo por segura la carga turca mandó preparar los cañones, apuntar a bulto a las sombras que se aproximaban y abrir fuego…. sobre sus propios soldados. Éstos, asustados y viendo que los atacaban, devolvieron el fuego, formándose en la oscuridad del anochecer un caos de grandes proporciones. 

El emperador José II, sacado de su plácido sueño asomó fuera de su tienda, contemplando todo el jaleo. Trató de montarse en su caballo con ayuda de sus criados para huir de la turba que corría hacia él. Su guardia trató de protegerlo de los soldados, beodos y sobrios por igual, pero éstos agarraron al emperador y lo tiraron al río. Empapado, el emperador nadó hasta la orilla y allí, calado hasta los huesos contempló como su ejército se autodestruía mientras el sol se ponía en el horizonte.

Dos días después, el Gran Visir llegó por fin al lugar donde debía enfrentarse al ejército austriaco, y donde había estado su campamento, imaginen su sorpresa al encontrar cerca de 10.000 hombres muertos. Poco después, los turcos tomaban la ciudad de Karansebes. La llamada “Batalla de Karansebes” se conoce en la historia como la mayor derrota autoinfligida de la Historia. El emperador José II, que moriría un par de años después, mandó poner en su epitafio: “Aquí yace José II, que fracasó en todo lo que emprendió”.

En los últimos tiempos se ha venido poniendo en duda el detalle literal de estos acontecimientos, pese a estar recogidos en las obras de Geoffrey Reagan [The Brassey’s Book of Military Blunders (2000)] y de Erik Durschmied [The Hinge Factor: How Chance and Stupidity Have Changed History, Arcade Publishing (2000)]. Según la fuente más antigua, "History of the eighteenth century and of the nineteenth till the overthrow of the French empire, with particular reference to mental cultivation and progress" (1843), dice en su página 162:
“El emperador acampó entre Salota y Slatina, pero esta posición se volvió pronto insostenible, y a principios del otoño el ejército abandonó el campamento con el propósito de establecer otra posición en Karánsebes. Durante la marcha hacia allá, el ejército fue presa de un pánico inenarrable, creyendo que estaban siendo amenazados por el enemigo, se desordenaron y tomaron a sus propias tropas de las fronteras de Sclavonia por enemigos. Los regimientos se dispararon unos a otros, buscando enemigos donde en realidad no había ninguno, y todos los intentos por parte del emperador en persona para detener la refriega y poner fin a la confusión fueron en vano. […] Un relato detallado de la singular historia de esta marcha nocturna y de sus consecuencias no nos parece que deba incluirse en una historia general, pero podrá consultarse una narración completa y auténtica en el “Magazine Militar Austríaco de 1831”

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Fuentes
http://magonia.com/
http://laperlaaustral.com.ar/
http://nonsei2gm.blogspot.com.ar/
http://www.gehm.es/
La Segunda Guerra Mundial, - Ediciones Iberoaméricanas Quorum -1986