lunes, 5 de septiembre de 2016

Cleopatra VII, reina de Egipto

Fue la séptima reina de Egipto de igual nombre: Antes de ella, hubo otras seis Cleopatras. Ninguna la superó en inteligencia, visión política, astucia, capacidad de mando, seducción y sentido práctico. 


Cleopatra Filopátor Nea Thea, o Cleopatra VII Fue la primera y única faraona no egipcia -había nacido en Macedonia en el 69 aC- que se molestó en aprender el idioma de sus vasallos. Era políglota y no necesitaba intérpretes ni traductores para comunicarse personalmente con etíopes, árabes, sirios, medos y partos. Hablaba fluidamente en todas esas lenguas y tenía gran facilidad de aprendizaje de varias más, en tanto sus predecesores en el trono egipcio apenas si habían sabido manejarse en el dialecto griego de Macedonia, que ni siquiera era el griego de origen, sino un fárrago de inflexiones por momentos indescifrables. En cambio, Cleopatra estudió el griego clásico con severos profesores de Atenas, y también leía, escribía y hablaba el latín con envidiable naturalidad.

Su padre, Ptolomeo XII redactó un testamento, cuya copia envió a su "padrino" romano, el poderoso Pompeyo, designando a Cleopatra VII como su legítima sucesora, para que muy pronto gobernara Egipto junto con su hermano y marido Ptolomeo XIII. Esto último, sólo aclarado a efectos de evitar nuevas "luchas del escorpión", como se le llamaba al derramamiento de sangre entre familiares de la alta realeza. Es que Berenice IV, otra hermana de Cleopatra, quedaba excluida de esta herencia, y era mejor prevenir que curar, porque entre ellas no se llevaban nada bien.

Tenía apenas 18 años cuando se ciñó la corona real, medio siglo antes del nacimiento de Jesucristo. Y nunca fue vieja: vivió sólo hasta los 39 años. De ahí que a Cleopatra VII se la recuerde tal como lo hacen las monedas acuñadas en su época, actualmente exhibidas en el Museo de Alejandría: serena y bella, de ojos enormes, con un cuello largo y delgado, y un porte pulcro y elegante, delicado y fuerte a la vez.

Así como la visualización de Cleopatra VII resulta esencial para narrar su peculiar historia, no menos importante es describir la por aquel entonces capital absoluta de Egipto, donde el cuerpo perdido de Alejandro reposa hoy sin tumba ni paradero, acaso bajo las piedras de una Alejandría tan exclusiva y tan excluyente que fue llamada "la Ciudad", a secas. Por decirlo sintéticamente: tras unos 3.000 años de faraones egipcios, unos 300 años antes de Cristo llegaron los Ptolomeos y, después de Cleopatra, Roma administró esa "colonia" por casi 400 años más. 

Una idea subyacente, y para nada disparatada, es que, de haber triunfado Cleopatra y no Roma, Alejandría habría sido la sede de un "imperio mediterráneo" con una monarquía helénica que habría expandido y sostenido mucho mejor ese ya de por sí bello, culto y rico escenario histórico. Pero, como se verá, Cleopatra perdió la batalla final. Y el mundo volvió a cambiar. 

Digamos que en el invierno del año 332 a.C., habiendo conquistado ya Siria y Palestina, las tropas de Alejandro habían entrado sin resistencias en la antigua patria de los faraones y aceptado su rendición incondicional. Por entonces, Egipto era un país autárquico y escasamente integrado a sus vecinos del Mediterráneo, y a los 24 años el emperador macedonio vislumbró la oportunidad de crear un extraordinario enclave, según un dato aparecido por primera vez en La Odisea de Homero: 
-Una isla llamada Faros en las agitadas aguas de la desembocadura del río Nilo. Hay allí un buen puerto donde los marinos pueden proveerse de agua... 
Alejandro le encargó al famoso arquitecto Dinócrates la construcción de un puerto único, con un faro que sería una de las siete maravillas del mundo en la isla del caso y un enorme espigón uniéndola a la ciudad costera, con canales para las embarcaciones pequeñas y puentes, calles, plazas, templos y edificios públicos. Y una avenida principal jamás vista: 300 metros de ancho y casi 5 kilómetros de largo, atravesando Alejandría. 


Según la tradición Alejandro Magno fue enterrado en algún lugar de Alejandría, en un cruce de caminos de las calles principales.

A mediados del siglo 1 a.C., cuando los sucesivos y nefastos Ptolomeos le cedían su postrer cetro a nuestra Cleopatra, Alejandría era la ciudad más moderna del mundo conocido. Mientras que Roma era un emplazamiento de "nuevos ricos" con abundantes bolsones de mendicidad, aguas servidas y sucios cuarteles militares, Alejandría era pulcra, ordenada y pacífica.

Alejandría era algo más que un puerto de lujo. Y no sólo por ser el mayor centro industrial de manufactura del papiro, sino también del vidrio y de las telas, de los lienzos y pigmentos, d.-las piedras preciosas y drogas medicinales, anticipándose los alejandrinos en eso que siglos más adelante Occidente llamaría "producción masiva" o "en serie", y en la importación de materias primas y la exportación de mercaderías elaboradas.

Pero, ¿por qué sufría Cleopatra, incluso mucho antes de ser reina? Porque entendía que Alejandría era Egipto, y que Egipto no era una nación libre, sino un protectorado romano a merced de impuestos, deudas y hasta tropas extranjeras. Es muy difícil desbrozar la enredada trama de intereses en pugna dentro del poder real alejandrino. En principio, uno de los máximos acreedores de Egipto era un financista enormemente rico y muy voraz, llamado Rabirio Póstumo. El Ptolomeo a cargo del trono no tuvo mejor idea que pagarle lo adeudado nombrándolo ministro de Hacienda del reino, sin importarle que fuera romano ni que su "plan de emergencia" fuese aumentar los impuestos arbitrariamente, para recuperar sus inversiones personales.

Pero, ¿de dónde le venía ese sentimiento nacionalista a Cleopatra? Tal vez de su educación republicana con sus profesores helénicos. Quizá de su desprecio por la grosería de la soldadesca romana. Acaso de su permanente contacto con la gente sencilla de su variopinto pueblo. Porque si algo hacía a escondidas, además de sufrir, era escaparse del Palacio cubierta de pies a cabeza con un rebozo árabe, y deambular por las calles bajas de Alejandría.

En la primavera del 51 a.C. Ptolomeo el Flautista se murió. La hora de Cleopatra había llegado. Acababa de cumplir sus 18 años y estaba más que lista para gobernar. Sólo tenía una contra: debía compartir el mando con su hermano Ptolomeo XIII, de 10 años, con quien estaba oficialmente casada, por pesado lastre de una tradición faraónica que no sólo admitía sino que incluso prescribía el incesto como garantía dinástica. Así las cosas, los Ptolomeos habían asumido y prolongado esa milenaria norma egipcia, pero tomando además amantes que no eran sus hermanos ni sus hermanas, engendrando más hijos ilegítimos y confundiendo la línea de sangre hasta límites improbables. De ahí que los antiguos faraones propusieran el sistema matrilineal: la línea de descendencia femenina, que podía ser comprobada por el simple embarazo y el parto observado, de manera que su hijo o hija fuese rey o reina sin duda ni disputa alguna... Claro que el problema no era él, sino ese descomunal "consejo de tutores" supuestamente designado para velar por los intereses del rey niño. Y bien sabía ella cuáles eran los "intereses" de esa burda pandilla de inútiles: la intriga, la corrupción, el juego, el ocio, los vicios

Uno de ellos era Aquilas, el comandante en jefe del ejército. Otro, el retórico griego Teodoto, que dosificaba y supervisaba la educación del pequeño monarca. Otro, el eunuco Potino, un típico obsecuente y relamido profesional del chisme que, sólo simbólicamente, desempeñaba el papel de ministro de Hacienda. Estos tres jerarcas eran los dueños de Ptolomeo XIII.

Ellos querían una soberana dócil, y de pronto descubrían a una Cleopatra que pensaba, juzgaba y obraba por cuenta propia, sin tan siquiera consultarlos. -¡Es una tirana, una ramera, una loca! -decían Potino, Teodoto y Aquilas, sin saber que sus dichos llegarían a oídos de Cleopatra -¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que hacer algo! -dijo el comandante. -Si, pero, ¿qué? -inquirió el retórico. -¡Debilitarla! ¡Aplastarla! -respondió el eunuco. -Sí, pero, ¿cómo? -profundizó el retórico. -¡Casar al pequeño con Berenice! -se iluminó el eunuco. ¡Podemos arrestarla por traición al César y anular ese matrimonio al estilo egipcio, que no es legal en Roma...!

Cleopatra no tuvo más remedio que dar un urgente paso al costado, adelantándose, como siempre, a los acontecimientos. Ya venían a buscarla los sediciosos, de noche y armados hasta los dientes, cuando ella y su cuerpo de consejeros y guardianes se iban con rumbo a Siria. Corría el 48 a .C. y Cleopatra ya tenía 21 años.

Aquilas fue ungido gobernador de Egipto y los otros dos chiflados se frotaron las manos, convencidos de que por fin se habían sacado de encima a la inmanejable Cleopatra. Pero no contaban con su astucia... En Siria, ella se encargó personalmente de convocar y de reagrupar a sus muchos partidarios, y en rearmar un ejército paralelo con todas las de la ley. Esto, mientras al otro lado del Mediterráneo se desarrollaban ciertos acontecimientos de extraordinaria importancia. Se rompía la neta coalición entre Julio César, Craso y Pompeyo, los tres romanos más poderosos de su época, debido a la desaforada rivalidad de sus ambiciones individuales. Y entonces fue Cleopatra la que se frotó las manos. Craso terminó muerto tras decidir por su cuenta y riesgo la intervención militar de Partia, para acabar con todas las rebeliones. Muy celoso de los triunfos bélicos de Pompeyo y César, Craso deseaba obtener una victoria que lo colocase a su nivel, y sobre todo llenar sus alicaídas arcas con las legendarias riquezas del Oriente. Un manotazo de ahogado que no prosperó, porque las tropas de Craso fueron aniquiladas en la cruenta batalla de Carrhae: una de las más desastrosas derrotas de Roma que no sólo jamás sería olvidada, sino que dejaría a Pompeyo y a César frente a frente, solos en la disputa final por el poder real

Recordemos, de paso, que a la sazón Pompeyo era el "padrino" de Alejandría, es decir, del Egipto de los Ptolomeos. Las heroicas andanzas de Julio César por las Galias y el rudo noroeste del Imperio, poco y nada les interesaban a los refinados alejandrinos. En cambio, Pompeyo el Grande era su protector, su representante y su defensor en las mafiosas cortes romanas. Un amigo de Egipto que siempre estaba ahí cuando se lo necesitaba, y viceversa. Un ejemplo. Un año antes de su fuga a Siria, Cleopatra recibió la visita de un hijo de Pompeyo, solicitándole el envío de numerosos barcos mercantes cargados de cereales destinados a alimentar a sus tropas, enzarzadas ya en una guerra civil sin tregua ni cuartel contra las legiones imperiales de César. Y Cleopatra lo hizo. Un año después, Pompeyo caía definitivamente derrotado por César en la luctuosa batalla fratricida de Farsalia, ocurrida en Tesalia, y Cleopatra se agarraba la cabeza. ¿Se había equivocado de bando? ¿Cuál sería ahora la actitud de Julio César, todopoderoso amo y señor del mundo entero, y por ende de Alejandría y de Egipto? 

De Pompeyo a Julio César 

La guerra civil era inevitable, y encima caía "de visita" Pompeyo. Las tropas egipcias estaban acampadas en Pelusium, listas para enfrentarse con el ejército paralelo de Cleopatra, y Pompeyo el Grande le avisaba a Aquilas que quería verlo cuanto antes en un pequeño puerto cercano, donde había anclado con su esposa. Y entre el comandante Aquilas y los otros dos tutores de Ptolomeo XIII se armó una agobiante discusión. ¿Debían ir a recibir gran jerarca romano derrotado? ¿O tenían que ignorarlo? Sí, se trataba del mismísimo Pompeyo, pero ¿qué haría luego el omnipotente Julio César al enterarse de que ellos quizás lo habían auxiliado?

En líneas generales, el dilema era el siguiente. Por un lado, Pompeyo le correspondía el derecho de asilo: era el "padrino" Protector de Egipto. Por otro, cabía la remota posibilidad de que Pompeyo, uno de los dos hombres más poderosos del mundo, resolviese enfrentar otra vez a César y, a la postre, resultara ganador. Era una hipótesis improbable, pero no imposible. Sin embargo todo indicaba que Pompeyo estaba acabado. Una opción era dejarlo solo: Después de todo, estaban en guerra... pero existía la posibilidad de que fuera a Siria y ayudara a Cleopatra contra ellos? Finalmente se impuso una idea perversa: Engañar a Pompeyo. Ofrecerle amistad y asistencia... y tomarlo de rehén. Así matarían tres pájaros con una sola flecha: ni se aliaría con Cleopatra y quedamos como los héroes que han sabido ponerle el punto final al desangre entre romanos. Además, César quedaría en deuda con ellos.

Aquilas llevó consigo a Septimio, un oficial romano que alguna vez había desempeñado tareas de mando bajo las órdenes del gran general y almirante Pompeyo, y también a un centurión de su entera confianza. Apenas Pompeyo puso pie en tierra, el nervioso oficial romano desenvainó su espada y lo tajeó a traición. -¡No! ¡Lo queremos vivo! -alcanzó a gritar Aquilas, pero ya el centurión "de confianza" lo imitaba a Septimio, y Pompeyo caía entre las piedras.

Así acabó la existencia del Grande que había limpiado el Mediterráneo de piratas y rebeldes. Todo el Mare Nostrum sería al fin indisputable propiedad de Julio César. Incluidas la nación de los faraones y Alejhandría.

En ese momento clave, mientras las huestes de Cleopatra y Aquilas se vigilaban en Pelusium, César y más de 4.000 de sus mejores guerreros, embarcados en 35 galeras, surcaban el Mediterráneo en busca de su rival en fuga, sin saber que ya había muerto, César intuía que Pompeyo se dirigiría a Egipto, y deseaba consolidar su victoria de Farsalia aplastándolo antes de que llegara a Alejandría, es decir, antes de que lograra reunir nuevas fuerzas. Y al llegar, desembarcó a sus legionarios de a pie y sus lanceros a caballo, y los dispersó por la ciudad con la orden de localizar y darle caza a Pompeyo y a todos sus seguidores. Por otro lado, al tanto de la guerra civil entre Cleopatra y el triunvirato dueño de Ptolomeo XIII, quería hacer algo para pacificar a ambos bandos o restablecer el orden a la romana: ultimando a uno de ellos, si fuese necesario. Y entonces se enteró del fin de Pompeyo: su problema principal había terminado, y bien podía descansar unos días. Muy pocos días más tarde llegó desde Pelusium el cínico Teodoto, llevando en alto la cabeza de Pompeyo y exhibiéndola con orgullo ante los ojos de César, —Pero, ¿qué es esto, maldito necio? —dijo César. Una cosa hubiera sido haberle dado muerte en pleno campo de batalla, o bien hacerle quitarse la vida por mano propia al mejor estilo romano, y otra cosa era comprender que al gran Pompeyo lo habían asesinado a sangre fría un griego oportunista y un par de egipcios degenerados por la pura ambición. 

Pintura que representa el ofrecimiento de la cabeza de Pompeyo como ofrenda a César al llegar a Egipto.
En el acto mandó liberar de prisión a todos los seguidores de Pompeyo, muchos de ellos detenidos por los hombres de Aquilas antes que por los recién llegados de Roma. César era un sujeto ambicioso e implacable, pero no se le escapaba que la mejor política hacia los vencidos era la magnanimidad. Sobre todo si ésta no se le aplicaba a los jefes, sino a los subalternos de menor importancia, proponiéndose ganarlos para su causa a cambio de un juramento de lealtad ante quien hasta ese piadoso momento había sido su mortal enemigo.

César le ordenó a Ptolomeo que retirara su ejército de la frontera egipcia con Siria. Y viendo una oportunidad única, Potino le mandó un mensaje a Aquilas, sugiriéndole enviar oficiales de élite para asesinar al César, y luego sí, aplastar de una buena vez las tropas de Cleopatra. Y aquí vuelve a entrar ella en escena. Convocada por César, Cleopatra sabía que para viajar hasta Egipto debía sortear el vasto cerco tendido por los vigías de Aquilas. Pero, ¿cómo atravesar las líneas enemigas sin ser detectada, capturada y ejecutada? Y si tenía éxito en esa fase inicial, ¿cómo entrar en Alejandría sin mayor riesgo? El problema era difícil por partida doble, pero Cleopatra usó la cabeza y, como siempre, superó toda previsión adversa con esa capacidad de ingenio y coraje que la caracterizarían hasta el fin de su existencia. Disfrazada de andrajoso paria del desierto, llegó de noche a Pelusium y zarpó mar adentro en una pequeña embarcación siria que la esperaba a escondidas. Y al atardecer del día siguiente, ya frente a "la Ciudad", le pidió a su leal remero, un sirviente siciliano de nombre Apolodoro, que esperara la caída del sol y luego atracara en el puerto alejandrino y le entregara al César en persona esa gran alfombra persa, de la que tanto le había hablado ella durante la navegación. Y Apolodoro lo hizo. Ató la alfombra enrollada, se la echó sobre los hombros y caminó hasta las murallas palaciegas, donde conversó animadamente y sin apuro con los guardias, explicándoles al fin que llevaba un modesto obsequio del gobernador romano de Siria para el genial César. Obviamente precedido por un par de custodios armados, César recibió a Apolodoro en sus aposentos, observó la gran alfombra que éste depositaba delicadamente en el piso de mármol y le ordenó que la desatara y la desenrollara. El remero siciliano obedeció y, como por arte de magia, ante el atónito César apareció Cleopatra.

De Alejandría a Roma 

Era Cleopatra, y los historiadores aseguran que Julio César la amó desde esa mismísima noche. -Aquella increíble argucia -escribiría Plutarco- ganó el corazón y la mente del gran César.

Al amanecer César mandó traer a sus aposentos al joven Ptolomeo y a su tutor Potino, y éstos empalidecieron al ver en la cama del conquistador a una aparentemente dócil Cleopatra, completamente desnuda y limándose las uñas con indolente aire.

Ptolomeo se arrancó la corona, que nunca había dejado de usar, y la estrelló contra el piso, mientras el eunuco Potino prorrumpía en impotente llanto. Por otro lado, el inquieto pueblo alejandrino supo que Cleopatra estaba en el Palacio e invadió los jardines y fuentes, reclamando explicaciones o un mínimo de transparencia. Estaban hartos de tanta confusión política, y querían saber de qué se trataba ahora. César aplacó a las masas prometiéndoles la reconciliación de los hermanos en pugna a muy corto plazo, la inmediata entrega de Chipre a Berenice y Ptolomeo como sendos gobernadores de esa isla, y el trono de Egipto delegado por Roma a su legítima ama y señora, Cleopatra VII.

En el regio banquete de esa precisa noche, programado para formalizar la reconciliación de los hermanos en pugna, de pronto el César lanzó una carcajada, levantó una mano, cerró el puño y bajó el pulgar. Y en un abrir y cerrar de ojos, el salón se llenó de legionarios y el ministro eunuco fue sacado al exterior. En la confusión de espadas al aire y gritos de alarma, Aquilas y sus hombres lograron escapar y reunirse al fin con su ejército. Pero Potino fue inmediatamente ejecutado.

El ejército de Aquilas contaba con 20.000 soldados, contra los 4.000 de César. Y lógicamente, muy pronto el Palacio fue sitiado por las tropas egipcias, recibidas a su ingreso en Alejandría con vivas y aplausos por gran parte de su inestable población. César se enfrentaba no sólo a Aquilas, sino también a los alejandrinos. El problema era francamente grave. Estaba encerrado allí con sus legionarios y los Ptolomeos, y sus enemigos habían contaminado los canales de agua potable del Palacio, vertiendo en ellos miles de toneles de agua marina. Impávido, César ordenó excavar bajo los pisos de mármol: sabía que en ese tipo de terrenos, de piedra caliza y tan próximo al mar, solia haber napas de agua dulce. Y su calma y sentido práctico no le fallaron, y sus hombres honraron su ya legendaria inteligencia. Cabe agregar que, durante los primeros enfrentamientos, Berenice huyó del Palacio junto con su tutor Ganímedes y que, al refugiarse en el cuartel general de Aquilas, ella fue considerada jefa espiritual de una rebelión popular en contra de Cleopatra, Ptolomeo y los romanos. Lo que no era del gusto de Aquilas, por ser Ptolomeo su protegido y su carta de triunfo en caso de conseguir derrotar a César. Conclusión: Berenice envenenó a Aquilas y Ganímedes se puso al frente de las tropas egipcias. En fin, que la llamada Guerra Alejandrina se extendió a toda la región y hubo numerosas batallas terrestres y navales, y el tiempo pasó sin que ninguno de los dos bandos alcanzara la victoria.

A cuatro meses de iniciado el conflicto bélico, César ya no soportaba a ese joven Ptolomeo que no sólo no podía no haber conspirado contra Cleopatra, y que quizá la mataría en cualquier momento. Además, Cleopatra estaba embarazada. Y dado que el padre de la criatura era el mismísimo amo del mundo, éste creía que en la frívola Roma reconocerían la legitimidad de su futuro hijo y, por ende, de su amada como indiscutible reina de Egipto, y de él mismo como administrador de ese país. A los 52 años, César se sentía lleno de vida, y pensaba defenderla a muerte. Ergo, le comunicó al malicioso Ptolomeo que lo dejaría salir del Palacio para reunirse con Berenice, puesto que su lugar estaba junto a ella y su pueblo. Y Ptolomeo cayó de rodillas y sollozó y gimió, declarándole su amor incondicional y suplicándole que no lo expulsase de su lado. Sorpresa... y lágrimas de cocodrilo. Ptolomeo no era tan tonto como parecía y se daba cuenta de que, a la larga, los egipcios no podían ganar. Y él no quería estar entre ellos, ni luchar ni morir con ellos, cuando todo terminara. Pero César lo echó a empujones del Palacio. Luego, Ptolomeo apartó del poder a Berenice y Ganímedes, y se invistió como comandante absoluto de las fuerzas rebeldes. Sí, el rencor lo había vuelto valiente. Entretanto, Mitríades de Pérgamo, a quien César había enviado en busca de ciertas remotas legiones de refuerzo, arrasó a los egipcios de Pelusium y entró en la nación de los faraones, asolándola desde el delta del Nilo hasta Menfis, para finalmente marchar a filo y sangre sobre "la Ciudad". Demostrando más coraje del esperado en un macedonio entregador y venal como casi todos sus ancestros, Ptolomeo fijó la posición de su ejército en un montículo fortificado a la vera de un pantano, y resistió el embate lateral de Mitríades durante dos cruentas jornadas, al cabo de los cuales todo estaba perdido para él y los suyos. Los pocos guerreros egipcios que quedaron vivos escaparon en botes y troncos lanzados a las aguas del Nilo. Y el desesperado Ptolomeo los imitó, pero con tan mala suerte que la pequeña embarcación a la que saltó, atestada de aterrados fugitivos, se dio vuelta y se hundió. Así, a los 15 años de edad, Ptolomeo XIII murió ahogado.

A principios del. 47 a.C., César había recuperado el control de "la Ciudad", y de Egipto entero. Era el gran vencedor y, Roma mediante, proclamó reina única y genuina a su amada, futura madre de un hijo grecolatino y garantía de una paz duradera, tras casi medio año de tan feroces como inútiles desangres. Tres legiones romanas estacionadas en ese dulce país bastarían para asegurar la convivencia ciudadana y el libre comercio, y ese descanso que César tanto necesitaba. Pero era imprescindible que el César de todos los Césares regresara a Roma, donde el Imperio requería de un gobernante capaz de ponerle coto al desmadre cívico y hasta senatorial. Sin embargo, el César se quedó largamente con "su" Cleopatra. Periodo en el que el embarazo de ella trascendió las fronteras alejandrinas y les planteó a propios y ajenos un urticante dilema: cuando naciera, ¿qué sería ese niño? ¿Un faraón, un Ptolomeo o un romano? ¿Un vástago natural o un príncipe real? ¿El producto de una mera unión sexual o el agente unificador de una cultura en común? Nadie podía aceptar ninguno de estos contradictorios argumentos. Ni siquiera haciendo circular en Egipto que César era la encarnación del dios Amón, émulo del Júpiter romano o del Zeus griego. Y en Roma, que Cleopatra era algo más que una hábil prostituta o una hechicera tipo Isis, que se había adueñado de César en la cama.
Entrada de Cleopatra a Roma, según el filme de 1962
Un monarca oriental había aprovechado las guerras civiles para sacarse de encima a uno de sus generales romanos, y César tuvo que partir en su auxilio antes de que naciera su hijo, al que Cleopatra llamaría Cesarión, es decir, "pequeño César". Lo que César se proponía era volver a Roma y allí reclamar, como de linaje propio, a Cleopatra y Cesarión. Pero no antes de derrocar a ese molesto monarca oriental y, ya restablecido el orden tras una dura batalla, lanzar la célebre frase: —Vine, ví y vencí. Célebre frase que no pudo menos que repetir en el anárquico sur de Italia, donde las exhaustas legiones de Campania se habían amotinado y Marco Antonio no lograba pacificarlas. Problema de lealtad que, con su carismática presencia, un solidario discurso y el anuncio de la inmediata distribución de tierras y alimentos a los soldados, César solucionó de plano. Y después tuvo que cruzar a Sicilia, para saltar luego al norte de África y aplastar definitivamente los resabios de las fuerzas subversivas pompeyanas, ejecutando a varios de sus cabecillas y permitiéndoles a los prestigiosos Catón y Escipión que se suicidaran. Y ahora sí que el magnánimo Julio César era todo un dios. Excepto en Hispania, donde los hijos de Pompeyo se afanaban vanamente en armar un nuevo ejército para continuar con la causa de su finado padre, César se elevaba por encima de la ya casi agonizante República romana y echaba los cimientos de otra etapa imperial, al amparo de las deidades helénicas y de un proyecto civilizador de mucho mayor alcance.

Con Cleopatra ya en Roma, Julio César se dejó honrar por todas sus conquistas. Cuatro días y cuatro noches duró la fiesta pública más espléndida y prolongada jamás vivida por los romanos. Llegó al Capitolio escoltado por 40 elefantes. Sus legionarios le cantaban coplas subidas de tono, inspiradas en sus dotes de "calvo adúltero". Pero, por diplomático tacto, Cleopatra no estaba a su lado. Pensaba hacer de ella su emperatriz, si es que lograba imponérsela como tal a sus recelosos compatriotas. Por el momento, estaba decidido a marchar sobre Hispania y acabar con esos facciosos pompeyanos de una buena vez, cosa que hizo a los 56 años, lejos de Roma y de Cleopatra. Fue nombrado cónsul por diez años, dictador vitalicio y emperador. Ahora, todo lo que quería hacer era casarse con Cleopatra y ungir al bebé Cesarión como el primer heredero de una dinastía inédita, propia y capaz de extenderse. 

Cuando Marco Antonio insistió en ofrecerle seriamente la corona real, César la rechazó a pesar de sus propios deseos. Los senadores se quejaban de sus excesos, y no era conveniente irritarlos más. Los despreciaba, pero acababan de confirmarlo como dictador vitalicio. Y en los idus de marzo, es decir, el día 15, debía reunirse con ellos para discutir cierta ley de los Libros Sibilinos: un tratado de oráculos que, presuntamente, él no obedecía como era debido. Uno de los cabecillas de la conspiración era Cayo Casio, un ex general y almirante de Pompeyo, a quien César había amnistiado. Otro era el joven Bruto, de quien se decía que era descendiente bastardo de César, y que éste estimaba y protegía como a un verdadero hijo. Intelectual y erudito, Bruto era todo lo contrario a lo que su nombre sugiere, y superaba a Cayo Casio en inteligencia y capacidad de simulación. El resto es Historia. Maldita, pero Historia al fin. Los confabulados escondían puñales entre los pliegues de sus ropas. Y César, apenas una pluma de escribir. Llevaba, sobre su impoluta toga, el manto púrpura del poder supremo. Los senadores lo recibieron de pie y, rodeándolo poco a poco, más y más, codeándose entre sí y rivalizando para pedir la palabra o un favor impostergable, uno de ellos le arrancó de la espalda el rojo manto. Era la señal. El momento de actuar. La hora fatal (ver más) -¿Qué significa este acto de violencia? -alcanzó a inquirir el disgustado emperador, y una daga se hundió en su garganta, aunque sin impedirle exclamar:-. ¡Tú, Casca! ¿Qué te propones, villano?... Un hermano del tal Casca lo apuñaló por el costado. Casio lo tajeó en pleno rostro. Y en cuestión de segundos, todos estaban encima de él; traidores aullando: -¡Libertad! ¡Democracia! ¡Muera al tirano! ¡Viva la Repúblical... ¿Dónde estaba Marco Antonio? ¿Será verdad que la reina del Nilo fue la primera en enterarse del crimen?

Asesinato de Julio César
El dilema de Cleopatra lucía insoluble. Era una monarca extranjera sin ningún derecho local y, para colmo de males, el hasta entonces casi desconocido Octavio se presentaba como el mejor hijo adoptivo y el más legítimo heredero de Julio César. Cabe preguntarse si Marco Antonio se proponía sustituir al César, y si Cleopatra lo veía a éste como el sucesor de su viejo amante y socio. De lo que no cabe duda alguna es de que ambos se encontraron en secreto: uno para jurarle fidelidad a la mujer más apreciada por su extinto jefe y colega, la otra para pedirle que la ayudase a salir de Roma lo antes posible. Y ése fue el principio de una bella amistad, por así decirlo. -Confía en mí y haré de ti un hombre feliz, romano -le habría dicho ella, al partir rumbo a su entrañable Alejandría.


Cleopatra y Marco Antonio

La oportunidad de utilizar de nuevo sus armas de mujer le llegó antes de lo esperado. Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Octavio Augusto por el poder en la región, había vencido en la batalla de Filipos, pero no estaba muy conforme con el comportamiento de la Reina de Egipto. Con la idea de reprocharle que no hubiera actuado como un aliado fiel, Marco Antonio hizo llamar a Cleopatra para que acudiera a verle y se humillara ante él pidiéndole disculpas por su mal hacer. Cleopatra, astuta e inteligente como la que más, decide acudir a la cita pero con otra intención diferente: la de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio. Le consideraba como el sucesor natural de Julio César y, sin importarle que estuviera casado en Roma con la que fue su primera mujer, Fluvia, se presentó en Tarso, aunque no humillada y débil como esperaba el romano, sino decidida a conquistarle. Cleopatra no estaba dispuesta a correr hacia él como una simple vasalla. Todo lo contrario, ella había ido, pero ahora él debía ir a su encuentro. Lo esperó, lista para hacerle entender por qué se la llamaba "reina de reyes". Cuando Antonio y sus guardias llegaron, si nos atenemos a la famosa descripción de Shakespeare, basada en La Vida de Antonio, de Plutarco, el panorama habrá sido el siguiente: Sobre las aguas, desfilaban tantos veleros faraónicos que era imposible contarlos. Todos relucientes y bruñidos, como si fuesen de bronce o de acero, y cargados a tope con fastuosos estandartes, objetos de arte, muebles finos, joyas y mesas pletóricas de comida y bebidas. Y cientos de muchachas semidesnudas y mancebos disfrazados de faunos, con cuernitos y patas de machos cabríos. Y en medio de esos navíos de fábula, la más impresionante barcaza real: íntegramente dorada, de casi cien metros de largo, con velas rojas y remos de plata, inmersa en una gran nube de incienso y una hechicera música de flautas y timbales. Y cuando la nube se lo permitió, el alelado Marco Antonio divisó al mando de tamaña ciudad flotante, como si se tratase de un mascarón de proa viviente, a una fascinante Venus o Afrodita ataviada con pecaminosas gasas traslúcidas al viento y maquillada como una auténtica Isis: Cleopatra, claro está. A los 29 años, le enseñaría por qué tres siglos de refinamiento helenístico en Egipto pesaban más que toda la sórdida cultura romana. Y entonces ordenó a sus sorprendentes naves que remontaran el río Cidno y entraran en un lago que era el puerto de la ciudadela de Tarso. Luego, abrumado por una multitud tan entusiasmada como vociferante, Antonio abordó la barcaza real. Desde ese preciso momento, fue el prisionero sensual de Cleopatra. A su llegada le ofrece a Marco Antonio la revelación de un mundo divino en la que ella es el centro, como una nueva Isis que se presenta ante el conquistador, un nuevo Osiris. Juntos formarían una pareja real capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasados. Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía en un principio, ya que Marco Antonio ni pudo ni quiso resistirse al esplendor de aquella formidable reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona. Cuatro días con sus cuatro noches más tarde las negociaciones habían llegado a su fin y Marco Antonio, completamente enamorado, acompañaba a Cleopatra para instalarse en el Palacio de la Reina de Alejandría a vivir una pasión que, en total, duraría 14 años.

De esa manera Marco Antonio, por amor, abandonó no sólo sus obligaciones familiares sino también las políticas y militares, para vivir una fastuosa vida en Egipto llena de lujos con su amada Cleopatra. Esto le llevó a ser declarado enemigo de Roma y de Octavio Augusto, que por entonces regía los destinos del Imperio y que no descansó hasta destruirlos. El amor de Marco Antonio por Cleopatra se impuso de tal manera a sus deberes como militar y a las necesidades de su patria que los historiadores de la época, incluido el propio Plutarco, cuentan que Marco Antonio "no estaba en posesión de sus facultades, parecía estar bajo los efectos de una droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella, en vez de pensar en vencer a sus enemigos". Cleopatra tampoco fue inmune a los encantos de Marco Antonio y ella también se enamoró de ese hombre fuerte y valiente que, aunque no tan inteligente como Julio César, le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado que, al menos en sus deseos, sería cada vez más próspero.

Aun así, el amor de la pareja estuvo plagado de rupturas, reconciliaciones y luchas por el poder y el control. De hecho, en la plenitud de su amor, Marco Antonio tuvo que regresar a Roma para casarse con Octavia, como parte del acuerdo político que intentaba lograr Octavio para que no se destruyera del todo el triunvirato. Con ella tuvo dos hijas, Julia Antonia la Mayor y Julia Antonia la Menor, pero ni siquiera ellas consiguieron hacerle olvidar a Cleopatra y, cuatro años después, repudió a su esposa y regresó a Egipto para reencontrarse con “su reina” y casarse con ella. El amor de la pareja se materializó en los tres hijos que nacieron fruto de su unión. Los primeros en llegar fueron los gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y luego nació Tolomeo Filadelfo, el pequeño. Los tres también fueron trágicas víctimas de las conspiraciones políticas de sus padres.

Como no podía ser menos en una historia de amor de estas características, el final de estos amantes fue tan dramático y trágico como era de esperar y llegó de la mano de una terrible derrota en el campo de batalla, unida a un malentendido que, a la postre, resultó ser mortal. El enfrentamiento final de la llamada ‘Guerra Ptolemaica’ (32-30 a. C.), por la que Octavio Augusto llevó hasta Egipto su lucha contra Marco Antonio, se produjo en la batalla naval de Actium. En ella cayó derrotada la flota de Marco Antonio al ser abandonado por las tropas egipcias, aunque consiguió huir y refugiarse con Cleopatra en Alejandría.

En el verano de 30 a.C., la capital egipcia estaba totalmente cercada por las tropas romanas. Cleopatra, rodeada de sus más íntimos y fieles servidores, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, seguramente el mausoleo de los reyes lágidas; allí guardó también todos sus tesoros: gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, vestimentas reales, especias... Entretanto, Antonio decidió presentar batalla. Junto a sus fieles se batió bravamente a las puertas de la ciudad para rechazar la incursión de la caballería de Octavio y mantener aún un poco más el asedio y la ilusión de resistencia. Pero Antonio hubo de ver cómo su flota se rendía, o más bien se pasaba al bando de Octavio, lo que hizo que la caballería desertara de inmediato. Agobiado por la situación e impresionado por un súbito rumor que se difundió acerca del suicidio de su amada reina, Antonio resolvió quitarse la vida con su espada, acompañado por un esclavo de confianza.

Cuando Octavio entró al fin en una Alejandría rendida y silenciosa, su principal preocupación se centró en Cleopatra, que se había atrincherado en el mausoleo, con las macizas puertas cerradas a cal y canto y con una provisión de madera para prender fuego al edificio y sus tesoros después de suicidarse. Eso era precisamente lo que más temía el nuevo amo de Alejandría. Octavio envió a un hombre de confianza, Gayo Proculeyo, para intentar persuadir a la reina de que desistiera de su encierro, pero fue en vano; el legado no podía conceder lo único que deseaba Cleopatra: salvar a sus hijos y sobre todo a Cesarión.

En manos de Octavio

Un día después se celebró una nueva entrevista. Mientras uno de los enviados hablaba con Cleopatra a través de una reja, Proculeyo escaló el edificio con dos sirvientes y accedió a la sala donde se hallaba la reina. Cuando una de sus mujeres la avisó –«¡Desdichada Cleopatra, te van a capturar viva!»–, la reina se clavó una daga en el pecho, pero la herida no fue mortal y Proculeyo logró desarmarla rápidamente. 

A continuación, Cleopatra fue trasladada al palacio de Alejandría, donde quedó bajo la custodia de un eunuco de confianza de Octavio y sometida a una estrecha vigilancia. Parece que la reina enfermó de pena y dejó de comer, en un intento por precipitar su muerte; Octavio sólo pudo convencerla de que se alimentara con la amenaza de dar muerte a sus hijos.

Unos días más tarde, Cleopatra solicitó una entrevista con Octavio. Las fuentes difieren mucho sobre lo que ocurrió en esa ocasión. Según Plutarco, Octavio vio a una demacrada Cleopatra que le imploró por su vida y la de sus hijos, mientras intentaba librarse de toda culpa. Dión Casio, en cambio, retrata a una reina digna y de luto, aún de irresistible belleza, que trató de seducir a Octavio como había hecho antes con Julio César y Marco Antonio.

Como quiera que fuese, el resultado sería el mismo. Cleopatra sabía que el designio de Octavio era llevarla a ella y a sus hijos a Roma para mayor gloria y triunfo del futuro Augusto; luego la meterían en una mazmorra, donde se volvería loca o se suicidaría, como les había ocurrido a otros monarcas helenísticos. Era una perspectiva insoportable para la orgullosa soberana lágida, que prefirió darse muerte ella misma.

Cleopatra, negándose a la humillación de compartir el triunfo de Octavio, se vistió con sus mejores galas, pidió que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio y se quitó la vida cumpliendo con el procedimiento ritual egipcio de hacerse morder por un áspid (una cobra egipcia). Era el 12 de agosto del año 30.a.C. y Cleopatra aún no había cumplido los cuarenta años de edad.

En venganza por no poder llevar prisionero a ninguno de los dos en su regreso triunfal, Octavio se llevó a los tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra a Roma como trofeos de guerra. Allí se los entregó la viuda legal de Marco Antonio, Octavia, que además era su hermana, para que fuera ella la que los tutelara. Aunque de los varones no se ha sabido nada más, sí se conoce que Cleopatra Selene se casó con el rey africano Juba II de Numidia y estableció su residencia en Mauritania hasta su muerte.

Con el fallecimiento de la pareja no sólo finalizó una de las más bellas y pasionales historias de amor de todos los tiempos, sino que también fue el fin de un sueño que había durado 22 años, los que Cleopatra consiguió mantenerse en el poder e incluso expandir su reino, que durante unos años fue casi tan extenso como en tiempos de sus más gloriosos antepasados. Con su suicidio también finalizó una era. El año 30 a.C. fue el que marcó el final del esplendor del Antiguo Egipto al ser incorporado como una provincia más al Imperio Romano concluyendo así con 3.000 años de historia ininterrumpida en la tierra de los Faraones.

Ciertamente, pocos personajes femeninos han sido tan frecuentados por las artes plásticas, la literatura y el teatro. Y del cine, ni hablar. Ejemplos al toque. En 1917, la legendaria Theda Bara fue la primera Cleopatra de repercusión universal del cine mudo, precedida por la mímica interpretación de Helen Gardner, en 1911. En 1934, le llegó el turno a la hermosa Cleopatra de Claudette Colbert. Las menos recordables: una de Sofía Loren en Dos noches con Cleopatra, en 1954, y otra versión titulada Los invasores del Nilo, con la actriz argentina Linda Cristal. La Cleopatra más famosa, al punto de haberse convertido en un ícono popular, fue indudablemente la de Elizabeth Taylor, en 1962. Y hay más, claro está. 


El gran Miguel Ángel la pintó como a una siempre joven doncella de mirada lánguida y frente despejada, sin flequillo y con una extensa trenza de cabello que, sobre sus hombros, se confunde con una delgada serpiente al acecho.


La cabeza de una estatua de mármol, hallada en la antigua Mauritania, la muestra con rulos y gruesos labios, pero no con una nariz tan prominente como la que se le adjudicó. Llevó una vida "de película", pero existió en carne y hueso. Y sus sueños de liberación, refinamiento y mancomunión global flotan aún sobre las cabezas de los prohombres de Occidente, harto enredados en una trama de intereses materialistas para nada "cleopatrianos", sino acaso todo lo contrario. Como bien lo señala el historiador Ernle Bradford en la última página de su monumental investigación sobre Cleopatra, ella fue una leyenda viviente, más allá de que la Historia oficial haya tratado de presentarla peyorativamente, como a una hembra pérfida y sólo entregada a los excesos sexuales. Falso. Cleopatra fue una mujer de insólita valentía, lucidez y visión política, que todo lo arriesgó con tal de liberar a Egipto del injusto dominio romano, liderando en persona a más de 80.000 combatientes antiimperialistas, y hasta intentando legarle la depreciada corona de los Ptolomeos a Cesarión, hijo de su primer amante y socio Julio, César de todos los Césares. Sí, su audacia y ambiciones fueron, y son, equiparables con las de su admirado héroe olímpico y macedónico compatriota, Alejandro Magno.

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