martes, 23 de junio de 2015

23 de junio de 1812 - Napoleón entra en Rusia

En la noche del 23 de junio de 1812, la primera de las tropas de Napoleón marchó sobre el río Niemen y pisó suelo ruso, iniciando así la invasión con un ejército imponente de aproximadamente medio millón de hombres. Los movimientos del Emperador eran rápidos y combativos al principio, pero todo iba a cambiar cuando las primeras lluvias convirtieron las calles en lodazales intransitables.

A finales de Septiembre, los patriotas rusos y un Ejército Ruso en retirada quemaron Moscú. Un mes más tarde, Napoleón y su exhausto ejército - cortos de alimentos y suministros - se vieron obligados a retirarse. 


Esto comenzó una larga y sufrida marcha en la que la línea de comunicación larga de Napoleón fue acosado constantemente; los convoyes fueron atacados por bandas de guerrilleros y campesinos y los cosacos y se abalanzaron sobre los pequeños destacamentos. La ropa de los hombres demasiado escasa para un frío bajo cero que helaba los huesos, y que pocos habían experimentado antes. Los caballos no estaban calzados para el hielo. Los vagones y armas fueron pronto abandonados por unas tropas desmoralizadas, que arrojaban las armas y caminaban a lo largo de las carreteras cubiertas de nieve sembradas de muertos y moribundos...

Todo terminó a mediados de diciembre de 1812, seis meses después, cuando los últimos restos de la diezmada Grande Armée dejaron el territorio ruso como una premonición horrible de lo que vendría.

En junio de 1807 y en el marco de la 4ª Coalición antinapoleónica el ejército ruso es vencido en Friedland. Como consecuencia de ello el mes siguiente el Zar Alejandro I se ve obligado a firmar el Tratado de Tilsit. Esto implica para los rusos una suerte de alianza obligada. Rusos y franceses se dividen la parte oriental de Europa en dos zonas de influencia y Rusia se une al bloqueo continental. Hay quienes mencionan más que eso y afirman que se admitió por ambas partes una dualidad de imperios: El occidental en manos de Napoleón y el oriental en manos de Alejandro I 

A pesar de Tilsit pronto las relaciones entre Rusia y Francia comenzaron a enrarecerse. Además de otros conflictos, en un principio las tensiones franco-rusas giraban predominantemente en torno a la cuestión polaca, ya que el Gran Ducado de Varsovia, prohijado por Francia, era visto por los rusos como una amenaza a sus intereses. Con el tiempo aparecerá para Rusia la crisis económica, lo que obligará a Alejandro I a abandonar el bloqueo continental en diciembre de 1810 y romper con Tilsit. El sistema aduanero favorece al comercio inglés, que a partir de ese momento comenzará a exportar a Rusia productos industriales de primera necesidad, mientras que ella exportará a Gran Bretaña materias primas. 

Ante esta “rebelión” Napoleón decide reducir definitivamente a Rusia pensando que lo podría lograr en una operación rápida y fulminante, como lo fueron la mayoría de sus campañas y a las cuales estaba acostumbrado. Conforma un ejército de más de 600.000 hombres, llegando a mencionar algunos autores números cercanos a 700.000, del cual solo la mitad escasa era francesa, componiéndose la otra mitad por distintas nacionalidades del imperio napoleónico que, recuérdese, en ese momento tenía su mayor extensión: Veinte naciones y doce lenguas. Recuérdese que casi toda Europa continental a mediados de 1812 formaba parte de ese imperio en alianza forzada. Por la parte oriental después de 1810 solo Rusia era el enemigo. Desatendiendo consejos en contrario de numerosos y calificados asesores, Napoleón decide emprender la campaña rusa. La invasión parte desde Lituania el 22 de junio de 1812 en tres columnas y a las diez de la noche del 23 inicia el cruce del río Niemen. Ya desde el comienzo tiene dificultades logísticas que nunca antes había tenido y su avance no es tan rápido. El abastecimiento de un ejército tan numeroso no es sencillo. Fallaban las comunicaciones. 

Era imposible la concentración de fuerzas. El ejército tenía que desplegarse en enormes áreas y no podía avanzar todo a la vez. Todas estas dificultades las tuvo en época estival y en momentos en que su avance era aparentemente victorioso.

Por su parte los rusos se retiraban sistemáticamente. Si bien tenía un gran ejército, experimentado en batallas anteriores y en territorio no propiamente ruso, dirigido por buenos oficiales, Rusia no podía oponer a Napoleón una fuerza militar mínimamente equivalente, por lo que sus jefes (primero Barclay de Tolly, suplantado luego por Kutuzov), optaron por una elegantemente denominada “defensa elástica” y evitaron toda batalla decisiva especialmente en campo abierto. En realidad era pura retirada, táctica nada sofisticada, posible solo por poseer un territorio inmenso. No obstante hay autores que afirman que esa táctica fue premeditada cuidadosamente 

Kutuzov
Sea como fuese, la táctica de “tierra quemada”, con evacuación de pueblos, destrucción de todo recurso alimenticio, destrucción y quema de toda construcción que pudiese servir de refugio, unido ello a la extensión territorial, fue una sorpresa que Napoleón en su avance no se esperaba y pronto comenzó a preanunciar el desastre, si bien nadie lo vislumbraba aun. Más por el frente interno ruso que por táctica, Kutuzov presentó batalla dos veces: Smolensko (17 de agosto) y Borodino (7 de septiembre), ya cerca de Moscú. La primera de ellas no fue importante. En la segunda batalla, una de las peores de las guerras napoleónicas, de resistencia encarnizada, los rusos perdieron más de 40.000 hombres y Napoleón más de 20.000. Después de ella Napoleón siguió sin mayores problemas hasta la capital. Al llegar a ella, a mediados de septiembre, se encontró con otra sorpresa: Apenas ocupada Moscú, sus habitantes quemaron la ciudad, donde en aquella época predominaban las construcciones de madera. La ciudad quedó carbonizada. Napoleón le envía a Alejandro I (que se había retirado a San Petersburgo) ofertas de paz. Pero el zar no acepta ni se rinde, en realidad ni siquiera contesta, continuando con la guerra. Ante ello Napoleón insiste y temerariamente permanece un largo mes más en Moscú, sin ningún éxito, metido en la propia trampa de la cual se haría cada vez más difícil salir. Para entonces había perdido entre el solo avance y una sola batalla la mitad de sus hombres. Muy tardíamente el 19 de octubre no tiene más remedio que ordenar la retirada, sin haber ganado nada y sin haber dominado a nadie.

En ese momento comienza el desastre. Si en época estival tuvo problemas de avituallamiento, con temperaturas de más de 30º bajo cero, las dificultades fueron insolubles. Las crónicas de esa retirada son verdaderamente dantescas. El Ejército salió en verano y no se había cambiado su equipo (vestimenta) por uno de invierno. De un ejército disciplinado paso a ser una masa humana, donde los individuos se preocupaban nada más que de sí mismos y de salir de aquel infierno blanco. Desapareció totalmente la clásica camaradería militar. Era el sálvese quien pueda. Caminaban incesantemente y quien se durmiese por cansancio no despertaba más.
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Simultáneamente recibían en cualquier momento ataques de cosacos y aldeanos emboscados, que ya durante todo el tiempo, incluso desde su avance en verano, atacaba a las tropas con táctica de guerrillas, al estilo que pocos años antes se había empezado a usar en España. El peor momento de la retirada fue el cruce del helado río Beresina, cuyos puentes habían sido destruidos por los rusos. Se construyeron improvisadamente unos toscos sustitutos, que a su vez se hundieron bajo el peso de todo lo que en la desesperación se quiso hacer pasar por ellos. De más de 600.000 hombres que al partir componían el Gran Ejército, volvieron a Lituania 30.000. La catástrofe militar fue total. A ella, especialmente después de Leipzig en unos meses, seguirá la catástrofe política.

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