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jueves, 6 de agosto de 2015

6 de agosto de 1945 - es empleada por primera vez la bomba atómica sobre Hiroshima

El presidente Harry Truman de EEUU ordenó arrojar la primera bomba atómica del mundo sobre Hiroshima el 6 de Agosto de 1945 Tres días después era lanzada la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. En segundos las dos ciudades fueron arrasadas y miles de personas murieron en un instante. En los días posteriores fueron muriendo los que se encontraban más alejados de los centros de la explosión y los pocos supervivientes sufren aún hoy las consecuencias de la radiación, que se han ido transmitiendo a las generaciones posteriores. Días después se producía la rendición del Imperio japonés, marcando el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Misión 13 de Bombardeo General


Enola  Gay
A las 2.45 horas del 6 de agosto de 1945 la «superfortaleza» Enola Gay se elevó de la pista, debidamente alargada, del campo Nord de Tinian con un margen útil de pocos metros (su carga rebasaba en 7 toneladas la normal) y se dirigió hacia el Japón. Llevaba a bordo nueve hombres de tripulación, cuatro pasajeros (todos científicos) y una sola bomba con un extraño nombre convencional: Litte Boy. Había comenzado la “Misión 13 de Bombardeo General”. El coronel Paul Tibbets, responsable de la misión y que preparó durante más de un año a los hombres elegidos para la tripulación, era el único de ellos que tenía una idea precisa del tipo de bomba que el avión transportaba.

Ya bastante compleja desde el punto de vista electrónico, la bomba planteó un gran problema antes de que el aparato dejase la pista. Anteriormente, ya habia sucedido que algún B-29 en misión de bombardeo convencional, se precipitara en la fase de despegue desde Tinian, y si el Enola Gay sufría un accidente semejante toda la isla podría desaparecer en una nube de fuego y de humo. ¿No sería posible hacer inocua la bomba durante la fase de despegue y montarla después, durante el vuelo? El capitán de navío William Parsons opinó que el problema tenia solución. Este oficial de Marina, que fue director adjunto del laboratorio de explosivos de Los Álamos y que ahora volaba con Tibbets en calidad de observador científico, trabajó frenéticamente para adquirir familiaridad con el sistema de inserción del cebo de explosivo convencional. Finalmente, cuando ya le sangraban los dedos por el continuo contacto con las cortantes aristas de las diversas partes de la bomba, declaró que estaba seguro de que podría repetir la operación durante el vuelo.

Así, cuando el avión llegó a los 2500 m de altura, Parsons se deslizó en el depósito de bombas y menos de media hora después indicó a Tibbets que ahora el avión estaba transportando una “bomba decisiva”.

El Enola Gay no fue el primer aparato que despegó. A la 1.30 horas, tres aviones de los servicios meteorológicos habían salido de Tinian para calcular y transmitir las condiciones de visibilidad existentes sobre los posibles objetivos: Hiroshima, Kokura y Nagasaki. La bomba debía lanzarse a la vista. El objetivo principal era Hiroshima, pero si la zona estaba cubierta por una capa de nubes demasiado espesa. Tibbets debería escoger una de las restantes ciudades.

El comandante Eatherly. que volaba a bordo del avión meteorológico Straight Flush, a unos 10.000 metros de cota sobre Hiroshima, avistó en los suburbios de la ciudad un anillo de nubes, pero en medio se abría un hueco de unos 15 km en el que la visibilidad era perfecta. Transmitió al Enola Gay el mensaje que marcó el destino de Hiroshima. Sobre el objetivo principal la visibilidad era buena. A las 8.09 horas, según la hora de Hiroshima, se avistó la ciudad y los hombres de la tripulación se calaron sus gruesos anteojos para proteger su vista del resplandor de la explosión. A las 8.11 horas, Tibbets inició la maniobra preparatoria para el lanzamiento y dos minutos y medio después se la confió al apuntador.

El comandante Ferebee conocía de memoria la planimetría de Hiroshima, con los ramales del delta del río Ola que se adentraban en el mar, por lo que en seguida encuadró en su punto de mira el lugar elegido: un puente sobre el ramal principal del río. La orden era lanzar la bomba a las 8,15 (hora local) y la habilidad de Tibbets y las excelentes condiciones atmosféricas permitieron al Enola Gay ponerse sobre el objetivo con una diferencia de pocos segundos respecto de la hora prefijada. A las 8 horas. 15 minutos y 17 segundos se abrieron las compuertas del depósito de bombas y desde una altura de casi 10.000 m la Little Boy inició su carrera hacia abajo. Mientras el B-29 y el avión auxiliar que le acompañaba se alejaban a toda velocidad, después de un brusco viraje de 150 grados para poner la máxima distancia posible entre ellos y el punto de la explosión, los hombres de la tripulación empezaron a contar los segundos. Cincuenta y un segundos después, a unos 550 m por encima de la ciudad y a sólo 200 metros del blanco, estalló la Little Boy.


Mientras el avión invertía su ruta. los tripulantes vieron una especie de relámpago y en seguida una doble oleada de choque alcanzó al aparato. En aquel momento se encontraban ya a 25 km de distancia; pero, de improviso, por debajo de ellos se formó una bola de fuego, cuya temperatura, en una imperceptible fracción de segundo, llegó al nivel de un millón de grados centigrados y que, transformándose en una masa de nubes purpúreas y de hervor de llamas, empezó a elevarse rápidamente hacia lo alto. Una turbulenta nube de denso humo blanco, ensanchándose en forma de hongo, se alzó hacia el cielo y alcanzó en unos pocos minutos una altura de 12.000 m. La tripulación del Enola Gay todavía podía verla cuando, ya de regreso a Tinian, se encontraba a una distancia de unos 600 km. Toda la ciudad, excepto la zona portuaria, situada en los suburbios, permanecía bajo una oscura capa de polvo gris de 5 km de anchura, en la que se entreveían llamaradas de color rojo y naranja.

Infierno en Hiroshima

En aquellos momentos moría Hiroshima. En unos pocos segundos, las radiaciones térmicas procedentes de la esfera de fuego en el centro de la ciudad volatilizaron a millares de personas. Otras que se encontraban a cierta distancia del epicentro resultaron espantosamente quemadas, e inmediatamente después, ráfagas de viento de la violencia de un tifón arrancaron los vestidos y la piel de los cuerpos de aquellos infelices que gritaban y se contorsionaban en los espasmos de la agonía. La oleada de choque, que duró casi un segundo, arrasó establecimientos, oficinas y casas, sepultando bajo los escombros a miles de personas.


En la estación de Hiroshima, a unos 2 km de distancia, los trenes volcaron y los tranvías eran lanzados al aire con su macabra carga de cadáveres carbonizados. Si se exceptúan uno o dos edificios de cemento armado, que quedaron en pie, todo el núcleo comercial y residencial de la ciudad fue literalmente aniquilado en un instante. Árboles y hierba ardieron como paja, los incendios se propagaron con extraordinaria rapidez, atizados por un viento violentísimo que barría la ciudad de un extremo a otro.

Como todas las ciudades japonesas, también Hiroshima tenía un sistema de alarma aérea: una sirena de preaviso señalaba los aviones enemigos que llegaban y una sirena de alarma verdadera indicaba cuando la ciudad misma estaba amenazada. A las 7,31 horas del 6 de agosto había funcionado la sirena de preaviso, cuando se avistó al Straigh Flush, el aparato de los cálculos meteorológicos. Luego, cuando 22 minutos después el avión invirtió su ruta alejándose hacia el mar, en la ciudad resonó el «fin de la alarma». Muy pocos se preocuparon cuando se avistaron otros dos aparatos, e incluso algunos se alegraron viendo que debajo de uno de ellos se abrían paracaídas. Evidentemente, pensaron, los tripulantes se veían obligados a abandonar el avión. Casi todos se encontraban ya trabajando en los despachos o se dirigían hacia los establecimientos de los suburbios industriales. Los hombres inútiles para el servicio militar y los estudiantes movilizados trabajaban en la defensa pasiva. Esta es la razón de que el cálculo del probable número de víctimas -20.000- realizado por J. R. Oppenheimer basándose en la hipótesis de que la bomba se lanzaría sobre una ciudad cuya población se hallaría en los refugios, resultó muy inferior a la realidad.

En centros de atención improvisados, los doctores no se daban abasto
Innumerables fueron las maneras en que murieron los habitantes de Hiroshima. Los que se encontraban cerca del epicentro quedaron volatilizados o completamente consumidos por el calor en menos de un instante. Todo lo que quedó de ellos, si en el momento de la explosión se encontraban de pie junto a un muro de cemento, fue la huella de su sombra en él. Todo el centro de Hiroshima, en un radio de unos dos kilómetros, se transformó en un horno mortal. Luego se desintegró, y lo que habla sido una ciudad de 250.000 habitantes quedó reducido a una nube de polvo, constituida por millones y millones de esquirlas, pedazos de madera, cristal, metal y carne, lanzada hacia el exterior y hacia lo alto por una tremenda fuerza.


A más de 3 km, la explosión quemó la piel de las personas y carbonizó los postes de telégrafo. A unos 400 metros del epicentro, la mica de las losas funerarias de granito -cuyo punto de fusión es de 900°C- quedó disuelta. Y también se fundieron tejas de arcilla gris (punto de fusión, 1300°C) a una distancia de 600 m. Luego se calculó que el calor provocado por la explosión en el punto cero, inmediatamente debajo del epicentro. Alcanzó 6000°C y la fuerza de la ola de choque llegó a una presión de 10 toneladas por m2.


Pero la bomba reservaba todavía otras muertes. Millares de los que sobrevivieron en el primer momento quedaron bombardeados por neutrones y rayos gamma, y casi todos los supervivientes en el radio de 800 m del epicentro murieron después por efecto de las radiaciones.

Los miembros de la tripulación fueron considerados héroes de guerra

Algunas cifras

A menudo se ha insistido en que la incursión con bombas incendiarias desencadenada sobre Tokio la noche del 9 al 10 de marzo de 1945 causo más víctimas que la bomba atómica; pero hay que tener en cuenta que comparar el número total de las víctimas no es el mejor método para demostrar la eficacia de la bomba nuclear. Si las cifras (más o menos redondeadas) se examinan en relación con la densidad de población por km2 destruido, se obtiene un cuadro completamente distinto: en efecto, el número de víctimas por km2 en Hiroshima fue cuatro veces mayor que el de Tokio. Las cifras originales proporcionadas por los japoneses para Nagasaki se basaban tan sólo en casos seguros, y la indagación sobre el bombardeo estratégico llevado a cabo Por los norteamericanos las juzgó demasiado bajas. Por otra parte, poco después. los mismos japoneses empezaron a aumentar tares cifras.


La oficina de la prefectura de Nagasaki difundió más tarde las cifras de 87.000 sólo para los muertos, y una publicación local, titulada “Hiroshima hoy” (1953) declaró que el número total de víctimas en aquella ciudad ascendió a 260.000. Esta cifra es más baja que la de 306.545, publicada en "Eclipse del sol naciente", de Toshikazu Kase, donde se pone de relieve que el primer recuento de víctimas efectuado en Hiroshima no tuvo en cuenta los militares, y entre éstos las bajas tuvieron que ser bastante numerosas, puesto que se calcula que el número de soldados presentes en la ciudad era casi la mitad de la población local. Sobre este aspecto de la cuestión, los historiadores de las Fuerzas Aéreas norteamericanas juzgaron que los muertos o desaparecidos pertenecientes a las Fuerzas Armadas fueron 6769 de un total de 24.158. A principios de 1968, la televisión japonesa dio para Hiroshima una cifra que oscilaba entre 240.000 y 270.000 muertos, incluyendo en ella a todos los que hablan muerto en los siguientes cinco años por enfermedades provocadas por las radiaciones. Por otra parte, en la misma transmisión se indicaba que el número de habitantes que habla en la Ciudad en el momento de la explosión era de 400.000, mientras que los cálculos más corrientes dan una cifra muy inferior. Más de 10 km2 de Hiroshima quedaron totalmente arrasados. En un radio de 3 km del epicentro, resultaron destruidos 10.000 edificios por la expansión del aire y 50.000 por el fuego. En Nagasaki fueron destruidos unos 5 km2, una superficie menor de la destruida, como promedio, en las incursiones incendiarias sobre Japón (casi 8 km2). Pero la bomba de Hiroshima cayó sobre una zona comercial y administrativa; y en Nagasaki la "Fat Man” alcanzó una zona bastante más industrializada, destruyendo de ella casi el 70 %.

El retrato del Emperador

El parque de Asano Sentei fue escenario del episodio quizá más extraño de aquella jornada, episodio que revela el espíritu que dominó en el Japón durante la guerra. Es el narrado por el doctor Hachiya en su Diario de Hiroshima. En un local de las oficinas de comunicaciones se guardaba un retrato del emperador. Aquel día, el señor Yasuda, empleado a quien se había confiado la misión de cuidar del cuadro en caso de emergencia, se encaminaba al trabajo cuando cayó la bomba sobre la ciudad. Su primer pensamiento fue la suerte del retrato y dejando a su espalda los restos del tranvía se encaminó a pie por las calles en llamas. En medio de cadáveres y de oscuras nubes de polvo ardiente. Llegó al cuarto piso del edificio y forzó la puerta de hierro tras la que se conservaba el cuadro. Los colegas de Yasuda opinaron que el lugar más seguro para el retrato del soberano era el castillo y así, con cuatro de ellos (uno delante, otro detrás y otros a cada lado). Yasuda se echó el cuadro a la espalda y se dirigió hacia el castillo. Pero un centinela le advirtió que el fuego se estaba difundiendo por todas partes. y entonces los cinco hombres decidieron encaminarse hacia el parque de Asano Sentei.

Mientras el pequeño cortejo se abría camino a través de muertos y heridos, se oyó de repente el grito: “El retrato del emperador!”, y todos los que todavía estaban en condiciones de ponerse en pie, por terribles que pudieran ser las heridas que cubrían sus cuerpos, se apresuraron a saludar o a inclinarse profundamente. Los que estaban heridos demasiado gravemente para poder levantarse unían sus manos, rogando. Cuando los cinco hombres llegaron al rio, la multitud les abrió paso y el cuadro se confió al señor Ushio, anciano funcionario del departamento de comunicaciones, quien lo depositó en una embarcación. Mientras la embarcación se alejaba de la orilla, un oficial desenvainó la espada y lanzó una orden: los soldados, quemados y sangrantes que yacían en las dos orillas, se pusieron en posición de firmes y saludaron. Apenas Ushio llegó a la orilla opuesta con su preciada carga, toda la orilla del río que acababa de dejar atrás se transformó en un remolino de llamas. Incluso los grandes pinos del parque ardieron y millares de personas intentaron huir de las llamas arrojándose a las aguas del río, por las cuales fueron arrastradas en seguida.

Pero el retrato del emperador se habla puesto a salvo.





Fuentes
https://en.wikipedia.org
http://www.taringa.net/
http://www.lanuevarepublica.org
La Segunda Guerra Mundial, - Ediciones Iberoaméricanas Quorum -1986
Así Fue la Segunda Guerra Mundial - Editorial Noguer - 1972