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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Reclamaciones guatemaltecas sobre Belize

Belice se localiza en América Central, ribereño del Mar Caribe; limita con México al norte y con Guatemala al oeste y al sur; al este el Golfo de Honduras lo separa de Honduras por 75 Km. de distancia en el punto más cercano entre las dos naciones. Además de que Belice es el nombre del país, el principal río y la ciudad y puerto más grande también llevan ese nombre.


Tomando en cuenta la geografía local y las manifestaciones culturales prehispánicas, se pueden definir tres zonas: Belice central, que incluye el Distrito de Cayo y las Montañas Mayas; el Norte de Belice, definido por la Bahía de Chetumal y el Distrito Orange Walk; y el Sur de Belice, que incluye el Distrito Toledo y la costa del Golfo de Honduras. La costa de Belice es un importante destino turístico por poseer la barrera de arrecife más grande de todo el hemisferio occidental, la cual se extiende por 298km. La Belize Barrier Reef Reserve System (BBRRS) fue declarada como Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 1996, e incluye las reservas de Bacalar Chico, Blue Hole, Half Moon Caye, South Water Caye, Glover’s Reef, Laughing Bird Caye y Sapodilla Cayes. También son importantes los atolones de Turneffe Island y Lighthouse Reef. En total contiene más de 450 cayos de arena y mangle, los cuales contienen formaciones de distintos tipos de coral y por lo tanto un único ecosistema marino, con muchas especies de peces, tiburones, tortugas, moluscos, crustáceos y otros animales marinos. Destaca el Blue Hole, un gran sumidero o "agujero azul" de la costa de Belice. Se encuentra cerca del centro del arrecife Lighthouse, un pequeño atolón ubicado a 100 kilómetros de la costa continental y la Ciudad de Belice. El agujero es de forma circular, y cuenta con más de 300 metros de ancho y 123 metros de profundidad. Se formó como un sistema de cuevas de piedra caliza durante el último período glacial, cuando los niveles del mar eran mucho más bajos. Como el mar comenzó a subir de nuevo, las cuevas se inundaron, y el techo se derrumbó. Se cree que es el fenómeno más grande del mundo en su género. El Gran Agujero Azul es parte del Sistema de Reservas de la Barrera del Arrecife de Belice, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.


La región perteneció al imperio y civilización Maya que pobló Mesoamérica hasta la llegada de los conquistadores españoles; en su territorio, incluido el sur de México y Guatemala, se asentaron los itzaes. La presencia de los primeros habitantes de Belice es testimoniada por los vestigios arqueológicos en las ciudades de Lubaantún y Altun Ha. Los más antiguos restos arqueológicos encontrados se remontan al período preclásico (1500 a.c. - 300 d.c.), entre ellos las cerámicas del yacimiento de Barton Ramie. Durante el período clásico (300 d.c. - 900 d.c.), los mayas construyeron pequeños poblados en las llanuras aluviales y en las faldas de las colinas, edificando, a un nivel más alto, templos y palacios. 


También se han encontrado restos de tumbas y centros ceremoniales, con pirámides y campos para el juego de pelota, así como algunos pocos ejemplos del período posclásico.

La ocupación inglesa

En 1502 Colón navegó hacia la bahía y la denominó Bahía de Honduras; en esa época España era nominalmente la potencia colonial de la región, cuyos derechos de conquista y posesión, como descubridora, se apoyaban en la bula inter Caétera de 1493, del Papa Alejandro VI, que establecía un meridiano al oeste del cual todas las tierras «halladas y por hallar» pertenecerían a los reyes de Castilla y León.

Pedro de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés, obtuvo de Carlos V el título de Capitán General de Guatemala (hoy Honduras, El Salvador y Guatemala) el 27 de diciembre de 1527, constituyendo la Capitanía General de Guatemala, dependiente del Virreinato de la Nueva España. 

Los Estados actuales de Costa Rica, Nicaragua y Panamá quedaron comprendidos en la Audiencia de Panamá en 1538. El 13 de septiembre de 1543 se creó la Audiencia y Cancillería Real de Santiago de Guatemala, conocida simplemente como Audiencia de Guatemala o Audiencia de los Confines, suprimiéndose la de Panamá, comprendiendo las provincias de Tabasco, Soconusco, Yucatán, Cozumel, Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Veragua y Panamá. La sede de la Audiencia estuvo en Concepción de Comayagua, Honduras, anteriormente Nueva Valladolid.

En 1544 la Audiencia de Guatemala se trasladó a Gracias a Dios (Honduras), en 1549 a Guatemala y en 1565 a Panamá, cuando se suprimió la Audiencia de los Confines, quedando su jurisdicción reducida a las provincias de Veragua, Nicaragua y Honduras. El resto de los territorios de la Audiencia de los Confines pasaron a la Real Audiencia de México.

El 3 de marzo de 1570 la Audiencia de Panamá vuelve a establecerse en Guatemala con la jurisdicción que tenía en 1549, salvo Yucatán que pasó a depender definitivamente de la Audiencia de México hasta la independencia. En 1573 la Capitanía General de Guatemala se constituyó con la jurisdicción de la Audiencia.

El descuido del territorio, despoblado y poco atendido por el Virreinato de la Nueva España, aunado a la debilidad del poderío naval español como consecuencia del descubrimiento de América, el esfuerzo por poblar la tierra descubierta, las incesantes guerras y la ineptitud de los sucesores de Felipe II, fue aprovechado por Inglaterra que decidió utilizar estas tierras como escondite de piratas, corsarios y bucaneros, cuyas actividades eran apoyadas en los siglos XVI y XVII por la corona inglesa, al considerarlas al servicio de la corona. La costa fue utilizada como refugio por los piratas ingleses hasta mediados del siglo dieciocho.

El interés de Inglaterra por las maderas preciosas, lo impulsó a colonizar la región; leñadores y contingentes de familias inglesas penetraron en la zona en 1638 con el fin de poblar y fundar explotaciones forestales, no sin encontrar resistencia por parte de poblaciones indígenas y de españoles que venían desde Guatemala. Estos enfrentamientos se sucedieron hasta el siglo XVIII.

En 1660 el pirata inglés Bartholomew Sharpe hizo de Belice su base y empezó a comerciar madera con Inglaterra. Con el fin de neutralizar las acciones de los guardacostas españoles que combatían el contrabando, mediante el decomiso de las mercancías de buques ingleses que comerciaban ilegalmente con las posesiones españolas en América, lo que ocasionaba quejas y protestas del gobierno inglés, fue firmado el Tratado de Paz de Madrid, por el que se extiende a los ingleses los privilegios concedidos en América a los holandeses por el Tratado de Münster.

Tres años después, mediante el Tratado de Madrid, Inglaterra y España se comprometen, en su artículo tercero, a suspender y abstenerse de todo robo, presa, lesión, injurias y daños, por tierra o mar, en cualquier parte del mundo; poner un alto a la piratería, por lo que los piratas, ya conocidos como “Baymen” (ingleses y escoceses), se vieron obligados a dedicarse a nuevos oficios; España reconoce la soberanía británica sobre los territorios que a la fecha estuviesen poseídos por súbditos ingleses en América e Indias Occidentales y, a su vez, en cuanto a Belice, Inglaterra promete no pretender más tierras americanas. 

La posición británica se fundamenta en este acuerdo, al interpretar que los súbditos británicos cortadores de palo de tinte “poseían efectivamente” el territorio que explotaban. Sin embargo, esa posesión no implicaba la ocupación, administración, dominación o poder público por parte de la potencia ocupante, por lo que no era una “posesión efectiva”, y por ende en Belice no se ejercía la soberanía inglesa. 

En Belice, autoridades españolas de Yucatán realizaban operaciones sucesivas de castigo contra los cortadores de palo de tinte, destacando entre ellas las de 1717, cuando fuerzas españolas desde el Petén, al mando del Mariscal Antonio Figueroa y Silva Lazo de la Vega Ladrón del Niño Guevara, gobernador de la península, expulsaron a los ingleses del territorio, culminando en la batalla de Bacalar en 1733.

Las acciones españolas en contra del comercio del palo de tinte hacia necesario la conclusión de acuerdos ya no en el ámbito comercial, sino en materia de explotación y comercialización del producto por parte de los ingleses. De esta manera, en 1763, durante el reinado de Carlos III, fue firmado el Tratado de París, que pone término a la guerra denominada de los Siete Años, por el que España recupera Filipinas y Cuba y permite a Inglaterra el corte de madera en la Bahía de Honduras, lo cual es el reconocimiento expreso inglés de la soberanía española en ese territorio. 

El 16 de junio de 1779 España declaró la guerra a Gran Bretaña, alegando, entre otras causas, los desmanes y excesos cometidos en la Bahía de Honduras. Los ingleses pierden posesiones en América del Norte (Mobila y Pensacola, capital de Florida), en las Antillas y en América Central. 

El 20 de enero de 1783 se firmaron los preliminares de paz; uno de los puntos más complicados fue el de los establecimientos ingleses en Belice. El artículo IV establece:
“Su Majestad Católica no permitirá en lo venidero que los vasallos de Su Majestad Británica sean inquietados o molestados bajo ningún pretexto en su ocupación de cortar y transportar el palo de tinte o campeche en un distrito cuyos límites se fijarán y, para este efecto, podrán fabricar sin impedimento y ocupar sin interrupción las casas y almacenes que fueren necesarios para ellos, para sus familias y para sus efectos, en el paraje que se concertará, ya sea por el tratado definitivo o seis meses después del canje de las ratificaciones, y Su Majestad Católica le asegura por este artículo el entero goce de lo que queda arriba estipulado; bien entendido que estas estipulaciones no se consideran como derogatorias en nada del derecho de su soberanía”.

Luego de extensas conversaciones entre los plenipotenciarios, fue firmado el Tratado definitivo de paz en Versalles, en el que se proclama la soberanía española sobre el territorio, delimita las actividades de los colonos británicos al establecer como límite de la concesión para la explotación del llamado Palo de Tinte un área de 4,804 kilómetros cuadrados, ubicada entre los ríos Hondo y Belice. 

En Europa se notaba la perspectiva de una paz duradera. España estaba interesada en complacer a Inglaterra esperando como compensación la devolución del Peñón de Gibraltar. Fue así que dos años después, se amplió la concesión mediante la Convención de Londres de 1786, cuyas características podrían resumirse en la reiteración de la soberanía española sobre el territorio y la ampliación de los derechos, no posesión, a los británicos, lo que se manifiesta en la extensión de los límites permitidos, libertad de cortar no solamente el palo de tinte sino cualquier otra madera, aprovechamiento de cualquier otro fruto o producción de la tierra en su estado natural y sin cultivo y derecho de ocupar la isla de Casina o St. George Key o Cayo Casina. Por la Convención se conceden 1,884 kilómetros cuadrados más de territorio, para llegar hasta el Río Sibún o Laguna Manate, al sur del Río Belice, que pertenecía en esa época a la Gobernación de Yucatán, Virreinato de la Nueva España. El permiso para explotar las riquezas de la selva comprendía una extensión total de 6,688 kilómetros cuadrados, con límites entre el Río Hondo por el norte y el Río Sibún por el sur.

No obstante que en el artículo 7 se prohíbe a los habitantes extranjeros (británicos) en el territorio la formación de un sistema de gobierno militar o civil, en 1787 llegó a Belice el primer superintendente inglés, Coronel Eduardo Marcos Despard, con el fin de establecer un gobierno y organizar la administración de justicia. A pesar de la prohibición de realizar ciertos cultivos, en marzo de 1789 el gobernador español permitió a cada residente sembrar hortalizas, legumbres, papas, maíz para su consumo. A esto debemos agregar que en 1790 Belice ya estaba fortificado, contrariando también los acuerdos previos.

En 1796 Europa se sumió en las guerras napoleónicas; las posesiones españolas en América fueron expuestas al ataque británico; Londres conquistó la Antilla francesa, en 1794; el cabo Holandés, en 1795, y la Trinidad española en 1797, el Reino Unido se fortalecía cada vez más como potencia naval, en contra del debilitamiento de Francia, España y la República Bátava, constituida por Bélgica y Holanda. España e Inglaterra se declararon la guerra en 1796.

Los choques armados entre españoles e ingleses culminaron en la Batalla de Cayo Saint George, el 10 de septiembre de 1798, cuando los colonos, apoyados por la corbeta inglesa Merlín, y habiendo fortificado debidamente la isla Cayo de San Jorge, sostuvieron una decidida resistencia contra las fuerzas españolas, que se vieron obligadas a retirarse a Campeche. La armada española fue derrotada, iniciándose el dominio abierto inglés en el territorio continental de Centroamérica, el cuál duraría 183 años.

Al término de la guerra de España y Francia contra Inglaterra, durante el reinado español de Carlos IV, fue suscrito el Tratado de paz de Amiens, el 25 de marzo de 1802, por el cual España pierde la isla de Trinidad, en tanto que Inglaterra se compromete a devolver a España todas las posesiones que hubiera ocupado durante la guerra, a excepción del emplazamiento entre los ríos Hondo y Sibún, al amparo de los tratados firmados.

El Tratado de Amiens sólo aseguró la paz por poco más de un año, de marzo de 1802 a mayo de 1803, cuando comienza la incertidumbre de una nueva guerra. En el establecimiento de Belice continuaban los preparativos contra España. Los leñadores solicitaron en reiteradas oportunidades protección a las autoridades de Jamaica ante la posibilidad de acciones que podrían ejercer los guardacostas españoles con los cargamentos de caoba.

El gobierno británico en repetidas ocasiones señaló que Belice no constituía parte de sus dominios. En 1805 el Vizconde de Castlereagh reconoció que el establecimiento en Belice quedaba dentro de territorio y jurisdicción extraña a la Gran Bretaña. Dos años después, en 1807, el Gobierno inglés prohibió el comercio de esclavos en dicha zona. El tratado de paz del 14 de enero de 1809 nada estipula sobre Belice.

Por el Tratado de Amistad y Comercio del 24 de agosto de 1814, España e Inglaterra renuevan la vigencia de los acuerdos de 1783 y 1786, con todas las restricciones. Los límites establecidos para Belice fueron respetados tanto por ambos países. El 3 de julio de 1816 el gobierno inglés decomisó un cargamento de madera por haber sido cortado fuera del límite estipulado para Belice. Hasta ese momento Inglaterra reconocía la soberanía española sobre la región.

El Parlamento Inglés reconoció en dos oportunidades, 1817 y 1819, que Belice no estaba en los límites y dominios de su Majestad Británica. 

Indepencencia de Guatemala

Cuando se fijaron las fronteras de los territorios de la Real Audiencia y Capitanía General de Guatemala con el virreinato de la Nueva España, Belice quedó circunscrito a la región de La Verapaz, bajo la jurisdicción de la Alcaldía Mayor de Verapaz, región Norte de Guatemala.

El 15 de septiembre de 1821 la Capitanía General de Guatemala se independizó del Reino de España y, con base en el principio del uti possidetis iure, se convirtió en heredera de los intereses y los derechos que la corona mantenía en la Capitanía, que comprendía el territorio de Belice. En esas fechas los ingleses aún no se extendían hacia el sur y no se habían establecido fuera de las fronteras acordadas con España, no obstante que ya incursionaban en los cortes de madera más allá del Río Sibún.

En julio de 1823, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica (que se unió en 1824) formaron las Provincias Unidas del Centro de América. Paralelamente a la unión de los países del Istmo, Gran Bretaña avanzaba sobre el territorio guatemalteco. En la primera Constitución del Estado de la Federación de Centro América de 1825, figura la provincia de Verapaz con costa sobre el Golfo de Honduras, al sur del Río Sibún, y a ella pertenecía Belice. 

La federación centroamericana terminó en 1839, y en la primera Constitución de la República de Guatemala, separada de la federación centroamericana, de 1843 se señala que “El Estado comprende los antiguos departamentos de Verapaz, Chiquimula, Sacatepéquez y Guatemala, y también los departamentos de Los Altos (incorporado al Estado por decreto de la Asamblea Nacional Constituyente del 13 de agosto de 1840)”, en dicha Constitución figura la Verapaz con costa sobre el Golfo de Honduras, que corresponde a la parte sur del territorio de Belice.

En 1840 Inglaterra estableció en Belice un Consejo Ejecutivo; en 1854 se decretó la primera Constitución para Belice y una Asamblea Legislativa exclusiva para ingleses, la que no permitía el acceso a los nativos de origen maya o negro; en 1859 formó la British Honduras Company y en 1862 convirtió a la región en colonia de la British Honduras Company, poniendo al frente del gobierno a un teniente gobernador que dependió de Jamaica hasta 1884, en que la colonia pasó a ser gobernada autónomamente. Inglaterra estableció un gobierno en todo el territorio ocupado en 1868 y en 1871 Honduras Británicas fue declarada colonia de la corona inglesa. 


Delimitación territorial 

Los límites entre Guatemala y Honduras Británicas quedaron fijados en la Convención de Límites del 30 de abril de 1859 firmada entre Guatemala y Reino Unido. Esta Convención fue ratificada por el presidente guatemalteco al día siguiente. La frontera en la Bahía de Honduras se iniciaría en la boca del Río Sartoon, en la Bahía de Honduras y correría a lo largo del río por su punto medio hasta los Raudales de Gracias a Dios, de donde giraría a la derecha, hacia el norte, continuando en línea recta hasta los raudales de Garbutt, en el Río Belice, y desde ahí hacia el norte, derecho, hasta donde toca con la frontera mexicana. El territorio ubicado al norte y al este de la citada línea de límites pertenecería a Inglaterra y el territorio al sur y oeste de la misma pertenecería a Guatemala. De hecho esta Convención cedió territorio guatemalteco a Inglaterra ya que una limitación únicamente se da cuando existen dos soberanías yuxtapuestas y no era el caso en Belice, en la que existía permisos para la presencia de leñadores británicos pero la soberanía residía primeramente en España y luego, por el principio de uti possidetis iure, a Guatemala. 

En 1884 el gobierno de Guatemala denunció la Convención y exigió la reincorporación del territorio de Belice; la denuncia fue ratificada por el Congreso de la República en 1946.

Reclamaciones guatemaltecas

En 1933 Inglaterra exigió a Guatemala concluir con la demarcación de la frontera. Ante ello, el gobierno guatemalteco propuso la devolución de la comarca a cambio de 400 mil libras; si ello no era aceptado, Inglaterra podría comprarla por el mismo precio, pero sin incluir la parte sur, que corresponde al territorio de la Verapaz, así como los cayos de Zapotillo. Esta propuesta fue rechazada.

Cuatro años después, Guatemala propuso acudir a un arbitraje. En 1938 los ingleses declararon que no tenían obligación pendiente con Guatemala y consideraban como frontera la que ellos habían definido. El gobierno guatemalteco editó el llamado Libro Blanco, que es el compendio histórico de la controversia.

La Constitución guatemalteca de 1945 (derogada por el golpe de estado de 1982) estableció que Belice era parte del territorio guatemalteco y en 1946 el Congreso declaró la caducidad del tratado de límites e hizo la denuncia internacional. Ese año, Inglaterra respondió que de acuerdo con el artículo 36 de la Carta de las Naciones Unidas, la controversia debería ser sometida a la Corte Internacional de Justicia, situación que fue aceptada, bajo el entendido de que se planteara de acuerdo con la modalidad de equidad, que analizaría aspectos jurídicos e históricos, lo que fue rechazado por Inglaterra.

En la Declaración de principios de convivencia centroamericana, firmada en Guatemala el 24 de agosto de 1945 por representantes de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, se rechaza la supervivencia del coloniaje en América y se expresa que el territorio de Belice es parte integrante de Guatemala.

Con base en el mandado establecido en la Resolución XXXIII de la IX Conferencia Internacional Americana celebrada en abril de 1948, la Comisión Americana de Territorios Dependientes reunida en La Habana en 1949, redactó una lista de colonias o territorios coloniales, a saber: Groenlandia; Antillas francesas; las Guayanas francesa, británica y holandesa; Isla de Clipperton, Antillas holandesas, Antillas menores británicas, Bahamas, Barbados, Jamaica y dependencias y Trinidad y Tobago; así como los territorios ocupados: Belice, Islas Malvinas, Islas Georgia y Sandwich del Sur y la Antártida argentina.


Independencia de Belize

En 1961 Belice adoptó un sistema ministerial de gobierno y en 1964 conquistó la autonomía interna; fue promulgada la Constitución por la que se crea una Asamblea Legislativa de 18 miembros electos y 6 representantes oficiales; siete miembros electos formaban una especie de Ministerios, con un Primer Ministro que cumplía las funciones del anterior Gobernador. 

Al anunciarse la futura independencia de Belice, en 1963, Guatemala anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Reino Unido, las cuales se reanudaron 23 años después, en diciembre de 1986.

Una comisión de arbitraje estadounidense propuso en 1968 que Inglaterra y Guatemala reconocieran la independencia de Honduras Británicas, que a partir del 1º de junio de 1973 pasó a llamarse Belice. En enero de 1972 Inglaterra realizó pruebas militares en las proximidades de Belice, en lo que se interpretó como el deseo de dejar constancia de su soberanía sobre ese territorio.

El 11 de marzo de 1981 el ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala, Rafael Castillo Valdés y el Primer Ministro de Belice, George Price, firmaron en Londres las Bases de Entendimiento para lograr el arreglo negociado y definitivo de la controversia. El acuerdo consta de 16 puntos para la futura independencia de Belice a cambio de algunas concesiones al régimen guatemalteco, como el libre y permanente acceso al Océano Atlántico, la exploración conjunta del fondo marino, la construcción de oleoductos y un convenio "antisubversivo".


La Constitución de Belice, promulgada el 20 de septiembre de 1981, reconoce que los límites de su territorio son los prescritos en la Convención de Límites de 1859. Un día después, el 21 de septiembre, Belice proclama su independencia en el marco de la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth): el monarca británico sigue siendo el Jefe de Estado constitucional representado por el gobernador general, que debe ser belicense. Unas 1,800 tropas británicas permanecieron en el lugar para asegurar el respeto de las fronteras.

En septiembre de 1991 Guatemala reconoció a Belice como Estado independiente y a su pueblo el derecho de autodeterminación, pero nunca renunció al diferendo territorial, toda vez que, sostiene, no existe documento alguno que reconozca la existencia de una frontera. Este reconocimiento permitió a las tropas inglesas iniciar su retirada en 1994 y la concesión a Guatemala de libre acceso al golfo de Honduras.
En 1995, la Ministra de Relaciones Exteriores, Maritza Ruiz de Vielman, envió a la ONU una reserva, en la que se reconoce la independencia y el derecho a la autodeterminación de Belice, más no su territorio, porque Guatemala no había resuelto su reclamo al diferendo territorial.

En 1996 la Corte de Constitucionalidad de Guatemala emitió un fallo en el que señaló que la ratificación de la Convención de Límites de 1859 por parte del ejecutivo guatemalteco, violó la Constitución vigente en ese entonces, ya que únicamente le permitía firmar acuerdos de alianza, amistad y comercio. Un año después, la Corte resolvió declarar nulo el convenio de 1859, por incumplimiento; por consiguiente, Guatemala presentó un reclamo para que se le restituyera el territorio, que según su visión, le estaba siendo usurpado.

En octubre de 1999 Guatemala hizo llegar al gobierno de Belice el planteamiento de someter el caso a una instancia internacional, arbitraje o decisión judicial, a fin de encontrar una solución definitiva, al reclamo guatemalteco: devolución de la comarca que formó parte de la provincia de La Verapaz.

Guatemala reclama a Belice la devolución de 12,272 kilómetros cuadrados,  —más de la mitad de su territorio de 22,965 kilómetros cuadrados,— de una franja territorial sin demarcar que considera suya, así como varios cayos y una salida al Mar Caribe. Belice rechaza el pedido y argumenta que ese territorio le corresponde y está delimitado por su Constitución, aprobada en 1981, cuando el país se independizó de Gran Bretaña.


Guatemala ha mantenido constantemente sus reivindicaciones sobre el territorio de Belice, primero sobre la parte meridional y luego sobre la totalidad del mismo, al sostener que había heredado de la corona española la soberanía, por lo que no reconocía la frontera entre Guatemala y Belice. 

Por otra parte, Belice es un país soberano e independiente, con territorio claramente definido en la Constitución y reconocido por la comunidad internacional, las Naciones Unidas, la OEA y los países de todo el mundo. Esto a Guatemala le parece injusto, ya que no se toman en cuenta antecedentes históricos. Por esta razón, Belice está de acuerdo en facilitar a Guatemala la entrada a sus puertos que tienen salida al mar pero no están dispuestos a negociar su territorio. Siguen registrándose incidentes entre ambos países y un enfrentamiento a gran escala continúa latente.

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viernes, 16 de septiembre de 2016

Cine e historia - "La Noche de los Lápices"


Título original: La noche de los lápices
Año: 1986
Duración: 106 min.
País: Argentina
Director: Héctor Olivera
Guión: Héctor Olivera, Daniel Kon (Libro: María Seoane, Héctor Ruiz Núñez)
Productora: Aries Cinematográfica
Reparto: Alejo García Pintos, Vita Escardó, Pablo Novak, Adriana Salonia, Pablo Machado, José María Monje, Leonardo Sbaraglia, Héctor Bidonde, Tina Serrano, Lorenzo Quinteros
Música: José Luis Castiñeira de Dios

La película circula mucho por dos veredas. La del horror y la del sentimentalismo. La del horror obviamente reflejado en las gráficas escenas de tortura y abuso por parte del ejército. Todas ellas desarrolladas sin ninguna clase de pudor, pero también sin efectismos, sin caer en el morbo innecesario, mostrando solamente lo indispensable, para hacernos ver la barbarie a la que estos chicos fueron sometidos.

El lado sentimental de la película va por las escenas en que a todos ellos se los ve juntos, compartiendo su encierro, compartiendo el miedo y la miseria de su cautiverio. Así como también las desesperadas secuencias en que la familia de Claudia trata de dar con su paradero. Remarcables y estremecedoras son las secuencias en que los prisioneros cantan canciones de Sui Generis (“Canción para mi muerte”, primero y “Rasguña las piedras”, después) no sólo por el contexto en el que se desarrollan, sino también por el manejo del montaje y de los tiros de cámara por parte del director.

Escena de la película
Una de esas cintas que son indispensable, sobre todo para poder conocer un poco más de la historia de esta Latinoamérica tan dañada por las cicatrices aún latentes de nuestro pasado. Porque es más que necesario revisar nuestro pasado, para no cometer los mismo errores en el futuro.

El mundo debe saber qué barbaridades han sido capaces de llevar a cabo algunos gobiernos, y es por ello que no se puede dejar pasar la ocasión de ver una película como ésta, basada en hechos reales, que por supuesto, tiene algunos pequeños cambios por motivos argumentales que no alteran el espíritu ni la veracidad de lo acontecido.


La historia
El 16 de septiembre de 1976 diez estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nº 3 de la Plata son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Tenían entre 14 y 19 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que calificó al suceso como lucha contra "el accionar subversivo en las escuelas".

La crueldad no tenía límites en aquella Argentina ocupada de 1976 y esto estaba lejos de ser un defecto para los usurpadores del poder y sus socios civiles. Era para ellos una de sus virtudes aquella decisión “inclaudicable” de reorganizarnos, de llevarnos por la “senda de grandeza”, aquellos “objetivos sin plazos”,  “el tiempo y esfuerzo, esenciales para cualquier logro”, el “achicar el Estado es agrandar la Nación” y todo esa palabrería hueca que escondía el vaciamiento del país y la peor matanza de la historia argentina.

Aquella matanza contó con el aval explícito del Departamento de Estado de los Estados Unidos, como lo recordaba el ex embajador en nuestro país Robert Hill: 
“Cuando Henry Kissinger llegó a la Conferencia de Ejércitos Americanos de Santiago de Chile, los generales argentinos estaban nerviosos ante la posibilidad de que los Estados Unidos les llamaran la atención sobre la situación de los derechos humanos. Pero Kissinger se limitó a decirle al canciller de la dictadura, almirante César Guzzetti, que el régimen debía resolver el problema antes de que el Congreso norteamericano reanudara sus sesiones en 1977. A buen entendedor, pocas palabras. El secretario de Estado Kissinger les dio luz verde para que continuaran con su ‘guerra sucia’. En el lapso de tres semanas empezó una ola de ejecuciones en masa. Centenares de detenidos fueron asesinados. Para fin del año 1976 había millares de muertos y desaparecidos más. Los militares ya no darían marcha atrás. Tenían las manos demasiado empapadas de sangre”.
El general-presidente Jorge Rafael Videla quiso convertir aquella masacre en una incógnita declarando que el desaparecido “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desparecido”. La elección de la palabra no es aleatoria, es perversa en boca del verdugo, que no tenía ninguna duda sobre el destino de los prisioneros políticos y exhibía en público el terrible método elegido para atormentar aún más a los familiares: crear la incógnita sobre el destino de su ser querido. Aquel desconocimiento era parcial porque el horizonte del grupo familiar que sufría la pérdida era dramático y no era tan incógnito el destino sufrido por la víctima como conocer el lugar de detención y poder saber si seguía con vida. Sobre el resto no había incógnitas, había certezas, dolor, soledad y búsqueda incesante.

En aquel panorama la represión en los colegios secundarios fue muy dura, y apuntó a terminar con el alto nivel de participación política de los jóvenes en los centros de estudiantes y en las agrupaciones políticas.

Las invitaciones a vigilar y castigar pasaban de la conferencia de prensa a la sala de torturas y a la muerte. Muchos colegios secundarios del país tienen hoy placas conmemorativas de sus alumnos desaparecidos.

El hecho emblemático, “didáctico” de aquel terrorismo de Estado fue el que pasó a la historia como “la Noche de los Lápices”, aquella noche del 16 de septiembre de 1976 -21 aniversario del derrocamiento del primer peronismo por la autodenominada Revolución Libertadora- en la que fue secuestrado un grupo de jóvenes militantes secundarios de la ciudad de La Plata y alrededores. La que había sido la ciudad Eva Perón era ahora el reino del general Ibérico Saint James, autor “literario” de la inolvidable frase: 
“Primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos”.
En la corte de Saint James había personajes de la talla del general Camps y su mano derecha -curiosidades de la literalidad- el comisario Miguel Etchecolatz. Director de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Las órdenes de detención habían sido libradas por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército y llevaban las firmas de Fernández y del coronel Ricardo Eugenio Campoamor, jefe del Destacamento de Inteligencia 101. Lo más llamativo de las mismas es que, en todos los casos, se les asignó grado de peligrosidad mínimo a los estudiantes. Los secuestros fueron llevados a cabo por miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en aquel entonces por el general Ramón Camps. Fueron ellos los responsables directos del secuestro, tortura y muerte de estos jóvenes, para los que nadie reclama inocencia según los parámetros de una dictadura culpable por naturaleza y que salen honrados de la vergonzosa afirmación que aún hoy campea por estas tierras, ese “algo habrán hecho” que tanto daño hizo y hace.

Claro que hicieron algo, mucho. La mayoría de ellos provenían de hogares de clase media, no tenían problema en pagar el boleto de colectivo, pero sabían que había muchos de sus compañeros que no, que ya a esa corta edad tenían antigüedad en sus trabajos y que había que conseguir el boleto estudiantil para todos.


Comenzaron a organizarse en cada colegio y del colegio al barrio y de ahí a la zona y nació así la Coordinadora de Estudiantes Secundarios que nucleaba a miles de ellos de todos lados y logró arrancarle al gobierno de Isabel aquel derecho. Fueron días de festejo acotado, corrido por gases y vigilado de cerca por la Triple A.

Producido el golpe, la estrategia fue suspender en agosto de 1976 la vigencia del boleto estudiantil y esperar la protesta y que los estudiantes volvieran a luchar por lo que les correspondía. Las razzias duraron dos meses y el pico de detenciones se produjo aquella noche de septiembre.

Recuerda Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de aquel horror que: 
“Hay un documento de la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que se llama específicamente “La Noche de los Lápices”. 
Ese documento, firmado por un comisario mayor Fernández, en ese momento asesor del Consejo del general Camps y Etchecolatz, hablaba de que luego de desarticulados política e ideológicamente los sectores “subversivos” como universitarios, barriales, trabajadores, la piedra angular eran los “potenciales subversivos”, que eran los estudiantes secundarios que eran líderes en sus escuelas. Ellos hablaban de “semillero”, de “potenciales subversivos”.

Etchecolatz en el tribunal: condenado a Prisión perpetua

















Ramon Camps: Condenado por 73 casos de tormentos seguidos de asesinatos. Antisemitismo. Acusado de 214 secuestros extorsivos con 47 «desapariciones», 120 casos de tormentos, 32 homicidios, 2 violaciones, 2 abortos provocados por torturas, 18 robos y 18 sustracciones de menores. Fallecido en 1994
Los jóvenes secuestrados en aquella “Noche de los lápices” fueron arrancados de sus casas en la madrugada y llevados inicialmente a la “División cuatrerismo” de la policía bonaerense, donde funcionaba el centro clandestino de detención conocido como “Arana”. De allí pasaron a la División de Investigaciones de Banfield, tristemente célebre como el “Pozo de Banfield”.

Allí conocieron el horror en toda su expresión: 
“Nosotros, en el Pozo de Banfield, éramos adolescentes que teníamos a nuestro cuidado mujeres embarazadas. En el período en que nosotros estuvimos, desde septiembre a diciembre de 1976, fuimos testigos de tres partos. A nosotros, que teníamos entre 15 y 17 años, nos ponían en un calabozo con una compañera embarazada a punto de dar a luz y cuando ellas empezaban con trabajo de parto teníamos que golpear fuertemente la celda. Estábamos en el tercer piso y hoy se sabe que en el segundo piso de donde estábamos nosotros estaba la sala de parto del médico (Jorge) Bergés. Tuvimos tres situaciones de ésas. Golpeábamos la celda, las venían a buscar y después escuchábamos el llanto del bebé. Nosotros, tanto los adolescentes que estábamos en el traslado final como las mujeres embarazadas, a las que el único cuidado apuntaba a lo que tenían dentro de la pancita, éramos residuos. Como tales, éramos mantenidos. No teníamos un destino presupuesto”.
Allí padecieron la tortura, simulacros de fusilamiento y el vano intento de imponerles otra mentalidad, la forma correcta de “procesar” aquel país y aceptarlo tal cual era en 1976, un país atendido por sus dueños. Tuvieron sus cuerpos pero no su obediencia. Como dicen las pancartas de los estudiantes de hoy, aquellos lápices siguen escribiendo.

El caso tomó notoriedad pública en 1985, luego del testimonio de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, en el Juicio a las Juntas. Además Díaz participó de la creación del guion que llevó la historia al cine días antes de cumplirse una década de lo ocurrido, en el filme homónimo. Cuatro de los estudiantes secuestrados sobrevivieron a las posteriores torturas y traslados impuestos por la dictadura.

Las víctimas

  • Claudio de Acha (17 años) desaparecido desde el 16 de septiembre. Alumno del Colegio Nacional Hernández. Desde 2004 un aula del mismo lleva su nombre. 
  • Gustavo Calotti (18 años secuestrado el 8 de septiembre, sobreviviente. Aunque fue secuestrado antes que el resto, se le considera un sobreviviente puesto que varios de los secuestrados eran sus ex compañeros de secundaria y pasó con ellos meses de prisión y tortura clandestina.
  • María Clara Ciocchini (18 años) desaparecida desde el 16 de septiembre. Fue secuestrada junto con María Claudia Falcone.
  • Pablo Díaz (19 años) Secuestrado el 21 de septiembre. Sobreviviente. En 1985 hizo público el caso en el Juicio a las Juntas.
  • María Claudia Falcone (16 años) Desaparecida desde el 16 de septiembre. Fue secuestrada en casa de su tía abuela junto a María Clara Ciocchini, quien era oficial de Montoneros y superior jerárquica de Maria Claudia, que en ese momento era aspirante en la organización. Hacía sólo un mes que había cumplido 16 años.
  • Francisco López Muntaner (16 años) Desaparecido desde el 16 de septiembre.
  • Patricia Miranda (17 años) Secuestrada el 17 de septiembre. Sobreviviente. Era una estudiante de Bellas Artes sin militancia política alguna y tampoco había participado de los reclamos por el boleto estudiantil. Estuvo en los centros clandestinos de detención de Arana, Pozo de Quilmes, Valentín Alsina y en la cárcel de Devoto, donde quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional hasta marzo de 1978.
  • Emilce Moler (17 años) Secuestrada el 17 de septiembre. Sobreviviente
  • Daniel A. Racero (18 años) Desaparecido desde el 16 de septiembre. Fue secuestrado en casa de Horacio Ungaro.
  • Horacio Ungaro (17 años) Desaparecido desde el 16 de septiembre






miércoles, 14 de septiembre de 2016

Las leyes de Núremberg

Hitler hablaba en su libro "Mein Kampf" de la existencia de razas superiores y razas inferiores. El pueblo alemán pertenecía al primer grupo. Estimaba especialmente peligrosa la raza judía, a la que calificaba como degenerada y causante de gran parte de los males de Alemania, una lacra social insertada en el pueblo alemán y que debía ser "extirpada como un tumor cancerígeno", tal como explicaba en su libro.

Ya en 1920 el programa de 25 puntos del  Partido Obrero Alemán anunciaba en su punto 4:
Únicamente los ciudadanos disfrutarán de los derechos civiles. Para ser ciudadano hay que ser de sangre alemana, la confesión religiosa importa poco. Ningún judío puede, sin embargo, ser ciudadano.
A partir de la instauración de la Alemania nazi, la nación fue dividida en dos categorías principales: el Volksgenossen (compañeros de la nación) y el Gemeinschaftsfremde (residentes). Dentro de esta última categoría, estaban incluidos los ciudadanos de nacionalidad judía.

Para evitar su contaminación y conservar la pureza racial era menester proceder a una profunda segregación.

Las leyes de Núremberg no fueron las primeras en el proceso de segregación legal al que fue sometido el colectivo judeoalemán desde la misma ascensión de Hitler al poder en 1933, sino más bien, un eslabón -importante- de una larga cadena de productos jurídicos emanados del régimen nazi, que continuaron en los años siguientes y se aceleraron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Fueron sancionadas en 1935, durante el séptimo congreso anual del NSDAP (Reichsparteitag) celebrado en la ciudad de Núremberg, apenas dos años después del ascenso de Hitler al poder en Alemania, mucho antes de la Conferencia de Wansee en enero de 1942, cuando funcionarios de alto rango del gobierno alemán y del partido nazi se reunieron con el fin de debatir la "Solución final al problema judío en Europa.

Su génesis se dio el 13 de septiembre de 1935, fecha en que Hitler ordenó que en dos días se redactase una norma tendiente a proteger la sangre y el honor alemanes. Se reunieron numerosos funcionarios, la mayoría abogados, de distintas dependencias, que se pusieron a trabajar inmediatamente. Dos días después, la norma estaba sancionada y publicada oficialmente.

Lösener y Stuckart 
En ella tuvieron especial desempeño dos letrados, el Secretario de Estado del Ministerio del Interior, Dr. Wilhelm Stuckart y su experto en asuntos judíos, Dr. Bernhard Lösener. Este último, que para esa época tenía 33 años, fue autor de no menos de 27 decretos antijudíos durante la vigencia del nazismo (es interesante señalar que tras la caída del régimen, Lösener estaba en libertad ya en 1949 y que volvió a la función pública en Colonia).

La sanción de esta legislación fue precedida de una amplia difusión, y al momento de su sanción, fue acompañada por una gran campaña de prensa oficial, que aplaudía la decisión del Führer de separar arios de judíos en el seno de la comunidad alemana.


Esta producción normativa constante estuvo dirigida unívocamente al paulatino desmantelamiento de las libertades y garantías ciudadanas, consagradas del Estado de Derecho heredado de la República de Weimar, y a reemplazo por un Estado policial que se fue librando de todo tipo de controles o límites en el ejercicio del poder, y tuvo su punto de partida en 1933 con la aprobación por parte del Parlamento alemán (Reichstag) y a pedido del Führer, de una ley de emergencia por la cual se echó mano del artículo 48 de la Constitución alemana (diseñada en el período democrático precedente) que autorizaba la suspensión transitoria de derechos y garantías ciudadanas ante la puesta en peligro de las bases del Estado y de la sociedad. Este estado de excepción, supuestamente transitorio, se mantuvo hasta el 8 de junio de 1945. Hitler ni se molestó durante su régimen en derogar aquella Constitución liberal. 

Bajo el amparo de este estado de excepción, ese mismo año se sancionó la “Ley sobre el delincuente habitual”, la primera importante reforma del Código Penal, que consagró un sistema muy amplio de derecho penal, que proporcionó la primera población de “enemigos” (entre ellos, los judíos, pero también comunistas, socialdemócratas, liberales, mendigos, reincidentes, homosexuales, etc.) para los recién instalados campos de concentración, como el de Dachau, en las afueras de Munich. 

Ese mismo año, la “cláusula aria” de la “Ley del Servicio Civil” obligó a la expulsión de jueces, abogados y profesores universitarios judíos de sus actividades, así como del resto de la administración pública. 

También fue importante la “Ley contra la Masificación de los Colegios Alemanes”, promulgada el 25 de abril de 1933, que redujo al 1,5 % la cuota de aceptación de judíos en colegios y universidades, ya que -sostenían los nazis- ése era el porcentaje de la población total judeoalemana (en 1938 la expulsión sería total). 

Por supuesto, detrás de estas leyes había una enorme burocracia puesta al servicio del poder estatal autoritario. Los más dedicados a estos temas actuaban en el marco del Ministerio del Interior y del Ministerio de Justicia. Ambas carteras contaban con expertos en asuntos de legislación judía -que participaron activamente en los decretos antijudíos-, pero también los había en Economía, en Asuntos Extranjeros y en la propia Cancillería del Reich.

El comienzo para la persecución de los no arios comenzó con la promulgación de la "Ley de Ciudadanía del Reich"  y la "Ley para la Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán", conocidas como las Leyes de Núremberg del 15 de Septiembre de 1935. Fueron necesarias ulteriores aclaraciones, en especial, porque no se definía quién debía considerarse “judío” desde el punto de vista jurídico. En la "Primera Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich", fechada el 14 de noviembre de 1935, aclaraba el punto y además estableció un método automático que separaba a los judíos en distintas categorías. Estas frías y calculadas especificaciones tendientes a definir quién era “judío” en sentido técnico-legal, ni bien entrada en vigor la legislación el 1º de enero de 1936, fueron rápidamente asumidas por la maquinaria burocrática estatal puesta al servicio de la persecución de esta colectividad, y luego sería copiada fielmente en casi todos los territorios anexados, conquistados o bajo regímenes aliados a Hitler. 

La clasificación sobre la arianidad o no de un ciudadano alemán dependía básicamente del origen de los cuatro abuelos (dos paternos y dos maternos); en función de esta base discriminatoria se desprende que:
  • Judío: Mínimo de tres abuelos judíos al margen de la religión que se procesase.
  • Mischlinge (mestizo): Primer grado con uno o dos abuelos judíos, mitad judío. En función de la arianidad del cónyuge el ciudadano mestizo podría obtener un "Certificado de Sangre Alemana Limpia" (Deutschbluutigkeitserklarung). Un mischlinge de segundo grado era aquel ciudadano con un sólo abuelo judío y quedaba exento de recibir "tratos discriminatorios".
Las líneas siguientes que las detallan dan una idea del despertar hacia el incipiente Holocausto:


Ley para la protección de la Sangre y el Honor Alemán

Esta ley declaraba, entre otros asuntos:
  • Los matrimonios entre judíos y ciudadanos de sangre alemana o afín quedan prohibidos. Los matrimonios efectuados en contravención a esta Ley son nulos, aún si, con el propósito de evadir esta Ley, fueran efectuados en el extranjero. (...)
  • Las relaciones sexuales fuera del matrimonio entre judíos y nacionales de sangre alemana o afín quedan prohibidos.
  • No se permite a los judíos emplear mujeres de sangre alemana o afín como sirvientes domésticos.
las cortes llegarían a juzgar que el intercambio sexual no tenía porqué llegar a consumarse para desatar las previsiones criminales de la ley: El razonamiento en estos casos era que la ley protegía no sólo la sangre sino también el honor, y un alemán, específicamente una mujer alemana, era deshonrada si un judío se le aproximaba o la provocaba sexualmente de cualquier manera”

Fotografía de un periódico de la época: Un hombre judío y una mujer cristiana siendo humillados públicamente después de haber confesado haber mantenido relaciones sexuales

Ley de Ciudadanía del Reich

Esta ley, establecía entre otros aspectos que
  • Sólo los ciudadanos del Reich, como portadores de derechos políticos completos, ejercen el derecho de votar en asuntos políticos o tener puestos públicos. (...)
  • Un judío no puede ser ciudadano del Reich. No tiene derecho a votar en asuntos políticos y no puede ocupar puestos públicos. Los funcionarios públicos judíos deberán retirarse al 31 de Diciembre de 1935. Si esos funcionarios sirvieron en el frente en la guerra mundial, por Alemania o sus aliados, ellos recibirán como pensión, y hasta que alcancen el límite de edad, la pensión a la cual tenían derecho de acuerdo al último salario que recibieron. (...)
El decreto policial concerniente a la identificación de los judíos del 1 de septiembre de 1941 establecía que a los judíos sobre la edad de seis años se les prohibía mostrarse en público sin la Estrella Judía, consistente en una estrella de seis puntas de tela amarilla con bordes negros, equivalente en tamaño a la palma de la mano. incluyendo la inscripción "Jude". Asimismo, se les prohibía abandonar su área de residencia sin portar sobre su persona el permiso escrito de la policía local y portar medallas, ornamentos u otras insignias.

No sólo Alemania, sino todo el mundo supo de la entrada en vigor de esta legislación abyecta. Prácticamente no hubo críticas ni condenas, sino todo lo más, un distanciamiento de la cuestión, señalándose que se trataba de una cuestión de política doméstica de Alemania, que no pasaría a mayores consecuencias. La convocatoria del régimen nazi al año siguiente, en oportunidad de ser Berlín sede de los Juegos Olímpicos, (dónde no se les permitiría participar a los atletas judíos) no deja lugar a dudas al respecto.

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lunes, 5 de septiembre de 2016

Cleopatra VII, reina de Egipto

Fue la séptima reina de Egipto de igual nombre: Antes de ella, hubo otras seis Cleopatras. Ninguna la superó en inteligencia, visión política, astucia, capacidad de mando, seducción y sentido práctico. 


Cleopatra Filopátor Nea Thea, o Cleopatra VII Fue la primera y única faraona no egipcia -había nacido en Macedonia en el 69 aC- que se molestó en aprender el idioma de sus vasallos. Era políglota y no necesitaba intérpretes ni traductores para comunicarse personalmente con etíopes, árabes, sirios, medos y partos. Hablaba fluidamente en todas esas lenguas y tenía gran facilidad de aprendizaje de varias más, en tanto sus predecesores en el trono egipcio apenas si habían sabido manejarse en el dialecto griego de Macedonia, que ni siquiera era el griego de origen, sino un fárrago de inflexiones por momentos indescifrables. En cambio, Cleopatra estudió el griego clásico con severos profesores de Atenas, y también leía, escribía y hablaba el latín con envidiable naturalidad.

Su padre, Ptolomeo XII redactó un testamento, cuya copia envió a su "padrino" romano, el poderoso Pompeyo, designando a Cleopatra VII como su legítima sucesora, para que muy pronto gobernara Egipto junto con su hermano y marido Ptolomeo XIII. Esto último, sólo aclarado a efectos de evitar nuevas "luchas del escorpión", como se le llamaba al derramamiento de sangre entre familiares de la alta realeza. Es que Berenice IV, otra hermana de Cleopatra, quedaba excluida de esta herencia, y era mejor prevenir que curar, porque entre ellas no se llevaban nada bien.

Tenía apenas 18 años cuando se ciñó la corona real, medio siglo antes del nacimiento de Jesucristo. Y nunca fue vieja: vivió sólo hasta los 39 años. De ahí que a Cleopatra VII se la recuerde tal como lo hacen las monedas acuñadas en su época, actualmente exhibidas en el Museo de Alejandría: serena y bella, de ojos enormes, con un cuello largo y delgado, y un porte pulcro y elegante, delicado y fuerte a la vez.

Así como la visualización de Cleopatra VII resulta esencial para narrar su peculiar historia, no menos importante es describir la por aquel entonces capital absoluta de Egipto, donde el cuerpo perdido de Alejandro reposa hoy sin tumba ni paradero, acaso bajo las piedras de una Alejandría tan exclusiva y tan excluyente que fue llamada "la Ciudad", a secas. Por decirlo sintéticamente: tras unos 3.000 años de faraones egipcios, unos 300 años antes de Cristo llegaron los Ptolomeos y, después de Cleopatra, Roma administró esa "colonia" por casi 400 años más. 

Una idea subyacente, y para nada disparatada, es que, de haber triunfado Cleopatra y no Roma, Alejandría habría sido la sede de un "imperio mediterráneo" con una monarquía helénica que habría expandido y sostenido mucho mejor ese ya de por sí bello, culto y rico escenario histórico. Pero, como se verá, Cleopatra perdió la batalla final. Y el mundo volvió a cambiar. 

Digamos que en el invierno del año 332 a.C., habiendo conquistado ya Siria y Palestina, las tropas de Alejandro habían entrado sin resistencias en la antigua patria de los faraones y aceptado su rendición incondicional. Por entonces, Egipto era un país autárquico y escasamente integrado a sus vecinos del Mediterráneo, y a los 24 años el emperador macedonio vislumbró la oportunidad de crear un extraordinario enclave, según un dato aparecido por primera vez en La Odisea de Homero: 
-Una isla llamada Faros en las agitadas aguas de la desembocadura del río Nilo. Hay allí un buen puerto donde los marinos pueden proveerse de agua... 
Alejandro le encargó al famoso arquitecto Dinócrates la construcción de un puerto único, con un faro que sería una de las siete maravillas del mundo en la isla del caso y un enorme espigón uniéndola a la ciudad costera, con canales para las embarcaciones pequeñas y puentes, calles, plazas, templos y edificios públicos. Y una avenida principal jamás vista: 300 metros de ancho y casi 5 kilómetros de largo, atravesando Alejandría. 


Según la tradición Alejandro Magno fue enterrado en algún lugar de Alejandría, en un cruce de caminos de las calles principales.

A mediados del siglo 1 a.C., cuando los sucesivos y nefastos Ptolomeos le cedían su postrer cetro a nuestra Cleopatra, Alejandría era la ciudad más moderna del mundo conocido. Mientras que Roma era un emplazamiento de "nuevos ricos" con abundantes bolsones de mendicidad, aguas servidas y sucios cuarteles militares, Alejandría era pulcra, ordenada y pacífica.

Alejandría era algo más que un puerto de lujo. Y no sólo por ser el mayor centro industrial de manufactura del papiro, sino también del vidrio y de las telas, de los lienzos y pigmentos, d.-las piedras preciosas y drogas medicinales, anticipándose los alejandrinos en eso que siglos más adelante Occidente llamaría "producción masiva" o "en serie", y en la importación de materias primas y la exportación de mercaderías elaboradas.

Pero, ¿por qué sufría Cleopatra, incluso mucho antes de ser reina? Porque entendía que Alejandría era Egipto, y que Egipto no era una nación libre, sino un protectorado romano a merced de impuestos, deudas y hasta tropas extranjeras. Es muy difícil desbrozar la enredada trama de intereses en pugna dentro del poder real alejandrino. En principio, uno de los máximos acreedores de Egipto era un financista enormemente rico y muy voraz, llamado Rabirio Póstumo. El Ptolomeo a cargo del trono no tuvo mejor idea que pagarle lo adeudado nombrándolo ministro de Hacienda del reino, sin importarle que fuera romano ni que su "plan de emergencia" fuese aumentar los impuestos arbitrariamente, para recuperar sus inversiones personales.

Pero, ¿de dónde le venía ese sentimiento nacionalista a Cleopatra? Tal vez de su educación republicana con sus profesores helénicos. Quizá de su desprecio por la grosería de la soldadesca romana. Acaso de su permanente contacto con la gente sencilla de su variopinto pueblo. Porque si algo hacía a escondidas, además de sufrir, era escaparse del Palacio cubierta de pies a cabeza con un rebozo árabe, y deambular por las calles bajas de Alejandría.

En la primavera del 51 a.C. Ptolomeo el Flautista se murió. La hora de Cleopatra había llegado. Acababa de cumplir sus 18 años y estaba más que lista para gobernar. Sólo tenía una contra: debía compartir el mando con su hermano Ptolomeo XIII, de 10 años, con quien estaba oficialmente casada, por pesado lastre de una tradición faraónica que no sólo admitía sino que incluso prescribía el incesto como garantía dinástica. Así las cosas, los Ptolomeos habían asumido y prolongado esa milenaria norma egipcia, pero tomando además amantes que no eran sus hermanos ni sus hermanas, engendrando más hijos ilegítimos y confundiendo la línea de sangre hasta límites improbables. De ahí que los antiguos faraones propusieran el sistema matrilineal: la línea de descendencia femenina, que podía ser comprobada por el simple embarazo y el parto observado, de manera que su hijo o hija fuese rey o reina sin duda ni disputa alguna... Claro que el problema no era él, sino ese descomunal "consejo de tutores" supuestamente designado para velar por los intereses del rey niño. Y bien sabía ella cuáles eran los "intereses" de esa burda pandilla de inútiles: la intriga, la corrupción, el juego, el ocio, los vicios

Uno de ellos era Aquilas, el comandante en jefe del ejército. Otro, el retórico griego Teodoto, que dosificaba y supervisaba la educación del pequeño monarca. Otro, el eunuco Potino, un típico obsecuente y relamido profesional del chisme que, sólo simbólicamente, desempeñaba el papel de ministro de Hacienda. Estos tres jerarcas eran los dueños de Ptolomeo XIII.

Ellos querían una soberana dócil, y de pronto descubrían a una Cleopatra que pensaba, juzgaba y obraba por cuenta propia, sin tan siquiera consultarlos. -¡Es una tirana, una ramera, una loca! -decían Potino, Teodoto y Aquilas, sin saber que sus dichos llegarían a oídos de Cleopatra -¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que hacer algo! -dijo el comandante. -Si, pero, ¿qué? -inquirió el retórico. -¡Debilitarla! ¡Aplastarla! -respondió el eunuco. -Sí, pero, ¿cómo? -profundizó el retórico. -¡Casar al pequeño con Berenice! -se iluminó el eunuco. ¡Podemos arrestarla por traición al César y anular ese matrimonio al estilo egipcio, que no es legal en Roma...!

Cleopatra no tuvo más remedio que dar un urgente paso al costado, adelantándose, como siempre, a los acontecimientos. Ya venían a buscarla los sediciosos, de noche y armados hasta los dientes, cuando ella y su cuerpo de consejeros y guardianes se iban con rumbo a Siria. Corría el 48 a .C. y Cleopatra ya tenía 21 años.

Aquilas fue ungido gobernador de Egipto y los otros dos chiflados se frotaron las manos, convencidos de que por fin se habían sacado de encima a la inmanejable Cleopatra. Pero no contaban con su astucia... En Siria, ella se encargó personalmente de convocar y de reagrupar a sus muchos partidarios, y en rearmar un ejército paralelo con todas las de la ley. Esto, mientras al otro lado del Mediterráneo se desarrollaban ciertos acontecimientos de extraordinaria importancia. Se rompía la neta coalición entre Julio César, Craso y Pompeyo, los tres romanos más poderosos de su época, debido a la desaforada rivalidad de sus ambiciones individuales. Y entonces fue Cleopatra la que se frotó las manos. Craso terminó muerto tras decidir por su cuenta y riesgo la intervención militar de Partia, para acabar con todas las rebeliones. Muy celoso de los triunfos bélicos de Pompeyo y César, Craso deseaba obtener una victoria que lo colocase a su nivel, y sobre todo llenar sus alicaídas arcas con las legendarias riquezas del Oriente. Un manotazo de ahogado que no prosperó, porque las tropas de Craso fueron aniquiladas en la cruenta batalla de Carrhae: una de las más desastrosas derrotas de Roma que no sólo jamás sería olvidada, sino que dejaría a Pompeyo y a César frente a frente, solos en la disputa final por el poder real

Recordemos, de paso, que a la sazón Pompeyo era el "padrino" de Alejandría, es decir, del Egipto de los Ptolomeos. Las heroicas andanzas de Julio César por las Galias y el rudo noroeste del Imperio, poco y nada les interesaban a los refinados alejandrinos. En cambio, Pompeyo el Grande era su protector, su representante y su defensor en las mafiosas cortes romanas. Un amigo de Egipto que siempre estaba ahí cuando se lo necesitaba, y viceversa. Un ejemplo. Un año antes de su fuga a Siria, Cleopatra recibió la visita de un hijo de Pompeyo, solicitándole el envío de numerosos barcos mercantes cargados de cereales destinados a alimentar a sus tropas, enzarzadas ya en una guerra civil sin tregua ni cuartel contra las legiones imperiales de César. Y Cleopatra lo hizo. Un año después, Pompeyo caía definitivamente derrotado por César en la luctuosa batalla fratricida de Farsalia, ocurrida en Tesalia, y Cleopatra se agarraba la cabeza. ¿Se había equivocado de bando? ¿Cuál sería ahora la actitud de Julio César, todopoderoso amo y señor del mundo entero, y por ende de Alejandría y de Egipto? 

De Pompeyo a Julio César 

La guerra civil era inevitable, y encima caía "de visita" Pompeyo. Las tropas egipcias estaban acampadas en Pelusium, listas para enfrentarse con el ejército paralelo de Cleopatra, y Pompeyo el Grande le avisaba a Aquilas que quería verlo cuanto antes en un pequeño puerto cercano, donde había anclado con su esposa. Y entre el comandante Aquilas y los otros dos tutores de Ptolomeo XIII se armó una agobiante discusión. ¿Debían ir a recibir gran jerarca romano derrotado? ¿O tenían que ignorarlo? Sí, se trataba del mismísimo Pompeyo, pero ¿qué haría luego el omnipotente Julio César al enterarse de que ellos quizás lo habían auxiliado?

En líneas generales, el dilema era el siguiente. Por un lado, Pompeyo le correspondía el derecho de asilo: era el "padrino" Protector de Egipto. Por otro, cabía la remota posibilidad de que Pompeyo, uno de los dos hombres más poderosos del mundo, resolviese enfrentar otra vez a César y, a la postre, resultara ganador. Era una hipótesis improbable, pero no imposible. Sin embargo todo indicaba que Pompeyo estaba acabado. Una opción era dejarlo solo: Después de todo, estaban en guerra... pero existía la posibilidad de que fuera a Siria y ayudara a Cleopatra contra ellos? Finalmente se impuso una idea perversa: Engañar a Pompeyo. Ofrecerle amistad y asistencia... y tomarlo de rehén. Así matarían tres pájaros con una sola flecha: ni se aliaría con Cleopatra y quedamos como los héroes que han sabido ponerle el punto final al desangre entre romanos. Además, César quedaría en deuda con ellos.

Aquilas llevó consigo a Septimio, un oficial romano que alguna vez había desempeñado tareas de mando bajo las órdenes del gran general y almirante Pompeyo, y también a un centurión de su entera confianza. Apenas Pompeyo puso pie en tierra, el nervioso oficial romano desenvainó su espada y lo tajeó a traición. -¡No! ¡Lo queremos vivo! -alcanzó a gritar Aquilas, pero ya el centurión "de confianza" lo imitaba a Septimio, y Pompeyo caía entre las piedras.

Así acabó la existencia del Grande que había limpiado el Mediterráneo de piratas y rebeldes. Todo el Mare Nostrum sería al fin indisputable propiedad de Julio César. Incluidas la nación de los faraones y Alejhandría.

En ese momento clave, mientras las huestes de Cleopatra y Aquilas se vigilaban en Pelusium, César y más de 4.000 de sus mejores guerreros, embarcados en 35 galeras, surcaban el Mediterráneo en busca de su rival en fuga, sin saber que ya había muerto, César intuía que Pompeyo se dirigiría a Egipto, y deseaba consolidar su victoria de Farsalia aplastándolo antes de que llegara a Alejandría, es decir, antes de que lograra reunir nuevas fuerzas. Y al llegar, desembarcó a sus legionarios de a pie y sus lanceros a caballo, y los dispersó por la ciudad con la orden de localizar y darle caza a Pompeyo y a todos sus seguidores. Por otro lado, al tanto de la guerra civil entre Cleopatra y el triunvirato dueño de Ptolomeo XIII, quería hacer algo para pacificar a ambos bandos o restablecer el orden a la romana: ultimando a uno de ellos, si fuese necesario. Y entonces se enteró del fin de Pompeyo: su problema principal había terminado, y bien podía descansar unos días. Muy pocos días más tarde llegó desde Pelusium el cínico Teodoto, llevando en alto la cabeza de Pompeyo y exhibiéndola con orgullo ante los ojos de César, —Pero, ¿qué es esto, maldito necio? —dijo César. Una cosa hubiera sido haberle dado muerte en pleno campo de batalla, o bien hacerle quitarse la vida por mano propia al mejor estilo romano, y otra cosa era comprender que al gran Pompeyo lo habían asesinado a sangre fría un griego oportunista y un par de egipcios degenerados por la pura ambición. 

Pintura que representa el ofrecimiento de la cabeza de Pompeyo como ofrenda a César al llegar a Egipto.
En el acto mandó liberar de prisión a todos los seguidores de Pompeyo, muchos de ellos detenidos por los hombres de Aquilas antes que por los recién llegados de Roma. César era un sujeto ambicioso e implacable, pero no se le escapaba que la mejor política hacia los vencidos era la magnanimidad. Sobre todo si ésta no se le aplicaba a los jefes, sino a los subalternos de menor importancia, proponiéndose ganarlos para su causa a cambio de un juramento de lealtad ante quien hasta ese piadoso momento había sido su mortal enemigo.

César le ordenó a Ptolomeo que retirara su ejército de la frontera egipcia con Siria. Y viendo una oportunidad única, Potino le mandó un mensaje a Aquilas, sugiriéndole enviar oficiales de élite para asesinar al César, y luego sí, aplastar de una buena vez las tropas de Cleopatra. Y aquí vuelve a entrar ella en escena. Convocada por César, Cleopatra sabía que para viajar hasta Egipto debía sortear el vasto cerco tendido por los vigías de Aquilas. Pero, ¿cómo atravesar las líneas enemigas sin ser detectada, capturada y ejecutada? Y si tenía éxito en esa fase inicial, ¿cómo entrar en Alejandría sin mayor riesgo? El problema era difícil por partida doble, pero Cleopatra usó la cabeza y, como siempre, superó toda previsión adversa con esa capacidad de ingenio y coraje que la caracterizarían hasta el fin de su existencia. Disfrazada de andrajoso paria del desierto, llegó de noche a Pelusium y zarpó mar adentro en una pequeña embarcación siria que la esperaba a escondidas. Y al atardecer del día siguiente, ya frente a "la Ciudad", le pidió a su leal remero, un sirviente siciliano de nombre Apolodoro, que esperara la caída del sol y luego atracara en el puerto alejandrino y le entregara al César en persona esa gran alfombra persa, de la que tanto le había hablado ella durante la navegación. Y Apolodoro lo hizo. Ató la alfombra enrollada, se la echó sobre los hombros y caminó hasta las murallas palaciegas, donde conversó animadamente y sin apuro con los guardias, explicándoles al fin que llevaba un modesto obsequio del gobernador romano de Siria para el genial César. Obviamente precedido por un par de custodios armados, César recibió a Apolodoro en sus aposentos, observó la gran alfombra que éste depositaba delicadamente en el piso de mármol y le ordenó que la desatara y la desenrollara. El remero siciliano obedeció y, como por arte de magia, ante el atónito César apareció Cleopatra.

De Alejandría a Roma 

Era Cleopatra, y los historiadores aseguran que Julio César la amó desde esa mismísima noche. -Aquella increíble argucia -escribiría Plutarco- ganó el corazón y la mente del gran César.

Al amanecer César mandó traer a sus aposentos al joven Ptolomeo y a su tutor Potino, y éstos empalidecieron al ver en la cama del conquistador a una aparentemente dócil Cleopatra, completamente desnuda y limándose las uñas con indolente aire.

Ptolomeo se arrancó la corona, que nunca había dejado de usar, y la estrelló contra el piso, mientras el eunuco Potino prorrumpía en impotente llanto. Por otro lado, el inquieto pueblo alejandrino supo que Cleopatra estaba en el Palacio e invadió los jardines y fuentes, reclamando explicaciones o un mínimo de transparencia. Estaban hartos de tanta confusión política, y querían saber de qué se trataba ahora. César aplacó a las masas prometiéndoles la reconciliación de los hermanos en pugna a muy corto plazo, la inmediata entrega de Chipre a Berenice y Ptolomeo como sendos gobernadores de esa isla, y el trono de Egipto delegado por Roma a su legítima ama y señora, Cleopatra VII.

En el regio banquete de esa precisa noche, programado para formalizar la reconciliación de los hermanos en pugna, de pronto el César lanzó una carcajada, levantó una mano, cerró el puño y bajó el pulgar. Y en un abrir y cerrar de ojos, el salón se llenó de legionarios y el ministro eunuco fue sacado al exterior. En la confusión de espadas al aire y gritos de alarma, Aquilas y sus hombres lograron escapar y reunirse al fin con su ejército. Pero Potino fue inmediatamente ejecutado.

El ejército de Aquilas contaba con 20.000 soldados, contra los 4.000 de César. Y lógicamente, muy pronto el Palacio fue sitiado por las tropas egipcias, recibidas a su ingreso en Alejandría con vivas y aplausos por gran parte de su inestable población. César se enfrentaba no sólo a Aquilas, sino también a los alejandrinos. El problema era francamente grave. Estaba encerrado allí con sus legionarios y los Ptolomeos, y sus enemigos habían contaminado los canales de agua potable del Palacio, vertiendo en ellos miles de toneles de agua marina. Impávido, César ordenó excavar bajo los pisos de mármol: sabía que en ese tipo de terrenos, de piedra caliza y tan próximo al mar, solia haber napas de agua dulce. Y su calma y sentido práctico no le fallaron, y sus hombres honraron su ya legendaria inteligencia. Cabe agregar que, durante los primeros enfrentamientos, Berenice huyó del Palacio junto con su tutor Ganímedes y que, al refugiarse en el cuartel general de Aquilas, ella fue considerada jefa espiritual de una rebelión popular en contra de Cleopatra, Ptolomeo y los romanos. Lo que no era del gusto de Aquilas, por ser Ptolomeo su protegido y su carta de triunfo en caso de conseguir derrotar a César. Conclusión: Berenice envenenó a Aquilas y Ganímedes se puso al frente de las tropas egipcias. En fin, que la llamada Guerra Alejandrina se extendió a toda la región y hubo numerosas batallas terrestres y navales, y el tiempo pasó sin que ninguno de los dos bandos alcanzara la victoria.

A cuatro meses de iniciado el conflicto bélico, César ya no soportaba a ese joven Ptolomeo que no sólo no podía no haber conspirado contra Cleopatra, y que quizá la mataría en cualquier momento. Además, Cleopatra estaba embarazada. Y dado que el padre de la criatura era el mismísimo amo del mundo, éste creía que en la frívola Roma reconocerían la legitimidad de su futuro hijo y, por ende, de su amada como indiscutible reina de Egipto, y de él mismo como administrador de ese país. A los 52 años, César se sentía lleno de vida, y pensaba defenderla a muerte. Ergo, le comunicó al malicioso Ptolomeo que lo dejaría salir del Palacio para reunirse con Berenice, puesto que su lugar estaba junto a ella y su pueblo. Y Ptolomeo cayó de rodillas y sollozó y gimió, declarándole su amor incondicional y suplicándole que no lo expulsase de su lado. Sorpresa... y lágrimas de cocodrilo. Ptolomeo no era tan tonto como parecía y se daba cuenta de que, a la larga, los egipcios no podían ganar. Y él no quería estar entre ellos, ni luchar ni morir con ellos, cuando todo terminara. Pero César lo echó a empujones del Palacio. Luego, Ptolomeo apartó del poder a Berenice y Ganímedes, y se invistió como comandante absoluto de las fuerzas rebeldes. Sí, el rencor lo había vuelto valiente. Entretanto, Mitríades de Pérgamo, a quien César había enviado en busca de ciertas remotas legiones de refuerzo, arrasó a los egipcios de Pelusium y entró en la nación de los faraones, asolándola desde el delta del Nilo hasta Menfis, para finalmente marchar a filo y sangre sobre "la Ciudad". Demostrando más coraje del esperado en un macedonio entregador y venal como casi todos sus ancestros, Ptolomeo fijó la posición de su ejército en un montículo fortificado a la vera de un pantano, y resistió el embate lateral de Mitríades durante dos cruentas jornadas, al cabo de los cuales todo estaba perdido para él y los suyos. Los pocos guerreros egipcios que quedaron vivos escaparon en botes y troncos lanzados a las aguas del Nilo. Y el desesperado Ptolomeo los imitó, pero con tan mala suerte que la pequeña embarcación a la que saltó, atestada de aterrados fugitivos, se dio vuelta y se hundió. Así, a los 15 años de edad, Ptolomeo XIII murió ahogado.

A principios del. 47 a.C., César había recuperado el control de "la Ciudad", y de Egipto entero. Era el gran vencedor y, Roma mediante, proclamó reina única y genuina a su amada, futura madre de un hijo grecolatino y garantía de una paz duradera, tras casi medio año de tan feroces como inútiles desangres. Tres legiones romanas estacionadas en ese dulce país bastarían para asegurar la convivencia ciudadana y el libre comercio, y ese descanso que César tanto necesitaba. Pero era imprescindible que el César de todos los Césares regresara a Roma, donde el Imperio requería de un gobernante capaz de ponerle coto al desmadre cívico y hasta senatorial. Sin embargo, el César se quedó largamente con "su" Cleopatra. Periodo en el que el embarazo de ella trascendió las fronteras alejandrinas y les planteó a propios y ajenos un urticante dilema: cuando naciera, ¿qué sería ese niño? ¿Un faraón, un Ptolomeo o un romano? ¿Un vástago natural o un príncipe real? ¿El producto de una mera unión sexual o el agente unificador de una cultura en común? Nadie podía aceptar ninguno de estos contradictorios argumentos. Ni siquiera haciendo circular en Egipto que César era la encarnación del dios Amón, émulo del Júpiter romano o del Zeus griego. Y en Roma, que Cleopatra era algo más que una hábil prostituta o una hechicera tipo Isis, que se había adueñado de César en la cama.
Entrada de Cleopatra a Roma, según el filme de 1962
Un monarca oriental había aprovechado las guerras civiles para sacarse de encima a uno de sus generales romanos, y César tuvo que partir en su auxilio antes de que naciera su hijo, al que Cleopatra llamaría Cesarión, es decir, "pequeño César". Lo que César se proponía era volver a Roma y allí reclamar, como de linaje propio, a Cleopatra y Cesarión. Pero no antes de derrocar a ese molesto monarca oriental y, ya restablecido el orden tras una dura batalla, lanzar la célebre frase: —Vine, ví y vencí. Célebre frase que no pudo menos que repetir en el anárquico sur de Italia, donde las exhaustas legiones de Campania se habían amotinado y Marco Antonio no lograba pacificarlas. Problema de lealtad que, con su carismática presencia, un solidario discurso y el anuncio de la inmediata distribución de tierras y alimentos a los soldados, César solucionó de plano. Y después tuvo que cruzar a Sicilia, para saltar luego al norte de África y aplastar definitivamente los resabios de las fuerzas subversivas pompeyanas, ejecutando a varios de sus cabecillas y permitiéndoles a los prestigiosos Catón y Escipión que se suicidaran. Y ahora sí que el magnánimo Julio César era todo un dios. Excepto en Hispania, donde los hijos de Pompeyo se afanaban vanamente en armar un nuevo ejército para continuar con la causa de su finado padre, César se elevaba por encima de la ya casi agonizante República romana y echaba los cimientos de otra etapa imperial, al amparo de las deidades helénicas y de un proyecto civilizador de mucho mayor alcance.

Con Cleopatra ya en Roma, Julio César se dejó honrar por todas sus conquistas. Cuatro días y cuatro noches duró la fiesta pública más espléndida y prolongada jamás vivida por los romanos. Llegó al Capitolio escoltado por 40 elefantes. Sus legionarios le cantaban coplas subidas de tono, inspiradas en sus dotes de "calvo adúltero". Pero, por diplomático tacto, Cleopatra no estaba a su lado. Pensaba hacer de ella su emperatriz, si es que lograba imponérsela como tal a sus recelosos compatriotas. Por el momento, estaba decidido a marchar sobre Hispania y acabar con esos facciosos pompeyanos de una buena vez, cosa que hizo a los 56 años, lejos de Roma y de Cleopatra. Fue nombrado cónsul por diez años, dictador vitalicio y emperador. Ahora, todo lo que quería hacer era casarse con Cleopatra y ungir al bebé Cesarión como el primer heredero de una dinastía inédita, propia y capaz de extenderse. 

Cuando Marco Antonio insistió en ofrecerle seriamente la corona real, César la rechazó a pesar de sus propios deseos. Los senadores se quejaban de sus excesos, y no era conveniente irritarlos más. Los despreciaba, pero acababan de confirmarlo como dictador vitalicio. Y en los idus de marzo, es decir, el día 15, debía reunirse con ellos para discutir cierta ley de los Libros Sibilinos: un tratado de oráculos que, presuntamente, él no obedecía como era debido. Uno de los cabecillas de la conspiración era Cayo Casio, un ex general y almirante de Pompeyo, a quien César había amnistiado. Otro era el joven Bruto, de quien se decía que era descendiente bastardo de César, y que éste estimaba y protegía como a un verdadero hijo. Intelectual y erudito, Bruto era todo lo contrario a lo que su nombre sugiere, y superaba a Cayo Casio en inteligencia y capacidad de simulación. El resto es Historia. Maldita, pero Historia al fin. Los confabulados escondían puñales entre los pliegues de sus ropas. Y César, apenas una pluma de escribir. Llevaba, sobre su impoluta toga, el manto púrpura del poder supremo. Los senadores lo recibieron de pie y, rodeándolo poco a poco, más y más, codeándose entre sí y rivalizando para pedir la palabra o un favor impostergable, uno de ellos le arrancó de la espalda el rojo manto. Era la señal. El momento de actuar. La hora fatal (ver más) -¿Qué significa este acto de violencia? -alcanzó a inquirir el disgustado emperador, y una daga se hundió en su garganta, aunque sin impedirle exclamar:-. ¡Tú, Casca! ¿Qué te propones, villano?... Un hermano del tal Casca lo apuñaló por el costado. Casio lo tajeó en pleno rostro. Y en cuestión de segundos, todos estaban encima de él; traidores aullando: -¡Libertad! ¡Democracia! ¡Muera al tirano! ¡Viva la Repúblical... ¿Dónde estaba Marco Antonio? ¿Será verdad que la reina del Nilo fue la primera en enterarse del crimen?

Asesinato de Julio César
El dilema de Cleopatra lucía insoluble. Era una monarca extranjera sin ningún derecho local y, para colmo de males, el hasta entonces casi desconocido Octavio se presentaba como el mejor hijo adoptivo y el más legítimo heredero de Julio César. Cabe preguntarse si Marco Antonio se proponía sustituir al César, y si Cleopatra lo veía a éste como el sucesor de su viejo amante y socio. De lo que no cabe duda alguna es de que ambos se encontraron en secreto: uno para jurarle fidelidad a la mujer más apreciada por su extinto jefe y colega, la otra para pedirle que la ayudase a salir de Roma lo antes posible. Y ése fue el principio de una bella amistad, por así decirlo. -Confía en mí y haré de ti un hombre feliz, romano -le habría dicho ella, al partir rumbo a su entrañable Alejandría.


Cleopatra y Marco Antonio

La oportunidad de utilizar de nuevo sus armas de mujer le llegó antes de lo esperado. Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Octavio Augusto por el poder en la región, había vencido en la batalla de Filipos, pero no estaba muy conforme con el comportamiento de la Reina de Egipto. Con la idea de reprocharle que no hubiera actuado como un aliado fiel, Marco Antonio hizo llamar a Cleopatra para que acudiera a verle y se humillara ante él pidiéndole disculpas por su mal hacer. Cleopatra, astuta e inteligente como la que más, decide acudir a la cita pero con otra intención diferente: la de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio. Le consideraba como el sucesor natural de Julio César y, sin importarle que estuviera casado en Roma con la que fue su primera mujer, Fluvia, se presentó en Tarso, aunque no humillada y débil como esperaba el romano, sino decidida a conquistarle. Cleopatra no estaba dispuesta a correr hacia él como una simple vasalla. Todo lo contrario, ella había ido, pero ahora él debía ir a su encuentro. Lo esperó, lista para hacerle entender por qué se la llamaba "reina de reyes". Cuando Antonio y sus guardias llegaron, si nos atenemos a la famosa descripción de Shakespeare, basada en La Vida de Antonio, de Plutarco, el panorama habrá sido el siguiente: Sobre las aguas, desfilaban tantos veleros faraónicos que era imposible contarlos. Todos relucientes y bruñidos, como si fuesen de bronce o de acero, y cargados a tope con fastuosos estandartes, objetos de arte, muebles finos, joyas y mesas pletóricas de comida y bebidas. Y cientos de muchachas semidesnudas y mancebos disfrazados de faunos, con cuernitos y patas de machos cabríos. Y en medio de esos navíos de fábula, la más impresionante barcaza real: íntegramente dorada, de casi cien metros de largo, con velas rojas y remos de plata, inmersa en una gran nube de incienso y una hechicera música de flautas y timbales. Y cuando la nube se lo permitió, el alelado Marco Antonio divisó al mando de tamaña ciudad flotante, como si se tratase de un mascarón de proa viviente, a una fascinante Venus o Afrodita ataviada con pecaminosas gasas traslúcidas al viento y maquillada como una auténtica Isis: Cleopatra, claro está. A los 29 años, le enseñaría por qué tres siglos de refinamiento helenístico en Egipto pesaban más que toda la sórdida cultura romana. Y entonces ordenó a sus sorprendentes naves que remontaran el río Cidno y entraran en un lago que era el puerto de la ciudadela de Tarso. Luego, abrumado por una multitud tan entusiasmada como vociferante, Antonio abordó la barcaza real. Desde ese preciso momento, fue el prisionero sensual de Cleopatra. A su llegada le ofrece a Marco Antonio la revelación de un mundo divino en la que ella es el centro, como una nueva Isis que se presenta ante el conquistador, un nuevo Osiris. Juntos formarían una pareja real capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasados. Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía en un principio, ya que Marco Antonio ni pudo ni quiso resistirse al esplendor de aquella formidable reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona. Cuatro días con sus cuatro noches más tarde las negociaciones habían llegado a su fin y Marco Antonio, completamente enamorado, acompañaba a Cleopatra para instalarse en el Palacio de la Reina de Alejandría a vivir una pasión que, en total, duraría 14 años.

De esa manera Marco Antonio, por amor, abandonó no sólo sus obligaciones familiares sino también las políticas y militares, para vivir una fastuosa vida en Egipto llena de lujos con su amada Cleopatra. Esto le llevó a ser declarado enemigo de Roma y de Octavio Augusto, que por entonces regía los destinos del Imperio y que no descansó hasta destruirlos. El amor de Marco Antonio por Cleopatra se impuso de tal manera a sus deberes como militar y a las necesidades de su patria que los historiadores de la época, incluido el propio Plutarco, cuentan que Marco Antonio "no estaba en posesión de sus facultades, parecía estar bajo los efectos de una droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella, en vez de pensar en vencer a sus enemigos". Cleopatra tampoco fue inmune a los encantos de Marco Antonio y ella también se enamoró de ese hombre fuerte y valiente que, aunque no tan inteligente como Julio César, le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado que, al menos en sus deseos, sería cada vez más próspero.

Aun así, el amor de la pareja estuvo plagado de rupturas, reconciliaciones y luchas por el poder y el control. De hecho, en la plenitud de su amor, Marco Antonio tuvo que regresar a Roma para casarse con Octavia, como parte del acuerdo político que intentaba lograr Octavio para que no se destruyera del todo el triunvirato. Con ella tuvo dos hijas, Julia Antonia la Mayor y Julia Antonia la Menor, pero ni siquiera ellas consiguieron hacerle olvidar a Cleopatra y, cuatro años después, repudió a su esposa y regresó a Egipto para reencontrarse con “su reina” y casarse con ella. El amor de la pareja se materializó en los tres hijos que nacieron fruto de su unión. Los primeros en llegar fueron los gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y luego nació Tolomeo Filadelfo, el pequeño. Los tres también fueron trágicas víctimas de las conspiraciones políticas de sus padres.

Como no podía ser menos en una historia de amor de estas características, el final de estos amantes fue tan dramático y trágico como era de esperar y llegó de la mano de una terrible derrota en el campo de batalla, unida a un malentendido que, a la postre, resultó ser mortal. El enfrentamiento final de la llamada ‘Guerra Ptolemaica’ (32-30 a. C.), por la que Octavio Augusto llevó hasta Egipto su lucha contra Marco Antonio, se produjo en la batalla naval de Actium. En ella cayó derrotada la flota de Marco Antonio al ser abandonado por las tropas egipcias, aunque consiguió huir y refugiarse con Cleopatra en Alejandría.

En el verano de 30 a.C., la capital egipcia estaba totalmente cercada por las tropas romanas. Cleopatra, rodeada de sus más íntimos y fieles servidores, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, seguramente el mausoleo de los reyes lágidas; allí guardó también todos sus tesoros: gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, vestimentas reales, especias... Entretanto, Antonio decidió presentar batalla. Junto a sus fieles se batió bravamente a las puertas de la ciudad para rechazar la incursión de la caballería de Octavio y mantener aún un poco más el asedio y la ilusión de resistencia. Pero Antonio hubo de ver cómo su flota se rendía, o más bien se pasaba al bando de Octavio, lo que hizo que la caballería desertara de inmediato. Agobiado por la situación e impresionado por un súbito rumor que se difundió acerca del suicidio de su amada reina, Antonio resolvió quitarse la vida con su espada, acompañado por un esclavo de confianza.

Cuando Octavio entró al fin en una Alejandría rendida y silenciosa, su principal preocupación se centró en Cleopatra, que se había atrincherado en el mausoleo, con las macizas puertas cerradas a cal y canto y con una provisión de madera para prender fuego al edificio y sus tesoros después de suicidarse. Eso era precisamente lo que más temía el nuevo amo de Alejandría. Octavio envió a un hombre de confianza, Gayo Proculeyo, para intentar persuadir a la reina de que desistiera de su encierro, pero fue en vano; el legado no podía conceder lo único que deseaba Cleopatra: salvar a sus hijos y sobre todo a Cesarión.

En manos de Octavio

Un día después se celebró una nueva entrevista. Mientras uno de los enviados hablaba con Cleopatra a través de una reja, Proculeyo escaló el edificio con dos sirvientes y accedió a la sala donde se hallaba la reina. Cuando una de sus mujeres la avisó –«¡Desdichada Cleopatra, te van a capturar viva!»–, la reina se clavó una daga en el pecho, pero la herida no fue mortal y Proculeyo logró desarmarla rápidamente. 

A continuación, Cleopatra fue trasladada al palacio de Alejandría, donde quedó bajo la custodia de un eunuco de confianza de Octavio y sometida a una estrecha vigilancia. Parece que la reina enfermó de pena y dejó de comer, en un intento por precipitar su muerte; Octavio sólo pudo convencerla de que se alimentara con la amenaza de dar muerte a sus hijos.

Unos días más tarde, Cleopatra solicitó una entrevista con Octavio. Las fuentes difieren mucho sobre lo que ocurrió en esa ocasión. Según Plutarco, Octavio vio a una demacrada Cleopatra que le imploró por su vida y la de sus hijos, mientras intentaba librarse de toda culpa. Dión Casio, en cambio, retrata a una reina digna y de luto, aún de irresistible belleza, que trató de seducir a Octavio como había hecho antes con Julio César y Marco Antonio.

Como quiera que fuese, el resultado sería el mismo. Cleopatra sabía que el designio de Octavio era llevarla a ella y a sus hijos a Roma para mayor gloria y triunfo del futuro Augusto; luego la meterían en una mazmorra, donde se volvería loca o se suicidaría, como les había ocurrido a otros monarcas helenísticos. Era una perspectiva insoportable para la orgullosa soberana lágida, que prefirió darse muerte ella misma.

Cleopatra, negándose a la humillación de compartir el triunfo de Octavio, se vistió con sus mejores galas, pidió que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio y se quitó la vida cumpliendo con el procedimiento ritual egipcio de hacerse morder por un áspid (una cobra egipcia). Era el 12 de agosto del año 30.a.C. y Cleopatra aún no había cumplido los cuarenta años de edad.

En venganza por no poder llevar prisionero a ninguno de los dos en su regreso triunfal, Octavio se llevó a los tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra a Roma como trofeos de guerra. Allí se los entregó la viuda legal de Marco Antonio, Octavia, que además era su hermana, para que fuera ella la que los tutelara. Aunque de los varones no se ha sabido nada más, sí se conoce que Cleopatra Selene se casó con el rey africano Juba II de Numidia y estableció su residencia en Mauritania hasta su muerte.

Con el fallecimiento de la pareja no sólo finalizó una de las más bellas y pasionales historias de amor de todos los tiempos, sino que también fue el fin de un sueño que había durado 22 años, los que Cleopatra consiguió mantenerse en el poder e incluso expandir su reino, que durante unos años fue casi tan extenso como en tiempos de sus más gloriosos antepasados. Con su suicidio también finalizó una era. El año 30 a.C. fue el que marcó el final del esplendor del Antiguo Egipto al ser incorporado como una provincia más al Imperio Romano concluyendo así con 3.000 años de historia ininterrumpida en la tierra de los Faraones.

Ciertamente, pocos personajes femeninos han sido tan frecuentados por las artes plásticas, la literatura y el teatro. Y del cine, ni hablar. Ejemplos al toque. En 1917, la legendaria Theda Bara fue la primera Cleopatra de repercusión universal del cine mudo, precedida por la mímica interpretación de Helen Gardner, en 1911. En 1934, le llegó el turno a la hermosa Cleopatra de Claudette Colbert. Las menos recordables: una de Sofía Loren en Dos noches con Cleopatra, en 1954, y otra versión titulada Los invasores del Nilo, con la actriz argentina Linda Cristal. La Cleopatra más famosa, al punto de haberse convertido en un ícono popular, fue indudablemente la de Elizabeth Taylor, en 1962. Y hay más, claro está. 


El gran Miguel Ángel la pintó como a una siempre joven doncella de mirada lánguida y frente despejada, sin flequillo y con una extensa trenza de cabello que, sobre sus hombros, se confunde con una delgada serpiente al acecho.


La cabeza de una estatua de mármol, hallada en la antigua Mauritania, la muestra con rulos y gruesos labios, pero no con una nariz tan prominente como la que se le adjudicó. Llevó una vida "de película", pero existió en carne y hueso. Y sus sueños de liberación, refinamiento y mancomunión global flotan aún sobre las cabezas de los prohombres de Occidente, harto enredados en una trama de intereses materialistas para nada "cleopatrianos", sino acaso todo lo contrario. Como bien lo señala el historiador Ernle Bradford en la última página de su monumental investigación sobre Cleopatra, ella fue una leyenda viviente, más allá de que la Historia oficial haya tratado de presentarla peyorativamente, como a una hembra pérfida y sólo entregada a los excesos sexuales. Falso. Cleopatra fue una mujer de insólita valentía, lucidez y visión política, que todo lo arriesgó con tal de liberar a Egipto del injusto dominio romano, liderando en persona a más de 80.000 combatientes antiimperialistas, y hasta intentando legarle la depreciada corona de los Ptolomeos a Cesarión, hijo de su primer amante y socio Julio, César de todos los Césares. Sí, su audacia y ambiciones fueron, y son, equiparables con las de su admirado héroe olímpico y macedónico compatriota, Alejandro Magno.

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