viernes, 20 de febrero de 2015

Manuel Belgrano y la Batalla de Salta

El 20 de febrero de 1813 tuvo lugar la Batalla de Salta, donde se enfrentaron las fuerzas patriotas del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, y las realistas, conducidas por el general Pío Tristán. La contienda, que se desarrolló en los campos de Castañares, se decidió a favor de las tropas patriotas. 

En ambos bandos había españoles y americanos, el mismísimo Tristán era peruano e inicialmente había estado del lado de la revolución pero, según Bernardo Frías, la dureza de Castelli lo volcó al campo realista participando en Desaguadero, desastre patriota.

Una anécdota que refleja lo “fraternal” de la lucha está referida a la amistad de Belgrano con Tristán, cuenta Frías que: 
“Al fin, tocóle el turno de rendirse al general del rey. Tristán apeóse del caballo y avanzó hacia Belgrano para entregar la espada, cuando éste, conmovido con el inmenso infortunio en que padecía el que en España había sido su condiscípulo y más íntimo amigo – como que eran dos que habían vivido en Madrid bajo un mismo techo y alimentado común amor por la misma odalisca – no le sufrió más el corazón tratarlo con tanta dureza: tendió los brazos a Tristán y lo estrechó contra su corazón......” 
¿qué tal lo de la odalisca?. 

Del lado de la revolución combatió Arenales, que era español. También en la población salteña había una profunda división entre patriotas y realistas, independientemente del lugar de nacimiento.

Manuel Belgrano
Belgrano ya se había impuesto sobre el general peruano en Tucumán el 24 de septiembre de 1812. Pero en esta oportunidad, las tropas patriotas combatían por primera vez enarbolando la bandera celeste y blanca. Una semana antes del combate, el 13 de febrero, Belgrano había hecho jurar la bandera en el Río Pasaje, luego denominado Juramento, y en nota a la Asamblea expresaba sobre el trascendental episodio:
“Yo no puedo manifestar a V.E. cuánto ha sido el regocijo de las tropas y demás individuos que siguen este ejército: una recíproca felicitación de todos por considerarse ya revestidos con el carácter de hombres libres, y las más ardientes y reiteradas protestas de morir antes de volver a ser esclavos, han sido las expresiones comunes con que han celebrado tan feliz nueva y que deben afianzar las esperanzas de cimentar, muy en breve, el gran edificio de nuestra libertad civil”.

La tropa está en formación y se lee el parte y la fórmula para jurar fidelidad a la Honorable Asamblea. El juramento lo pronuncia el General, luego sus subordinados de mayor rango y hasta llegar al último auxiliar de la fuerza. La multitud exclama en vivas a la Patria. Luego dijo Belgrano: "Este será el color de la divisa con que marcharán al combate los defensores de la Patria"
Tras la victoria de Salta, Belgrano garantizó a los vencidos su libertad siempre que juraran no volver a empuñar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, un gesto inusual de magnanimidad que le granjeó no pocas críticas del gobierno, a las que Belgrano aludiría con grandeza en carta a Feliciano Chiclana: 
“Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dictan la razón, la justicia, y la prudencia, y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.
Frías destaca que lo más duro de la batalla se libró en el ala derecha realista ocupada por el Real de Lima, formado exclusivamente por españoles al cual Belgrano enfrentó con el Regimiento Número Uno, 
“...su preferido, cuyos oficiales y tropas, todos porteños, se hicieron notables aquel día portándose con una bravura y una bizarría no menor que la del enemigo y pereciendo gran parte de ellos.”
En la batalla de Salta fue la primera vez que flameó en una acción de guerra la bandera celeste y blanca creada por Belgrano, “la cual según su profético deseo, estaba reservada para aparecer cubriendo las tropas de la independencia el día de la gran victoria“ y resultó una nueva e importante victoria para los revolucionarios. Como consecuencia de este triunfo los ejércitos realistas fueron detenidos en su avance hacia el sur y estas tierras nunca más pudieron ser recuperadas para el extinto Virreinato. Fue la primera y única rendición de un cuerpo de ejército enemigo en batalla campal, que registra la Guerra de la Independencia.

Belgrano nombró a Díaz Vélez gobernador militar de la provincia de Salta y éste colocó a la bandera argentina por primera vez en el balcón del Cabildo y los trofeos apoderados de los realistas los ubicó en la Sala Capitular.

Los triunfos de Tucumán y Salta permitieron la recuperación del Alto Perú por los rioplatenses. Díaz Vélez, como jefe de la avanzada del ejército vencedor en la segunda campaña al Alto Perú, entró triunfante en la ciudad de Potosí, el 7 de mayo de 1813.

Para terminar, “...la asamblea decretó se le entregara a Belgrano cuarenta mil pesos del tesoro público, en premio a sus servicios, los que el noble y desinteresado campeón de la revolución, aceptó, pero no quiso el premio para sí. Ordenó a la Asamblea que toda esa plata se destinara a la construcción de escuelas. Estas debían levantarse en Jujuy, Salta, Tucumán y Tarija. Esta última ciudad está hoy en Bolivia, pero en aquellos años éramos una sola Patria Grande. Ese es el proyecto de los Libertadores.

Con el pasar de los años, los gobiernos fueron usando la plata para cualquier otra cosa. La escuela de Jujuy tardó 191 años en inaugurarse. La escuela Nº 452 "Legado Belgraniano" fue inaugurada con gran fiesta en Monte Verde, barrio popular de Jujuy, el  6 de Julio de 2004. De todos modos, las escuelas no son el único "Legado Belgraniano". Es mucho más importante el ejemplo de grandeza que dejó. Habiendo nacido rico, murió el 20 de junio de  1820 con solo 50 años, sin un cobre y endeudado, pidiendo al gobierno que le abonara los 18 meses de sueldo atrasados. Su pobreza al morir era tal que la lápida de su tumba fue improvisada con el mármol de una cómoda de su hermano Miguel. 

Era un destacado abogado, un economista brillante, un periodista lúcido y un general improvisado por amor a la Revolución Latinoamericana. Fue también uno de nuestros grandes educadores.

Reloj de oro con el que el prócer le pagó los honorarios al médico que lo asistió en su lecho de muerte, en 1820. En ese momento era su única fortuna porque el Estado Nacional le debía el pago por sus servicios como militar. Fue robado del Museo histórico nacional en 2007