lunes, 31 de agosto de 2015

Los crímenes de Whitechapel

Los crímenes

En las postrimerías del siglo XIX, Londres capital de Inglaterra, se erigía como la metrópoli del mayor imperio mundial de esa época. La zona más paupérrima de la gran urbe la conformaban los barrios bajos del sector este londinense, el llamado “East End”. Este último era considerado un ámbito marginal en abierta oposición al “West End” donde se congregaba la clase alta inglesa. Dentro del territorio del East End se ubicaba el distrito de Whitechapel (Capilla blanca) con sus barrios pobres y conflictivos. Este sector de la ciudad configuró el terreno que sirvió de coto de caza durante un muy restringido período, desde agosto hasta noviembre, durante el otoño europeo del año 1888, a un asesino serial que mató y mutiló con insólito ensañamiento al menos a cinco mujeres. Jack el Destripador probablemente sea el asesino en serie más famoso de la historia. La brutalidad con la que mutiló a sus víctimas y el hecho de que nunca se le capturara han impregnado al personaje de un misterio y una admiración a lo largo de la historia que se prolonga hasta nuestros días.


Las víctimas

La primera víctima “oficial” e indiscutida del Jack el Destripador la constituyó Mary Ann Nichols, conocida en su ambiente con el apodo de “Polly”. Su mutilado cadáver fue descubierto en la madrugada del 31 de agosto de 1888 por el Agente John Neil mientras cumplía su patrullaje de rutina por la zona de Bucks Row. En este caso llamó la atención la escasa cantidad de sangre percibida a su alrededor y lo seco que estaban su cuerpo y sus ropas pese a la lluvia que había caído en la noche del crimen.

El segundo homicidio incuestionable de esta saga tuvo efecto el sábado 8 de setiembre de 1888, en cuya madrugada el cadáver de Annie Chapman de cuarenta y siete años, a quien sus allegados llamaban “Annie la Morena”, fue hallado frente al patio trasero de una casa de inquilinato sita en el número 29 de la calle Hanbury, lugar frecuentemente utilizado por las meretrices para ejercer el comercio sexual. La desdichada era de baja estatura, obesa, y sufría los estragos de una enfermedad pulmonar tan avanzada que el médico examinante dejaría constancia de que la occisa estaba destinada a fallecer en los próximos meses a consecuencia de ese mal por más que no hubiera entrado en escena su victimario.

Los homicidios números tres y cuatro de la serie tuvieron lugar durante la madrugada del 30 de setiembre de aquel fatídico año, y estuvieron separados por un lapso temporal de menos de una hora. La mujer de cuarenta y cinco años y origen sueco apodada “Long Liz”, a la cual se la conocía como Elizabeth Stride por su nombre de casada, fue encontrada muerta con el característico profundo corte inflingido de izquierda a derecha en su cuello. Su cuerpo yacía tendido en un oscuro pasaje próximo a la entrada de un club político emplazado en la calle Berner. Según toda la apariencia, esta vez el asesino no dispuso de tiempo suficiente para satisfacer su sed mutiladora, tal vez al ser interrumpido por la presencia de un ocasional transeúnte y por ello habría salido en busca de una nueva víctima con la cual saciar su frenesí mutilador, sin reparar en los crecientes riesgos de ser atrapado. Tras su primer ataque el psicópata se toparía con Catherine Eddowes, de cuarenta y tres años, eliminándola con más saña aún que la empleada en las situaciones anteriores. También aquí el inicial acto homicida consistió en el clásico corte profundo inferido de izquierda a derecha en la garganta. A escasas cuadras del escenario fatal se localizó sobre la vereda un trozo de delantal empapado en sangre perteneciente presuntamente a esta difunta. En la pared frente a donde se había arrojado la prenda se leía una inscripción trazada con tiza cuyo texto contenía la extraña alusión a que los judíos serían los hombres a los que no se culparía de nada.

Luego del30 de setiembre la prensa arreció concediendo gran difusión al tema de los asesinatos el cual pasó a ser tapa de portada en la mayoría de los casi doscientos periódicos que se publicaban en el país. Por si algo le faltaba a la trama ahora había adquirido estado público el mote del hasta entonces anónimo matador. No cabe dudar que de no haber sido por el inspirado nombre con que ese asesino se bautizó a sí mismo –o fue bautizado por otros- sus crímenes, pese a lo espantosos que fueron, habrían quedado relegados en el olvido. A su vez, parecía estarse operando un intervalo. No se sumaban nuevos asesinatos. El culpable parecía replegarse y descansar. Ningún homicidio con su sello se verificó durante el mes de octubre de 1888 en Whitechapel y tampoco en el resto de Inglaterra.

El despliegue policial no tenía precedentes. Se requisaron las casas, tabernas y pensiones del distrito. Lo miembros civiles del Comité de Vigilancia cooperaban patrullando día y noche por las calles más peligrosas. Los afiches con el texto y la letra de las cartas que presuntamente Jack había enviado se reproducían en las comisarías y en distintos lugares de la vía pública. Hasta se había llegado a recurrir al uso de perros sabuesos. Se volvía evidente que la cacería se hallaba en pleno apogeo. ¿Presintiendo su aprehensión, se habría acobardado Jack el Destripador? ¿Cambiaría al menos de escenario buscando uno menos riesgoso donde proseguir sus ataques? Pronto la población saldría de dudas.

Así fue que en los primeros días de noviembre de aquel año toda Gran Bretaña se vería estremecida al enterarse que había tenido efecto uno de los asesinatos más horrorosos e indignantes de sus anales criminales. La orgía de sangre desatada por el psicópata llegaría a su paroxismo con el crimen de la más joven y atractiva de sus víctimas, Mary Jane Kelly de 25 años, a la cual literalmente descuartizaría dentro del estrecho interior de una miserable chabola sita en el número 13 de Millers Court durante la madrugada del 9 de noviembre del trágico otoño de 1888. “¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!”, habría exclamado Mr. John Mc Carthy, casero de la infortunada inquilina, al deponer en el sumario subsiguiente, dejando constancia de la terrible impresión que le produjo el hallazgo que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.



Los sospechosos

El asesino mediático

¿Fue el verdadero Jack the Ripper un criminal bromista, un guasón que enviaba cartas confeccionadas de mano propio a los periódicos, a la policía, e incluso a ciudadanos particulares, a través de las cuales alardeaba acerca de sus nefastas hazañas? La policía de aquel entonces se vio bombardeada por cientos de mensajes cuyos signatarios proclamaban ser el matador de prostitutas de Whitechapel. El tono de los escritos transcurría desde los cuales se dejaban pistas para “colaborar” con la resolución del enigma hasta aquellos donde los remitentes transitaban desde la fina ironía hacia la burla torpe y del lenguaje soez a las amenazas morbosas.

Hasta el título de la taquillera película “From Hell” – “Desde el Infierno”- debe su procedencia a una de las más notorias y espeluznantes misivas que se mandaron en el curso de estos infaustos acontecimientos. Nos referimos a la que arribara el 16 de octubre de 1888 al domicilio de George Alkin Lusk, Presidente del llamado “Comité de Vigilancia de Whitechapel”, creado a instancias de un grupo de comerciantes preocupados por los efectos nocivos que los crímenes provocaban en la zona. Menudo sobresalto sufriría el buen Mr. Lusk cuando al abrir la caja de cartón que a su casa le enviaron vio que ella guardaba la mitad de un riñón humano conservado en alcohol.

Junto con el horrible obsequio iba un recado escrito con letra irregular, tosca y plagada de errores gramaticales -que en esta transcripción se obvian- la cual decía: 
“…Desde el infierno. Mr. Lusk: Señor. Le envío la mitad del riñón que saqué de una mujer. La otra mitad la freí y me la comí, estaba muy buena. Puedo mandarle el cuchillo ensangrentado con que lo saqué sólo si espera un poco. Firmado. Atrápame si puedes. Mr. Lusk…”

Se tuvo en cuenta la autopsia sobre el cadáver de Catherine Eddowes. El fragmento fue llevado para su análisis al patólogo Dr. Thomas Oppenshaw quien ratificó el carácter humano del riñón en examen, concluyendo que había pertenecido a una mujer adulta de cuarenta años o más, afectada por enfermedades vinculadas al exceso de alcohol. Prevaleció la idea de que el trozo de víscera podía haber sido obtenido de una persona muerta a la que se hubiese realizado una autopsia y del cual un estudiante de medicina podría haberse apropiado para llevar a cabo una desagradable travesura. Contrario a esa posición era el Jefe de Policía de la City de Londres. Teniente Coronel Sir Henry Smith, quien se mostraba a favor de que ese lúgubre envío lo había hecho el asesino.

El primer mensaje veraz ligado con los crímenes del cual se posee conocimiento cierto fue mandado al máximo jefe de la policía inglesa, Sir Charles Warren. Data del 24 de setiembre de 1888, y allí el emisor se describe anunciando que: 
“…soy el hombre que cometió todos esos asesinatos…”, y que quería entregarse porque las pesadillas lo torturaban, puesto que: “… si alguien viene a prenderme me rendiré, pero no voy a ir a la comisaría por mí mismo…”. Culminaba sus líneas el dibujo de un cuchillo y debajo se proclamaba: “…Este es el cuchillo con que he hecho esos asesinatos. Tiene una empuñadura corta y una hoja larga de doble filo…”.
Este primigenio comunicado se mantuvo oculto a la opinión pública porque las autoridades creyeron que se trataba de una tosca chanza. Pero llegaría el 27 de setiembre de 1888. Ese día la denominada “Agencia Central de Noticias” de Londres alegaría haber recibido una carta firmada por el homicida anunciando nuevos crímenes, y el día 29 de ese mes se la hizo llegar a la policía. El tenor de la luego famosa epístola relacionaba: 
“…Querido Jefe: Constantemente oigo que la policía me ha atrapado pero no me echarán mano todavía. Me he reído cuando parecen tan listos y dicen que están tras de la pista correcta. Ese chiste sobre Delantal de Cuero me dio risa. Odio a las putas y no dejaré de destriparlas hasta que me harte. El último fue un trabajo grandioso. No le di tiempo a la señora ni de chillar. ¿Cómo me atraparán ahora? Me encanta mi trabajo y quiero empezar de nuevo si tengo oportunidad. Pronto oirán hablar de mí y de mis divertidos jueguecitos. Guardé algo de la sustancia roja en una botella de cerveza de jengibre para escribir, pero se puso tan espesa como la cola y no la pude usar. La tinta roja servirá igual, espero, ja, ja. En el próximo trabajo le cortaré las orejas a la dama y se las enviaré a la policía para divertirme. Guarden esta carta en secreto hasta que haya hecho un poco más de trabajo y después tírenla sin rodeos. Mi cuchillo es tan bonito y afilado que quisiera ponerme a trabajar ahora mismo si tengo la ocasión. Buena suerte. Sinceramente suyo. Jack el Destripador…”
Catherine Eddowes, daba muestras de una rajadura en el lóbulo de su oreja derecha. El seccionamiento de ese órgano dio la impresión de no haber sido intencional sino una de las cuchilladas inferidas por el Destripador en su éxtasis frenético. Por eso no existe evidencia sólida de que de que siquiera se intentara rajarles las orejas a las víctimas para enviarlas “de regalo” a la policía. De lo que se infiere que la mención formulada en la célebre carta “Querido Jefe” a lo máximo podría reputarse como una mera coincidencia.

Podrá creerse que el auténtico maníaco no elaboró ninguno de los mensajes y que la integridad de los sucesos publicitarios se debieron a la inspiración de la prensa o de terceros movidos por las más variadas intenciones. Podrá también sostenerse que todos, al menos, casi todos los actos mediáticos fueron autoría de una sola persona. La evidencia conocida y el sentido común rechazan esta postura. La tercera posibilidad radica en que algunos de los actos mediáticos resultaran creación del verdadero asesino. Esto no necesariamente equivale a aceptar que éste fuera el inventor de su tan mediático apodo criminal, sino que pudo limitarse a aceptar- quizás muy satisfecho- el alias que otros le fabricaron.


El asesino escritor

En el correr del año 1992, Se dio difusión a un diario personal adjudicado a la pluma del mítico asesino secuencial de postrimerías del siglo XIX: Jack el Destripador. Este diario lucía escrito sobre las páginas de un álbum destinado a fotografías y postales al cual le faltaban varias de sus hojas iniciales.

Su posible redactor lo constituía un adinerado industrial algodonero que en su época residiera en la ciudad inglesa de Liverpool y que había fallecido bajo circunstancias confusas en el mes de mayo de 1889. Su nombre: James Maybrick.

La credibilidad que merecería este presunto diario íntimo fue puesta en tela de juicio ya desde el comienzo de ser desvelado su texto. ¿Se trató de una burda falsificación? O, por el contrario, ¿nos encontramos frente a un documento atendible y –por tanto- sensacional? El diario de Jack el Destripador fue publicado finalmente por la editorial Smith Gryphon Ltda en el año 1993 con un extenso comentario de la escritora Shirley Harrison contratada al efecto. En dicho libro se ofrece una ampliación de la espeluznante foto tomada al mutilado cadáver de la desgraciada meretriz donde un poco por encima del cuerpo yacente sobre la cama es posible apreciar con relativa nitidez una forma que semeja el perfil de una letra “m” mayúscula, y a la izquierda aunque no ya tan nítida, parecería haberse garabateado una consonante “f”, también mayúscula.

Según narra el diario, la cónyuge del presunto autor –la hermosa y casquivana Florence Maybrick- fue la causa de los celos que incitaron la demencia homicida de James Maybrick, “f” y “m” constituían, pues, sus iniciales. Y tales iniciales son las que se pretende que el asesino dejó pintadas en sangre en la pared de aquella habitación antes de huir. En su supuesta confesión, el hombre habría hecho constar que la infortunada Mary Jane Kelly le traía recuerdos de su adúltera esposa. Los desconcertantes trazos sanguinolentos en forma de letras “f” y “m” estampados encima de aquel muro encartan una seria y válida interrogante. ¿Cómo en el diario fue posible hacer mención a estas iniciales si ninguna información de la presencia de tales letras se poseyó sino después de realizada la publicación del manuscrito en el año 1993?

Deviene igualmente bastante novedoso el terrible dato de que el asesino le arrancó el corazón a Mary Jane Kelly. Este hecho fue omitido de la lista interna confeccionada por la policía, y los médicos forenses actuantes fueron cautelosos al respecto y también lo callaron. Aparentemente, por ningún conducto se podía saber que el cadáver de aquella desgraciada difunta fue profanado de tan cruel manera pero, pese a todo, en el escrito se formula una mención al robo de ese órgano. Al llegar casi al final de su redacción se deja constancia: “…Esta noche rezaré por las mujeres que he asesinado. Que Dios me perdone los actos que cometí con Kelly, sin corazón, sin corazón…”

James Maybrick fueun comerciante algodonero que en 1887 se trasladó a Estados Unidos y fundó una agencia. Desde entonces dividía su tiempo en la atención de negocios en Gran Bretaña y Norteamérica. En 1880 durante uno de esos frecuentes viajes marítimos conoció a la joven Florence Chandler, de sólo diecinueve años. Tras el casamiento la pareja pasó a residir en una mansión palaciega sita en la zona más coqueta y reservada de Liverpool.

Empero, ninguno de tales bienes y privilegios devendría suficiente para evitar la desgracia a recaer sobre la pareja debido a que la infidelidad haría irrupción en escena. La bella Florence encontraría un amante en la persona de un próspero comerciante vinculado a los negocios de su esposo, Alfred Brierley, hombre apuesto y adinerado de treinta y seis años. Si concedemos crédito a lo que dice el manuscrito, resultarían el dolor y la furia desatados al descubrir la infidelidad de su esposa lo que transformaría a James Maybrick de apacible y clásico burgués victoriano en un sanguinario asesino serial; aunque cabe preguntarse: ¿cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su pareja toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos, aún en un caso de los más misteriosos y raros de la historia del delito como lo fue el de Jack el Destripador.

El texto del diario por fuerza debe calificarse como muy contradictorio, y el primer impulso que nace es el de negar la veracidad de su contenido y coincidir con quienes opinan que se trata de un fraude bastante burdo. Algunos datos, empero, no aceptan fácilmente tan cómoda explicación y la polémica encendida en 1993 prosigue en pie. James Maybrick, presumiblemente a su pesar, se ha convertido por obra y gracia del ingenio de los propulsores y beneficiarios del ya famoso diario en uno de los sospechosos más populares a ocupar el cargo de haber sido el tristemente célebre y elusivo “Jack el Destripador”.


El asesino conspirador

El despliegue policial, periodístico y también social llevado a cabo para lograr la captura del criminal que desde el año 1888 conmocionó a toda Inglaterra con sus atrocidades, y su consiguiente fracaso inapelable, hizo casi inevitable que se avivasen en Gran Bretaña el recelo y la suspicacia. Ese estado de alma constituía terreno fértil para que se sospechase de la policía y de los poderes que desde el gobierno monárquico podrían haber impedido la eficaz actuación de ésta. Sólo una conspiración o conjura de muy alto nivel era apta para explicar que aquel feroz delincuente, del cual se suponía había llegado al colmo de burlarse de sus perseguidores en cientos de cartas, se mantuviera impune para siempre.

En el año 1976, casi noventa años después de transcurridos los sucesos, vería la luz pública el primer libro que con minuciosidad de datos y argumentos ofrecerá una investigación aparentemente sólida en respaldo de la que se diera en llamar teoría de la conspiración o de la conjura, también conocida como teoría de la conspiración monárquico-masónica.

Jack el Destripador. La solución final” se tituló dicha obra debida a la capacidad e imaginación del periodista y escritor Stephen Knigth, y con diversas variantes conformaría la base para películas mejor o peor formuladas y actuadas, de mayor o menor éxito, pero en donde en todas ellas estaría como núcleo de su entramado esa atrayente propuesta. De acuerdo con la historia planteada el Príncipe Albert Víctor no resultaba ser el victimario, por más que le correspondería un papel destacado en la narración.

El Duque de Clarence merodearía por los arrabales del East End londinense bien lejos de las indiscretas miradas que lo vigilarían si hubiera pretendido divertirse en la lujosa zona del West End. El bohemio y talentoso pintor Walter Sickert, de quien Eddie fingiría ser el hermano menor, oficiaría a modo de baqueano cicerone del joven de sangre real durante esas incursiones. El muchacho conocería a la juvenil y sensual Annie Elizabeth Crook, una modesta dependienta que a la sazón trabajaba en una confitería emplazada en la calle Cleveland. Los jóvenes se convertiría en amantes y la chica daría a luz una hija natural del aspirante a monarca a la cual se bautizaría con los nombres de Alice Margaret. El posterior casamiento de sus padres – en una iglesia católica y con la presencia de Walter Sickert como testigo del novio y de Mary Jane Kelly asistiendo a la novia- concedería legitimidad al nacimiento de la pequeña.

Que el futuro Rey contrajera matrimonio clandestinamente en una iglesia católica y que su esposa plebeya hubiera engendrado una niña apta para aspirar al trono inglés era suficiente motivo para un gran escándalo y ese hecho constituía una razón de trascendencia como para que la Corona, enterada de tan anómala situación, tomara cartas en el asunto y mediante la intervención de la policía secreta a la cual se haría entrar en acción gracias a una gestión del Primer Ministro Lord Robert Salisbury, pretendidamente masón, separase mediante la fuerza a la pareja. Albert Víctor sería reprendido por su desatinada conducta. Annie, mientras tanto, quedaría confinada en una institución para enfermos mentales víctima de una manipulación en su glándula tiroides y ya nadie iría a creerle si contaba la historia de su casamiento con el Príncipe, de la existencia de la hija de ambos y de los derechos al trono que ésta tendría.

Estas maldades inflingidas contra la pobre Annie estaban supervisadas por el médico real Sir William Withey Gull. Este hombre, igual que sucediera con Lord Salisbury y los altos cargos Charles Warren y Robert Anderson resultaría sindicado de ser un elevado integrante de la masonería. La beba, mientras tanto, había quedado bajo los cuidados de Mary Kelly, la mejor amiga de la infortunada Annie, y luego pasaría a manos de sus abuelos maternos. Mary regresaría a su Irlanda natal pero años más tarde volvería a Inglaterra y se dedicaría a la prostitución trabando amistad con otras colegas, a saber. Mary Ann Nichols, Annie Chapman y Elizabeth Stride. En el curso de sus beberajes por los bajos fondos del East End le contaría a sus compañeras sobre la triste historia de su amiga Annie Crook enclaustrada en un hospicio para dementes, del casamiento clandestino de ésta con el Príncipe y de la bebé con presuntos derechos a la sucesión real.

Necesitadas de dinero creerían que un práctico camino para obtenerlo consistía en chantajear a la casa real reclamando dinero por su silencio. Aquí aparecería en escena el Dr. William Gull contactado para que eliminara el peligro representado por las prostitutas alineadas contra la Corona. Las dos grandes pasiones de la vida del Dr. Gull eran la monarquía británica y la orden masónica, y haría cuanto fuera preciso en salvaguarda de estas instituciones. Con la ayuda de un cochero cómplice, John Netley, pondría manos a la obra en su labor.



El asesino satánico

Jack el Destripador golpeaba repentinamente. Como si de un perverso y fulmíneo ente emergido de la nada se tratase. Agredía a sus presas humanas y les inflingía una muerte atroz, sin que aquellas pudiesen oponerle la menor resistencia.

Nunca había testigos directos presentes durante los feroces ataques. Obraba con increíble eficacia haciendo alarde de una desconcertante sangre fría y de un completo desprecio hacia el peligro, como si estuviese convencido de que jamás iría a ser capturado.

En alguno de sus asaltos, tal cual aconteciera en el homicidio de Catherine Eddowes, eliminó a la mujer en las adyacencias de una plaza alrededor de la cual un agente policial practicaba una ronda regular cada quince minutos. Aun así le alcanzó para diseccionar con certera minuciosidad al cadáver y extirparle órganos.

¿Estaba acaso protegido por fuerzas sobrenaturales? ¿Era quizás un enviado diabólico? ¿Sus escalofriantes actos obedecían a un lúgubre ritual? Preguntas análogas a las arriba formuladas se agolparon en la mente de sus contemporáneos, y de ello dio debida cuenta la prensa de aquel entonces.

El nombre y los apellidos del demoníaco personaje a quien algunos consideraron un homicida satánico responsable de esos crímenes era Robert Donston Stephenson, aunque también se lo conocía como Roslyn D´Onston. Durante el año 1888 había estado entrando y saliendo del London Hospital de Whitechapel, donde se lo trataba a causa de afecciones psiquiátricas. Se trataba de un gran mitómano y un empedernido bebedor. 

¿Podría este hombre haber constituido un criminal motivado por los extraños e incomprensibles impulsos destructores que se intuyen en las matanzas victorianas? El sujeto devino sindicado como posible culpable por el periodista William Thomas Stead, los escritores Bernard O´Donnel y Mabel Collins, la Baronesa Vittoria Cremers, y por un detective aficionado y socio suyo que lo denunció. A su turno, él se involucró por sí mismo en la historia del Destripador luego de acusar ante las autoridades a su médico, el psiquiatra Morgan Davis.

Robert Donston llena los requisitos inherentes a un desorientado que cree haber sido elegido como emisario de las fuerzas del mal. Fue un sospechoso contemporáneo a las presuntas muertes ceremoniales, devino varias veces interrogado por la policía, y está comprobado que redactó artículos periodísticos sobre magia y ocultismo. No obstante, el criterio mayoritario exteriorizado por los estudiosos en el asunto concuerda en que este individuo no calza los puntos adecuados para ser reputado como un sospechoso legítimo y, en general, su nominación al efecto resulta desechada. 

Su huella se fue hundiendo lentamente en una oscuridad semejante a la que signó toda su existencia. Oscuridad de la cual sólo lo sacarían ciertos ensayistas modernos en su búsqueda por resolver el mayor enigma criminal de todos los tiempos.


El asesino inexistente

¿Es sostenible la hipótesis de que en el caso de Jack el Destripador hubiesen participado sucesivos criminales oportunistas? ¿Resulta creíble que se haya tratado de más de un perpetrador? ¿Podrían los victimarios no guardar relación alguna entre sí, desconociendo uno la identidad de otro y así sucesivamente?

De haber acontecido así el feroz maníaco en cuestión no habría tal como lo conocemos –o creemos conocerlo- existido jamás. Nos encontraríamos –literalmente hablando- frente a la situación de un asesino inexistente, en la medida de que nunca se habría tratado de un único matador sino del accionar independiente, y mediante secuencias autónomas, de sucesivos criminales, quienes fueron remedando en forma alternativa la metodología y la parafernalia utilizada por un antecesor.

Se ha sugerido que la atroz secuencia de homicidios victorianos se debió a la eclosión de una peculiar "epidemia" de criminales imitadores fomentada por el histerismo generalizado que la prensa provocó sobre la población al poner a circular toda clase de nociones erradas en torno a cómo se consumaron los asesinatos.

Tales extrañas circunstancia se habrían verificado no sólo un vez –lo cual sería cómodo imputar a la casualidad- sino en más de una emergencia, avalando así la creencia de que un criminal oportunista habría hecho su macabro debut en escena.

Tomemos como ejemplo el deceso de Kate Eddowes cuya notable diferencia con los tres crímenes canónicos precedentes fincó en que el rostro de esa difunta resultó salvajemente mutilado. Lo insólito fue que en días previos a este crimen otra muerte más había sido atribuida a la mano del mismo ultimador.

Se trató del homicidio de una chica de nombre Jane Beadmoore, joven madre que llevaba una vida desordenada, quien en la noche del sábado 22 de setiembre de 1888 fue vista con vida por última vez y al alba del domingo se halló su cadáver en una zanja de la localidad de Birttley Fell, Country Durhan, zona de minas emplazada al nordeste de Gran Bretaña. Sufrió extensas mutilaciones faciales, idéntico género de ataque que iría a reiterarse a los pocos días en el crimen de la plaza Mitre. Para la prensa esa muerte fue echada durante largo tiempo a la cuenta de las inferidas por Jack el Destripador. 

El homicida de esa joven –su ex novio William Wadel, que la había matado por despecho- fue pronto capturado y aceptó haber tratado de hacer creer que ese crimen pertenecía a la secuencia del East End, y por ello practicó las incisiones ventrales y extrajo órganos.

Una semana después Catherine Eddowes caería bajo el cuchillo de un asesino que realizó sobre su faz mutilaciones casi idénticas a las ejecutadas por aquel desenmascarado y confeso imitador.


Jack el Destripador: Perfil psicológico

El inicial "perfilador" –cuando aún no se utilizaba ese término- contemporáneo a los acontecimientos que ofreciera un retrato psicológico sobre Jack el Destripador lo constituyó el médico forense Thomas Bond, profesional que expuso su informe diagramando el primer contorno científico buscando predecir las claves íntimas de quien se ocultaba tras el misterioso criminal de Whitechapel, y presentó sus conclusiones a requerimiento de las jerarquías de Scotland Yard.

Según el doctor Bond los cinco homicidios que luego dieron en denominarse "canónicos" fueron facturados por el mismo agresor, el cual no había dado muestras de especial sapiencia técnica a la hora de emprender las mutilaciones. No se habría tratado de un cirujano ni de una persona vinculada a la profesión médica.

El motivo de los homicidios le parecía que radicaba en un desenfrenado apetito sexual, pese a que las autopsias practicadas a las víctimas descartaban la presencia de fluidos seminales. Tal vez era impotente, o bien sufría dificultades para acceder al coito de manera normal.

A partir de datos objetivos recabados en la escena de los crímenes y del análisis de los cadáveres el forense se animó –cosa insólita para aquella época- a dar su opinión sobre cuál podría ser la personalidad del matador. A éste lo imaginó como un individuo de mediana edad, costumbres prolijas y temperamento sosegado de quien sus vecinos jamás sospecharían. Debía disponer de considerables ingresos económicos y de un trabajo regular que le impedía cometer sus asaltos durante los días hábiles, lo cual justificaba que éstos siempre tuvieron efecto durante los fines de semana.

Algunos autores estimaron que el depredador era un reformista social desequilibrado, quien al matar prostitutas obraba en la creencia de estar cumpliendo una tarea de saneamiento, pero otros comentaristas negaron que tal idea tuviera asidero. En contraposición a la tesis del "Jack reformista" se propugnó la que caracteriza al asesino como un criminal de índole sexual movido por la frustración producto de su insignificancia personal y atormentado ante la falta de desahogo natural de sus deseos, lo cual lo aleja del perfil inherente a un reformista social paranoico o de un religioso pervertido.

Pero la imaginación popular se aferró a la imagen de un criminal de religiosidad enfermiza sometido, a su vez, por irrefrenables fuerzas de la naturaleza.


Caso resuelto?

Uno de los misterios más grandes de todos los tiempos, un rompecabezas que desconcertó a investigadores por más de un siglo y que dio origen a películas e innumerables teorías, unas verosímiles y otras no tanto, habría sido resuelto en el año 2014. Según publicó el periódico inglés Daily Mail, la verdadera identidad de uno de los asesinos más famosos del mundo, responsable de al menos cinco crímenes en Whitechapel, habría sido finalmente revelada.

Un chal encontrado en el cuerpo de Catalina Eddowes, una de las víctimas, fue analizado y se encontró que contenía restos de la sangre, así como el ADN, del asesino.

El descubrimiento fue hecho luego de que el empresario Russell Edwards, de 48 años, comprara el chal en una subasta, y con la ayuda del Dr. Jari Louhelainen, un experto de renombre mundial en el análisis de la evidencia genética de escenas de crímenes históricos, realizaran el análisis.

El Dr. Louhelainen fue capaz de extraer el ADN después de 126 años, y a partir del material compararlo con el ADN de los descendientes de Eddowes y el sospechoso, comprobando una combinación perfecta con la del posible autor del crimen. El asesino podría ser un hombre llamado Aaron Kosminski, un peluquero medio judío oriundo de la localidad polaca de Kłodawa -por entonces correspondiente al Imperio Ruso- de 23 años de edad que vivía en Whitechapel por aquellos tiempos. 

La policía de Londres le tenía entre ceja y ceja como uno de los principales sospechosos, pero no consiguieron reunir las suficientes pruebas para inculparle definitivamente. La ciencia no estaba tan evolucionada como en la actualidad y, salvo por un testigo que le situó en el escenario de uno de los crímenes, Kosminski estaba limpio.

Sin embargo Scotland Yard seguía con la sospecha y le tuvo vigilado hasta que fue ingresado en un psiquiátrico. De hecho, según los documentos de la época, el sospechoso polaco era un “probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a masturbarse”. 

Cabe decir que, el tal Kosminski, ya fue uno de los principales sospechosos de aquellos tiempos, pero la falta de pruebas que le involucraran con los asesinatos le hizo quedar en libertad, aunque no por mucho tiempo, ya que tres años después de los 5 asesinatos de Jack el Destripador, en 1891, a Aaron Kosminski le encerraron en un manicomio hasta el día de su muerte en 1919, a los 53 años de edad, sin pisar una cárcel o ser juzgado por los crímenes que habría cometido.



Fuentes