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martes, 28 de julio de 2015

28 de julio de 1821 - En Lima, se proclama la Independencia de Perú

Existen algunos antecedentes de carácter local que es necesario tener en cuenta al momento de estudiar la independencia del Perú. El primero de ellos fue la gran rebelión indígena iniciada en noviembre de 1780 en el Cusco y que estuvo liderada por un descendiente directo del último inca, el cacique José Gabriel Condorcanqui, rebautizado como Túpac Amaru II. Si bien es cierto que la rebelión se inició más como una protesta en contra de los abusos cometidos por los funcionarios de la corona española, sobre todo los excesivos tributos y el extendido uso de la mita, y reconociendo el poder soberano del rey de España, es igualmente cierto que alcanzó una significativa importancia en la región suroriental del Virreinato. (VER MÁS)

La fallida rebelión indígena y la implacable represión que se ejerció contra los insurrectos, trajo consecuencias notables en el funcionamiento y sobrevida del Virreinato. La primera y quizá más relevante, fue que la corona decidió organizar un ejército de línea con la finalidad de que su poder no se viera nuevamente amenazado, en lo que para entonces se consideraba su más importante posesión en América del Sur. Esto quizá nos ayuda a entender por qué el Perú fue de los países que más tardíamente logró su independencia definitiva, para lo cual debió contar con la participación activa de fuerzas militares procedentes de lugares tan disímiles como la “Corriente Libertadora del Sur”, la misma que se originó en Buenos Aires y fuera reorganizada en Chile bajo el mando del militar argentino José de San Martín, y la “Corriente Libertadora del Norte” originada en Caracas y bajo la conducción de Simón Bolívar.

Por otro lado, resulta bastante paradójico que mientras en la mayor parte de Hispanoamérica se produjeron diversos pronunciamientos a raíz del derrocamiento de Fernando VII, sobre todo a través de las juntas de gobierno, las mismas que estuvieron más preocupadas por mantenerse bajo la soberanía del depuesto rey que en lograr la independencia, en el Virreinato del Perú no se manifestó la voluntad de organizar un gobierno local autónomo, independientemente del ideario que lo acompañara, justo en los momentos en que el imperio americano de los Borbones iniciaba su inevitable desmembramiento.

Ahora bien, la pacificación que siguió a la derrota de Túpac Amaru se expresó en un período de tranquilidad que duró hasta 1811, tres décadas en los cuales el dominio español se fortaleció con una serie de importantes reformas de tipo político y económico como, por ejemplo, la lenta liberalización del comercio internacional. En 1811 se realizó la primera revuelta de Tacna, ciudad ubicada a 1300 kilómetros al sur de Lima y que fuera dirigida por un personaje de la aristocracia criolla, Francisco Antonio de Zela. Al año siguiente se tuvo una importante revuelta en la amazónica ciudad de Huánuco, luego en 1813 y liderada por Enrique Pallardelli, la segunda revuelta de Tacna. En 1814 se vivió una importante rebelión en el Cusco, acontecimiento donde tuvo una activa participación el antiguo brigadier indígena del ejército colonial, Mateo Pumacahua, militar que en su momento se encargó de combatir la rebelión de Túpac Amaru.

Las rebeliones aquí mencionadas terminaron con el exilio o la sumaria ejecución de sus líderes, lo cual significó un debilitamiento de cualquier intento de lograr la independencia por medios propios. Súmele a ellas el fracaso de las tres expediciones enviadas por la Junta de Gobierno de Buenos Aires, las mismas que liberarían al Perú por medio de una fuerza militar que ingresó por el Alto Perú, hoy Bolivia, para entender el retraso en la consecución de tan importante objetivo. Habría que esperar la organización, en 1820, de una importante fuerza militar, naval y terrestre al mando de José de San Martín, y la retirada del ejército colonial de la ciudad de Lima hacia el interior del país bajo la conducción del último virrey, José de la Serna, para que Perú proclamara su independencia el 28 de julio de 1821.

El virrey José Fernando de Abascal  advirtió la debilidad de la Junta Central de 1810 e interpretó el movimiento independentista como un complot perpetrado desde Buenos Aires. Mantuvo de 1808 a 1813 una política hostil, pero diplomática, contra las nuevas ideas procedentes de España. A pesar de ello, tuvo que admitir, el 24 de septiembre de 1810, la convocatoria para la elección de diputados. Abascal contaba con la colaboración de los liberales peruanos y españoles, a los que no interesaba que la mayoría nativa accediera a sufragio y a la representación política.

Las promesas de los liberales encendieron las esperanzas de poder de los criollos, pero como no se llevaron a cabo algunos sectores criollos empezaron a atacarlos. Sin embargo, no se atrevieron a sublevarse, pues tenían muy presente la reacción del gobierno virreinal ante la insurrección de Tupac Amaru II (1780) y la de Pumacahua, violentamente reprimidas. Las revueltas indígenas peruanas, lejos de estimular el proceso revolucionario, lo estancaron. Hubo que aguardar a que dos líderes militares lo dirigieran: San Martín y Bolívar, ambos extranjeros.

Perú se encontraba densamente poblado, con sólo un 5 por 100 de blancos y un predominio de indígenas (58 %) sobre los mestizos (29 %) y los negros (8%, de los que la mitad eran esclavos). Las divisiones raciales fomentaron la jerarquización social y establecieron una sociedad de castas.

La clase dominante, de raza blanca, la constituían españoles y criollos aristócratas, quienes originaron una nobleza rural privilegiada e inmovilista que detentaba el poder económico. Los españoles acaparaban casi todos los cargos públicos y burocráticos.

Otro sector lo formaban los criollos liberales, que tan sólo pretendían reformar el armazón colonial y alcanzar unas reivindicaciones sociales y jurídicas mediante su representación en los cabildos.

Los intelectuales peruanos como Jose Hipolito Unanue, José Baquíjano y otros colaboradores del periódico El Mercurio peruano impregnados del pensamiento de la Ilustración abogaban por una libertad y una igualdad, pero no se plasmaban en un movimiento de independencia.

La clase más oprimida y mayoritaria, la de los indígenas, no consiguió representación en los cabildos, al negársela los criollos aristócratas y liberales.

La economía peruana del siglo XVIII sufría una crisis que arrastraba desde el siglo anterior. Perú había sido la máxima potencia americana gracias a su comercio trasatlántico y a la explotación de los metales preciosos. Víctima de las reformas imperiales de 1776-1778, que acabaron con el monopolio comercial, perdió la exclusividad en su comercio con España. La situación empeoró en 1808 cuando Chile y Buenos Aires, rivales económicos de Perú, lograron la libertad de comercio. El gobierno español decretó en 1812 la abolición del tributo indio y de la mita. Con la restauración de Fernando VII en 1814, la presión española se acentuó bajo el virreinato de Joaquín de la Pezuela, quien derogó las medidas liberales.

A comienzos de julio de 1821 se vivía en Lima una tremenda escasez de alimentos, las Tropas Realistas no contaban con recursos y los patriotas ya habían conseguido importantes victorias al interior del país, en tanto la población entera reclamaba la presencia del libertador argentino, quien ya había conseguido tal propósito con Argentina y Chile.

La ofensiva revolucionaria de carácter militar la inició el general San Martín, engrosando sus filas algunos patriotas alistados en la guarnición hispánica que destacaron por sus ideas liberales y lucharon a favor de los independentistas.

Desde que San Martín liberara Chile, gozaba de un enorme prestigio militar. Estratégicamente advirtió la necesidad de asestar el primer golpe contra la metrópoli por mar y para bloquear la flota española contrató los servicios del almirante inglés Thomas Cochrane, en cuyas manos cayeron las ciudades más ricas de la costa del Pacífico. San Martín decidió negociar un arreglo con los realistas, quizá para ganar tiempo y comprometer a todos los patriotas a su causa.

La ineptitud del virrey Joaquín de la Pezuela provocó su derrocamiento aceptado por Fernando VII. Su sucesor en 1821, el general José de la Serna conferenció con San Martín, quien intentó inducirle a unirse a los insurgentes.

El 5 de julio de 1821, el virrey del Perú José de la Serna, anunció a los limeños que abandonaba la ciudad, señalando al Callao como refugio para quienes se sintiesen inseguros en la capital. Muchos vecinos españoles y criollos se trasladaron entonces a dicho puerto, buscando amparo en la Fortaleza del Real Felipe, mientras que el virrey se retiraba con sus fuerzas hacia la sierra central, dejando solo una guarnición en el Real Felipe, al mando de José de la Mar. El mismo virrey, mediante una carta, invitó a San Martín para que entrara de una vez en Lima, antes que lo hicieran las montoneras indias, pues temía que estas pudieran cometer excesos.

El 9 de julio las primeras tropas libertadoras ingresaron a Lima. En la noche del 12 de julio lo hizo el mismo general San Martín y dos días después todo el Ejército Libertador. San Martín, instalado ya en el Palacio de los virreyes, invitó al Ayuntamiento a jurar la Independencia. Este Cabildo, el segundo establecido por elecciones durante el Virreinato, había sido elegido el 07 de diciembre de 1820 según las bases de la Constitución de 1812 que restableció Fernando VII.

El domingo 15 de julio de 1821, cumpliendo el pedido de San Martín, el alcalde Conde de San Isidro convocó a los vecinos en cabildo abierto. Sin embargo, no fueron citados todos los ciudadanos de Lima, sino solo los regidores perpetuos, los títulos de Castilla, los miembros de las órdenes militares, el cabildo eclesiástico y los titulares de familias distinguidas. El resto fue totalmente excluido, incluido el pueblo llano.

Reunido el cabildo, el pueblo limeño se agolpó en las afueras del edificio, gritando su adhesión a la causa independentista. En medio de ese bullicio, los cabildantes, que eran mayormente viejos representantes del colonialismo, se apresuraron a aprobar el Acta de la Independencia.

Manuel Pérez de Tudela fue el encargado de redactar el Acta de Independencia que determinó la proclamación de ella para el sábado 28 de julio de 1821 en la Plaza de Armas de Lima. San Martín buscó implantar el sentimiento de la independencia por lo menos entre los limeños, pero los criollos no le apoyaron porque temían que los indios libres cometieran desmanes contra ellos y sus propiedades. A lo largo de toda la campaña, San Martín se había afirmado como un líder pacifista, y así lo demostró al ocupar Lima.


La declaración y proclamación de la Independencia del Perú constituye uno de los hechos más trascendentales de la historia de América, ya que la liberación del Perú era muy importante para la seguridad de las naciones circundantes, pues allí se hallaba el núcleo del poderío español en Sudamérica. Por ello fue que el Ejército Unido Libertador del Perú, al mando del general José de San Martín, arribó al Perú procedente de Chile. Ya en territorio peruano recibieron el apoyo de la población, especialmente en el norte, donde una inmensa jurisdicción, la Intendencia de Trujillo, se sumó a la causa independentista sin violencia, bajo el mando del marqués de Torre Tagle. Tras Trujillo, sucesivamente juraron la independencia Piura, Cajamarca, Chachapoyas, Jaén y Maynas; antes ya lo había hecho Lambayeque. El mismo San Martín reconoció posteriormente que si no hubiera sido por el apoyo masivo del norte peruano, se habría visto en la necesidad de volver a Chile para reorganizar sus fuerzas, ya que estas eran inferiores a las fuerzas virreinales.

Aquel 28 de Julio, según rezan algunas crónicas, amaneció lluvioso y templado. Don José de San Martín despertó a las 9 de la mañana, se puso el uniforme de gala y, previo saludo a sus jefes de estado, se preparó para la proclamación.

El sábado 28 de julio de 1821, siguiendo los protocolos virreinales, José de San Martín salió del palacio de Lima a las 10 a.m. junto a un numeroso séquito a caballo. Lo componían, en primer lugar, las autoridades de la Universidad de San Marcos vestidas con toga y birrete, luego, los altos miembros del clero y los priores de los conventos, después, los jefes militares del Ejército patriota y, finalmente, los títulos de Castilla y los caballeros de las órdenes de caballería, acompañados por los oidores de la Real Audiencia y los regidores perpetuos del Cabildo. Precedido de este cortejo, venía San Martín flanqueado por el conde de San Isidro, a la izquierda, y el marqués de Montemira, a la derecha, quien como portaestandarte llevaba la flamante bandera diseñada por el libertador en lugar del estandarte real. Detrás de ellos iban el conde de la Vega del Ren, los altos jefes del Ejército y un escuadrón de húsares. Flanqueaban la marcha los Alabarderos de de la Guardia Real.

Las calles cercanas a la Plaza de Armas estaban llenas. Según testigos, se estimó un aproximado de 16 mil personas quienes escucharon la proclama de Don José de San Martín, secundados por las tropas en formación.

El Marqués de Montemira hizo entrega de la bandera peruana a San Martín y el libertador la tomó, la mostró a la multitud y proclamó la frase que terminó por reafirmar uno de los sus sucesos más importantes en la historia del Perú:
"EL PERÚ DESDE ESTE MOMENTO ES LIBRE E INDEPENDIENTE POR LA VOLUNTAD GENERAL DE LOS PUEBLOS Y POR LA JUSTICIA DE SU CAUSA QUE DIOS DEFIENDE. 
VIVA LA PATRIA! VIVA LA LIBERTAD! VIVA LA INDEPENDENCIA!"
Las campanas repicaron mientras que los cañones disparaban sus salvas. Don José de San Martín había proclamado la Independencia del Perú, declaró una Patria nueva, emancipada y libre. El aplauso estruendoso se apoderó de la Plaza de Armas ante tan importante declaratoria.

La ceremonia se repitió en otros tres lugares: la plazuela de la Merced, el frontis del convento de las Descalzas y la Plaza de la Inquisición (hoy Plaza Bolívar o del Congreso).
Primera Bandera del Perú creada por José de San Martín en Pisco, con la que liberó a la ciudad de Ica el 21 de octubre de 1820, con el sol naciente detrás de las montañas.
El 3 de agosto de 1821, asumió el título de Protector del Perú y aplicó reformas sociales, confirmando la supresión de la mita y del tributo indio abolidos en 1812. Decretó la expulsión de los españoles y la confiscación de sus bienes, con el afán de atraerse a la aristocracia criolla y al mismo tiempo, con la creación de la Orden del Sol, favoreció a los militares criollos.

Sin embargo, los liberales peruanos se oponían a San Martín por considerarlo demasiado teórico. Carente de apoyo, el general acudió a Guayaquil para conferenciar con Simón Bolívar, al que pidió la anexión de esta plaza a Perú, su ayuda militar para la causa peruana y para el establecimiento de una monarquía constitucional en el país (julio 1822). En ella Bolívar sólo se comprometió a prestar ayuda militar menor. El fracaso de las negociaciones obligó a San Martín a dimitir (1822) y marcharse de Perú. (VER MÁS)

Tanto la firma del Acta como la proclamación de la Independencia del Perú fueron meras formalidades, podría decirse hasta simbólicas. Las fuerzas realistas continuaron dominando las regiones más extensas, más pobladas y más ricas del país: la sierra central y todo el sur peruano, teniendo como nueva capital virreinal al Cuzco. No sería sino hasta 1824 cuando se pondría fin a la dominación española en el Perú.

Esto no significó la emancipación definitiva, pues ante la casi e inmediata retirada de San Martín de territorio peruano, sobre todo por las profundas diferencias con los criollos locales, se entró en un período de anarquía y profundas divisiones políticas que culminaron con la retoma de importante territorio nacional por parte de las fuerzas españolas. De hecho, Lima volvió a ser ocupada eventualmente por las tropas realistas. Ante la posible caída del naciente Estado en manos del dominio colonial, el presidente José de la Riva Agüero mandó llamar y entregó el poder absoluto a Simón Bolívar, quien al frente de un ejército conformado por hombres procedentes de las actuales Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, derrotó de manera definitiva al ejército español en las batallas de Junín y Ayacucho entre los meses de agosto y diciembre de 1824. Consolidada la independencia en el Perú, el resto del continente podía confiar en el sostenimiento del ansiado objetivo: ser independientes de manera definitiva.

Sucre junto con los Oficiales de los diferentes Ejercitos del Sur en la Capitulación de Ayacucho


Acta de la Independencia del Perú.

"En la ciudad de Los Reyes, el quince de Julio de mil ochocientos veintiuno. Reunidos en este Excmo. Ayuntamiento los señores que lo componen, con el Excmo. e Ilmo. Señor Arzobispo de esta santa Iglesia Metropolitana, prelados de los conventos religiosos, títulos de Castilla y varios vecinos de esta Capital, con el objeto de dar cumplimiento a lo prevenido en el oficio del Excmo. Señor General en jefe del ejército Libertador del Perú, Don José de San Martín, el día de ayer, cuyo tenor se ha leído, he impuesto de su contenido reducido a que las personas de conocida probidad, luces y patriotismo que habita en esta Capital, expresen si la opinión general se halla decidida por la Independencia, cuyo voto le sirviese de norte al expresado Sr. General para proceder a la jura de ella. Todos los Srs. concurrentes, por sí y satisfechos, de la opinión de los habitantes de la Capital, dijeron: Que la voluntad general está decidida por la Independencia del Perú de la dominación Española y de cualquiera otra extranjera y que para que se proceda a la sanción por medio del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al mismo Excmo. y firmaron los Srs.: El Conde de San Isidro- Bartolomé, Arzobispo de Lima, Francisco Javier de Zárate- El Conde de la Vega de Ren- El Conde de las Lagunas-Toribio Rodríguez-Javier de Luna Pizarro-José de la Riva Aguero-El marquez de Villa fuerte ..."
La Declaración fue firmada por la mayoría de miembros del Cabildo (alcalde de primer voto, 10 regidores y 2 síndicos procuradores), el clero secular limeño y miembros destacados de la sociedad. En total firmaron esta acta 339 prohombres de la ciudad.


En la primera página aparecen las firmas de 60 personas. Posteriormente la rubricaron 3504 personas de diversos sectores sociales. Según el historiador Timothy Anna, la gran mayoría firmó por miedo a las tropas de ocupación. Otros, por ambición de recompensas y nombramientos. También había gente de elevado espíritu patriótico. Se sabe de españoles y criollos que se escondieron para no firmar el Acta, temerosos de las represalias del Virrey cuando recuperase Lima. Al respecto, sobre la caída del gobierno español del Perú, escribe: Además, dos semanas después de la Declaración de la independencia cuarenta y tres de los sesenta y cuatro miembros del Consulado huyeron. Solo diecisiete de los miembros del Consulado firmaron la Declaración. También señala que muchas personas prominentes firmaron la Declaración de Independencia y posteriormente huyeron del país... Más aún, de los que firmaron la Declaración de Independencia, muchos retornaron al bando realista.


Fuentes
http://historiaperuana.com