miércoles, 22 de julio de 2015

En el marco de la Guerra de la Independencia Española, el ejército napoleónico es derrotado en Bailén

La batalla de Bailén se libró durante la Guerra de la Independencia Española y supuso la primera derrota en campo abierto de la historia del ejército napoleónico. Tuvo lugar el 19 de julio de 1808 junto a la ciudad jienense de Bailén. Enfrentó a un ejército francés de unos 21.000 soldados al mando del general Pierre-Antoine Dupont con otro español más numeroso (unos 27.000) a las órdenes del general Castaños.

Las Juntas de gobierno de Sevilla (Junta Suprema de España e Indias) y Granada comenzaron el reclutamiento de dos ejércitos, que debían cortar el camino a través de Sierra Morena a los franceses. El germen del Ejército de Andalucía lo formaban las tropas regulares del Campo de Gibraltar, 16 regimientos de infantería y tres de caballería al mando del general Francisco Javier Castaños. Por su parte, Teodoro Reding comenzó el reclutamiento de un segundo ejército, donde se encontraba su Regimiento Suizo de Reding nº 3, en la provincia de Granada. El reclutamiento fue masivo, destacando el número de voluntarios, que formaban más de la mitad del Ejército de Andalucía (unos 17.000 hombres).

A comienzos de junio, Pierre Dupont partió de Madrid para someter Andalucía y rescatar a la escuadra francesa de Rosily, que permanecía en Cádiz. La dureza de la ruta, donde fueron acosados continuamente por bandoleros y cruzaron poblaciones hostiles como Valdepeñas, que se levantó en armas el día 6, haciendo retroceder hasta Toledo a buena parte de su tropa (contienda de Valdepeñas), le llevó a saquear Córdoba el 8 de junio. Cuando recibió la doble noticia de que la flota francesa en Cádiz se había rendido y que se estaba organizando un ejército para cortarle el paso, abandonó la ciudad y se recogió al amparo de Andújar, donde estableció su cuartel general el 18 de junio. El 26, recibe a la segunda división, al mando de Dominique Honoré Antoine Marie Vedel, que había derrotado a un contingente de voluntarios españoles en Despeñaperros, y había dejado un regimiento en La Carolina para proteger las comunicaciones con el centro de la Península.

El «plan de Porcuna»

Por su parte, Francisco Javier Castaños se reunió con los mandos españoles en Porcuna para decidir la estrategia a seguir. Dos divisiones, una regular al mando de Félix Jones y la de reserva al mando de Manuel de la Peña, que formaban las tropas de Castaños (unos 12.000 hombres) debían atacar Andújar, clavando a las fuerzas de Dupont. Una tercera división, formada por 8000 hombres al mando del marqués de Coupigny, cruzaría el Guadalquivir más al este, a la altura de Villanueva de la Reina. Por último, Reding dirigiría al ejército de Granada (10.000 hombres) a través de Mengíbar.

El 13 de julio, Reding se apresta a cruzar el Guadalquivir en Mengíbar. Esta población estaba defendida por unos 2.000 hombres al mando del general Ligier-Belair. En la madrugada del 14, el primer escuadrón de dragones de Numancia y el de cazadores de Olivenza, al mando del general Francisco Xavier Venegas, hacen huir a la caballería francesa al otro lado del río. Ante la amenaza de nuevos ataques, Ligier-Belair evacua la población y solicita ayuda a Vedel.

Reding, por su parte, comienza el ataque el día 15 de julio muy temprano. Ante la llegada de Vedel a media mañana, interrumpe el ataque. Vedel abandonaría la posición posteriormente, ante la petición de refuerzos por parte de Dupont, y marcharía hacia Andújar. Al día siguiente, Reding dispone todas sus fuerzas, más refuerzos de Coupigny.


Castaños se dirigió a Sierra Morena desde su cuartel general en Utrera. El general, en una serie de osadas maniobras, desplazó su ejército de día y de noche, cambiando constantemente de dirección, de manera que las tropas francesas no pudiesen estar seguras de sus intenciones, mientras él se mantenía perfectamente al corriente de los movimientos franceses gracias a los paisanos. Ante ello, el general Dupont envió una parte importante de sus fuerzas a La Carolina, con la intención de proteger el paso hacia Madrid de un posible ataque de Castaños, lo que le hubiese supuesto la incomunicación que tanto temía.

Dupont, desde Andújar, no se atrevió a plantear una batalla a las fuerzas de Castaños, y prefirió retroceder, buscando enlazar con las otras tropas francesas mandadas por los generales Vedel y Dufour, que venían en su ayuda y que estaban ya casi en el límite de la provincia. Al dirigirse con esa intención a Bailén, se encontró con las tropas de Castaños que en esos momentos salían de la ciudad, y allí mismo se entabló la batalla.

Los movimientos de choque comienzan el 14 de Julio, los españoles cruzan el río Guadalquivir y dominan las alturas de las cercanías de Andújar, Vedel sale de Bailén hacia Andújar donde se reúne con Dupont que le ordena regresar a Bailén ya que el general Gobert ha caído en combate con los españoles, ya que la caballería andaluza, al mando del conde de Valdecañas batían el terreno interceptando las comunicaciones y aumentando las dificultades del enemigo.

El 16 por la mañana la división de Reding cruza el río por Mengíbar derrotando a Ligier-Belair, y tras aproximarse a Bailén y enfrentarse a Gobert se repliega al río. Vedel y sus cansadas tropas se retiran entonces hacia Guarromán quedándose Dupont en Andújar y un peligrosísimo vacío en Bailén. Al amanecer del 18 la división española del general Coupigny cruza el río por Villanueva (entre Andújar y Mengíbar) y entra en Bailén sin disparar un tiro, quedando así los dos núcleos franceses irremediablemente divididos. Reding se une poco después a Coupingny en Bailén preparándose para la gran batalla.

A las 8 de la tarde del día 18, Dupont, cargado de heridos y de enfermos, emprende una penosa marcha desde Andújar hacia Bailén, tardando unas diez horas en recorrer los veinte kilómetros que separan Andújar del río Rumblar. Sus tropas ascienden a 9.000 hombres, teniendo en frente a Coupigny y Reding en Bailén al otro lado del Rumblar, hacia las 6 de la mañana del 19 y sin esperar la reorganización de toda su columna ataca con unos 4.500 hombres a los españoles que le doblan en número, para las 8,30 su ataque ya ha fracasado en buena parte por la metralla de la artillería española y los ataques de los garrochistas andaluces. Inexplicablemente, el general francés Vedel, que no tiene enemigos en la sierra, vuelve lentamente desde Guarromán hacia Andújar sin forzar la marcha pese a escuchar el fragor de la batalla, Reding intenta sin éxito envolver el flanco derecho de Vedel pues Dupont se lo impide, pero el ejército francés está ya muy agotado, los españoles reciben el avituallamiento los habitantes de los pueblos, que como María Bellido, derrocharían valor para aliviar a las tropas españolas.

Al mediodía Dupont fracasa en un asalto dirigido al centro del ejército español, y teme la llegada inminente de Castaños desde Andújar antes que la de su general Vedel, en un heroíco avance, el general Dupont es herido de un balazo en la cadera, la caballería andaluza que aseguraba de lejos el flanco derecho, desciende sobre la retaguardia francesa provocando la desbandada, los franceses buscan lugares de sombra para descansar mientras los suizos del ejército francés se entregan uniéndose a los suizos de Reding, cuando la vanguardia de Castaños llega al río Rumblar Dupont pide parlamento para capitular.

Tras atacar por 5 veces de forma infructuosa a las divisiones españolas, y ante la oportuna llegada de la Reserva mandada por el General La Peña, se vio Dupont obligado a pedir el cese de las hostilidades e iniciar conversaciones  a fin de conseguir para sus tropas una capitulación lo más honrosa posible. En la misma y por imposición de los vencedores deberían quedar igualmente incluidas las tropas mandadas por el General Domingo Honorio Antonio Vedel que, pese a no haberse hallado presentes en la batalla, constituían con las tropas de Dupont el total del Ejército francés presente en Andalucía. Vedel - desconocedor del cese de hostilidades- llegó a Bailén a las cinco de la tarde, en pleno armisticio, cojiendo por sorpresa a los españoles que festejaban la victoria, cuando se dispone a marchar sobre otro batallón español, Dupont ya prisionero, le ordena pararse e incorporarse a las negociaciones que se celebran en Andújar el día 20.

Las capitulaciones de Andujar

Las conversaciones se reanudaron inmediatamente, para finalizar el viernes 22 con la firma de las Capitulaciones de Andujar, en cumplimiento de las cuales el día 23 las tropas de Dupont en número de 8.242 hombres, rindieron sus armas, águilas y banderas, quedando prisioneras de guerra. Las condiciones de la rendición fueron clementes e incluían que las tropas francesas fueran repatriadas a Francia. La Junta de Sevilla (gobierno provisional español), no vio con buenos ojos el acuerdo ya que no querían tantos miramientos con los enemigos Estas condiciones no fueron cumplidas nunca: aunque Dupont y sus oficiales fueron liberados y trasladados a Francia, finalmente y tras infinitas vejaciones los franceses acaban confinados en la pequeña isla de Cabrera (al sur de la isla de Mallorca), sin agua ni comida suficiente en otro capítulo terrible de la Guerra de la Independencia ya que muchos morirán de inanición y enfermedades y otros recurrirán al canibalismo para sobrevivir. Este cautiverio terminó en 1814 al firmarse la paz. Debido a la escasez de recursos de la isla y la falta de suministros por parte de las autoridades de la Junta de Defensa de Mallorca, no más de la mitad seguían vivos al finalizar la guerra, y en recuerdo de los muertos (enterrados en el Cementerio Francés) se erigió un monolito en la isla.

La Batalla de Bailén, victoria del ejército español sobre el francés durante la Guerra de la Independencia (julio de 1808), fue más importante por el eco que produjo en toda Europa que por una victoria militar efectiva sobre los franceses, que lograron una inicial y ventajosa capitulación del general Castaños. Las consecuencias de la batalla de Bailén serán múltiples, antes de que acabe julio el rey José debe huir de Madrid, toda Europa conoce entonces que los franceses no son invencibles, y lo verán nuevamente pues los franceses capitulan otra vez, ahora en Portugal, los ingleses desembarcan en la península al mando de Wellington y vencen en Vimiero el 21 de agosto, capitulando en Sintra el mariscal Junot el 30 de agosto, incluso un ejército español que estaba destinado en Dinamarca consigue abandonar el país y regresar a España, la guerra parece que empieza bien para los españoles pero es sólo un espejismo. El mismísimo Napoleón debe acudir al frente de sus tropas y pronto ocuparán toda la península excepto Cádiz

José de San Martín en Bailen


José de San Martín
Dupont era un aristócrata que había presenciado la toma de la Bastilla, había hecho carrera en la Legión Extranjera, acababa de ser nombrado conde por Napoleón y lo esperaba en París el bastón de mariscal si aplastaba la rebelión militar en Andalucía. Había entrado en Córdoba y   había permitido que sus hombres la saquearan durante nueve días de horror y pesadilla, donde los gabachos arremetieron contra iglesias, conventos y casas, asesinaron vecinos, degollaron niños, violaron monjas, y se robaron dinero, joyas, imágenes religiosas, alimentos, vehículos y caballos. Después, al abandonar Córdoba, tuvieron que avanzar muy lentamente por el botín que llevaban: siete kilómetros de carros.

El plan del general Castaños era arriesgado e imprudente. Había que cruzar el Guadalquivir con dos divisiones, reorganizar las tropas en Bailén y avanzar hacia Andújar para caerle al enemigo por la espalda. Mientras tanto, él mismo fijaría a Dupont en Andújar y lo acosaría para hacerle creer que el ataque principal vendría por el frente.

El marqués de Coupigny fue puesto a la cabeza de la II División, que contaba con más de 7.000 hombres y que tenía por objeto tomar posición inmediata de un punto cercano a Villanueva de la Reina, el poblado donde estaban instaladas algunas tropas estratégicas del ejército francés. Su ayudante, capitán José de San Martín, iría a su lado, preparado para entrar en acción directa en cuanto se lo mandase.

ordenó a San Martín que participara de la ofensiva contra los dos batallones que ocupaban esa pequeña población e impedían el paso. San Martín se puso en línea, extrajo el sable y se unió a la carga. Cruzó luego el río Guadalquivir a los gritos con la caballería ligera, Luego del combate, el jefe de los franceses ordena la retirada y comienza una persecución sangrienta más allá del río y del camino de Andújar a Madrid.

Hubo muchas muertes en esa cabalgada, y en un momento Coupigny ordenó detener la persecución y tomar posiciones en la desalojada Villanueva de la Reina. Esa noche apenas pudieron dormir, y a las cinco de la tarde del día siguiente, el marqués observó con sus catalejos cómo otra división de Dupont se retiraba por el camino que bordeaba el cauce, haciendo exhibición de poderío y control del terreno. “No me gusta ese desfile” -dijo a sus principales espadas-. Los hostigaremos en el flanco y la retaguardia toda la noche.

San Martín acompañó la operación. La caballería de Borbón y el batallón de Voluntarios de Cataluña cargaron contra la columna francesa y la tuvieron a mal traer durante horas. Los gladiadores de aquellas legiones francesas que no conocían la derrota, aquella tarde mordían el polvo o se entregaban. Al final de la expedición había muchas bajas, sesenta prisioneros y un regalo del cielo. Las tropas de Coupugny habían logrado capturar a un correo del maldito Dupont, y San Martín compartió con su jefe la lectura a viva voz de varias misivas en las que el general francés les   describía a sus superiores de Madrid su complicada situación militar. El marqués dispuso entonces que se las enviaran a Castaños. Y el jefe máximo ordenó que las cartas fueran traducidas al español, copiadas y repartidas entre la tropa para levantar la moral.

Castaños no podía entender por qué sus dos divisiones no habían cruzado todavía la línea del Guadalquivir y cómo era que tardaban tanto en unificarse, tal como lo habían planeado en el consejo de Porcuna. Para no seguir contrariándolo, la I División cruzó entonces en Menjívar, con el agua a la cintura y las armas sobre la cabeza, y despanzurró durante catorce horas a las fuerzas francesas. La división de Coupigny llegó esa noche y los dos ejércitos se convirtieron finalmente en uno.

Por el otro lado, Dupont, leyendo el parte de aquel encontronazo, montaba en cólera con sus mariscales de campo y daba directivas a los gritos. Sabiendo que le estaban haciendo una encerrona y que su situación era delicada, resolvió en ese mismo momento retroceder hasta Bailén. Pero con muchísimo sigilo, burlando la vigilancia de Castaños.

Dupont esperó hasta la madrugada del 18 de julio y, antes de abandonar Andújar, ordenó taponar silenciosamente el puente sobre el Guadalquivir con carretas y vigas, y dejó apostada allí una unidad de caballería para cubrir las apariencias.

Castaños roncaba en su vivac cuando Dupont partía en puntas de pie hacia Bailén al frente de una columna que ya medía doce kilómetros de largo y en la que se movilizaban nueve mil soldados aptos para la guerra, familias y funcionarios, y carros con trofeos, víveres y enfermos.

El clima se presentaba agobiante, pero las noticias eran aún peores. Cuando el general español fue avisado del ardid de Dupont ya era demasiado tarde. Aunque habituado a la frialdad del soldado profesional, a Castaños le salía espuma por la boca. No podía creer que esto le hubiera sucedido bajo sus propias narices. Armó un revuelo gigantesco y mandó a un grupo de caballería en persecución del convoy francés. Pero el puente bloqueado los retuvo varias horas.

A esa altura nadie estaba demasiado seguro de nada. Ninguno de los bandos en pugna tenía idea sobre las fuerzas y las posiciones de sus enemigos. Era de noche y se había tocado diana en todos los campamentos, pero los generales españoles y franceses tenían miedo por flancos donde no había nada que temer y se confiaban en sitios donde había serio peligro. La luna estaba en su cuarto menguante, y cuando las vanguardias de las dos fuerzas se adivinaron en la oscuridad comenzaron los tiros.

Desde ese momento hasta el final transcurrieron diez horas de sangre y fuego con marchas y contramarchas y asaltos mortales. Coupigny envió a su segundo comandante a destrozar la vanguardia, y hubo escenas rápidas y crueles en las tinieblas de la noche. Los españoles tomaron dos piezas de artillería del enemigo, pero los franceses contraatacaron a fuerza de bayoneta y las recuperaron.

Cuarenta y cinco mil jinetes, infantes, ingenieros y artilleros luchaban con la sed y con la crueldad. Hubo duelo de cañonazos y cargas y degüellos en todo el frente de combate.

En ese instante, San Martín escuchó que ordenaban atacar a los franceses por los flancos. El Regimiento de Órdenes Militares y los Cazadores de la Guardia Valona bajaron un cerro a toda prisa y cuatrocientos jinetes de Dupont les presentaron batalla. Entre las dos fuerzas existía un profundo barranco que los franceses tenían que rodear. Los españoles aprovechaban ese desfiladero para dispararles. Tuvieron muchas bajas, pero así y todo lo atravesaron y cargaron contra la infantería española.

El marqués avanzó con dos regimientos, una compañía y un escuadrón. Pero en una carga feroz, los dragones y los coraceros franceses consiguieron diezmar a los jinetes españoles, acabar con decenas de zapadores y lanzarse sobre el Regimiento de Jaén, matar a un coronel y a su ayudante, y apoderarse de una bandera.

Dupont realizó distintos asaltos y contraataques ya a la luz plena del día 19 y fue gastando fuerzas y moral mientras subía la temperatura y agobiaba la fatiga. A las doce en punto, Dupont armó la línea con todos sus efectivos dispersos, en el centro colocó cuatrocientos marinos de guardia, detrás de ellos dos batallones y a ambos lados cien jinetes de la caballería pesada. Luego recorrió a caballo sus apaleadas filas evocando, en alta voz, las antiguas conquistas del ejército de Napoleón, les mostró la bandera española que habían capturado y les pidió un último esfuerzo. Se colocó a vista de todos al frente de la formación, junto a sus generales, y al ordenar la avanzada gritó: "¡Vive l'Empereur!"

Pasado el mediodía, con el ejército desorganizado y abatido, Dupont envió a su ayudante a pedir el alto el fuego y el paso libre a través de Bailén. Se le aceptó lo primero y se le dijo que lo segundo era cosa de Castaños. Su antagonista llegó poco después, cuando la faena estaba cumplida, y al desplegar sus tropas hizo jaque mate y así finalizó de hecho la partida de Bailén. Quedó una división importante que siguió guerreando, pero alguien advirtió a Dupont que si no los disuadía pasarían a cuchillo a toda su tropa. Dupont envió a un oficial con una bandera blanca y los disuadió.

“Os entrego esta espada vencedora en cien combates”, dijo Pierre Dupont para la Historia y le extendió ceremoniosamente al general Castaños su sable francés. Los adversarios de Bailén se miraban a los ojos. Y el capitán ayudante del marqués de Coupigny, en primeras filas, contemplaba atentamente esos protocolos de la rendición. Habían pasado casi tres días desde el fin de los disparos, y las dilaciones habían crispado los nervios de todos los contendientes.

Apenas firmada la capitulación, Coupigny visitó a su ayudante en la tienda de campaña y le confió que lo recomendaría para un ascenso. Brindaron con licor de petaca por el teniente coronel San Martín y por Fernando VII. El capitán San Martín, seguramente, luchaba internamente con esa paradoja en la plenitud de su carrera. Había comandado la columna del marqués, había participado y opinado en las estrategias, había entrado en combate y había formado parte de muchas acciones heroicas. Tenía muy merecidas la medalla y el cargo, y podía disfrutar de la gloria. Pero algo muy hondo le hacía preguntarse si era esa verdaderamente su patria.