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domingo, 25 de enero de 2015

Las minas de Potosí

El 25 de enero de 1538 se descubrió la primera mina de plata en el llamado Cerro Rico de la ciudad Potosí, en el suroeste de Bolivia. Su hallazgo se atribuye al indio yamacona Diego Huallpa, que había servido al inca Huayna Cápac.

Cuando la naturaleza era considerada como los indígenas insisten hoy en día que debe serlo y no saqueada según los hábitos europeos, había en el Altiplano andino una montaña llamada Sumaj Orcko, “el Cerro Magnífico”, que luego, una vez iniciada la explotación sin control de minerales de plata, se llamó “Potosí” nombre que quizá signifique “que hace mucho ruido” por las continuas explosiones que provocaban los mineros.

Las vetas de plata que afloraban a la superficie habrían sido descubiertas casualmente el 25 de enero de 1538 por Diego Huallpa, un indígena (otros dicen en 1545). La leyenda dice que Diego, extraviado cuando regresaba con su rebaño de llamas, decidió acampar al pie del cerro y encendió una gran fogata para abrigarse.

Cuando despertó por la mañana, se encontró con que, entre las brasas humeantes de la fogata, brillaban hilitos de plata derretida por el fuego, porque el metal afloraba. El hallazgo derivó en el cambio del nombre de Sumaj Orcko a Cerro Rico y luego a Potosí.

El primero de abril de 1545 los capitanes Diego de Zenteno, Juan de Villarroel, Francisco de Zenteno, Luis Santandia y el maestre de campo Pedro de Cotamito firmaron el documento de descubrimiento y toma de posesión del terreno.

El acta disimula apenas la codicia con el lenguaje ceremonial de entonces, reverencioso de palabra a los reyes y a los dioses:
“Yo, Don Diego de Zenteno, Capitán de S.M.I., Señor D. Carlos V, en estos reinos del Perú, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a nombre del muy Augusto Emperador de Alemania, de España y destos Reinos del Perú, señor Don Carlos Quinto y en compañía y a presencia de los capitanes, Don Juan de Villarroel, Don Francisco Centeno, Don Luis de Santandía, del Maestre de Campo Don Pedro de Cotamito y de otros españoles y naturales que aquí en número de sesenta y cinco habemos, tanto señores de basallos como basallos de señores, posesionóme y estaco deste cerro y sus contornos y de todas sus riquezas, nombrado por los naturales este cerro Potosí, faciendo la primera mina, por mí nombrada la Descubridora y faciendo las primeras casas, para nos habitar en servicio de Dios Nuestro Señor, y en provecho de su muy Augusta Magestad Imperial, Señor Don Carlos Quinto. A primero de Abril deste año del señor de mil e quinientos y cuarenta y cinco.
- Capitán Don Diego de Zenteno.- Capitán Don Juan de Villarroel.- Capitán Don Francisco de Centeno.- Capitán Don Luis de Santandía.- Maestre de Campo Don Pedro Cotamito.- Non firman los demás por no saberlo facer, pero lo signan con este signo +.- Pedro de Torres, Licenciado”.
No sabrían firmar, pero sabían lo que era “estacar” el cerro. Sus continuadores estacaron y “alambraron” campos con los mismos fines: apoderarse de todas las riquezas.

Todo el cerro Rico de Potosí era un inmenso depósito de minerales de plata que llegaban a la superficie en varios sitios. En parte esta afloración fue su desgracia, porque fue atacado sin piedad al punto que tuvo hasta 5.000 bocaminas y socavones, casi todos conectados entre ellos con una longitud total de unos 1000 kilómetros.

Se formó hace millones de años como resultado de una erupción volcánica que con las rocas ígneas que lo constituyen trajo del interior de la Tierra toda clase de metales: plomo, estaño, cobre, hierro, pero plata sobre todo en grandes cantidades, como cloruros y sulfuros.  El monte tenía 5.183 metros de altura sobre el nivel del mar y su circunferencia era de una legua (5.573 m).

En realidad en Potosí no existía una sola mina de plata, sino muchas. Todo el cerro era un inmenso depósito argentífero al que se accedía por varios lugares. Llegó a tener más de 5.000 bocaminas y socavones, muchísmos de ellos interconectados.

El gran problema consistía en que estaba enclavado a 4.070 metros de altura. Ponerlo en producción suponía llevar la colonización al techo del mundo americano, una zona desolada y fría, donde no vivía nadie, por lo que fue necesario llevarlo TODO: mineros, herramientas, trabajadores, ganado, alimentos... absolutamente todo. Esta fue la mayor complicación

La promesa de riquezas sin límite, que como dice Quevedo pasaron casi sin dejar rastro por España debido a la política desastrosa de sus reyes y eran “en Génova enterradas”, en alusión a los banqueros de Italia, venció todos los obstáculos a pesar de la precariedad de recursos: todo lo necesario para la explotación fue alzado a 4.070 metros de altura: mineros, herramientas, trabajadores, ganado, alimentos.

En 1546, año siguiente del hallazgo de la mina, se fundó allí la Villa Imperial de Potosí. Al influjo de sus enormes riquezas, las mayores del mundo en ese momento, Potosí se convirtió en una ciudad muy grande para su época: unos 120.000 habitantes, más que Madrid y algunos dicen que también más que Londres o París en el siglo XVII. De ser así hubiera sido entonces la ciudad más grande del mundo, aunque cifras poco seguras dan a las capitales europeas poblaciones mayores.

Otra versión sugiere que los Incas conocían la existencia de plata en el cerro, pero cuando el emperador intentó comenzar a explotación metalífera se produjo una tremenda explosión que habría sido el origen del nombre actual “P’utuqsi”, gran ruido, porque según la leyenda la plata estaba reservada para los que vinieran después de él, los españoles, que bien pudieron ser los introductores intencionales de esta variante, que los favorecía y los legitimaba.

En 1625 tenía 160.000 habitantes. Miguel de Cervantes no se mantuvo fuera de su influencia porque el Quijote acuña la expresión “vale un Potosí”, con el significado de una fortuna incalculable, lo que de paso señala que en general en España estaban al tanto del saqueo.

Potosí produjo el 80 por ciento del total de la plata que se extrajo en el Perú y el 50 por ciento de toda la que se obtuvo en el mundo a fines del siglo XVI. 

De plata eran los altares de las iglesias y las alas de los querubines en las procesiones. En las casas de los mineros más ricos circulaban todo tipo de perfumes, joyas, porcelanas y objetos suntuosos, y se dice que hasta las herraduras de los caballos eran de plata.

Esto vale para los españoles que saqueaban la montaña y vivían de esta forma. Los indios sufrieron gracias a la riqueza de su tierra de manera indecible. Decenas de miles fueron sometidos a la mita, un sistema incaico que adoptaron y aplicaron los españoles hasta convertirlo en esclavitud, para proporcionar mano de obra para las minas. Los mitayos trabajaban hasta 16 horas diarias cavando túneles o extrayendo el metal manualmente o a pico.

Los indios morían como moscas en los derrumbes y si se rebelaban, ahí estaban las fuerzas del orden para aplicarles la justicia del trabuco sin más. Los españoles ni siquiera retiraban los cadáveres del interior de las minas, para ahorrar costos, y se limitaban a introducir más indios esclavos para que sigan el camino de los anteriores. El resultado fue que los buitres giraban incesantemente en torno de las bocas.

Entre 1545 y 1625 un número indeterminado de indígenas murieron en las minas hasta que los explotadores comenzaron a observar que la mano de obra se les terminaba. Las muertes de debían a las terribles condiciones de trabajo sumadas a la mala alimentación, a gases subterráneos y al mercurio, metal pesado muy venenoso, utilizado para obtener plata a través de amalgamas, en este caso la aleación de mercurio y plata. La montaña que había sido sagrada desde tiempo inmemorial, antes de los Incas, mereció para los indígenas a partir de 1559 una denominación nueva, que ilustra sobre su nuevo aspecto de raíz europea: “La boca del infierno”.

La solución que encontraron los españoles no era por supuesto mejorar las condiciones de trabajo, cambiar los métodos ni reducir el régimen de explotación que cargó galeones durante tres siglos con riquezas, sino pedir al rey que autorizara la importación de 1500 a 2000 esclavos africanos por año. El permiso vino puntual y durante la colonia llegaron unos 30.000 esclavos para trabajar en las minas del cerro Rico. Los esclavos también fueron usados como animales de carga, porque los cristianos descubrieron que era más económico un negro que una mula. En 1650 la producción de plata estuvo en su máximo y a partir de entonces comenzó a declinar por agotamiento. Cuando mermó de manera evidente, Potosi entró en una decadencia de la que no se recuperó. En 1719, una epidemia de fiebre tifoidea mató a cerca de 22.000 personas, y otras tantas abandonaron la ciudad.

La mina de Potosí según el grabado de D'Bry (siglo XVII)
Para 1750 la población se redujo a 70.000 habitantes. Treinta años después, cayó a 35.000 habitantes. Desde 1776 Potosí, como todo el Alto Perú, pasó a formar parte del virreinato del Río de la Plata, por lo que la plata dejó de embarcarse a España por el puerto de Arica y empezó a embarcarse por el de Buenos Aires, a 55 días a caballo de distancia. Al estallar el movimiento de independencia, la población había descendido a tan sólo 8.000 habitantes.

Pero Potosí no desapareció porque le quedaba un metal en la manga: el estaño, al que los españoles, en su fiebre de plata, no le dieron importancia. Fue explotado desde inicios del siglo XIX pero a principios del siglo XX la sobreproducción, otra vez fruto de la codicia, provocó la caída de los precios y Potosí, la ciudad que nació rica, tras un periodo de relativa prosperidad volvió a la pobreza.

España, poseída por la mentalidad mercantilista, no pudo subirse el tren del desarrollo industrial que ya ponía en marcha Inglaterra. No se preocupó por desarrollar sus artesanías, que habían sufrido un colapso con la expulsión de los artesanos árabes en 1492. Entonces la plata de Potosí fue utilizada para comprar los productos que otros países elaboraban. Al final fueron Inglaterra, Holanda y Francia las que terminaron quedándose con la plata potosina a cambio de vender a España lo que ésta necesitaba pero no producía.

A nuestra América le quedaron galerías laberínticas, un gigantesco hormiguero, para deleite de turistas, un cerro Rico que ahora es pobre y el recuerdo de millones de muertos que fueron hombres traídos atados, a pie a veces desde miles de kilómetros, para ser bajados a la mina. No volvían a sus casas, porque como a la puerta del infierno del Dante en la Divina Comedia, en la boca de las minas había un cartel invisible que decía: “dejad toda esperanza, vosotros que entráis”.

Hoy en día Potosí no tiene plata; pero para sobrevivir, o en la creencia de que van a sobrevivir, todavía trabajan mineros en sus galerías. Consiguen 50 dólares por ocho toneladas de mineral de cinc. Inician el trabajo casi en la niñez, pero al cabo de 10 años están ya esperando la muerte debido al efecto del polvo de roca de las paredes, que penetra en la piel, les quema el olfato y el gusto, les daña los pulmones y al final los mata. (En una de las novelas del peruano José María Arguedas, uno de esos mineros tose sin parar para recoger en un papel pequeñas cantidades de “carbón” que salen por las vías respiratorias, con la esperanza vana de que superada cierta cantidad, no morirá).

Un lejano recuerdo de las viejas creencias, convertidas en supersticiones, se advierte en el Tio, una figura de barro cocido a la que le entregan ofrendas en su santuario en el fondo de la mina. Los mineros creen que el Tío, a cambio de las ofrendas, les permitirá obtener una buena ganancia aunque no consiguen ni para sobrevivir. El Tío recibe cigarros y hojas de coca a cambio de sus favores.


Cuando los españoles advirtieron el negocio fabuloso que era Potosí organizaron la explotación y la defensa contra posibles invasores ingleses, franceses o portugueses. Trazaron caminos para movilizar tropas y sacar la producción hacia el Perú pero también hacia el Sur, hacia las amplias planicies surcadas de grandes ríos navegables por donde se podía llegar a la plata. Esos ríos terminaban en el Río de la Plata, el Mar Dulce de Solís, y cruzaban un país que mereció el nombre de República de la Plata, o Argentina. Gracias a ese gigante derrumbado que es hoy el cerro Potosí y gracias a millones de muertos en sus socavones.