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domingo, 14 de diciembre de 2014

Las Guerras Genpei y los cangrejos samurai

Las Guerras Genpei es el nombre por el que se conoce a una serie de conflictos civiles que tuvieron lugar en el antiguo Japón, entre 1180 y 1185 (finales de la era Heian), y que enfrentó a los clanes Taira y Minamoto. La consecuencia directa de esta guerra civil fue la victoria del clan Minamoto y la consiguiente caída del Taira, lo que puso a los samuráis al mando político y militar de Japón, y permitió el establecimiento del primer shogunato en la historia japonesa, el Kamakura, encabezado por Minamoto no Yoritomo (1192).

Las Guerras Genpei comenzaron cuando Minamoto no Yorimasa, líder del clan, apoyó a un candidato diferente al de los Taira para el trono imperial. La batalla de Uji, ocurrida en las afueras de Kioto, fue el comienzo de una guerra de cinco años que se desarrolló a lo largo de tres etapas configuradas alrededor de sendos conflictos: la primera etapa (junio de 1180) estuvo centrada en la llamada a las armas por parte de Yorimasa para recuperar para Mochihito el trono imperial que había quedado en manos de Antoku, nieto de Taira no Kiyomori. Esta rebelión fue sofocada rápidamente por los Taira pocos días después. La segunda etapa (septiembre de 1180), muerto Yorimasa, estuvo protagonizada por su sucesor, Minamoto no Yoritomo, y se extendió hasta mediados de 1181, cuando se proclamó un alto el fuego forzado por una hambruna en todo el país que duraba ya dos años. La tercera y última etapa se inició a comienzos de 1183 y terminó con la victoria del clan Minamoto en la batalla naval de Dan-no-ura de 1185, lo cual marca el final de la era Heian y el inicio del período Kamakura, lo cual supone la transición japonesa de la época clásica a la época feudal.

batalla naval de Dan-no-ura
En 1177, las relaciones entre los Taira y el Enclaustrado Emperador Go-Shirakawa estaban en su máxima tensión y el emperador decidió planear un golpe de estado contra Kiyomori, en poder del clan Taira, pero fracasó y le fue despojado de su título cuando Kiyomori eliminó el sistema Insei de los emperadores enclaustrados y nombrando a familiares suyos en los puestos gubernamentales. En 1178 Kiyomori designó a su nieto e hijo del Emperador Takakura, Tokihito, como príncipe de la corona y sucesor al trono imperial, cuando apenas tenía un año de nacido. El 21 de marzo de 1180, el Emperador Takakura abdicaría a la edad de dieciocho años y sería sucedido por Tokihito, que recibiría el nombre de Emperador Antoku, de apenas un año y medio de edad.

Esto provocó un disgusto generalizado entre los opositores de los Taira, ya que prácticamente el Emperador era un descendiente directo del clan. El Emperador Go-Shirakawa, en un intento de restablecer el orden en la familia imperial, acude ante su hijo el Príncipe Mochihito para hacer un pacto de alianza con el clan Minamoto, el mismo que lo respaldó en las dos rebeliones anteriores, y luchar en nombre de él contra los Taira. El líder del clan Minamoto en ese momento era Minamoto no Yorimasa de 74 años, quien estuvo a favor de los Taira y era amigo de Kiyomori; sin embargo, en 1179, observando la tensa situación se retira del ejército de Kiyomori y el 5 de mayo de 1180 hizo un llamamiento a todos los clanes de samurái y los monasterios budistas (Kiyomori ejecutó una campaña de destrucción de templos budistas) a que se rebelaran contra Kiyomori.

Con el alzamiento de los opositores al clan Taira, Kiyomori pidió el arresto del Príncipe Mochihito, artífice de la rebelión, quien se había refugiado en el templo de Mii-dera, en la actual ciudad de Ōtsu, prefectura de Shiga. El problema era que algunos monjes del templo tenían simpatías con los Taira, las fuerzas del clan Minamoto habían atrasado la defensa del templo. Esto obligó a que Yorimasa y el Príncipe Mochihito, junto con el ejército del clan Minamoto y varios monjes guerreros (sōhei) del templo que se unieron a la causa, decidieron trasladarse a la ciudad de Nara, al sur.


Cruzaron el río Uji, cerca del templo Byōdō-in tratando de evitar en lo posible encontrarse con el ejército Taira. No obstante los Taira los cercaron y se desencadena la primera batalla en esta guerra, la primera batalla de Uji. En el Heike Monogatari (traducido al español como Cantar de Heike, es un poema épico clásico de la literatura japonesa, fuente de numerosas leyendas, personajes e historias que tienen en ella su origen) se relata que los monjes lucharon con arcos y flechas, una variedad de espadas, dagas y naginata. Pero el clan Taira venció en esta batalla y capturó a Yorimasa y al Príncipe Mochihito; Yorimasa, al ser derrotado prefirió cometer el seppuku, un ritual donde escribiría una última poesía y luego se suicidaría, dando inicio a una práctica que sería una forma honorable de morir hasta la Segunda Guerra Mundial; Mochihito sería ejecutado después por el clan Taira.

Al morir los principales ejecutores de la rebelión, el clan Taira se enfocó en destruir e incendiar el Mii-dera y decidieron extender el ataque hacia la ciudad de Nara, donde era el lugar donde se iban a reunir las fuerzas opositoras a los Taira. Taira no Shigehira y Taira no Tomomori, hijos de Kiyomori, elaborarían el sitio de la ciudad. No obstante los sōhei de Nara decidieron defenderse y pusieron barricadas y defensas improvisadas en la ciudad; teniendo arcos, flechas y naginata como armas. El clan Taira se desplazó en caballo y tenían ventaja estratégica, y quemaron los templos budistas. El incendio provocó la devastación de gran parte de la ciudad y dejó alrededor de 3.500 personas muertas entre civiles y monjes.

A partir de este punto los Taira habían sofocado casi en su totalidad la rebelión, no obstante el liderazgo del clan Minamoto había sido restablecido por Minamoto no Yoritomo en septiembre, quien habiendo llegado a su edad adulta, escapó del exilio y pudo reorganizar la rebelión con el apoyo del clan Miura; así Yoritomo lanzó una nueva declaración de guerra contra los Taira. Cuando Kiyomori se enteró que Yoritomo había abandonado Izu, lugar de su exilio, y que estaba en el Paso de Hakone, asignó a Ōba Kagechika, un samurái vasallo, a que ejecutara un ataque sorpresa y detuviera su avance. La batalla se realizaría en las afueras de la base central de Yoritomo, en la localidad de Ishibashiyama, cerca del Monte Fuji, el 14 de septiembre de 1180; forzando a los Minamoto a retirarse y obteniendo la victoria el clan Taira.

En vista del fracaso de la batalla de Ishibashiyama, Yoritomo atraviesa el Monte Fuji hacia la provincia de Suruga y la provincia de Kozuke en el norte, para hacer alianzas con el clan Takeda y el clan Kai, respectivamente. Con el ejército de Yoritomo reforzado aparece el ejército Taira comandado por Taira no Koremori, nieto de Kiyomori, en la localidad de Fujigawa el 9 de noviembre, quienes en un confuso incidente decidieron retirarse sin comprometer a las fuerzas del clan Minamoto. Debido a la incertidumbre de la situación en el país, Kiyomori decidió trasladar la capital imperial nuevamente a Kioto en el mes de noviembre. A finales de noviembre el clan Oba decide aliarse con los Minamoto, mientras que en diciembre Yoritomo derrotó al clan Satake, quienes estaban poco dispuestos a seguir con el clan Minamoto.

Tras algunos años de guerra, para 1185, el clan Taira se había relegado a la isla de Shikoku y a localidades aledañas al Mar de Seto, ya que tenían una mejor fuerza naval que el clan Minamoto, que a pesar de tener controlado gran parte del país, aún no habían alcanzado a la base central de los Taira, en la pequeña isla de Yashima, donde estaba el Emperador Antoku, la Regalía Imperial y el líder del clan, Taira no Munemori.

Tras varios meses de una tensa calma, el 25 de abril de 1185 se celebró la definitiva batalla. Una gran batalla naval que enfrentó a las armadas de ambos clanes con notable superioridad numérica de los Minamoto, que obtuvieron la victoria naval y a la postre fundamental en la derrota final del clan Taira. Se iniciaba una nueva época en Japón. Comenzaba la época feudal con el dominio del clan Minamoto con Yoritomo (Minamoto no Yoritomo) como primer shōgun de la historia de Japón. Este cargo que duraría hasta 1868, le otorgaba el máximo poder del país. Era el comandante del ejercito y por tanto la persona más poderosa del país, nombrado directamente por el emperador y en el que delegaba todo el poder. Ni-Dono, la viuda de Kiyomori, se arrojó al mar con su nieto, el emperador Tokihito en brazos. La desaparición del pequeño emperador de seis años de edad y el exterminio del clan Taira supone el final del Período Heian y el comienzo del período del shogunato del Período Kamakura.

La consecuencia directa de esta batalla fue la desaparición del clan Taira en la historia japonesa, ya que la totalidad de sus miembros habían fallecido en el combate. Para el clan Minamoto este hecho representó el dominio total de Japón. Para Yoritomo, como líder del clan, sería el comienzo de una reestructuración del gobierno y la política japonesa en donde el samurái dejaría de ser una clase inferior y se erigiría como la clase social dominante en el país hasta mediados del siglo XIX.

Minamoto no Yoritomo. el primer shogun
Minamoto no Yoritomo, el primer shogun
Hay una curiosa historia relacionada con esta batalla. Sigue habiendo gente que la desconoce y me parece lo suficientemente curiosa como para explicarla aquí.

Una vez que el resultado de la decisiva batalla naval en Dan-no-ura estuvo decidida, por el sentido del honor japonés que reinaba en aquella época, muchos de los guerreros, al ver perdida la batalla, decidieron saltar al mar y morir ahogados y no en manos del enemigo.

Los cangrejos samurai

Pues bien, cuenta la leyenda que los miles de Samurai que murieron en aquellas aguas aún se pasean por allí en forma de espectros. Como suele ocurrir en lugares históricos en los que ha habido violentas y/o épicas muertes, el sentimiento humano del “mas allá” unido al patriotismo, al honor, o al misticismo o creencias religiosas siempre les otorga el atributo de “sagrado” a estos lugares y suelen surgir mitos respecto a ellos. Cementerios humanos, fantasmas, etc…

El caso es que en este mar. Justo en el lugar de la batalla y alrededores. Ocurrió algo asombroso y que parecía confirmar toda la leyenda. Con el paso de muchos años e incluso siglos se encontraron cada vez más cangrejos cuyo caparazón era exacto al de la máscara de un guerrero Samurai. Impresionante, ¿no?. presten atención a la imagen. Obviamente se aprecia que tiene una morfología de "cara". De cara con facciones rasgadas. Y de cara con una expresión muy muy similar a la máscara Samurai. Este tipo de cangrejos eran tremendamente abundantes en el lugar de los hechos, y sólo en ese lugar. ¡Increíble!

El cerebro humano es muchas veces débil y se hace permeable a las explicaciones espirituales. El escepticismo es comúnmente minado en busca de explicaciones fáciles -aunque infundadas-. ¡Miles de Samurai habían muerto en una terrible batalla allí y justo allí mismo empiezan a aparecer cangrejos con una cara de guerrero en su caparazón! Pero como siempre, existe una explicación para esto. Y una explicación real y científica.

¿Por qué ocurrió aquello?

Pues bien, tras aquella batalla, toda la zona quedó consternada, y en un Japón del siglo XII con altas creencias espirituales, los pescadores que se encontraban a la orilla del mar en los las/semanas/meses/años posteriores cuando pescaban algún cangrejo de esta especie, y estando tremendamente predispuestos a visiones espectrales de los ahí fallecidos, si veían un atisbo de una imagen parecida a una cara humana inmediatamente devolvían al animal al mar, quedándose como únicas presas a aquellos que no tenían una morfología “sospechosa”. Cada vez los pescadores iban desechando los cangrejos con un criterio más estricto, debido a las necesidades alimenticias, a que quedaban progresivamente menos cangrejos sin ningún tipo de similitud a una cara, y a que el tiempo iba diluyendo los hechos y no estaban tan sensibilizados a ver formas de Samurai si no eran muy claras. De forma que sólo se dejaban en libertad, progresivamente, los que iban teniendo un aspecto más y más parecido al de una máscara Samurai. (Los otros, a la olla...)

Ocurrió un maravilloso proceso de selección natural/artificial. Sólo tenían descendencia los cangrejos que no eran pescados, aquellos que en sus genes tenían codificada esa forma de caparazón, cada vez más y más perfeccionada, indirectamente por los pescadores, y directamente por el proceso evolutivo.

¿No es una historia curiosa?. Lo que parecía confirmar un hecho místico parece ser realmente al revés. El hecho místico en sí (que existía en la cabeza de la sociedad nipona de la zona) era el que habría modificado la realidad y no al contrario.

heikegani
En 1952, en un artículo de la revista Life, Julian Huxley se refirió a los cangrejos heike como un ejemplo de animales que en su morfología semejan algún otro objeto, en este caso una cara humana. Huxley, uno de los biólogos de la primera mitad del siglo XX que con mayor vigor defendieron la idea de que la selección natural es la principal que subyace al proceso de evolución, presenta en el artículo varios casos de animales imitadores (copy cats) que al aparentar ser otro objeto obtienen beneficios para su supervivencia o reproducción. En particular, insiste en que el peculiar aspecto de los heikegani no puede deberse a la mera casualidad, y que más bien es “una adaptación específica que sólo pudo haber sido producida por la selección natural actuando a lo largo de cientos de años”. Según Huxley, los pescadores del mar de Japón, por respeto a los guerreros Heike, han evitado por generaciones comer aquellos cangrejos con mayor semejanza a una cara humana, de manera que a lo largo de las generaciones estos animales han sido favorecidos por la selección (en este caso artificial) y son hoy en día más frecuentes que los cangrejos con menor parecido a una cara.

La hipótesis de Huxley fue retomada años más tarde por Carl Sagan en el episodio “Una voz en la fuga cósmica”, de su serie de televisión Cosmos, para ilustrar, con la inigualable elocuencia que caracterizaba al célebre astrónomo y divulgador, el concepto de la selección artificial. “¿Cómo se consigue que el rostro de un guerrero quede grabado en el caparazón de un cangrejo?”, se pregunta en forma retórica Sagan. “La respuesta parece ser que fueron los hombres quienes hicieron la cara”.

La explicación de Sagan es básicamente la misma que la de Huxley: en un pasado remoto pudieron haber surgido algunos cangrejos con una ligera semejanza a una cara humana. Los pescadores, al observar el parecido y en remembranza de los guerreros ancestrales, habrían regresado estos cangrejos al mar, permitiendo su supervivencia y reproducción. Los cangrejos ordinarios sin rasgos faciales dibujados en sus caparazones, por el contrario, habrían terminado sus días en la mesa de los pescadores. Después de cientos de años, debido a este proceso de selección dirigida por los pescadores, los cangrejos más parecidos a una cara se habrían hecho cada vez más numerosos hasta convertirse en la forma más común en la población. Un bello ejemplo de selección artificial. ¿O no?

Hay quienes sostienen que en realidad es que es muy poco probable que la morfología del caparazón de los heikegani tenga algo que ver con los pescadores japoneses, y mucho menos con los guerreros samurái del siglo XII. La cara en los caparazones es un ejemplo de pareidolia, el fenómeno psicológico por medio del cual la mente tiende a formar imágenes reconocibles a partir de un estímulo vago y aleatorio. Es por la pareidolia (del griego eidolon, figura o imagen). 

Las rugosidades que vemos en el caparazón de los cangrejos resultan de la disposición de los sitios en que se insertan los músculos. La simetría bilateral de los cangrejos y la particular localización de las rugosidades hacen que los caparazones, a primera vista, realmente parezcan rostros. Incluso la mayoría de la gente afirmaría reconocer gestos en esas caras. La realidad, sin embargo, es que estamos frente a un típico caso de pareidolia en la que unos cuantos trazos (la posición de las inserciones musculares) permiten a nuestro cerebro completar lo que interpretamos como un patrón conocido, en este caso una cara. Por supuesto, ningún científico serio piensa que esos rostros realmente son los de los guerreros Heike caídos en la batalla de Dan-no-ura.

Aun si las supuestas caras en los caparazones son una pareidolia, la hipótesis Huxley-Sagan podría ser correcta si en efecto los pescadores ejercen de alguna manera una presión selectiva sobre las poblaciones de los cangrejos.

En 1993, Joel Martin publicó en la revista Terra un análisis del curioso caso de los cangrejos samuráis y, no sin cierto dejo de tristeza, presentó varias piezas de evidencia en su contra. Para empezar, hay que recordar que, como señala Martin, existen muchas especies de cangrejos, además de los heikegani, en las que se pueden observar figuras semejantes a rostros humanos. Existen también fósiles de cangrejos emparentados con los heikegani en los que aparecen los supuestos rostros. Estos fósiles provienen por supuesto de tiempos anteriores a la batalla de Dan-no-ura, son más antiguos que el propio ser humano. Claramente, la selección artificial no puede explicar la existencia de esos fósiles.

Más devastador para la hipótesis de la selección artificial es el hecho de que la fuerza de selección propuesta por Huxley no existe. Los pescadores japoneses ni siquiera se comen los cangrejos samuráis, independientemente de si tienen o no “caras” en el caparazón. De hecho, los heikegani son tan pequeños (miden apenas unos tres centímetros) que realmente no vale la pena siquiera intentar extraer algo de carne de ellos. Los pescadores suelen devolver estos cangrejos al mar, no por respeto a los guerreros ancestrales, sino simplemente porque los crustáceos no les son apetecibles.

En suma, dadas todas estas evidencias, la explicación de Huxley y Sagan, -afirman sus detractores- por bella que parezca, no se sostiene ante los hechos científicos. La historia de los heikegani es un ejemplo de lo que T. H. Huxley, el abuelo de Julian, llamó “la gran tragedia de la ciencia: la muerte de una bella hipótesis en manos de una fea verdad”.



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