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lunes, 18 de mayo de 2015

18 de mayo de 1910 - se produce el máximo acercamiento del cometa Halley a la tierra, provocando pánico.

Desde los tiempos más remotos de la humanidad, se ha dado el nombre de cometas a los cuerpos celestes que al acercarse al Sol, generan una larga cola que se asemeja a una cabellera. La palabra cometas proviene del griego kometes, que significa cabellera suelta. La magnificiencia de su aspecto y la forma tan  misteriosa de su aparición y desaparición en el cielo contribuyeron con los mitos sobre su influencia. 

Esta circunstancia trajo como consecuencia que casi todos los pueblos antiguos, le asignasen a los cometas propiedades maléficas. Los anales chinos poseen los registros más antiguos que se tenga conocimiento. Gracias a ellos se tiene el registro del paso del cometa Halley, en el 240 aC.

Para la cultura occidental, el origen de la mala fama de los cometas surgió en la Roma imperial. Existen registros históricos que a la muerte de Julio Cesar, emperador de Roma, a manos de senadores en Marzo del 44 aC, Octavio invocó la aparición de un cometa brillante, en Julio de ese mismo año, como el alma de Julio (Sidus Julium). Inmediatamente, el senado lo declaró dios y acuño una moneda en su honor. 

Con la experiencia de Julio Cesar y la vinculación de la muerte del emperador Claudio, convenientemente envenenado por su esposa Agripina, con el paso del cometa del 54 dC, los romanos tejieron un nexo entre la fatalidad y la aparición de cometas, circunstancia que fue transmitida culturalmente por el mundo occidental. 

De manera curiosa, esa creencia fue tomada por casi todos los pueblos de la antigüedad, tuviesen o no, vinculación con la cultura romana. 

Grandes derrotas de reyes (y victorias de otros) fueron vinculadas al paso de cometas por el cielo. La aparición del cometa Halley en Abril del 1066, una de las mejores en la historia, fue declarada nociva para los ingleses, dada su derrota a manos del rey normando William el Conquistador.

Una historia vincula la creencia del emperador de los aztecas, Montezuma II al retorno de Quetzalcoatl, por la aparición de un gran cometa en 1517. Quetzalcoatl fue un héroe de los toltecas, convertido en dios de la sabiduría, por los aztecas. Dos años después de esa aparición, en 1519, los españoles al mando de Hernán Cortés, llegaron a las costas del imperio azteca y Montezuma pensó que se trataba de la profecía del retorno de Quetzalcoatl.


Séneca (4 aC – 65 dC) ya había postulado que los cometas eran cuerpos celestes autómonos, contrariando lo establecido para ese entonces por la concepción del mundo de Aristóteles (384–322 aC), reforzada posteriormente por Ptolomeo (85–165 dC), que eran vapores y exhalaciones de la atmósfera terrestre. En el año 1531, Peter Apian registró que la cola del cometa se encontraba apuntando siempre en dirección contraria a la posición del Sol. Este registro se considera el inicio de la observación científica de cometas. No fue sino hasta el año 1577, cuando Tycho Brahe logró medir la distancia a un cometa, determinando que se trataba de un cuerpo externo a la Tierra.

En 1910, el cometa pasó tan cerca de la Tierra, que cruzamos su cola, provocando un gran pánico en la población, pues se corrió la voz de que el cometa llevaba asociado un gas venenoso denominado cianógeno, cosa que era cierta, pero el gas una vez que tocó la atmósfera terrestre se desintegró y no ocurrió nada. 

Muchas personas ganaron mucho dinero con este hecho, vendiendo máscaras anticometas, que en realidad eran máscaras antigás. Otras personas, presas del pánico y pensando que llegaba el fin del mundo, se suicidaron.

En 1910 se produjo una alianza de factores que contribuyeron a enriquecer la fascinación por aquel encuentro. En primer lugar, la clave estuvo en que las peculiaridades de las órbitas del Halley y de la Tierra confluyeron de tal forma que nuestro planeta se internó en la cola del cometa, que a pesar de tener una densidad prácticamente nula y una composición similar a la del mejor vacío de laboratorio, se extendía millones de kilómetros en la bóveda celeste.

En 1705, Edmond Halley publicó Sinopsis Astronomia Cometicae El libro incluye sus cálculos y la creencia de que los cometas visibles a simple vista en 1456, 1531, 1607 y 1682 eran todos iguales cometa. Predijo que este cometa regresaría a principios de 1759. Lamentablemente no vivió para ver si su predicción se hacía realidad. Cuando el cometa regresó en la víspera de Navidad de 1758, se hizo popularmente conocido como el Cometa Halley. El cometa Halley fue el primer cometa en descubrirse que tenía una órbita periódica, es decir que volvía cada poco menos de 76 años a las proximidades del Sol, hasta entonces se pensaba que los cometas no volvían jamás una vez que se aproximaban al Sol.

Por otra parte, aquella aproximación del Halley se produjo en una etapa de la historia de la astronomía caracterizada por grandes incertidumbres. Faltaba más de una década para que los estudios de Edwin Powell Hubble demostraran que habitamos un universo en expansión y que lo que entonces se llamaban nebulosas, como M 31 en la constelación de Andrómeda, eran en realidad galaxias que estaban fuera de la nuestra, la Vía Láctea, y no objetos celestes pertenecientes a ésta. Asimismo, Marte era una de las obsesiones mundiales, alentada por las afirmaciones de astrónomos como Percival Lowell, que sostenían la existencia de una red de canales de origen inteligente en el planeta rojo, y por la publicación del libro La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en 1898.


Asimismo, en 1910 apenas había contaminación lumínica, por lo que la visión del firmamento era excelente incluso desde grandes ciudades, como París, Nueva York y Madrid. Con ello, y merced a su gran proximidad, el impacto visual del Halley en plena noche fue abrumador. La mejor prueba de ello es la extraordinaria foto que encabeza esta artículo, en la que el Halley muestra un aspecto sobrecogedor, y su cola se observa con un detalle excepcional que permite ver lo que aparentemente eran enormes abismos, ya que en uno de sus sectores aparece fracturada. Junto al Halley, brilla a la derecha el planeta Venus como testigo de excepción de uno de los grandes acontecimientos del siglo XX.

Hoy, más de un siglo después del mítico paso del Halley en 1910, todos estos sucesos parecen remotos, y realmente lo son. Seguramente, aquella visita del legendario cometa fue la última en la que vino cargado de leyendas, y la próxima del año 2061 será la primera en la que la humanidad lo recibe sabiendo absolutamente todo de él, ya que durante el paso de 1986 fecha de su última aparición, el cometa pasó bastante más lejos de la Tierra que en 1910, aunque fue visible a simple vista y se mandó un pequeño ejército de naves a su encuentro. Las sondas espaciales Vega y Giotto salieron a su encuentro para estudiar de lleno su naturaleza, lo que permitió, incluso, descifrar los enigmas concernientes a su núcleo, fotografiado gracias a las modernas técnicas de imagen.

La que más se acercó y con peligro de ser destruida por las partículas del cometa que viajaban a gran velocidad, fue la sonda europea Giotto que mostró las mejores imágenes hasta el momento del núcleo de un cometa.


Este cometa alcanza su punto más alejado casi en la órbita de Plutón, además tiene una órbita retrógrada, es decir, circula al revés que la dirección que llevan los planetas en sus órbitas. El Halley no volverá hasta el año 2061, ahora mismo se encuentra en las profundidades del Sistema Solar. 

Halley (1656-1742)
Pintura de Thomas Murray (1687)
Colaborador de Newton en sus trabajos sobre la atracción gravitatoria entre los cuerpos, Edmund Halley fue el primer astrónomo en predecir el regreso de los cometas de forma periódica cerca de la Tierra; su apellido dio nombre al más famoso de ellos. De extracción social acomodada, se dedicó desde su juventud a las matemáticas y la astronomía. En 1676 se embarcó rumbo a la isla de Santa Elena, en el Atlántico sur; allí llevaría a cabo la primera catalogación de las estrellas del cielo austral.

Sus trabajos le abrieron las puertas de la sociedad científica inglesa y, con motivo de un proyecto de desarrollo de una teoría sobre la gravitación y el movimiento de los cuerpos astrales, entró en contacto con Isaac Newton. El diálogo y cooperación entre ambos científicos propició la concepción de la célebre ley general de la gravedad, aparecida en el libro Philosophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural, 1687) de Newton, que el propio Halley prologó y apadrinó de cara a los editores de la obra.

Como continuación de sus trabajos sobre astronomía, y aplicando las leyes de Newton, describió las órbitas parabólicas de un total de veinticuatro cometas en su libro Synopsis astronomiae cometicae (Sinopsis de la astronomía de los cometas, 1705), y probó que los cometas que habían sido observados en los años 1531, 1607 y 1682 eran en realidad retornos del mismo cometa. De ese mismo cometa, que posteriormente sería llamado cometa Halley en su honor, predijo que regresaría en el año 1758. Dieciséis años después de la muerte de Edmund Halley, los astrónomos constataron la total exactitud de su predicción.