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viernes, 17 de julio de 2015

17 de julio de 1918 - en Ekaterimburgo (Rusia), el zar Nicolás II y su familia son ejecutados por orden del Partido Bolchevique.

Nicolás II de Rusia
Los Romanov fueron la última familia imperial que gobernó Rusia. Su dominio  abarcó más de trescientos años, desde 1613 hasta 1917 dC. Fueron en su mayoría muy queridos y respetados por la población, a pesar de la inestabilidad política y social que afectó al país a veces. Los últimos miembros de esta familia fueron Nicolás II y Alejandra Feodorovna, y sus cinco hijos Anastasia, Olga, María, Tatiana y Alexei.

Alexei, el tan esperado heredero al trono, sufría de hemofilia, lo que llevó a su madre desesperada a buscar la ayuda de un número de fuentes, hasta que finalmente encontró consuelo en manos de Rasputín. El monje finalmente se convirtió en una influencia tal en la familia real que comenzó a asesorar en asuntos de Estado, incluido el nombramiento de los ministros. Su cercana relación con la Zarina y su notable influencia en las decisiones de estado causaron el disgusto de la clase noble, lo que motivó la conspiración y sucesivamente el atentado y muerte de Rasputín. Producida la revolución bolchevique, el zar y los suyos fueron arrestados y transportados a Ekaterimburgo, donde fueron encerrados en la casa de un comerciante llamado Ipatiev, el 20 de mayo de 1918.

Poco tiempo antes del desenlace final, el oficial bolchevique Yurovsky, trasladó a la familia imperial a otro pueblo llamado Alapayevsk e instalados en un refugio preparado para ellos. La noche del 16 al 17 de julio la familia fue sacada del lugar donde se encontraban y tras despertarlos de madrugada, fueron conducidos al sótano de la casa con el pretexto de ser fotografiados por última vez.

Les acompañaba el médico de la familia imperial, además de tres personas más del servicio de la familia. Fueron ejecutados cruelmente. Para poderse deshacer de los cuerpos, la milicia decidió enterrarlos en el bosque tras haber sido bañados en ácido sulfúrico para que nadie les pudiera identificar. 

Sus cuerpos sin vida fueron conducidos en medio de un bosque cercano, espeso y oscuro, donde fueron enterrados sin señal o lápida que indicara el lugar de su reposo.

Cuando el 30 de julio de 1918, el Ejército ruso llegó a la localidad de Ekaterimburgo para salvar a la familia imperial rusa, retenida en la casa Ipátiev por los bolcheviques tras el triunfo de la revolución, hacía ya dos semanas que el Zar Nicolás II, su esposa y sus cinco hijos habían sido asesinados. Aquel crimen «vergonzoso», como lo definió Boris Yeltsin 80 años después, ha sido uno de los grandes misterios de la historia contemporánea de Rusia… una herida que no termina de cicatrizar. 

El ataúd, adornado por águilas bicéfalas doradas y coronado por una cruz, una espada y una vaina, descendió a las 13.30 horas del 17 de julio de 1998 hacia la tumba abierta en la capilla de Santa Catalina de la catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo. En el féretro de roble del Cáucaso, de apenas 1,20 metros de largo, estaban los huesos de quien los científicos aseguran que fue Nicolás II, el último emperador de Rusia, fusilado junto a su familia por un pelotón bolchevique el 17 de julio de 1918. Exactamente 80 años antes.

Yeltsin pronunció una alocución en la que intentó colocarse por encima del mal cometido en el pasado por el procedimiento de declararse culpable, él y todo el país. 
"Dando sepultura a los inocentes asesinados. Queremos purgar los pecados de nuestros antepasados. Fueron responsables quienes cometieron esa ignominia [el fusilamiento] y quienes la justificaron durante décadas. Todos somos culpables, incluido yo mismo"
Junto al ataúd de Nicolás II, se colocó el de su esposa, la emperatriz Alejandra, y los de tres de las hijas de ambos: las grandes duquesas Olga, Tatiana y Anastasia. Más abajo, en el último piso de la tumba, se habían depositado antes los féretros de quienes, fieles hasta el fin, acompañaron la noche siniestra del magnicidio a la familia Románov: el cocinero Iván Jaritónov, el ayudante de cámara Alexéi Trupp, la doncella Ana Demídova y el médico Yevgueni Botkin. Es difícil decir qué sorprende más: que los criados fuesen enterrados junto a los señores o que el arriba y abajo clasista persistiese hasta después de la muerte. En la tumba hay todavía sitio para otros dos ataúdes.

Las Grandes Duquesas TatianaOlga,Anastasia y María Romanova con su madre la zarina Alejandra
Durante las últimas décadas, una gran controversia ha rodeado de los Romanov. Los dos cuerpos que faltaban de la fosa, lo que llevó a la especulación de que algunos miembros de la familia habían sobrevivido a la masacre. La teoría más común apunta a Anastasia y Alexei como los cuerpos que faltan. Varias mujeres han, de hecho, afirmado ser Anastasia, siendo el caso más notable el de Anna Anderson, quien falleció en 1984. El cuerpo de Anderson fue incinerado tras su muerte en 1984. El misterio de quién, si alguien, sobrevivió a la matanza de los Romanov, todavía sigue pendiente. Fue entonces, dos años después de lo sucedido, cuando apareció Anna Tschaikovska Anderson.

Anastasia Romanov o Anna Anderson

Anastasia Nicolaeivna Romanov-Oldenburg-Holstein-Gottorp y von Hessen, nace en Peterhof, Rusia, el 18 de junio de 1901. Hija del Zar Nicolás II Romanov y de Alexandra Feodorovna de Hessen.

Anna Anderson era una joven veinteañera de ascendencia rusa que decidió abrirse al mundo bajo la identidad de la Gran Duquesa Anastasia Romanov de todas las Rusias, la misma que muriera en el verano de 1918, junto a toda la familia de Nicolas II, padres y hermanos.

La muerte de la joven Anastasia Romanov fue todo un misterio, solo se sabía que oficialmente había sido fusilada en la noche del 16 al 17 de julio junto a su familia, pero con el tiempo, el rumor surgió cuando un soldado informó de la posibilidad del rescate de un miembro de la familia, de una de las hijas del Zar, que había quedado mal herida durante aquella noche fatal. 

La vida de Anna Anderson surgió en 1920 cuando fue salvada de suicidarse en el puente del río Spree en la ciudad berlinesa. Fue ingresada en un sanatorio mental durante un tiempo en la que ella se definía como la única superviviente de la familia imperial rusa e hija de Nicolás II. La noticia empezó a correr por toda Europa. La gente, maravillada ante esa magnífica historia, pensaba que si realmente fuera esta joven la verdadera hija del Zar, devolvería las esperanzas de los miles de súbditos rusos de colocar a un Romanov en el trono. La pregunta estaba servida: ¿Es esta mujer la que dice ser y es verdaderamente Anna Anderson la famosa Anastasia Romanov? Hasta hace pocos años estas y otras preguntas seguían vigentes hasta que en la pasada década de los 90 una prueba del ADN confirmó lo esperado durante años.

Era la pequeña de las cuatro hijas del Zar y era muy conocida por ser quien cuidaba constantemente de su hermano el Zarevich Alexis, el pequeño de la familia. 

Anastasia se crio junto a sus otras tres hermanas: Olga, Maria y Tatiana. Junto a ella siempre su adorado hermano Alexis de dos años menor que ella. Vivió alrededor de una corte sublime, pomposa y elegante. Anastasia, de carácter algo reservado, tenía entre sus aficiones salir al campo, practicar tenis, jugar con sus hermanas o escuchar a su abuela paterna, la zarina María de Dinamarca, que disfrutaba de contar miles de historias y cuentos infantiles. Sabemos que también asistió a actos protocolarios como las fiestas de Navidad o de Pascua de Resurrección. No hay muchos datos de la joven Anastasia desde su nacimiento hasta el final de sus días. 

Nadie supo quién fue realmente Anna Anderson. Pero había gente que quería aceptar la posibilidad de que aquella historia fuera real y que la joven Anastasia se salvara de aquella masacre. El parecido físico con la auténtica gran duquesa hizo que la gente que la había conocido o tratado cuando era joven se alarmara y pretendiera aceptarla como tal. Por entonces, nadie podía entender cómo podía tener tantos recuerdos de la familia imperial si no hubiera sido la auténtica. Incluso su abuela paterna, recluida en un castillo en Dinamarca donde pasó su reclusión tras las muertes de su familia, la reconoció antes de su fallecimiento en octubre de 1928 como tal después de un tiempo en que le inundaban las dudas de la identidad de aquella joven.

Anna Anderson no tuvo una existencia fácil y durante su vida tuvo que asistir varias veces ante los tribunales como en 1938 cuando se presentó ante la corte alemana para probar que realmente era quien decía.

Murió en Klostersee (Alemania) en 1984 a la edad de 83 años a causa de una neumonía. Según dicen fue incinerada por deseo propio. 

Después de morir, Anna Anderson, se empezó a investigar la posibilidad científica de que ella fuera la auténtica hija del zar Nicolás II. Un grupo de científicos, espeleólogos, geólogos, genéticos y otros expertos de la medicina hallaron los restos de la familia imperial en 1991. En 1998 y gracias a las pruebas demostradas con el ADN se supo que todos los cadáveres encontrados pertenecían a la familia imperial. Los siete componentes eran sin dudarlo, el Zar Nicolás II, su esposa y todos sus hijos. Para la confirmación pidieron muestras de ADN a diferentes miembros de la realeza europea más cercana a los Romanov, a miembros de las casas reales danesa, británica y a la griega Se cree que también a los duques alemanes de Essen. 

Los análisis y muestras de ADN de Anna Anderson que pudieron ser rescatados, gracias a una prueba que se le hicieron en vida durante una operación en 1979 en el Hospital Martha Jefferson, fueron comprobados y la resolución demostró que aquella mujer que en los años 20 y hasta el final de su vida defendía su identidad como Anastasia Romanov, no era la auténtica.

Mucha gente había creído en su palabra pero también hubo gente que nunca la creyó. Ahora descansa bajo una lápida que dice: Anastasia Manahan 1901-1984. 

Su genética fue comparada con las familias de una lista de desaparecidos entre 1918 y 1920 y se halló que Ana Anderson no era quien decía y que su auténtica identidad era otra. Su nombre bautismal era el de Franziska Schanzkowska, nacida en Pomerania (Polonia) el 16 de diciembre de 1896 y desaparecida en marzo de 1920, perdió la memoria cuando trabajaba en una fábrica de Berlín y al encontrarla cerca de un puente de aquella ciudad, asumió los relatos de Anastasia que su marido le contara como si fuera de su propia vida. 

La Catedral de la Sangre Derramada

Una curiosa tradición rusa consiste en construir un templo religioso en conmemoración de un acontecimiento histórico. Éste es el caso de la Catedral de la Sangre Derramada, levantada en Ekaterimburgo en el emplazamiento exacto donde el zar Nicolás II fue asesinado junto con toda su familia.

La casa del comerciante Ipatiev, cuyo nombre irónicamente coincide con el del Monasterio Ipatiev donde el primer Romanov fue designado al trono, fue demolida en el año 1977. ¿El motivo? Posiblemente el temor a que se convirtiese en un lugar de culto que atrajese a las multitudes.

Sin embargo, quince años después, tras la canonización del zar y su familia, se presentó el proyecto para erigir una catedral en el solar que antes era ocupado por la casa. No sería hasta el año 2000 cuando las obras comenzaron a realizarse.

Desde 2003, la Catedral de la Sangre Derramada se alza en el fatídico lugar donde tuvo lugar la masacre. Allí, una lápida con los nombres de los Romanov y un museo dedicado a la familia conmemoran esa noche negra en la que, además que un Imperio, doce personas fueron brutalmente aniquiladas.