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miércoles, 24 de junio de 2015

24 de junio de 1821 - en Venezuela tiene lugar la batalla de Carabobo en la que el ejército patriota (comandado por Simón Bolívar) vence al ejército realista.

La Batalla de Carabobo fue librada cerca de la ciudad de Valencia, el 24 de junio de 1821, entre el ejército realista a cargo del mariscal de campo Miguel de la Torre y el ejército republicano comandado por el general en jefe Simón Bolívar

Miguel de la Torre                       Simon Bolivar

La victoria lograda por este último, resultó decisiva para la liberación de Caracas y el territorio venezolano, hecho que se logrará de manera definitiva en 1823 con la Batalla Naval del Lago de Maracaibo y la toma de las fortalezas de Puerto Cabello.

Carabobo no es sólo una batalla, sino ante todo una campaña de expresión de unidad, estrategia y organización. Para el 28 de abril de 1821 el ejército patriota estaba bien organizado. Este día salieron todas las divisiones desde sus respectivos puntos de partida, menos la división de José Antonio Páez, la cual salió de Achaguas el 10 de mayo. Todos debían concentrarse en San Carlos.

Rafael Urdaneta sale de Maracaibo vía Coro y Carora, donde debe quedarse por enfermedad; Bolívar inicia la marcha en Barinas con dirección a Guanare y San Carlos; Páez salió de Achaguas, y tras una Penosísima marcha al mando de 2.500 hombres y conduciendo 2.000 caballos de reserva y 4.000 novillos para el abastecimiento del ejército, llegó a San Carlos el 4 de junio.

A José de la Cruz Carrillo le correspondió una misión muy importante, la diversión en Occidente, de manera que siguió la ruta Trujillo-Carache-El Tocuyo-Quíbor-Barquisimeto. Su tarea era sólo la de impedir que las tropas realistas concurrieran a auxiliar a los suyos. Igual misión tuvo José Francisco Bermúdez, quien salió de Barcelona también con el propósito de distraer a los realistas de Caracas. Presentó batalla en El Calvario, y aunque fue derrotado, sirvió para lo que se quería, es decir, evitar la reunión de la gran masa del ejército realista en Carabobo.


El domingo 24 de junio de 1821 se enfrentaron, a las 12 del mediodía, 4.079 realistas contra 6.500 patriotas. Apenas la mitad, aproximadamente, de los efectivos pudo participar en la batalla, que culminó en cuestión de una hora. La división de Páez fue prácticamente la única que intervino, con sus llaneros y la Legión Británica. Plaza y Cedeño murieron por impetuosidad, cuando ya la batalla estaba decidida.  Fue tan contundente la hazaña de Páez, que el Libertador lo ascendió a General en Jefe en el mismo campo de batalla.

La batalla de Carabobo aseguró la independencia de Venezuela, si bien hubo que esperar hasta el 24 de julio de 1823 para rubricarla definitivamente con la batalla naval del Lago de Maracaibo. El último reducto de los realistas, el castillo de Puerto Cabello, cayó bajo las armas de José Antonio Páez.

El general José Antonio Páez, quien venía ejerciendo las funciones de jefe Civil Militar del Departamento de Venezuela (Caracas, Carabobo, Barquisimeto, Barinas y Apure) desde 1822, cargo que le fue confirmado por la Municipalidad de Valencia el 30 de diciembre de 1826, y ratificado por el Libertador en el mismo año, se alzó contra la autoridad de Simón Bolívar, y estableció el 27 de diciembre de 1829, a la edad de 39 años, un Gobierno Provisional al constituirse en Jefe de la Administración, y al mismo tiempo expidió un decreto donde convoca a la elección de Diputados para un Congreso Constituyente que se reuniría en la ciudad de Valencia el día 30 de abril de 1830.

José Antonio Páez
El 29 de enero de 1830, se abrieron las Asambleas primarias para el nombramiento de los electores que habían de designar en cada Provincia a los Diputados al Congreso Constituyente. Por falta del número legal de Diputados, ya que sólo asistieron 33 de los 48 elegidos, la instalación del Congreso Constituyente de Venezuela se efectuó el 6 de mayo de 1830 en la ciudad de Valencia, y el mismo día, los congresistas decidieron que, hasta que se resolviera otra cosa, el General José Antonio Páez continuaría en el desempeño de las funciones del Poder Ejecutivo.

El Congreso Constituyente de Venezuela sancionó el 22 de septiembre de 1830 la Constitución que debía regir la nueva República de Venezuela, la cual entró en vigencia el mismo mes.

El primer Congreso Constitucional de la República de Venezuela se instaló en la ciudad de Valencia el 18 de marzo de 1831, y el 24 del mismo mes, fueron examinados por el Senado los Registros Eleccionarios y se practicó el escrutinio legal para elegir al Presidente de la República.

Como era de esperarse, para el primer período constitucional de cuatro años, resultó electo Presidente de la República el General José Antonio Páez, quien obtuvo 136 votos (86,07%) de los 158 electores que sufragaron. Esta elección no fue más que el reconocimiento de una situación que se venía manifestando desde el año de 1826, ya que desde ese año, José Antonio Páez detentaba el poder material, y la República de 1831, no fue más que la expresión militar del caudillo llanero, con el apoyo de terratenientes y los militares anti-bolivarianos.

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martes, 23 de junio de 2015

23 de junio de 1812 - Napoleón entra en Rusia

En la noche del 23 de junio de 1812, la primera de las tropas de Napoleón marchó sobre el río Niemen y pisó suelo ruso, iniciando así la invasión con un ejército imponente de aproximadamente medio millón de hombres. Los movimientos del Emperador eran rápidos y combativos al principio, pero todo iba a cambiar cuando las primeras lluvias convirtieron las calles en lodazales intransitables.

A finales de Septiembre, los patriotas rusos y un Ejército Ruso en retirada quemaron Moscú. Un mes más tarde, Napoleón y su exhausto ejército - cortos de alimentos y suministros - se vieron obligados a retirarse. 


Esto comenzó una larga y sufrida marcha en la que la línea de comunicación larga de Napoleón fue acosado constantemente; los convoyes fueron atacados por bandas de guerrilleros y campesinos y los cosacos y se abalanzaron sobre los pequeños destacamentos. La ropa de los hombres demasiado escasa para un frío bajo cero que helaba los huesos, y que pocos habían experimentado antes. Los caballos no estaban calzados para el hielo. Los vagones y armas fueron pronto abandonados por unas tropas desmoralizadas, que arrojaban las armas y caminaban a lo largo de las carreteras cubiertas de nieve sembradas de muertos y moribundos...

Todo terminó a mediados de diciembre de 1812, seis meses después, cuando los últimos restos de la diezmada Grande Armée dejaron el territorio ruso como una premonición horrible de lo que vendría.

En junio de 1807 y en el marco de la 4ª Coalición antinapoleónica el ejército ruso es vencido en Friedland. Como consecuencia de ello el mes siguiente el Zar Alejandro I se ve obligado a firmar el Tratado de Tilsit. Esto implica para los rusos una suerte de alianza obligada. Rusos y franceses se dividen la parte oriental de Europa en dos zonas de influencia y Rusia se une al bloqueo continental. Hay quienes mencionan más que eso y afirman que se admitió por ambas partes una dualidad de imperios: El occidental en manos de Napoleón y el oriental en manos de Alejandro I 

A pesar de Tilsit pronto las relaciones entre Rusia y Francia comenzaron a enrarecerse. Además de otros conflictos, en un principio las tensiones franco-rusas giraban predominantemente en torno a la cuestión polaca, ya que el Gran Ducado de Varsovia, prohijado por Francia, era visto por los rusos como una amenaza a sus intereses. Con el tiempo aparecerá para Rusia la crisis económica, lo que obligará a Alejandro I a abandonar el bloqueo continental en diciembre de 1810 y romper con Tilsit. El sistema aduanero favorece al comercio inglés, que a partir de ese momento comenzará a exportar a Rusia productos industriales de primera necesidad, mientras que ella exportará a Gran Bretaña materias primas. 

Ante esta “rebelión” Napoleón decide reducir definitivamente a Rusia pensando que lo podría lograr en una operación rápida y fulminante, como lo fueron la mayoría de sus campañas y a las cuales estaba acostumbrado. Conforma un ejército de más de 600.000 hombres, llegando a mencionar algunos autores números cercanos a 700.000, del cual solo la mitad escasa era francesa, componiéndose la otra mitad por distintas nacionalidades del imperio napoleónico que, recuérdese, en ese momento tenía su mayor extensión: Veinte naciones y doce lenguas. Recuérdese que casi toda Europa continental a mediados de 1812 formaba parte de ese imperio en alianza forzada. Por la parte oriental después de 1810 solo Rusia era el enemigo. Desatendiendo consejos en contrario de numerosos y calificados asesores, Napoleón decide emprender la campaña rusa. La invasión parte desde Lituania el 22 de junio de 1812 en tres columnas y a las diez de la noche del 23 inicia el cruce del río Niemen. Ya desde el comienzo tiene dificultades logísticas que nunca antes había tenido y su avance no es tan rápido. El abastecimiento de un ejército tan numeroso no es sencillo. Fallaban las comunicaciones. 

Era imposible la concentración de fuerzas. El ejército tenía que desplegarse en enormes áreas y no podía avanzar todo a la vez. Todas estas dificultades las tuvo en época estival y en momentos en que su avance era aparentemente victorioso.

Por su parte los rusos se retiraban sistemáticamente. Si bien tenía un gran ejército, experimentado en batallas anteriores y en territorio no propiamente ruso, dirigido por buenos oficiales, Rusia no podía oponer a Napoleón una fuerza militar mínimamente equivalente, por lo que sus jefes (primero Barclay de Tolly, suplantado luego por Kutuzov), optaron por una elegantemente denominada “defensa elástica” y evitaron toda batalla decisiva especialmente en campo abierto. En realidad era pura retirada, táctica nada sofisticada, posible solo por poseer un territorio inmenso. No obstante hay autores que afirman que esa táctica fue premeditada cuidadosamente 

Kutuzov
Sea como fuese, la táctica de “tierra quemada”, con evacuación de pueblos, destrucción de todo recurso alimenticio, destrucción y quema de toda construcción que pudiese servir de refugio, unido ello a la extensión territorial, fue una sorpresa que Napoleón en su avance no se esperaba y pronto comenzó a preanunciar el desastre, si bien nadie lo vislumbraba aun. Más por el frente interno ruso que por táctica, Kutuzov presentó batalla dos veces: Smolensko (17 de agosto) y Borodino (7 de septiembre), ya cerca de Moscú. La primera de ellas no fue importante. En la segunda batalla, una de las peores de las guerras napoleónicas, de resistencia encarnizada, los rusos perdieron más de 40.000 hombres y Napoleón más de 20.000. Después de ella Napoleón siguió sin mayores problemas hasta la capital. Al llegar a ella, a mediados de septiembre, se encontró con otra sorpresa: Apenas ocupada Moscú, sus habitantes quemaron la ciudad, donde en aquella época predominaban las construcciones de madera. La ciudad quedó carbonizada. Napoleón le envía a Alejandro I (que se había retirado a San Petersburgo) ofertas de paz. Pero el zar no acepta ni se rinde, en realidad ni siquiera contesta, continuando con la guerra. Ante ello Napoleón insiste y temerariamente permanece un largo mes más en Moscú, sin ningún éxito, metido en la propia trampa de la cual se haría cada vez más difícil salir. Para entonces había perdido entre el solo avance y una sola batalla la mitad de sus hombres. Muy tardíamente el 19 de octubre no tiene más remedio que ordenar la retirada, sin haber ganado nada y sin haber dominado a nadie.

En ese momento comienza el desastre. Si en época estival tuvo problemas de avituallamiento, con temperaturas de más de 30º bajo cero, las dificultades fueron insolubles. Las crónicas de esa retirada son verdaderamente dantescas. El Ejército salió en verano y no se había cambiado su equipo (vestimenta) por uno de invierno. De un ejército disciplinado paso a ser una masa humana, donde los individuos se preocupaban nada más que de sí mismos y de salir de aquel infierno blanco. Desapareció totalmente la clásica camaradería militar. Era el sálvese quien pueda. Caminaban incesantemente y quien se durmiese por cansancio no despertaba más.
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Simultáneamente recibían en cualquier momento ataques de cosacos y aldeanos emboscados, que ya durante todo el tiempo, incluso desde su avance en verano, atacaba a las tropas con táctica de guerrillas, al estilo que pocos años antes se había empezado a usar en España. El peor momento de la retirada fue el cruce del helado río Beresina, cuyos puentes habían sido destruidos por los rusos. Se construyeron improvisadamente unos toscos sustitutos, que a su vez se hundieron bajo el peso de todo lo que en la desesperación se quiso hacer pasar por ellos. De más de 600.000 hombres que al partir componían el Gran Ejército, volvieron a Lituania 30.000. La catástrofe militar fue total. A ella, especialmente después de Leipzig en unos meses, seguirá la catástrofe política.

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lunes, 22 de junio de 2015

22 de junio de 1940 - Se firma el armisticio entre Francia y Alemania

«El Gobierno del mariscal Pétain pide al Gobierno español que actúe con la mayor urgencia como intermediario con el Gobierno alemán para pedir el cese de hostilidades y las condiciones de paz. El Gobierno francés espera que, después de haber recibido la presente nota, el Gobierno alemán ordene a su Aviación que suspenda los bombardeos de las ciudades».
¿Cuál sería la reacción de Hitler frente a esta petición? El día 17, después de haberla recibido, el Führer dio nuevas instrucciones a Keitel, Jodl y al general Bohme, quien refiere:

El Führer dijo que era necesario separar totalmente a Francia de Inglaterra, y para conseguirlo teníamos que presentar condiciones que pudieran ser aceptadas. Como el Gobierno de Philippe Pétain parecía bien dispuesto en este sentido, se le debía ofrecer un "puente de plata". De no proceder así, se corría el riesgo de que el Gobierno francés se refugiase en el Norte de África con la Escuadra y parte de la Aviación, y que continuase la guerra desde allí. Esta solución reforzaría la posición de Inglaterra y desplazaría la guerra hacia el mar Mediterráneo.

Hitler especificó después sus directivas:
  1. El Gobierno francés debe sobrevivir como potencia soberana. Sólo de este modo podemos estar completamente seguros de que el Imperio colonial francés no pasara a Inglaterra.
  2. Por este motivo no es aconsejable la ocupación total de la Francia metropolitana. El Gobierno francés debe conservar su propia esfera de soberanía.
  3. El Ejército francés se dirigirá a la zona libre, donde será desmovilizado. En la zona libre se permitirá el mantenimiento de algunas unidades que tendrán la misión de cuidar del orden público. La Escuadra debe ser neutralizada. Por ningún motivo reclamaremos su entrega, ya que en tal caso se retiraría a Ultramar o a Inglaterra.
  4. Las cuestiones territoriales deben resolverse con el tratado de paz, y no ahora.
  5. Por el momento, no se formularán demandas referentes al Imperio colonial, ya que eso provocaría la anexión de las colonias por parte de Inglaterra. Además, en caso de una negativa, no estamos por el momento en condiciones lograr una satisfacción por la fuerza.
La mañana del 19 de junio, el Gobierno alemán se dispuso «a dar a conocer las cláusulas para el cese de hostilidades, y pidió los nombres de los plenipotenciarios. 

Hitler quería resarcirse de la humillación alemana de 1918 y obliga a los franceses a desplazarse al claro de Rethondes. A las 15.30 del día 21, la delegación francesa fue invitada a subir al mismo vagón de tren en que se había firmado el armisticio de 1918, y en el cual esperaba ahora Hitler, rodeado de las máximas jerarquías del Tercer Reich. Después de la lectura del preámbulo, el Führer saludo con el brazo extendido y salió. El doctor Schmidt, intérprete de Hitler, la recuerda así:
«El general Huntziger comenzó diciendo que no estaba al corriente de los términos de paz porque la delegación alemana se había negado a discutir el tema. Simplemente, le habían entregado un convenio de armisticio compuesto por 24 artículos que de ningún modo podían sufrir modificación alguna.
El 22 de junio, después de algunas discusiones que condujeron a un acuerdo en virtud del cual algunas unidades de la Marina francesa podían permanecer en los puertos de ultramar, así como otras concesiones de menor importancia, Keitel presentó a los delegados franceses un ultimátum».
de izquierda a derecha: Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel, Hermann Göring, Rudolf Hess, Adolf Hitler, y Walther von Brauchitsch
A las 18.45 del 22 de junio, por orden recibida telefónicamente del general Maxime Weygand, Charles Huntziger firmó el convenio; pero como éste solo sería efectivo después de la conclusión del conflicto con Italia, el dia 23 la delegación francesa tuvo que partir para Roma, donde fue recibida por el mariscal Pietro Badoglio, quien se mostró conciliador y cortés en el curso de las conversaciones.

Las hostilidades cesaron a la 1.35 del 25 de junio.
El vagón de Rethondes

Rendición de Alemania -1918-
La Historia de este Vagón representa un poco la de las relaciones franco-alemanas en la primera mitad del siglo XX. Cuando se produjo la capitulación de Francia en la II Guerra Mundial, Hitler quiso que se firmase en el mismo lugar y en el mismo Vagón.


Rendición de Francia -1940-
Fue preciso sacar al Vagón del museo en el que se encontraba (a través de un hueco practicado en la pared)  y trasladarlo al claro de Rethondes.


Posteriormente, el Vagón y la lápida conmemorativa de la rendición alemana fueron trasladados a Berlín donde el Vagón se exhibió como un trofeo de guerra. En 1945, en pleno avance de las tropas aliadas, temiendo que se apoderasen de él, se ordenó su traslado a lugares más seguros dentro de Alemania. El Vagón inició un  peregrinaje hasta acabar en Crawinkel donde las SS recibieron orden de destruirlo. Los americanos, cuando entraron en este lugar, sólo pudieron encontrar fragmentos.

Tras acabar la II Guerra Mundial, las autoridades francesas encargaron a la empresa CIWL (constructora de este vagón) la reconstrucción de un “Vagón del armisticio”. El meticuloso trabajo se hizo sobre el chasis y estructura de un vagón similar que se pudo encontrar tras una búsqueda por varios lugares del mundo (Finlandia, Grecia, Rumania, Belgica, Marruecos, Turquia, China...). El 11 de noviembre de 1950 (fecha del Armisticio de la I Guerra Mundial), en el reconstruido edificio situado en la también explanada de Compiegne (Rethondes), se instaló con todos los honores el "Vagón del armisticio".



domingo, 21 de junio de 2015

21 de junio de 1916 - en la Batalla de El Carrizal, los mexicanos vencen a los estadounidenses (que habían entrado en México durante la Expedición Punitiva para castigar a Pancho Villa.

La batalla de El Carrizal ocurrió el 21 de junio de 1916. Fue un encuentro violento entre las ejército estadounidense bajo las órdenes del Gral. John J. Pershing y el ejército federal mexicano, bajo el comando del Gral. Félix U. Gómez. El resultado de la batalla fue una victoria mexicana, que hizo sentir un fuerte patriotismo en el norte, los sucesos de la batalla fueron descritos por el Coronel Genovevo Rivas Guillén años después de la batalla.

Félix U. Gómez (1887-1916)                   John J. Pershing (1860-1948)

Tras el ataque a Columbus, Nuevo México, por parte de las tropas de Francisco Villa, el ejército estadounidense al mando del general John J. Pershing ingresó en territorio chihuahuense el 15 de marzo de 1916, con el objetivo de dar alcance y castigar al “Centauro del Norte”.

Los militares invadieron México por el poblado de Palomas con un primer contingente de más de 5 mil oficiales y soldados de caballería, infantería y artillería, y un escuadrón aéreo de ocho aeroplanos.

Al mando del general Pershing las tropas avanzaron e instalaron su cuartel general en la Colonia Dublán –en lo que sería años después el municipio de Nuevo Casas Grandes– y dos bases, una en San Buenaventura y otra en San Antonio de los Arenales (hoy municipio de Cuauhtémoc).

Para finales de ese mismo mes, los estadounidenses se habían adentrado unos 550 kilómetros en Chihuahua y dos semanas después, el 12 de abril, se encontraban en las afueras de Parral, donde el pueblo se amotinó y varias mujeres, entre ellas Elisa Griensen, así como estudiantes de primaria, los confrontaron causándoles dos bajas y varios heridos.

Villa atacó Guerrero y los pueblos de Miñana y San Isidro, y tras resultar herido en una rodilla se vio obligado a esconderse en la serranía por dos meses, en la Cueva del Coscomate, donde se recuperó muy lentamente por la falta de atención médica.

Al salir de su escondite, su popularidad fue en aumento, en parte por el rechazo a la intervención estadounidense y en parte a la táctica de “Robin Hood” de repartir entre la población mercancías robadas de ranchos y haciendas de estadounidenses.

El Gobierno mexicano protestó aunque en un principio permitió la invasión, y Venustiano Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo, pidió al presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, retirar sus tropas.

El 22 de mayo de ese año, México envío un nuevo mensaje al Departamento de Estado norteamericano, con la exigencia del retiro inmediato de su ejército. Al no recibir respuesta, Carranza decidió recurrir a la fuerza y giró órdenes para que las tropas acantonadas en Chihuahua detuvieran todo desplazamiento de los militares estadounidenses que los llevaran a internarse más en la entidad.

Sin embargo, los norteamericanos movilizaron dos escuadrones del Décimo Regimiento de Caballería con la intención de llegar a Villa Ahumada.

Desde la Colonia Dublán, en el municipio de Nuevo Casas Grandes, el capitán Charles T. Boyd comandó uno de esos escuadrones hasta la hacienda de Santo Domingo, donde se le sumaron las tropas al mando del capitán Lewis S. Morey. En total formaron una fuerza de unos 100 hombres. Al atacar Francisco Villa, en 1916, la población estadounidense de Columbus, Nuevo México, el General John J. Pershing, Jefe de armas de El Paso, Texas, salió con sus tropas en persecución de Villa, dentro del episodio histórico mejor conocido como la Expedición punitiva. Ante tal actuación, el Presidente Venustiano Carranza prohibió a las tropas estadounidenses avanzar en cualquier dirección (excepto el norte), en el territorio nacional, por lo que el General Jacinto B. Treviño mandó un telegrama al General Pershing advirtiéndole que si violaba esta disposición presidencial, las tropas mexicanas iniciarían la defensa armada, respondiendo Pershing que continuaría su avance.


Después de hacer caso omiso de la disposición del Presidencial, el 18 de junio de 1916, Pershing inicio el movimiento rumbo a Villa Ahumada, Chihuahua; El Capitán Charles T. Boyd al mando de un escuadrón de caballería e infantería, marchó hacia el Rancho de Santo Domingo, propiedad de un estadounidense. Las tropas mexicanas se hallaban en la cercana población de Carrizal, poblado localizado 15 kilómetros al sur de Ahumada y a 145 kilómetros de Ciudad Juárez, que colindaba con el Rancho de Santo Domingo y Villa Ahumada. 

Creyendo los estadounidenses que Villa podía encontrarse en El Carrizal enviaron un destacamento. El 21 de junio al amanecer, las tropas estadounidenses fueron avistadas desde El Carrizal. Al ser informando de la situación, el coronel Rivas marchó a su encuentro para preguntar al comandante Boyd cuál era el motivo de su presencia en ese lugar, a lo que se respondió que se perseguía a unos desertores, por lo que el jefe estadounidense insistió en pasar. Rivas pidió instrucciones al comandante de las tropas mexicanas, quien notificó al capitán estadounidense que no podría pasar por ese lugar, ante su insistencia, se le ofreció que esperara a que se pidieran instrucciones nuevamente para evitar cualquier mal entendido y un conflicto armado.

Según el relato de Rivas.
Salí a conferenciar con el jefe de dicha fuerza para que me informara cuál era el objeto de su presencia. Puesto a hablar con él dijo que venía en busca de una gavilla de bandoleros que por ahí merodeaban; habiéndole contestado que ninguna gavilla asolaba esta comarca, por estar toda perfectamente vigilada por fuerzas constitucionalistas. Dijo él, entonces, que iba a Villa Ahumada con el fin de buscar un desertor, a lo que contesté que teníamos órdenes de no permitir el avance de fuerzas americanas en otra dirección que no fuera al norte. A esto Boyd contestó que nada le importaba, “que tenía órdenes de llegar a Villa Ahumada y que lo haría sobre balas”
Frente a esta provocación, el general Félix Gómez replicó que los soldados mexicanos sabían morir y que si creía poder pasar, lo intentara. Acto seguido, ambos comandantes se retiraron para iniciar la batalla, ordenando el general Gómez abrir fuego para impedir el avance de los estadounidenses. Al comienzo de la batalla, Gómez fue herido de muerte, tomando el mando el coronel Rivas; Boyd falleció poco después y otro oficial de apellido Morey fue herido; los invasores al verse sin jefes, se rindieron tras haber sufrido severas pérdidas.

Esta reñida batalla duro cerca de tres horas y tensó aún más las relaciones entre los dos países. Sin embargo el gobierno norteamericano estaba en ese momento más preocupado por sus cada vez más deterioradas relaciones con el gobierno alemán y queriendo evitar dos posibles frentes en caso de guerra con Alemania, decidió resolver sus problemas con México. El 24 de noviembre de 1916, se acordó un tratado en donde se sentaba que la expedición punitiva debía abandonar el país. Aun así, la Expedición Punitiva no se dio por finalizada hasta el 6 de febrero de 1917 (poco antes de que EEUU entrase en la Primera Guerra Mundial), en que los últimos soldados salieron de México, tras once meses de correr inútilmente tras la pista de Villa, con el escaso logro de 33 hombres de Villa arrestados.

Las bajas estadounidenses fueron de 50 soldados muertos, 27 prisioneros, además de que se capturaron 22 caballos y numerosas municiones. México perdió 27 hombres y 39 soldados fueron heridos.

El Ejército Mexicano hizo prisioneros a 17 soldados, que entregó al Gobierno de Washington días después en el puente internacional de Ciudad Juárez. También hizo entrega de los pertrechos de guerra capturados.

Soldados 10.º de Caballería estadounidense tomados prisioneros tras la batalla.
Esto provocó un nuevo sentido de patriotismo en el norte del país ya que hubo un gran número de voluntarios que fueron rápidamente entrenados y alistados en el ejército mexicano por temor a un fuerte contraataque por parte de Pershing.

De acuerdo con datos recopilados por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), la victoria mexicana tensó las relaciones al grado de que Estados Unidos consideró una invasión a gran escala en todo el norte del territorio de México, pero finalmente marcó el declive de la intervención estadounidense en el país.

Sin embargo, el conflicto tuvo una salida diplomática forzada en parte por la entrada de los norteamericanos a la Primera Guerra Mundial y por el alto costo que tendría una guerra con México.

Pese a sus escasos logros, la Expedición fue un excelente banco de pruebas para el nuevo material bélico norteamericano. Las tropas iban equipadas con el armamento más moderno del Ejército: camiones, vehículos blindados, aviones, dirigibles. Sin embargo, todos esos avances resultaron ineficaces para atrapar a Villa. Muchos de esos novedosos aparatos se averiaban constantemente, su mantenimiento era complicado (hasta el punto de que el combustible era transportado a lomos de mulas) y resultaron poco útiles en la persecución. No obstante, se extrajeron numerosas lecciones útiles durante la Expedición que luego se aplicarían durante la Primera Guerra Mundial. Por ejemplo, los norteamericanos llevaban 550 camiones de ¡128! modelos diferentes, todos con motores distintos, lo que convertía en un infierno encontrar piezas de repuesto cuando alguno se averiaba. Por ello, Pershing sugirió que el Ejército adoptase un único modelo estándar de camión, para facilitar y agilizar las reparaciones. Todas las mejoras se pondrían en uso apenas unos meses después, cuando EEUU entrase en la Primera Guerra Mundial, con Pershing como comandante en jefe de sus tropas.

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sábado, 20 de junio de 2015

20 de junio de 1973 - La Masacre de Ezeiza

Por "Masacre de Ezeiza" se conoce el enfrentamiento (o emboscada) entre organizaciones armadas irregulares peronistas que tuvo lugar el 20 de junio de 1973 en ocasión del regreso definitivo a la Argentina de Juan Domingo Perón, luego de casi 18 años de exilio. Ese día, la derecha y la izquierda peronista se enfrentaron. Ese día que debía ser una fiesta con la llegada definitiva de Juan Domingo Perón a la Argentina, se convirtió en una matanza indiscriminada de la gente que había ido a recibir y escuchar al líder y ex presidente justicialista.

El 20 de junio de 1973 fue la fecha elegida para el retorno de Perón. Tras 18 años de exilio. Acompañado por artistas, políticos, sindicalistas, deportistas y hasta por el propio presidente Cámpora y el ministro López Rega, el viejo líder viajó desde Madrid en un avión especialmente preparado para la ocasión. Perón retorna definitivamente al país y el generalísimo Franco lo despide en Barajas. Para su recepción se monta un palco en la Autopista a Ezeiza, a la altura del Puente 12, donde confluye una multitud inmensa e inconmensurable. Más de dos millones de personas, aguardaban la llegada de Perón, quien dirigiría un discurso a la concurrencia.

En 1972, la denominada Revolución Argentina de la dictadura de Onganía llegaba a su fin, y el general Lanusse decidió llamar a elecciones. Ese año, en un efímero regreso de Perón al país, organizó junto con otras fuerzas políticas el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) y definió la fórmula presidencial Cámpora-Solano Lima, la única alternativa que el peronismo tenía, ya que su líder estaba proscripto e impedido de ejercer la política.

El 25 de mayo de 1973, Cámpora asumió la presidencia y la muchedumbre esperanzada gritaba en la Plaza de Mayo a los militares salientes: "¡Se van, se van, y nunca volverán!"

El nuevo gobierno, con tendencia de centro-izquierda conformó un equipo con dirigentes de la derecha y de la izquierda peronista, como una maniobra para lograr consensos dentro del heterogéneo partido.

Sin embargo, esto no lograría aplacar los ánimos y los enfrentamientos seguirían sucediéndose. Las tomas de fábricas, las constantes movilizaciones y los sangrientos enfrentamientos entre la izquierda y la derecha generaron un clima de inestabilidad.

Sectores vinculados a la Confederación General del Trabajo (CGT), que algunos historiadores consideran de derecha, parapetados en el palco de honor bajo la orden del coronel retirado Jorge Manuel Osinde, atacaron a militantes de grupos autoproclamados de izquierda, FAR y Montoneros. Algunos consideran que fue una masacre en lugar de un enfrentamiento porque los militantes armados de la CGT superaban en número a los de izquierda, que fueron atacados desde el palco. 


Una estimación conservadora de algunos medios de prensa fija el saldo de la jornada en 13 muertos y 365 heridos. Aún se desconocen la cifra exacta de muertos y heridos que tuvo esa trágica jornada. Las cifras, puestas siempre en duda, nunca pudieron cotejarse con una investigación oficial simplemente porque no la hubo. Las verdaderas causas del enfrentamiento hay que buscarlas en la génesis del Movimiento Justicialista. Perón desde su origen había alentado al más amplio espectro ideológico de actores desde la derecha a la izquierda. 

A partir del día 19 las caravanas empezaron a arribar en micros y a pie. Muchas de ellas solamente iban allí a presenciar un acto y a escuchar al líder peronista, ajenos a las confrontaciones intrapartidarias.

Los grupos se fueron perfilando, demostrado por las inmersas pancartas que se levantaban sobre la muchedumbre. Montoneros y la Juventud Peronista (JP) movilizaron a gran parte de la gente para impresionar al general exiliado, y demostrar quienes dentro del movimiento llevaban la delantera y enarbolaban los verdaderos designios del peronismo. 

La organización había estado a cargo de gente allegada al gobierno y sobre todo a López Rega y su entorno más intransigente. 

Ya desde el día 19, civiles armados ocuparon posiciones cercanas al palco, con el firme propósito de impedir que se acercaran las columnas de la JP, Juventud Trabajadora Peronista (JTP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros. Estos grupos de choque estaban integrados por la vieja guardia sindical más radicalizada y el Comando de Organización (C de O).

El palco era el objetivo último de ambos bandos. Ganarlo para sí, representaba quien mandaba, y por ello se convirtió en el foco de los enfrentamientos. Para las facciones de derecha e izquierda, era la oportunidad que tanto habían esperado, era su oportunidad de impresionar a Perón y lograr que éste se volcara definitivamente a un lado o al otro.

En sus orígenes la polarización ideológica era controlable en línea con el contexto internacional. Sin embargo después de la segunda guerra mundial el mundo acentuó su polaridad, y este proceso de radicalización también transformó a sus seguidores, quienes durante el exilio del líder tenían en la repatriación un objetivo en común, lo que se llamaría el Operativo Retorno embanderado en el “luche y vuelve” que adornaba las fachadas de la Argentina mediante innumerables pintadas. 

Este proceso se concretó con el retorno de Juan Perón y fue entonces donde se abrió el espacio a la discusión interna: ¿Cuál era el verdadero Perón?; ¿estaba el líder dispuesto a un verdadero debate para definir la orientación ideológica?; ¿era el momento de decidir entre los seguidores de Cámpora o López Rega?; ¿entre FAR - FAP - Montoneros? o ¿pretendía el líder continuar él solo aglutinando el poder y el control de tan disímiles seguidores?. 

La cuestión era: ¿a qué grupo bendeciría el general? Lo que sucedió en Ezeiza el 20 de junio, podría resumirse en una frase del discurso pronunciado por Perón la noche del 21, "Somos lo que dicen las 20 Verdades Justicialistas y nada más que eso". 

La masacre fue premeditada para desplazar al presidente Héctor Cámpora del poder. Las diferencias ya eran insalvables entre la derecha y la izquierda, cuando el 2 de junio de 1973, días antes de la masacre, José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, declaró que estaban contra los imperialismos de izquierda, cuando un delegado cubano al congreso de la CGT, pidió un brindis por el Che Guevara. La derecha sindical intentó mejorar posiciones en cargos públicos frente al otro sector, colocando a gente cercana a Rucci. 

Cinco personas asumieron la responsabilidad de organizar la movilización del movimiento peronista hacia Ezeiza: José Rucci, Lorenzo Miguel, Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy y Jorge Manuel Osinde. 

Pero la tragedia no tardaría. La pelea en la Autopista Ricchieri marcaba el final del período de transición de Cámpora, entre el gobierno de facto del general Alejandro Lanusse y el Perón del final. La izquierda y la derecha peronistas disputaron con francotiradores, fuerzas de choque y ametralladoras la cercanía a su máximo líder y la influencia en su reconquista del poder. En el palco estaban los miembros de la UOM, la Juventud sindical peronista y otros sectores de derecha. Hacia allí fueron las FAR, Montoneros, la JP y otras organizaciones. Las FAP se habían desarmado el 25 de mayo de 1973. El saldo fue muy grande incluso se le considero un auténtico combate que terminaría con la victoria de la derecha peronista. 


Los sangrientos choques armados que se registraron ese día, entre las facciones internas del peronismo, la derecha y la izquierda del movimiento, materializaron ese antagonismo y definieron los enfrentamientos políticos venideros, con una derecha dispuesta a todo para eliminar a los grupos juveniles revolucionarios, arraigados sobre consignas populares y reinvindicadoras.

El objetivo final fue el que se esperaba desde un comienzo: desplazar definitivamente a los grupos de izquierda del escenario peronista, y que el propio Perón lo pudiera ver y avalar. La derecha peronista logró apoderarse del poder y posicionarse definitivamente como dueña del movimiento.

Ezeiza contiene los gérmenes del gobierno de Estela María Martínez de Perón y de López Rega, de la triple A y de lo que a partir de 1976 se convertiría en la peor dictadura de la Argentina.

Al día siguiente, Perón les bajó el pulgar a los sectores combativos 
"No es gritando como se hace patria. Los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro movimiento, ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo de abajo o desde arriba". 
El 25 de Septiembre de 1973 como venganza de los hechos sucedidos aquel día, la organización Montoneros, asesino al sindicalista José Rucci a quien Perón consideraba su mano derecha, este acto desato la furia del propio Perón y el rechazo de éste a la Organizacion Montoneros. 
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Poco después, en el discurso del 1º de Mayo de 1974, pronunciado en la Plaza de Mayo ante una multitud, Perón declararía sin ambages su posición ideológica, apoyando a las organizaciones sindicales y otros sectores tradicionales y conservadores que configuraban la derecha del partido y censurando duramente a los grupos de izquierda: 

“A través de estos veintiún años, las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon”. 

La Masacre de Ezeiza fue el preanuncio de lo que sucedería con la formación de la Alianza Anticomunista Argentina, organizada por José López Rega.

“La masacre de Ezeiza cierra un ciclo de la historia argentina y prefigura los años por venir. Es la gran representación del peronismo, el estallido de sus contradicciones de treinta años. Es también uno de los momentos estelares de una tentativa inteligente y osada para aislar a las organizaciones revolucionarias del conjunto del pueblo, pulverizar al peronismo por medio de la confusión ideológica y el terror, y destruir toda forma de organización política de la clase obrera. Ezeiza contiene un germen del gobierno de Isabel Perón y López Rega, la Triple A, el genocidio ejercido a partir del nuevo golpe militar de 76. el eje militar sindical en que el gran capital confía para el control de la Argentina”. 
El lugar estaba custodiado por el coronel retirado Jorge Manuel Osinde, perteneciente a la derecha del peronismo, junto con un grupo fuertemente armado que tenía la orden de reservar los sectores más cercanos al palco a los grupos más tradicionales del justicialismo, e impedir el acercamiento de la izquierda peronista al mismo. Cuando las columnas de FAR y Montoneros intentaron ingresar en las primeras horas de la tarde, fueron sorpresivamente atacados a tiros desde el palco por los hombres de Osinde. Hubo 13 muertos y 365 heridos.

Estalla una violenta disputa por los lugares próximos al palco, entre las columnas organizadas por la Juventud Peronista y Montoneros y las dirigidas por el teniente coronel Osinde, nutridas por la Unión Obrera Metalúrgica, la Juventud Sindical Peronista, el Comando de Organización y otros grupos del peronismo tradicional. Hay tiroteos, muchos muertos y cadáveres colgados de los árboles: la Juventud Peronista (JP) es vencida.

Ante la falta de seguridad, Perón decidió aterrizar en la base aérea militar de Morón y la multitud se retira desilusionada, sin haber podido recibir a su líder. Por la noche se dirigió al país por la cadena de radio y televisión. En su discurso, evitó referirse a los incidentes dijo “para un argentino, no hay nada mejor que otro argentino”, parafraseando su famosa frase “para un peronista, no hay nada mejor que otro peronista”, intentando de este modo unir a su movimiento y a todo el país.

Perón condena a los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro movimiento, que define por lo que las veinte verdades peronistas dicen, e invita al pueblo a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa.

El 13 de julio, Cámpora y Solano Lima fueron forzados a renunciar por los sectores tradicionales del peronismo, con el consentimiento de Perón. Luego de varias negociaciones, fue designado primer mandatario interino Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y yerno de López Rega. Luego se llamaría a elecciones nuevamente, y en 1974 sería electo por tercera vez, Juan D. Perón.

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viernes, 19 de junio de 2015

19 de junio de 1953 - Julius y Ethel Rosenberg son ejecutados por espionaje.

Una multitud de policías vigilaba la tristemente célebre prisión de Sing Sing de la ciudad de Nueva York. En su interior, seis agentes del FBI, con dos líneas telefónicas conectadas directamente a Washington, esperaban la orden de la Casa Blanca para suspender la ejecución. Pero no hubo indulto presidencial de último momento, como muchos estadounidenses reclamaban ni tampoco sirvieron los incontables pedidos de clemencia, incluso el del papa Pío XII. Al anochecer del 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg, acusados de vender secretos atómicos a la Unión Soviética, fueron ejecutados en la silla eléctrica.


Julius Rosenberg nació en Nueva York, el 12 de mayo de 1918, y era ingeniero eléctrico. Ethel nació en Nueva York el 28 de septiembre de 1915, era aspirante a actriz y cantante. Juntos formaban parte de la “Young Communist League”, las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos.

Ethel creció en una familia obrera judía, en un medio humilde en Nueva York. Tenía varios sueños: ir a la Universidad, convertirse en cantante y actriz. Pero la pobreza la obligó a trabajar como oficinista.

Julius creció en un ambiente parecido al de Ethel, vivían en el mismo vecindario y asistieron a la misma escuela, aunque sólo se conocieron años después, cuando Julius estudiaba Ingeniería. Habían asistido a un acto para recoger fondos para la Internacional Seaman´s Union, y ella cantó en la parte cultural.

A pesar de todas sus actividades, ella encontró un tiempo y mecanografió todos los informes académicos para que Julie pudiera graduarse de ingeniero en el City Collage de Nueva York. Después de graduado, se casan el 18 de julio de 1939 y a partir de este momento ella se une a la sección femenina auxiliar del sindicato de la Federación of Architects, Engineers, Chemists and Technicians (FAECT) al que pertenecía su esposo. Allí recaudó fondos para los niños huérfanos de la Guerra Civil española.

En 1940 el matrimonio encuentra trabajo en Washington, y regresan en 1941 a Nueva York, al obtener Julie un empleo mejor remunerado. Ethel se convirtió en la única voluntaria de tiempo completo de la Liga de Defensa del Este, primera organización de defensa civil a nivel de barrio que paso a ser un ejemplo para la creación de otras organizaciones similares en todo el país. Por este trabajo recibió una carta de elogio de Eleanor Roosvelt. Allí organizaba campañas de donaciones de sangre y pronunciaba discursos a favor del esfuerzo de guerra. Pero cuando en 1942 queda embarazada, comenzó otra etapa de su vida, se volcó totalmente a prepararse para recibir a su primer hijo, estudió psicología infantil, aprendió a tocar guitarra con el fin de cantarle a su hijo y sus actividades políticas finalizaron al nacer Michael, el 10 de marzo de 1943.

Al mismo tiempo Julie sí continuó con las labores políticas, hasta 1945 y dirigió sus esfuerzos en trabajar para obtener la reposición de sus empleos a aquellos miembros del FAECT que habían sido despedidos por supuestas afiliaciones al partido comunista, hasta que fue despedido por la misma acusación. En 1946 decide abrir su propio negocio de maquinarias a donde va después del licenciamiento del ejecito su cuñado David Greenglass. En 1947 les nace su segundo hijo Robby y ella se dedica por entero a la labores domésticas.

Desde el término de la guerra hasta el año 1950 viven una vida tranquila, dedicados a la educación de sus hijos rodeándolos con cariño de padres amorosos, pero ninguno de los dos pudo predecir que su vida en este año cambiaría, tomando un peligroso giro que los llevaría a la separación definitiva de sus hijos, y la injusta muerte.

“Ha habido una explosión atómica en Rusia”

La declaración del presidente estadounidense, Harry Truman, el 23 de septiembre de 1949, comunicando que la Unión Soviética había realizado su primera prueba nuclear a finales del mes de agosto, causó una gran conmoción en Occidente. El anuncio supuso la vuelta al equilibrio armamentístico entre los dos bloques surgidos de la última contienda mundial. El mundo estaba en plena Guerra Fría y Estados Unidos viv  ía en ese entonces en medio de una histeria casi colectiva contra el "peligro comunista", impulsada especialmente por un oscuro senador, Joseph McCarthy, que logró una amarga celebridad persiguiendo "fantasmas rojos" por todo el país. El organizó y dirigió el Comité de Actividades Antiamericanas del Senado, desde donde lanzó la mayor operación de investigación, acoso y derribo de políticos, sindicalistas, intelectuales y artistas que tenían posiciones liberales o progresistas.

Es en ese contexto, que rayaba con la paranoia, cuando en el verano de 1950, el matrimonio Rosenberg, ambos vinculados con el Partido Comunista, fue arrestado y juzgado por conspiración y cometer espionaje, al tratar, supuestamente, de que el hermano de Ethel, David Greenglass, un mecánico del ejército, robaba secretos del laboratorio atómico de Los Alamos, donde trabajaba

Estadounidenses y británicos se sorprendieron por la rapidez con la que los soviéticos realizaron su primer ensayo nuclear. Los más pesimistas no creían que los soviéticos lo lograran antes de 1952 o 1953. La coincidencia de los parámetros de la bomba rusa con la bomba de Hiroshima disparó todas las alarmas y los agentes estadounidenses desencadenaron una frenética búsqueda de espías culpables de haber filtrado secretos nucleares al enemigo.

En realidad, los servicios secretos estiraron del hilo que les había servido en bandeja el oficial de inteligencia Igor Gouzenko, un criptógrafo de la embajada de la URSS en Canadá, que el 5 de septiembre de 1945 desertó a Occidente afirmando que tenía pruebas de una red de espionaje soviética en Canadá, Gran Bretaña y Estados Unidos. Gouzenko aportó documentación que llevó a la detención de 22 agentes locales y 15 espías soviéticos en Canadá. Entre ellos el primer detenido de importancia en el espionaje atómico: Allan Nunn May, un físico nuclear británico que trabajaba en el laboratorio de Chalk River, no lejos de Otawa. May confesó que desde comienzos de 1945 remitió a Moscú, por medio de un enlace, información nuclear –incluso había entregado cantidades infinitesimales de uranio (U 233 y U 235)-. Fue trasladado a Gran Bretaña y condenado, en mayo de 1946, a diez años de prisión. 

Los papeles de Gouzenko también posibilitaron el descubrimiento del físico teórico Klaus Fuchs, un refugiado alemán que había trabajado para la misión británica en el Proyecto Manhattan en las instalaciones de Los Álamos, Nuevo México. En 1949, un agente de contrainteligencia del FBI descubrió que el servicio secreto ruso, la KGB, tenía un informe del Proyecto Manhattan —el plan secreto de los EEUU para desarrollar la bomba atómica, escrito por Klaus Fuchs, brillante físico de origen alemán que trabajó en el proyecto de Los Álamos, Nuevo México, y fundó luego un laboratorio en el Instituto Harwell de Investigación Atómica, en Inglaterra. En enero de 1950, Fuchs fue arrestado en Inglaterra y tras varios interrogatorios confesó que había pasado información a la URSS. El 1 de marzo fue condenado –el juicio duró 90 minutos- por el Tribunal Penal Central de Londres a catorce años de prisión, el máximo posible por pasar secretos militares a una nación aliada –hasta 1945, la URSS y Gran Bretaña eran aliados-. Tras cumplir nueve años y medio de condena, fue liberado y emigró a la República Democrática Alemana, donde fue tratado como un héroe. 

El contacto americano al que suministró la información Fuchs fue identificado por el FBI como Harry Gold, un químico de Filadelfia. El 22 de mayo de 1950, Gold admitió su actividad de espionaje e identificó a David Greenglass, un exmaquinista del ejército que había estado destinado a Los Álamos entre 1944 y 1945, como otra fuente adicional a la de Fuchs. El interrogatorio de Greenglass y su esposa, Ruth, dio lugar a la detención Julius y Ethel Rosenberg -cuñado y hermana, respectivamente, de David- y de Morton Sobell, ingeniero de radar y excompañero de Julius en una universidad neoyorkina.

David Greenglass no sólo confesó sino que colaboró intensamente con el FBI –a cambio, obtuvo una condena de 15 años y Ruth fue puesta en libertad-. Acusó a Julius de haberle incitado a obtener información sobre la bomba atómica. Julius Rosenberg, ingeniero eléctrico, fue detenido en su casa de Knickerbocker Village en Nueva York el 17 de julio de 1950. Su esposa, Ethel, secretaria de una empresa de transporte, lo sería el 11 de agosto. 

El juicio contra los Rosenberg y Sobell comenzó el 6 de marzo de 1951 en el tribunal del distrito sur de Nueva York El juez fue Irving Kaufman. El abogado defensor, Emanuel Bloch. El principal testigo de la acusación, David Greenglass, explicó las maniobras de los Rosenberg para convertirlo en espía y confesó que, en septiembre de 1945, su hermana Ethel había transcrito en el apartamento neoyorquino de los Rosenberg sus informaciones sobre los secretos nucleares. Esta versión fue ratificada por Ruth Greenglass. Las notas fueron posteriormente entregadas a Harry Gold, que las pasó a Anatoly A. Yakovlev, vicecónsul soviético en Nueva York. También declaró que había entregado a Julius Rosenberg un bosquejo de la sección transversal de una bomba atómica – era de la bomba lanzada sobre Nagasaki-.

El juicio siempre se ha visto como un fraude por la total falta de evidencias sólidas que culpasen al matrimonio. Toda la acusación que pesaba sobre ellos era las declaraciones de David y su esposa. Julius y Ethel tenía pocos amigos por lo que fueron sus propios testigos y eso los afectó en la defensa.

El juicio a que ambos se vieron sometidos distó mucho de haber sido justo y la condena surge en virtud del Acta de Espionaje de 1917, que dictaba pena de muerte para este tipo de delitos en tiempo de guerra, aunque en el momento de haberse cometido el supuesto espionaje, los Estados Unidos no se encontraban en guerra con la Unión Soviética.

La confesión de Greenglass, que acusaba a su hermana y a su cuñado de formar parte de una trama de espionaje a favor de la URSS, fue el único testimonio con el que la Fiscalía construyó su caso. A pesar de la debilidad de las pruebas, el 15 de abril de 1951, Julius y Ethel Rosenberg fueron condenados a muerte. La sentencia tardó en ejecutarse casi dos años, tras superar 23 apelaciones, pedidos de clemencia y multitudinarias marchas de protesta en Washington reclamando el perdón para el matrimonio, padres de dos varones.

Durante todo el proceso, los Rosenberg fueron presionados para que "confesaran" —lo que nunca ocurrió—, vilipendiados y su apellido repudiado, al extremo que sus hijos se vieron obligados a ocultar su parentesco. El odio contra los "traidores comunistas" llegó a tal grado de locura que ambos chicos, Michael, de 9 años, y Robert, de 6, fueron reconocidos, denunciados y expulsados de la escuela.


La espera

La condena y la sentencia fueron seguidas por una larga serie de apelaciones y aplazamientos de la ejecución. Durante más de dos años el abogado de los Rosenberg presentó veintitrés apelaciones, algunas de ellas ante el Tribunal Supremo. Hubo una campaña mundial que intentó salvar la vida del matrimonio: manifestaciones, discursos, mítines, libros, telegramas y peticiones de personalidades mundiales –también del papa Pío XII-. Los dos hijos pequeños del matrimonio entregaron un escrito solicitando el indulto presidencial. Se organizaron vigilias de manifestantes delante de la Casa Blanca, la más importante duró 22 días -entre el 27 de diciembre de 1952 y el 17 de enero de 1953- solicitando clemencia al presidente Truman. En junio, los manifestantes volvieron a Washington para demandarla al nuevo presidente Dwight Eisenhower, que ya se había declarado en contra el 11 de febrero. Horas antes de la ejecución, el máximo mandatario confirmó la negativa a conceder el indulto. 

En la última carta que escribió, Ethel Rosenberg pide a su abogado que cuiden de sus hijos y afirma: 
"No estoy sola. Muero con honor y dignidad, sabiendo que mi esposo y yo seremos reivindicados por la historia".
En la petición de clemencia enviada por Ethel Rosenberg al Presidente de los Estados Unidos, ella declara abiertamente su inocencia y su valiente posición.
”…No somos mártires ni héroes, ni aspiramos a serlo. No queremos morir. Somos jóvenes, demasiado jóvenes, para la muerte. Ambos anhelamos ver crecer a nuestros dos pequeños hijos, Michael y Robert, hasta que lleguen a ser hombres. Deseamos, con cada fibra de nuestro ser, que nos restituyan en algún momento al lado de nuestros hijos para reanudar la armoniosa vida familiar que disfrutamos antes de la pesadilla de nuestros arrestos y condenas. Deseamos que nos reintegren algún día a la sociedad donde podamos contribuir con nuestras energías a construir un mundo en el que todos tengan paz, pan y rosas. 
Sí, aspiramos a vivir, pero con la sencilla dignidad que inviste sólo a aquellos que han sido honestos consigo mismo y con sus semejantes. Por lo tanto, con honradez, solo podemos decir que somos inocentes de este crimen.”
Más adelante Ethel hace un análisis de todo el proceso y la debilidad de las pruebas presentadas, y acota:
”Solicitamos las conmutaciones de unas sentencias que producirían la indecible tragedia de la destrucción de nuestra pequeña familia, así como habrían de sentar un precedente para el abandono, en Norteamérica, de la apreciación civilizada del valor de la vida humana (…)”
Según cuentan los medios de la época, cientos de policías tenían la misión especial de vigilar la cárcel Sing-Sing de Nueva York, antes del ocaso del viernes 19 de junio de 1953. Adentro, un grupo de seis hombres del FBI, equipados con dos líneas telefónicas a Washington, esperaban en un puesto secreto, con la esperanza de que Julius Rosenberg o su esposa Ethel prefirieran confesar sus actividades de espionaje a ser ejecutados.

Ambos fueron finalmente ejecutados en la silla eléctrica el 19 de junio de 1953, y las crónicas de la época cuentan que, aunque Julius murió a la primera descarga, su esposa Ethel, a pesar de ser una mujer más pequeña y supuestamente frágil, resistió hasta tres descargas eléctricas antes de fallecer (cinco, según otros). Dejaron dos hijos pequeños de 3 y 7 años respectivamente

Luego de la ejecución del matrimonio, una multitud calculada en unas 8.000 personas asistió a su funeral en Brooklyn, creyendo ciegamente en su inocencia. Varios años después, Pavel Sudoplatov, jefe de la KGB durante el proceso Rosenberg y segundo del célebre Lavrenti Beria —nombrado en 1938 por Stalin jefe de la seguridad del Estado—, confirmó en sus memorias que la pareja jamás perteneció a las redes del espionaje soviético. Sin embargo, admitió que el enjuiciamiento les cayó "como anillo al dedo", porque desvió a los servicios secretos estadounidenses del verdadero canal de la penetración que desarrollaban en el Proyecto nuclear de los Estados Unidos.

Fue el famoso filósofo francés, Jean Paul Sartre, quien dio una de las mejores definiciones sobre este caso que en su momento conmocionó al mundo: 
"La ejecución de los Rosenberg es un linchamiento legal que mancha de sangre a todo un país".
Sin embargo, Edgard J. Hoover, el polémico director del FBI, consideró el juicio a Julius y Ethel como "uno de los grandes logros" de la agencia federal. Y un año después de que la siniestra silla eléctrica acabara con sus vidas, el Congreso estadounidense aprobó una ley para castigar con la pena capital el delito de espionaje en tiempos de paz. Entre lo patético y lo irónico, el proyecto fue conocido como "Ley Rosenberg".

Exonerados por la historia

Tres décadas más tarde, la Asociación Americana de Abogados reconstruyó durante dos días el proceso a los Rosenberg, y arribó a la certeza concluyente de que los dos eran inocentes de las acusaciones por las que fueron ejecutados en la silla eléctrica.

Trece años después de la ejecución de los Rosenberg, David Greenglass, el hermano de Ethel, confesó públicamente que la acusación que les hiciera y los llevara a la cárcel fue falsa.

En 1970, el FBI desclasificó documentos probatorios de la gran farsa que constituyó aquel juicio histórico, del cual tan mal parados salieron la supuesta democracia americana, el derecho y, sobre todo, la justicia.

David había sido obligado a firmar una declaración, en junio de 1950, en la que aceptaba haber sido cómplice de Harry Gold, un químico de Filadelfia que confesó al Buró Federal de Investigaciones (FBI) ser el contacto en los Estados Unidos de Klaus Fuch, científico inglés acusado de espionaje a beneficio de los "rojos".

El hermano de Ethel, en busca de reducir su condena y presionado por los hombres del traje negro, incriminó a Julius y Ethel, y dijo que su cuñado lo captó para formar parte de una red espía de Moscú.

No obstante, todavía existen fuentes, dentro y fuera de los Estados Unidos, que continúan defendiendo la tesis de que, al menos Julius sí estableció lazos con la inteligencia soviética. Aunque sin pruebas concluyentes.
"Venimos de un medio humilde y somos humildes. De no haber sido por las acusaciones criminales en contra nuestra, habríamos vivido nuestras vidas sencillamente, como la mayoría de las personas, desconocidos para el mundo, salvo para aquellos pocos cuyas vidas se entrecruzaron con las nuestras."


Fragmento de la Petición de Clemencia Ejecutiva de los Rosenberg.
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jueves, 18 de junio de 2015

18 de junio de 1815 - El futuro de Europa se decide en la batalla de Waterloo

El domingo 18 de junio de 1815 llovió intensamente. El suelo se embarró de tal forma que apenas se podía maniobrar. Los soldados se trababan en combates cuerpo a cuerpo, a bayonetazos. Los cadáveres, despedazados por el fuego de artillería, salpicaban el escenario. Las tropas aliadas, un contingente heterodoxo formado por holandeses, belgas renuentes a formar parte del yugo imperial napoleónico, británicos y alemanes, estaban dirigidas por Arthur Wellesley, el duque de Wellington, y por el septuagenario príncipe Gebhard Leberech von Blücher, un duro general. Del otro lado, estaba el feroz ejército de Napoleón. Ambos cuadros se habían masacrado durante dos días en las accidentadas inmediaciones de Bruselas.

Napoleón encargó la dirección y planificación de la contienda al mariscal Ney, "el más valiente entre los valientes", un soldado aguerrido pero impetuoso, cuya precipitación acabó condenando a su Ejército. Además, el emperador vitalicio (ostentaba el rango como concesión de sus antiguos enemigos) cometió el peor error posible en un militar experimentado: subestimó al rival. Napoleón creyó en todo momento poder separar al Ejército británico del prusiano, machacarlos por separado, y plantarse en apenas una jornada en el palacio real de Bruselas. La realidad, sin embargo, fue que su milagroso regreso del exilio mantuvo al mundo en vilo durante aproximadamente cien días.

Hace doscientos años, el 18 de junio de 1815, se dirimió en la batalla de Waterloo el futuro de Europa. Durante casi 12 horas Napoleón intentó doblegar sin éxito, a la coalición internacional que lideró el duque de Wellington. En ella se jugó el destino del continente, que en aquel momento pendía de un hilo. Todo se fiaba a quien resultara vencedor de la lucha que enfrentaba a Napoleón con las potencias de la denominada VII Coalición, integrada por Gran Bretaña, Prusia, Austria y Rusia y que había sido organizada a toda prisa, al tenerse noticia de que el emperador de los franceses se había hecho de nuevo con el poder en Francia, después haber escapado el 26 de febrero de su confinamiento en la isla de Elba.

La nueva coalición antinapoleónica era la respuesta que daban las potencias europeas a las proclamas de paz lanzadas por Bonaparte. El rechazo lo obligó a actuar sin pérdida de tiempo. Napoleón era consciente de que podía vencer a las fuerzas de la coalición si lograba enfrentarse a ellas por separado, pero la victoria le resultaría imposible de alcanzar si tenía que pelear con todos a la vez. La rapidez de movimientos del ejército francés hizo que en los campos de Waterloo únicamente intervinieran tropas británicas y prusianas. Ni los austríacos ni los rusos, los otros integrantes de la coalición, llegaron a tiempo al campo de batalla.

En muy pocas jornadas Napoleón pudo llevar a sus tropas hasta la frontera belga gracias a que había logrado ilusionar de nuevo a muchos compatriotas. Por toda Francia se había extendido durante las semanas anteriores la gran noticia: el emperador ha vuelto. Había avanzado hacia el norte desde el Midi, donde había desembarcado, en olor de multitud y cuando entró en París, del que Luis XVIII había huido a toda prisa, los parisinos le tributaron un recibimiento grandioso. Su carisma y el entusiasmo que despertó en los veteranos que habían luchado a sus órdenes en anteriores campañas, le permitieron tener dispuesto, en un tiempo muy corto, un ejército numeroso. Resucitaban antiguas unidades, entre ellas la Vieja Guardia, una infantería de élite que siempre había constituido la más aguerrida del ejército napoleónico. También se incorporaron a su nuevo ejército algunos de los mejores generales que habían luchado anteriormente a sus órdenes, aunque también las ausencias eran notables. Junto a él estaban mariscales como Ney, Grouchy o Mortier, y generales como Kellermann, Milhaud o Derlon.


Entre los integrantes de la VII Coalición, que se encontraban en Viena reorganizando el mapa de Europa y tratando de restaurar el orden alterado por la revolución que había estallado en Francia un cuarto de siglo antes, también se tomaron decisiones con mucha rapidez, pese al desconcierto inicial que había provocado la noticia del retorno de Napoleón a Francia. Tanto las tropas británicas, mandadas por Sir Arthur Wellesley, duque de Wellington como las prusianas a las órdenes del anciano mariscal Gebhard Leberecht Blücher, habían acudido al sur de Bélgica para oponerse al avance francés. La guerra estaba planteada y Napoleón partía de la idea de que la pieza clave de la coalición eran los británicos. En consecuencia, resultaba imprescindible vencerlos. Si lograba la victoria sobre las tropas mandadas por Wellington, el resto de los ejércitos de la coalición no supondría un problema serio.

En Bélgica Wellington contaría con el apoyo del ejército prusiano que se había movido con rapidez. Por lo tanto, la estrategia de Napoleón pasaba por separarlos. Para ello su ataque trataría de obligarles a replegarse en direcciones opuestas que estarían marcadas por sus bases de aprovisionamiento. Los planes de Bonaparte preveían que los británicos lo hicieran hacia Bruselas y los prusianos en dirección Lieja. Ese ataque inicial con el propósito de dividirlos era algo que los enemigos de Napoleón no esperaban porque suponía un suicidio, dada la diferencia de hombres y medios con que contaban ambos bandos.

Las tropas mandadas por Napoleón sumaban, aunque las cifras difieren ligeramente de unas fuentes a otras, en torno a los 124.000 hombres y disponían de unas 350 piezas de artillería. Los británicos de Wellington más sus aliados holandeses se acercaban a los 100.000 y los prusianos de Blücher eran 117.000; el número cañones que sumaban las artillerías británica y prusiana superaba las quinientas bocas de fuego. Ese considerable desequilibrio de fuerzas hacía que los aliados no esperasen que Napoleón tomara la iniciativa, pero fue lo que hizo, utilizando en su favor el factor sorpresa. Había planificado dos acciones simultáneas para atacar a británicos y a los prusianos por separado.

Los primeros contactos entre unidades de ambos ejércitos se produjeron el 15 de junio, pero los verdaderos combates, preliminares a lo que sería la batalla de Waterloo, se libraron el día 16. Una de las alas del ejército francés, bajo el mando del propio Napoleón se enfrentó a los prusianos de Blücher en la zona de Ligny. La otra, mandada por el mariscal Ney, se enfrentaría en Quatre Bas a las tropas del duque de Wellington. El objetivo era abrir la distancia que había entre ellos para poder batirlos por separado. Primero a las tropas de Blücher y después a las de Wellington. La misión inicial de Ney era contener a los británicos, mientras que Napoleón combatía con los prusianos.

La separación de los ejércitos de la coalición se produjo, tal y como Bonaparte había previsto. Sin embargo, no fue posible la derrota total de los prusianos. Las tropas de Blücher sufrieron un serio revés, pero no fueron aniquiladas como pretendía Napoleón para poder enfrentarse al duque de Wellington con las espaldas cubiertas, dado que ni austríacos ni rusos, los otros integrantes de la alianza, suponían una amenaza en aquellos momentos por encontrarse a muchas jornadas del campo de batalla. La causa que había impedido una completa derrota de los prusianos estaba en que el cuerpo de ejército que, al mando del general DErlon, había de llegar al campo de batalla de Ligny con tiempo para rematar la victoria francesa, se retrasó demasiado, lo que permitió a los prusianos replegarse. Al parecer, Derlón había recibido órdenes contradictorias de Napoleón y de Ney. Este último, hombre muy vehemente, una vez que había obligado a los británicos a replegarse, quiso saborear el éxito y lanzó innecesarias cargas de caballería al mando de Derlón. Esa circunstancia fue la que impidió colaborar con el emperador y convertir la acción de Ligny en un desastre total para el ejército de Blücher.


Los prusianos habían sido derrotados, se habían visto obligados a replegarse en dirección opuesta a las líneas de retirada seguidas por los británicos, pero no habían sido aplastados y conservaron buena parte de su capacidad de lucha. A ello se añadió otro factor que, a la postre, será decisivo. La retirada de las tropas de Blücher no se produjo hacia Lieja como había previsto Napoleón, sino que lo hizo hacia Wavre, aprovechando la oscuridad de la noche.

Tras los preliminares de Ligny y Quatre Bas, El principal objetivo de Napoleón de separar a británicos y prusianos se había conseguido. En esa situación, Napoleón empleará el día 17 en preparar el ataque a Wellington. Algún historiador militar han considerado que ese fue su mayor error: dejar pasar veinticuatro horas antes de cargar contra Wellington. Es lo que sostuvo Archibald F. Becke en su ya clásica obra, Napoleón y Waterloo, donde considera que la inactividad de Napoleón en las doce horas que van de las 9 de la tarde del día 16 a las 9 de la mañana del 17 le hicieron perder la batalla.

El 17 de junio de 1815 fue un día gris y lluvioso. Napoleón confiaba en que la batalla que estaba a punto de librarse iba a depararle una gran victoria. Por la tarde de aquella víspera de la batalla arreció la lluvia y sobre los campos de Waterloo descargó una fuerte tormenta que dejó empapado el terreno.

Cuando amaneció el día 18 había dejado de llover, pero los efectos del agua caída, en algunos momentos de forma torrencial, eran patentes: el campo de batalla estaba embarrado. La caballería tendría muchas dificultades para maniobrar y la artillería sería mucho menos eficaz con el suelo embarrado; si en el curso de la batalla era necesario cambiar el emplazamiento de los pasados cañones, resultaría prácticamente imposible.

Napoleón, consciente de no haber aniquilado a los prusianos y, a pesar de que no se les veía por ninguna parte, encargó al mariscal Grouchy la misión de bloquear cualquier intento por parte de los prusianos de participar en la batalla. Si Blücher se acercaba a Waterloo toda la ventaja conseguida el día anterior se habría esfumado. Pese a que perder tiempo podía ser peligroso, Bonaparte decidió retrasar el ataque unas horas buscando poder hacerlo en un terreno menos blando.

La batalla se inició a las 11;30 con un amago de ataque inicial sobre el ala derecha del enemigo, pero donde se descargaría el ataque principal sería sobre el centro de las tropas de Wellington. Para tomar esa decisión Napoleón no escuchó los consejos de sus generales que habían peleado en España contra Wellington, señalando la habilidad con que el británico se movía a la defensiva y la enorme potencia de fuego que podía desplegar su infantería.

El ataque de la infantería francesa se inició, tras una fuerte preparación artillera que tuvo más impacto psicológico que efectivo, dado que los cañones franceses disparaban a ciegas, al no ver los objetivos. Las tropas británicas, habían adoptado sus típicas formaciones defensivas -los llamados cuadros wellingtonianos-, que habían empleado en España siempre con éxito. Se habían encuadrado en tres formaciones. Sus alas izquierda y derecha se resguardaban en sendas granjas, las de Hougoumont y la de La Haye, mientras que el centro aprovechaba las ondulaciones del terreno para protegerse. En un primer momento el ataque frontal causó un considerable impacto en las filas británicas. Pero el daño, al igual que el de la artillería, era mucho más psicológico que real. Estaba provocado por el rugido de los cañones y las acciones de la caballería francesa, integrada por batallones de coraceros mandados por Ney, que entraban entre los cuadros de la infantería de Wellington. Lo que en realidad estaba ocurriendo en la primera línea de combate, era que los franceses no lograban romper las filas enemigas y su empuje decrecía poco a poco, tampoco las cargas de la caballería lograban abrir brecha. Conforme avanzaba la jornada la infantería británica superó el mal momento inicial.


Hacia las 13;30 el alto mando francés recibió las primeras noticias de que el ejército prusiano, a las órdenes del mariscal Gneisenau -Blücher estaba indispuesto-, avanzaba desde Wavre y atacaba a los franceses por su flanco derecho. Grouchy se había mostrado incapaz de cerrarles el paso, al parecer de nuevo por un error en las órdenes recibidas. La presencia de los prusianos en el campo de batalla cambiaba curso de los acontecimientos. Napoleón, que estaba instalado en una posada situada a unas pocas millas al sur de Bruselas, la Belle Alliance, ordenó entrar en combate a la Vieja Guardia, que constituían la parte principal de sus reservas. Una parte se dirigió hacia el ala derecha para hacer frente a los prusianos. Los viejos granaderos de la Guardia Imperial logran, en un primer momento, desalojarlos de sus posiciones y hacerse con la localidad de Plancenoit, pero la aplastante superioridad numérica de los prusianos no les permite mantener la posición y se ven obligados a replegarse. Las otras tropas de esa infantería de élite, que habían atacado el centro de las defensas de Wellington, tampoco consiguieron su objetivo y fueron diezmadas por las reservas británicas que también habían sido lanzadas al combate.

El repliegue de aquellos veteranos con fama de invencibles al haber intervenido con éxito en numerosas campañas, hizo que cundiera el desconcierto entre las filas de las tropas napoleónicas. La situación del combate se había invertido. Ahora eran los enemigos de Napoleón quienes tomaban la iniciativa, al tiempo que las filas francesas se descomponían. Napoleón sin recursos que oponer para hacer frente a la contraofensiva de Wellington, apoyada ahora por los prusianos, se vio obligado a abandonar precipitadamente la Belle Alliance.

Waterloo se había convertido en muy poco rato en un desastre para los nuevos sueños de Bonaparte.

Las consecuencias de la derrota de Napoleón se extendieron por toda Europa. El declive del general puso fin a las aspiraciones independentistas de los polacos, cuyas tierras pertenecían al imperio ruso. Entre sus más insignes miembros, se encontraba el conde Jan Potocki. Viajero infatigable, matemático, soldado, Potocki debe su fama universal a Manuscrito encontrado en Zaragoza (1804-1805), novela gótica que nace de sus experiencias bélicas napoleónicas. Al descubrir que el mundo que soñó se desintegraba, enfermo de neurastenia, se disparó en diciembre de 1815 un tiro en su biblioteca. La bala la fabricó limando una cucharilla de plata.

Otro gran personaje, de carrera literaria incidental, luchó también del bando aliado, bajo las órdenes de Blücher: Carl von Clausewitz lideró las tropas prusianas que fueron aplastadas en Ligny, una de las escaramuzas pre-Waterloo. Vivió para contarlo y para escribir unas reflexiones bélicas que, tras su muerte, avenida por cólera en 1831, se recogerían en el impresionante tratado De la guerra (1832). Ahí estampó su tesis, avalada por su experiencia contra Napoleón, de que la guerra es una extensión de la política.

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