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martes, 11 de agosto de 2015

El paso de las Termópilas, testigo del tiempo de guerra, cementerio de valientes

La expansión constante de los griegos por el Mediterráneo, tanto hacia oriente como occidente, llevó a crear colonias en las costas de Asia Menor. Estas colonias se ubicaron en territorios controlados por el Imperio aqueménida, que siempre les concedió un elevado grado de autonomía, a pesar de lo cual los colonos helenos siguieron aspirando a la libertad absoluta. Se sublevaron contra el poder imperial y obtuvieron algunas victorias iniciales, pero conocían su inferioridad ante el coloso asiático, por lo que pidieron ayuda a los griegos continentales. Los espartanos se negaron en un principio, pero los atenienses sí los apoyaron, dando comienzo a las Guerras Médicas.

Las ciudades estado de Atenas y Eretria apoyaron la revuelta jónica contra el Imperio persa de Darío I, la cual tuvo lugar entre los años 499 y 494 a. C. Por aquella época, el Imperio persa era todavía relativamente joven y, por tanto, más susceptible de sufrir revueltas entre sus súbditos. Además, Darío no había accedido al trono pacíficamente, sino tras asesinar a Gaumata, su predecesor, lo que había supuesto la necesidad de extinguir un serie de levantamientos en su contra. Por todo ello, la revuelta jónica no era un tema menor, sino una verdadera amenaza a la integridad del Imperio, y por ese motivo Darío juró castigar no sólo a los jonios, sino también a todos aquellos que hubiesen estado involucrados en la rebelión (especialmente a aquellos pueblos que no eran parte del Imperio). Además, Darío vio la ocasión de expandir su poder hacia el fraccionado mundo de la Antigua Grecia. Por ello, envió una expedición preliminar bajo el mando del general Mardonio en 492 a. C. para asegurar el acercamiento a tierra griega reconquistando Tracia y obligando al reino de Macedonia a convertirse en vasallo de Persia.

En 491 a. C. Darío envió emisarios a todas las polis de Grecia, solicitando la entrega 'del agua y la tierra' como símbolo de su sumisión a él y tras la demostración del poder persa del año anterior, la mayoría de las ciudades griegas se sometieron. Sin embargo, Atenas juzgó a los embajadores persas y los ejecutó lanzándoles a un foso. En Esparta, simplemente fueron arrojados a un pozo. Esto provocó que Esparta también estuviera, oficialmente, en guerra con Persia. 

Darío comenzó a preparar en 490 a. C. una misión anfibia bajo el mando de Datis y de Artafernes, la cual comenzó con un ataque sobre Naxos y la posterior sumisión de las Cícladas. La fuerza invasora se trasladó luego a Eretria —ciudad de la isla de Eubea—, que asedió y destruyó. Finalmente, se dirigió hacia Atenas y desembarcó en la bahía de Maratón, en donde se encontró con un ejército ateniense al que superaba en número. Sin embargo, en el enfrentamiento de los dos ejércitos en la batalla de Maratón, los atenienses obtuvieron una victoria decisiva que supuso la retirada del ejército persa de Europa y su retorno a Asia. 

Tras la derrota, Darío reaccionó comenzando a reclutar un nuevo ejército de inmenso tamaño, con el que pretendía sojuzgar Grecia. Sin embargo, sus planes se vieron interrumpidos cuando, en 486 a. C., se produjo una revuelta en Egipto que obligó a posponer indefinidamente la expedición. Darío murió durante los preparativos para marchar contra Egipto y el trono de Persia pasó a su hijo, Jerjes I, quien aplastó la rebelión egipcia y rápidamente retomó los preparativos para la invasión de Grecia que, al tratarse de una invasión a gran escala, necesitaba una larga planificación que permitiese acumular las provisiones necesarias y para reclutar, equipar y entrenar a los soldados. 

Los atenienses, por su parte, también se habían estado preparando para afrontar una guerra contra Persia desde mediados de la década de los años 480 a. C. Finalmente, en 482 a. C. se tomó la decisión, bajo la guía del estadista ateniense Temístocles, de construir una masiva flota de trirremes, imprescindible para que los griegos pudiesen enfrentarse a los persas. Sin embargo, los atenienses carecían de la capacidad y la población suficiente para enfrentarse al enemigo a un mismo tiempo en tierra y en el mar, por lo que para combatir a los persas necesitaban llegar a una alianza con otras polis de Grecia.

La ruta hacia el sur de Grecia (Beocia, Ática y el Peloponeso) exigía que el ejército de Jerjes atravesase el estrechísimo paso de las Termópilas. Este paso podía bloquearse fácilmente con los hoplitas griegos a pesar del abrumador número de soldados persas. Además, y para evitar que los persas superaran la posición griega por mar, los navíos atenienses y aliados podrían bloquear el estrecho de Artemisio. Esta estrategia dual fue finalmente aceptada por la confederación. Sin embargo, las ciudades del Peloponeso prepararon planes de emergencia para defender el istmo de Corinto en el caso de que fuera necesario, a la vez que las mujeres y niños de Atenas fueron evacuados en masa hacia la ciudad peloponesia de Trecén


La batalla

Antes de comentar nada acerca de esta batalla es preciso comentar que ocurrió hace 2.500 años (el 7 u 11 de agosto o el 8 ó 10 de Septiembre de 480 a.C, según la fuente), por lo que las fuentes de las que disponemos no coinciden en todo lo contado y es muy difícil encontrar información útil que ayude en la investigación de la batalla, la fuente que hasta ahora parece más fiable es la de Herodoto, historiador de la antigua Grecia, ya que su versión de la Batalla de las Termópilas coincide en muchos aspectos con los descubrimientos que se han hecho con las excavaciones arqueológicas. 

Una inmensa fuerza nunca vista hasta ahora se aproxima a tierras griegas. El Imperio Persa con su líder el gran Jerjes al frente avanza dispuesto a conquistar toda Grecia. En su mente no cabe la opción de la derrota ya que nadie en esas tierras podía hacer frente a un ejército de cerca de 300.000 hombres.
Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David (1814)
Una coalición formada por la mayor parte de las polis griegas pretende frenar el avance de semejante mastodonte militar en el Paso de las Termopilas mediante un ejército aliado de apenas 7.000 hombres, comandados por la élite del ejército espartano que se componía de 300 hombres, como cabeza visible y jefe del ejército aliado, el rey Leónidas I de Esparta.

Tras 5 días de indecisión persa, los cuales estaban acampados a escasa distancia del paso de las Termópilas, Jerjes envía a un gran ejercito de hombres que pretendían hacer valer su superioridad numérica para acabar con la resistencia griega, la estrategia era clara, si esto fracasaba mandaría a sus "inmortales" la élite de su ejército, que comprendía a 10.000 hombres, solo ellos ya eran más hombres que todo el ejército griego.

La primera oleada que daría comienzo a la Batalla de las Termópilas consistía en un ataque masivo de infantería ligera. Eran muchos pero muy mal equipados en comparación con los griegos. Sus escudos eran más pequeños, sus espadas más cortas que las lanzas griegas, y su armadura era casi inexistente al contrario que las de los griegos. 

En una zona estrecha los griegos formaron en falange, falange que en ningún momento se fracturó, la vanguardia iba rotando, cada polis ocupaba la primera línea y enseguida era relevada, la fatiga así no hacia mella, los cadáveres persas se iban amontonando, hasta que la primera oleada se hizo añicos, mientras que los griegos no habían sufrido más de 3 bajas.

Falange griega
Ese mismo día, temeroso, Jerjes envió a los Inmortales al combate sin embargo la falange continuó inquebrantable. Para acabar definitivamente con esta segunda oleada, los espartanos fingieron una retirada, y de la que los inmortales corrían desorganizados detrás de ellos, los espartanos con el rey Leónidas I al frente se dieron la vuelta con un exitoso resultado. El primer día concluía con un inmejorable bagaje para los espartanos.

Inmortales persas
El segundo día comienza como el primero, Jerjes manda cantidades ingentes de soldados, intentando causar el mayor desgaste a los griegos, y con la esperanza de que estos estén ya exhaustos, pero ocurre lo mismo que al día anterior, una vez tras otra lo griegos rechazan las cargas persas, que ya comienzan a temer al enemigo.

Pero lo realmente importante de ese día es la visita de un griego llamado Efialtes al campamento Persa, este ciego por el dinero, informa a Jerjes acerca de un paso que conduce a la retaguardia del ejercito griego. Esa misma noche un ejército compuesto por los inmortales supervivientes y completados con infantería hasta alcanzar los 20.000 hombres son enviados al secreto paso. A pesar de que lo griegos fueron advertidos de la maniobra envolvente del ejército persa, esa misma noche se cree que sucede un ataque griego al campamento persa que causa innumerables bajas y que de estar en su tienda habría acabado con la vida del mismísimo Jerjes.

Al tercer día de madrugada la maniobra envolvente estaba en marcha, los griegos apostados en la retaguardia no pudieron detener el avance persa que simplemente pasaron de largo a estos hombres, una vez los líderes griegos fueron avisados de este suceso, Leónidas reunió un consejo de guerra, donde ofreció a los griegos dos opciones: podían irse por mar a Atenas o permanecer en las Termópilas hasta el final. Es en este punto donde Heródoto menciona su creencia de que Leónidas permitiera la marcha de los aliados influenciado por 
«la consulta previa que, a propósito de aquella guerra, realizaron los espartiatas al Oráculo nada más estallar la misma. La respuesta que recibieron de labios de la pitonisa fue que Lacedemón sería devastada por los bárbaros o que su rey moriría. Esa respuesta la dictó a los lacedemonios en versos hexámetros y rezaba así»:
Mirad, habitantes de la extensa Esparta,
o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo, o no lo es;
pero, en ese caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles.
Pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros o de los leónes, ya que posee la fuerza de Zeus.
Proclamo, en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una u otro hasta los huesos.
Quedaron él, los lacedemonios y algunos tebanos. Mientras el resto de la fuerza que había decidido irse se retiraba hacia Atenas, los 300 soldados de la guardia de Leónidas y mil griegos leales (los tespios y los de Tebas) se quedaron a presentar batalla y resistencia hasta el final; la suerte estaba echada.

Al despuntar el alba del tercer día, Leónidas dijo a sus hombres: 
«Tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el Hades». 
Decididos a infligir el máximo daño al enemigo persa, los griegos salieron a luchar a la parte amplia del Paso. Primero lucharon al estilo tradicional del hoplita, usando el escudo como defensa y la lanza como mortífera prolongación de su brazo. Cuando todas las lanzas se hubieron quebrado, echaron mano de sus espadas cortas, las temibles xiphoi, que cayeron sobre los persas como una infalible máquina de quitar vidas.

Cuando la situación se hizo ya irreversible, y la tenza propiciada por Efialtes se cerró sobre ellos, los espartanos se retiraron a un montículo, decididos a no dejar un sólo grano de arena sin manchar de sangre.


Fue tal el ímpetu con el que los espartanos lucharon que Jerjes decidió abatirlos de lejos con sus arqueros para no seguir perdiendo hombres. Leónidas fue alcanzado por una flecha y los últimos espartanos murieron intentando recuperar su cuerpo para que no cayera en manos enemigas. El cadáver de Leónidas fue decapitado y crucificado, pero él ya había pasado a la historia

Pero hay más…

Cuando pensamos en el paso de las Termópilas tan solo nos viene a la mente Leónidas y sus trescientos espartanos enfrentándose a las hordas persas de Jerjes. Sin embargo, esa batalla fue la primera de ocho batallas que se libraron en el angosto paso de las Termópilas. Este paso separa el norte de Grecia del sur, pasando entre las montañas y, antiguamente, el mar.

El mar, debido a la sedimentación de varios ríos que desembocan en el golfo Malíaco, ha ido retrocediendo unos 8 kilómetros desde la primera batalla, aproximadamente tres metros al año, así pues, el paso ya no da al mar, pero lo tiene muy cerca.
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Hoy en día, la autopista más importante de Grecia, la A1, pasa por el paso de las Termópilas, y en ese lugar, justo donde se libró la primera de las batallas, está emplazado un monumento a la memoria de la hazaña de Leónidas. Sin embargo, pocos viajeros conocen las 7 otras batallas que se han librado en el paso a lo largo de dos milenios y medio.

La segunda batalla de las Termópilas la libró nada menos que Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno en el 353 a. C. Pretendía invadir el sur de Grecia pasando por las Termópilas, pero los atenienses se le adelantaron y tomaron posiciones antes que él. Por lo que Filipo se decidió a retirarse y consolidar posiciones. Esta guerra acabó precisamente por un cambio de política en la Polis de la zona (Fócida), que dejó de permitir que los atenienses defendiesen el paso. Tras la retirada de los atenienses, se firmó una paz favorable a Filipo II.

Apenas unos años más tarde, tras la muerte de Alejandro Magno, en el 223 a. C., un nuevo enfrentamiento tuvo lugar en las Termópilas, cuando los griegos se rebelaron contra Antípatro, el regente de la Macedonia europea. Los griegos acabaron con el ejército macedonio, y Antípatro acabó retirándose a la ciudad cercana de Lamia, donde quedó sitiado hasta la llegada de la armada macedonia, reforzada por fenicios y chipriotas, derrotando finalmente a los griegos.

En el 279 a. C., un nuevo pueblo se lanzaba a la conquista del sur de Grecia, los galos. Éstos formaban una poderosa horda que buscaba riquezas y lugares donde asentarse. Al saber de su llegada, todos los griegos se unieron de nuevo ante la amenaza extranjera. Los galos, liderados por Brennus, no pudieron tomar el paso, así que enviaron un contingente poderoso por el otro lado de las montañas, hacia Tesalia. Esto hizo que todos los tesalios que defendían las Termópilas se retiraran a defender sus hogares. El resto de griegos que defendían el paso animaron a mujeres y viejos a ayudarles. Tras muchas maniobras de hostigamiento, los galos consiguieron rodarles por pasos de montañas, pero los griegos consiguieron escapar por mar.

Apenas un siglo después, en el 191 a. C., los romanos comienzan a dominar el mundo, y lo demuestran en Grecia, donde derrotaron con habilidad al rey Seléucida Antíoco III. Los seleucidas defendían el paso, y los romanos los rodearon por las montañas, apareciendo un pequeño contingente muy cerca del campamento sirio. Antíoco, sin saber la cantidad de romanos que le atacaba por la retaguardia, entró en pánico, y la caótica retirada se convirtió en una derrota aplastante.

La batalla menos documentada sin duda es la del 267 de nuestra era, en la que una horda de bárbaros, liderados por el pueblo extinto de los hérulos, una tribu germánica (escandinava, en realidad) que apareció en las fronteras del imperio. Los romanos no pudieron defender las Termópilas en aquella ocasión y los bárbaros saquearon toda Grecia, incluida Bizancio.

Es curioso cómo ni durante la edad media, ni la edad moderna, el paso de las Termópilas no presencia ninguna batalla. Esto se debe a que aquella zona perteneció a dos grandes propietarios, los Bizantinos, que estuvieron presentes durante un milenio, y los otomanos, que estuvieron dominando la zona quinientos años más, ocupando el mismo territorio que el antiguo Imperio Romano de Oriente, curiosamente.

La siguiente batalla de las Termópilas es 1821, con la guerra de independencia de Grecia del poder turco. También se le llama Batalla de Alamana. El líder de la revuelta griega, Diakos, encabezaba un ejército de 1.500 patriotas, defendiendo la zona de los 8.000 turcos que enviaba Istambul. Los contingentes griegos tuvieron que ir retirándose por la superioridad numérica turca, y finalmente, los otomanos capturaron a Diakos. En una muestra de respeto el líder turco pidió a Diakos, jefe de la revuelta griega que se pasase a su bando y se convirtiese en oficial turco, éste contestó: “Nací griego y moriré griego”. Tras lo cual fue empalado y asado al fuego. Esto, lejos de desmoralizar la revuelta griega, la animó y convirtió a Diakos en un mártir. Esta batalla también fue curiosa porque fue de las últimas en las que combatieron los jenízaros, prohibidos en 1826.

Diakos capturado, empalado y siendo asado a la parrilla por los otomanos tras la batalla (Grabado griego de la época).
La última batalla fue hace 73 años, en la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes estaban tomando Grecia. Aunque en ese enfrentamiento no hubo griegos, la Wehrmacht se enfrentó a la fuerza expedicionaria neozelandesa y australiana. Las tropas de la Commonwealth se afianzaron en el paso, y consiguieron defender el paso de las Termópilas durante un día antes de retirarse al sur, y evacuar de tropas aliadas Grecia, dejando la Europa continental completamente vacía de tropas aliadas. Situación que permanecería así hasta la operación Barbarroja y la entrada de la URSS al bando aliado.

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Fuentes