viernes, 26 de mayo de 2017

Infierno en Tokio

El Gran Bombardeo de Tokio, por parte del ejército de los Estados Unidos, fue una tragedia muy conocida en el mundo, en la cual el número de víctimas causadas por las bombas incendiarias superaron las 100 mil personas. Los sucesos se desataron el 26 de mayo de 1945, cuando los aviones dejaron caer 8.250 bombas, incendiarias de 250 kilos cargadas de napalm. La ciudad quedó convertida en una enorme antorcha entre la cual, las personas que no habían quedado abrasadas por el primer efecto del combustible, buscaban refugio contra las llamas que hicieron que en la zona la temperatura alcanzase los 800ºC. A la mañana siguiente, en las calles yacían los cuerpos de aquellos que habían muerto asfixiados cuando los incendios agotaron el oxígeno del aire, y en los puentes de los ríos los de aquellos que fueron arrollados por la avalancha humana que huía del fuego, intentando encontrar refugio en los ríos. El agua de las acequias, albercas y piscinas se evaporó, y sus fondos estaban cubiertos por los cadáveres de los que se habían refugiado en ellas. Únicamente el cauce central de los ríos se convirtió en un refugio seguro, aquellos que buscaron repeler los bombardeos convencionales perecieron asfixiados. El 50% de la ciudad quedó destruida y el 20% de su industria inutilizada.

¿Qué es el Napalm?

El Napalm es un combustible que en términos generales se puede clasificar como gasolina gelatinosa. Originariamente el término napalm (derivado de las primeras sílabas de naftenato y palmitato, ácidos grasos) designaba a la droga que, al ser mezclada con gasolina, producía una gelatina incendiaria; actualmente se emplea para nombrar a esta gelatina y a sus derivadas.

El Napalm se quema con la violencia de la gasolina, pero su duración es mucho mayor, de manera que continúa en actividad después que se consuman los elementos combustibles con los que entra en contacto, madera, tela, papel y material orgánico.

En las guerras posteriores se ha usado también Napalm, por ejemplo en Corea y Vietnam. En las tres últimas guerras en Irak y Afganistán, EE.UU utilizo el napalm, que considera "legal", porque no firmó la proscripción de esas armas que las Naciones Unidas ordenó en 1980, debido a su naturaleza genocida.

En Europa, la experiencia había enseñado que era posible destruir objetivos concretos mediante un bombardeo efectuado desde la relativa seguridad de una gran altura, pero que, con frecuencia, se hacían necesarias algunas incursiones o incluso una incursión masiva para saturar la zona del objetivo.

Por lo tanto, el general Curtis LeMay tenía que resolver un espinoso problema. Disponía de una poderosa fuerza de bombarderos proyectados para volar a gran altura y a grandes distancias, pero la enorme cantidad de combustible que se requería para operaciones de este tipo determinaba que la carga de bombas fuera relativamente exigua; y luego, cuando los bombarderos no alcanzaban el objetivo, no podía asegurarse que éste fuera destruido. A este paso, el proceso de aniquilar la capacidad productiva japonesa sería demasiado largo, puesto que los múltiples centros de producción podrían ser trasladados a localidades menos accesibles. Los japoneses disponían aún de miles de cazas y de: bombarderos de reserva para el día en que los Aliados decidieran invadir su país; además, la producción de cazas continuaba incansablemente. y muchas de sus piezas se fabricaban en innumerables plantas industriales de dimensiones casi artesanales, que sería imposible localizar en los mapas de los Servicios de Información. Era necesario, pues, proceder a un cambio radical de táctica, y es posible que fuera la experiencia personal que el general vivió durante una incursión aislada sobre Hankow, la que provocó el cambio decisivo de estrategia que a su vez había de cambiar el rumbo de la guerra. Se trató, de una incursión combinada de la 14ª Fuerza Aérea de Chennault y del 209º mando de bombardeo, incursión que se efectuó a fines de 1944 y en la que se decidió lanzar un ataque con algunos de los B-29 a una altura inferior a los 10.000 m para que descargasen sobre Hankow bombas incendiarias, la operación fue considerada un gran éxito, y LeMay decidió comprobar si sería posible, mediante el mismo sistema, entregar a las llamas las mayores ciudades japonesas. 
El General Curtis Le May llevó a cabo bombardeos nocturnos desde baja altura con napalm con el objetivo de arrasar las ciudades japonesas cuyas casas estaban construidas mayoritariamente con madera. Si Estados Unidos hubiera perdido la Segunda Guerra Mundial, lo hubieran procesado como criminal de guerra, como él mismo reconoció oportunamente.
El objetivo para el primer ataque con bombas incendiarias fue Tokio, ciudad dotada de numerosas y eficientes defensas antiaéreas. El ataque se desarrollarla de noche, y era muy probable que los hombres de la artillería antiaérea fueran inducidos a error en cuanto a la altura de aproximación de los bombarderos: entre 1500 y 2500 m. Volando a esta altura, los aparatos consumirían menos carburante, y como se esperaba que los cazas nocturnos no opondrían gran resistencia, se decidió que los bombarderos no llevasen armas ni municiones, lo que, además, también permitiría reducir el número de hombres de las tripulaciones. En resumen, gracias a estas reducciones de carga, cada avión podría transportar más de 6 toneladas de bombas. 

El primer ataque de este tipo tuvo lugar la noche de febrero de 1945, cuando 174 bombarderos B-29 lanzaron una gran cantidad de bombas incendiarias destruyendo aproximadamente 3 kilómetros cuadrados de la ciudad. El 4 de marzo, 19 bombarderos B29 atacaron de nuevo el área urbana.

Como el objetivo era el gran complejo urbano de Tokio, no sería asimismo necesario' que los aparatos navegasen en formación, siguiendo al cabeza y guía, sino que cada uno de ellos podría atacar casi por su propia cuenta. Para esta primera serie de incursiones experimentales con bombas incendiarias, además de Tokio se señalaron Nagoya, Osaka y Kobe, en las cuales había numerosas industrias. Las bombas incendiarias M69 pesaban 2,7 kg cada una y se descargaban en paquetes de 38, contenidas en un envoltorio. Gracias a una espoleta especial de tiempo, al hallarse a unos 1500 m de altura el paquete de bombas se deshacía, dispersándose y estallando luego cada una en el momento del choque, difundiendo a su alrededor un compuesto de bencina gelatinizada. Por regla general, los B-29 transportaban 37 paquetes de 225 kg, cuya espoleta tenía un dispositivo de seguridad constituido por un hilo de acero que se quitaba en el momento del despegue. Para que los incendios se extendieran era necesario que sobre el objetivo soplase, a nivel del suelo, un viento suficientemente intenso. Para la incursión incendiaria sobre Tokio se eligió la noche del 10 de marzo. Esa noche, 334 B-29 despegaron de las islas Marianas hacia Tokio y, volando a unos 2000 m de altura, deberían llegar al objetivo inmediatamente antes del alba, a fin de aprovechar la cobertura de la oscuridad durante la incursión y la luz del día para posibles amerizajes forzosos en el vuelo de regreso; 279 de ellos consiguieron lanzar sobre la ciudad 1.700 toneladas de napalm. Los resultados de las incursiones fueron increíbles. Nadie había previsto que la ciudad fuera tan «incendiable». Por las fotografías obtenidas pocas horas después de la incursión, en los vuelos de reconocimiento, se supo que 43 km2 de la ciudad habían quedado completamente destruidos por las llamas. Y no sólo infinidad de pequeñas fábricas, sino también dieciséis objetivos ya preseleccionados para futuros bombardeos a gran altura habían sido igualmente destruidos.

En la «zona de defensa nacional» japonesa, en el Pacifico central, se habla abierto fatalmente una brecha desde el momento en que Saipan, Guam y Tinian cayeron en manos americanas en verano de 1944. El emperador, desconcertado, consultó a los altos consejeros de Ejército y de la Marina a fines de junio. El primer ministro, Hideki Tojo, ya en desgracia, presentó su dimisión en julio, admitiendo que “el actual gabinete no está en condiciones de alcanzar sus objetivos”. El 24 de septiembre, los aviones americanos empezaron a bombardear las principales islas del archipiélago japonés, y el nuevo primer ministro, Kuniaki Koiso, advirtió: ”Conviene que empecemos a considerar la posibilidad de que el enemigo llegue a desembarcar en el suelo de la patria». Pero los Aliados esperaban conseguir la rendición incondicional del Japón traduciendo la presión militar y económica en acontecimientos políticos. Sin embargo, la realidad era que a pesar de la calda de Iwo Jima en marzo de 1945 y la de Okinawa en junio, no se publicó por parte japonesa ninguna admisión de derrota, ni siquiera después de la rendición de Alemania. Pero los acontecimientos Seguían su marcha inexorable. El ritmo y la eficacia de los bombardeos aéreos norteamericanos se habían intensificado desde comienzos de 1945. En los primeros cinco meses de aquel año, el Japón fue bombardeado, según los cálculos del Estado Mayor del Ejército japonés, por 16.958 aparatos. El número de muertos ascendía a 214.261. Los informes norteamericanos indicaban a su vez que fueron arrojadas sobre el Japón 153.887 toneladas de bombas (de ellas 98.466 incendiarias). 


La destrucción de la ciudad de Tokio se consumó con los bombardeos de zona realizados el 14 de abril y el 24 de mayo. Murieron unas 100.000 personas, un número aún mayor que el producido por el lanzamiento de la Bomba Atómica en Hiroshima (85.000 muertos) o en Nagasaki (60.000 muertos). Durante este mes, parte de los edificios de los recintos del palacio imperial quedaron arrasados. Un informe de aquel periodo, del Ministerio del Interior, describe así el comportamiento de la población: 
«Las consecuencias de la incursión aérea (del 10 de marzo de 1945) obligaron a la población civil a abandonar la zona; en algunos sectores los habitantes olvidaron mantener llenas las cisternas del agua: carecían de preparación para la defensa antiaérea, y, por otra parte. la gente, desde el principio, se preocupó tan sólo de poner a salvo sus propias pertenencias y carecía de espíritu combativo para hacer frente a los bombardeos incendiarios... de manera que no era capaz de defenderse de un ataque aéreo». 
Tras las incursiones de mayo, el Ministerio del Interior admitió que las medidas para la defensa civil de Tokio y de otras ciudades debían considerarse inútiles. El jefe de la Sección de policía para la defensa aérea del Mando Supremo dijo. a su vez, que el pueblo habla empezado a darse cuenta de que el equipo y las medidas generales contra los ataques aéreos no servían para nada, y durante los últimos ataques aéreos hubo un éxodo general de las zonas alcanzadas. Los refugios antiaéreos eran ineficaces, en parte a causa de la escasez de materiales de construcción, sobre todo de acero y cemento para las estructuras de refuerzo. Los grandes centros de refugio exteriores hablan sido construidos con madera y protegidos con terraplenes, y carecían de iluminación, de instalaciones sanitarias y de asientos; en muchos casos fueron trampas mortales en las que perecieron asfixiados los que se habían refugiado en ellos. Además, ninguno de estos refugios públicos salvaba de las emanaciones de gases o del fuego. Se calcula que el tonelaje medio de las bombas arrojadas durante los bombardeos de zona realizados sobre Japón se elevó a cerca de 100 toneladas por km2. 

Si también allí hubiera incursiones aéreas, no será para destruir el suelo patrio sino la moral. Permitiremos al enemigo quebrantar nuestro espíritu combativo?! 
Los tres complejos urbanos que constituían la clave de la economía de guerra nipona fueron destruidos por el fuego de las incursiones aéreas en los siguientes porcentajes: Tokio, Yokohama, Kawasaki. 56%; Nagoya, 52%; Osaka, Kobe, 57%. Sesenta y cinco de las principales ciudades quedaron completamente devastadas: Kyoto fue la única ciudad importante que se respetó. Pero antes de junio de 1945, la ofensiva de los bombardeos incendiarios contra los mayores complejos urbanos había sido ampliada a las ciudades de importancia pequeña y media, en las que hubiera depósitos de materiales bélicos o instalaciones industriales auxiliares. Así, los bombardeos destruyeron el 72% de los edificios y provocaron la evacuación del 80% de la población de Hamamatsu, centro de producción de hélices para aviones e importante estación ferroviaria en la red principal de la isla de Honshu. La ciudad de Okayama, importante centro de producción de explosivos, metales y materias plásticas, fue destruida en un 62%. Considerando la gran descentralización de la industria japonesa, los porcentajes brutos de las destrucciones proporcionan también una indicación bastante precisa del daño material total causado a las instalaciones industriales niponas. Se hacía también evidente hasta qué punto el comportamiento de la población era distinto al previsto. En la ciudad de Kobe, por ejemplo, los obreros abandonaban el trabajo apenas sonaban las sirenas de alarma: en consecuencia, el simple sonido de las alarmas aéreas provocaba una interrupción inmediata en la producción industrial. Según informaciones recogidas por el Ministerio de la Guerra, en mayo de 1945, los porcentajes de asistencia a las fábricas de explosivos de todo el país, inmediatamente después de un ataque aéreo, descendían al 20 o 30 %. El porcentaje medio de ausencias en las fábricas de las zonas devastadas oscilaba alrededor del 40%. En las zonas no sometidas a los bombardeos, el cociente de ausencias era, por término medio, del 15%; pero en Kyoto, que no fue bombardeada, también las horas de trabajo perdidas se elevaron al 40% a primeros de julio de 1945. Asimismo, un resultado indirecto de las incursiones fue la dispersión de la mano de obra a causa del problema de los alojamientos. El profesor Shioda, economista de la universidad municipal de Tokio, describió así las perspectivas de un obrero japonés en aquellos días: 
«La asociación para servicios al Estado asignaba, a través de la industria, una ración suplementaria de sake, arroz o trigo a los "héroes del trabajo" que realizaban toda la labor encomendada. Para el resto no había más que palabras, pobre consuelo para un estómago vacío Y los obreros, agotados y mal nutridos no podían aumentar su eficacia laboral por más que se les exigiera. Al contrario. su capacidad productiva disminuía a medida que los bombardeos se intensificaban. Ninguna nueva idea, en sentido teórico o político, nacía del retrógrado movimiento espiritual, que disponía arcaicas ceremonias, como la adoración del Palado, la recitación del documento imperial sobre la instrucción, o tomar baños helados. He aquí el comentario de un obrero de la industria metalúrgica: "Las fábricas estaban impregnadas del tenebroso color de la guerra. Se asignaba a los obreros 12 horas de trabajo al día, más las horas extraordinarias y las extra-extraordinarias además. El tiempo libre en el curso del mes era insuficiente. Si un día nos quedábamos en casa los investigadores de la ciudad venían a vernos. Algunos que buscaron trabajos suplementarios para compensar el bajo salario, fueron arrestados y metidos en la cárcel"»
Según los datos del Ministerio del Interior, las cifras mínimas de las pérdidas entre la población civil japonesa a causa de las incursiones aéreas son las siguientes: 241.309 muertos, 313.041 heridos, 8.045.094 sin hogar. 2.133.388 edificios destruidos y 110.928 parcialmente destruidos. El número de edificios arrasados suponía por lo menos e) 30% del total nacional. Hay que aclarar, sin embargo, que los propios japoneses demolieron 615.000 edificios para aislar los incendios; de ellos, 214.000 en la capital. La evacuación en masa de civiles japoneses de las zonas urbanas comenzó en 1944. Entre enero y septiembre, 1.000.000 de personas abandonaron Tokio. La población de la capital descendió entonces de 5.000.000, en enero de 1945. a 2.453.000 en junio del mismo año. Asimismo, alrededor del 55% de los habitantes de la zona de Nagoya fueron evacuados: la misma suerte corrió el 6% de los que residían en la zona industrial Osaka-Kobe. En total, cerca de 8.295.000 personas de todas las categorías sociales fueron evacuadas en todo el Japón.

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