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viernes, 11 de diciembre de 2015

11 de diciembre de 1972 - Aluniza la nave espacial estadounidense Apolo 17, en la última visita del hombre a la Luna.

A lo largo de la historia, solamente doce seres humanos han sido capaces de contestar a esta pregunta, pero únicamente ocho siguen vivos para contarlo(*). Eugene Cernan y Harrison Schmitt son dos de los afortunados. Ellos fueron los últimos humanos en vivir en otro mundo. Literalmente. Durante tres días los dos astronautas recorrieron el valle de Taurus-Littrow, recogiendo rocas e instalando instrumentos científicos. ¡Tres días viviendo en la Luna! Parece un relato de ciencia ficción, pero por sorprendente que parezca ocurrió realmente.

La tripulación de la última misión Apolo estaba formada por Eugene A. Cernan (comandante), Ronald E. Evans (piloto del módulo de mando) y Harrison H. Schmitt (piloto del módulo lunar). De los tres solamente Cernan tenía experiencia previa en vuelos espaciales. Y vaya si la tenía. Cernan cumplía a rajatabla con todos los requisitos para ser uno de los mejores astronautas de la NASA. Inteligente, metódico, frío como el acero y trabajador incansable, ya había alcanzado el espacio durante la Gémini 9 y el Apolo 10. En esta última misión abandonó la Tierra para orbitar la Luna, allanando el camino para el histórico vuelo del Apolo 11. No fue una misión fácil. Durante unos segundos estuvo a punto de perder el control del módulo lunar Snoopy mientras sobrevolaba la Luna en compañía de Thomas Stafford. Ahora volvería a la Luna tres años más tarde, esta vez comandando su propia misión, la mayor aspiración de cualquier astronauta.

Harrison H. Schmitttt (izquierda), Ronald Evans (derecha) y
Eugene Cernan (abajo), la tripulación del Apolo 17 (NASA).

Pero si Cernan pensaba que era afortunado por estar al mando de la última misión Apolo, Harrison Schmitt se sentía como si le hubiese tocado la lotería. Y es que Schmitt, de profesión geólogo, sería el primer y último científico sobre la Luna. Como en el caso de la mayor parte de astronautas, Schmitt había ocupado una plaza no tanto por su currículo -que por supuesto era impresionante- como por estar en el momento y lugar adecuados. En realidad, Schmitt no debería haber formado parte de la tripulación del Apolo 17. El puesto del piloto del módulo lunar estaba reservado para Joe Engle, otro astronauta de formación militar de la NASA que además contaba con experiencia de vuelo con el avión cohete X-15. Cernan, Engle y Evans habían sido la tripulación de reserva del Apolo 14 y, siguiendo el esquema de rotaciones introducido por Deke Slayton -el encargado de la selección de las tripulaciones del Apolo-, ahora les tocaría el turno de pilotar el Apolo 17. Con suerte, Schmitt podría volar en el Apolo 18. Pero en septiembre de 1970 el destino intervino a favor de Schmitt. El Apolo 18 fue cancelado y el Apolo 17 se convirtió de repente en la última misión del programa lunar Apolo. A continuación, la comunidad científica estadounidense presionó a la NASA para introducir un científico en la última misión lunar. Dicho y hecho. Engle se quedó fuera y Schmitt pasó a formar parte de la tripulación de Cernan.


El lugar elegido para el alunizaje del Apolo 17 era el valle de Taurus-Littrow, en el sureste del Mare Serenitatis. La selección había tenido lugar antes del lanzamiento del Apolo 16 y, como en el resto de misiones, no había sido un debate sencillo. Algunos científicos, incluyendo Harrison Schmitt, preferían un lugar más espectacular para la última misión Apolo, como por ejemplo el famoso cráter Tycho o el imponente cráter Tsiolkovsky en la cara oculta de la Luna. Pero aterrizar en estas regiones hubiese introducido demasiadas complicaciones en una misión de por sí bastante compleja. Las Colinas de Marius o la Davy Rille habían sido considerados lugares de interés para las primeras misiones Apolo, pero la comunidad científica pensaba ahora que no eran dignos para una misión como el Apolo 17 (las primeras misiones Apolo tuvieron objetivos científicos más modestos). Finalmente, los candidatos serían el valle de Taurus-Littrow y los cráteres Gassendi y Alphonsus. Durante algún tiempo Alphonsus parecía ser el ganador, pero finalmente en febrero de 1972 la NASA anunció su intención de enviar el Apolo 17 a Taurus-Littrow. La posibilidad de encontrar evidencias de vulcanismo reciente en la Luna inclinaron la balanza del comité encargado de la selección.

El descenso fue perfecto, aunque el Challenger había comenzado la ignición de frenado un poco más alto de lo planeado. Al igual que en otras misiones Apolo, Cernan y Schmitt descendieron a ciegas, con las ventanillas del módulo lunar apuntando hacia el espacio. Cuando el Challenger estaba a cuatro kilómetros de altura, los dos astronautas pudieron ver las montañas más altas del valle en la parte inferior de sus ventanas. A 2,13 kilómetros de altura el módulo de aterrizaje se inclinó bruscamente hacia adelante para permitir que el comandante viese el lugar de aterrizaje. Cernan reconoció inmediatamente el valle de Taurus-Littrow y a cien metros de altura tomó el control manual (en realidad, ‘semimanual’) del Challenger, pilotando la nave hasta la zona más llana que pudo encontrar. Durante esta fase final estuvo ayudado por Schmitt, cuya tarea era ‘cantar’ los números de altitud y velocidad proporcionados por el radar, así como la cantidad de combustible restante. Y es que en el Apolo, el ‘piloto del módulo lunar’ no pilotaba realmente el módulo lunar, una tarea reservada para el comandante. A 25 metros de altura, y como estaba previsto, el escape del motor de la etapa de descenso del Challenger comenzó a levantar gran cantidad de regolito lunar, dificultando la visibilidad. Cuando una de las sondas de aterrizaje que se extendían bajo tres de las cuatro patas del módulo de aterrizaje tocó la superficie, se encendió la luz azul de contacto en la cabina y Cernan apagó el motor de la etapa de descenso. De no hacerlo, se arriesgaba a que las ondas de choque del motor pudiesen rebotar en la superficie y dañar el módulo de aterrizaje. El Challenger cayó en la débil gravedad lunar desde un metro de altura sin apenas velocidad lateral. Todavía quedaba suficiente combustible para permitirle dos minutos más de vuelo. El lugar de aterrizaje final estaba a 230 metros al este y 60 metros al norte del objetivo inicial. ‘Okay, Houston, the Challenger has landed’ fueron las escuetas primeras palabras de Cernan sobre la Luna. Eran las 19:55 UTC del 11 de diciembre de 1972.


Contemplando las imágenes del Apolo 17 se hace difícil creer que haya pasado tanto tiempo. Las fotografías del programa Apolo podrían pasar por actuales sin ningún problema. Y sin embargo, hace cuarenta años de todo aquello. No es de extrañar que haya gente que crea que jamás pisamos la Luna. La hazaña de las misiones Apolo parece un sueño medio olvidado. Una oscura leyenda de héroes que se atrevieron a viajar más allá del reino de lo humano en una época en la que todo parecía posible. El programa Apolo fue fruto de la Guerra Fría, sí, pero al mismo tiempo nos mostró de lo que somos capaces como especie. Hace cuatro décadas la tripulación del Apolo 17 vivió durante tres días en la superficie de la Luna. ¿Cuándo nos atreveremos a continuar los pasos de Cernan y Schmitt? Y lo más importante, ¿quién lo hará?

Esta misión batió varios récords: permanencia más prolongada en la Luna con un total de casi 75 horas; período más largo en la superficie lunar sin interrupción (7 horas y 37 minutos), así como máximo tiempo de exploración con 22 horas y 5 minutos.

Eugene A. Cernan, comandante de la misión del Apolo 17

Amerizaron con éxito en el Océano Pacífico el 19 de diciembre de 1972, tras un vuelo de 301 horas, 51 minutos y 59 segundos. Eugene Cernan y Harrison Schmitt se convirtieron de esta forma, en los últimos dos seres humanos que pisaron el satélite natural de la Tierra.

También marca la última vez que el hombre logró viajar más allá de la órbita baja de la Tierra (unos 500 km de distancia) hasta la fecha, mientras se espera por una posible, pero lejana misión espacial a Marte en la década de 2030.

(*)Actualización diciembre de 2019: Desde la publicación original de este post, la lista de astronautas sobrevivientes se ha reducido con los fallecimientos de Edgard Mitchell (Apolo XIV) en 2016, Eugene Cernan (Apolo XVII) en 2017, Alan Bean (Apolo XII) en 2018 y John W. Young (Apolo XVI) también en 2018,

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lunes, 23 de noviembre de 2015

23 de noviembre de 1924 - Edwin Hubble publica su demostración de que Andrómeda es otra galaxia.

El científico Edwin Powell Hubble (1889-1953). Astrónomo y cosmólogo estadounidense, célebre por descubrir la expansión del universo y estimar su tamaño y edad, demostró que Andrómeda era una galaxia y no una nebulosa como se creía anteriormente. En 1923 descubrió las estrellas individuales que constituyen la nebulosa de la región externa de la galaxia de Andrómeda, y, gracias a la relación luminosidad-distancia que caracteriza a estas estrellas, pudo demostrar que Andrómeda no está en el interior de nuestra Galaxia, sino fuera, y que es un sistema de estrellas completamente similar al nuestro. De esta manera, se demostró que la Vía Láctea no era la única galaxia del universo. aunque su contribución al conocimiento del universo es mucho más amplia.

Albert Einstein y Edwin Hubble
Comenzó su carrera profesional estudiando jurisprudencia en Chicago y Oxford, pero también se distinguió como atleta y boxeador. Uno de sus primeros descubrimientos se remonta a 1919, cuando demostró que en el interior de nuestra Galaxia existen nubes de hidrógeno que se hacen luminosas por la existencia de estrellas en su interior. 

Antes de morir, Hubble participó también en el diseño del mastodóntico telescopio americano de Monte Palomar en California. En su honor, el Telescopio Espacial Hubble lleva su nombre.

Telescopio espacial Hubble
Andrómeda y la Vía Láctea están en curso de colisión. Un grupo de investigadores de la NASA acaba de calcular cómo se producirá exactamente la titánica colisión entre la Vía Láctea, nuestra galaxia, y su vecina más cercana, Andrómeda. El acontecimiento, que tendrá lugar dentro de 4.000 millones de años, cambiará para siempre el aspecto del cielo y, de paso, la historia de nuestro Sol y su sistema de planetas. 

Hace mucho tiempo que los astrónomos saben que la Vía Láctea y su vecina Andrómeda se atraen mutuamente, y que se están acercando la una a la otra en una especie de «danza cósmica» que se alimenta de la fuerza de gravedad combinada de los dos gigantes. Sin embargo, hasta el momento nadie ha podido asegurar con certeza si las dos galaxias acabarían chocando en el futuro o si, por el contrario, solo se «rozarían» deslizándose muy cerca la una de la otra.

Gracias a datos muy precisos sobre el movimiento de Andrómeda obtenidos con el telescopio espacial Hubble, la hipótesis de la colisión se convierte en realidad. Las dos galaxias están en ruta directa de colisión y su choque es, por lo tanto, inevitable. El evento, durante el que la Vía Láctea y Andrómeda se fusionarán, dando lugar a una nueva y gigantesca galaxia elíptica, se producirá dentro de 4.000 millones de años.

Andrómeda y la Vía Láctea vistas desde la tierra antes del choque
La Vía Láctea, nuestro hogar en el Universo, tiene un diámetro de unos 100.000 años luz (más o menos un trillón de km.) y contiene entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas. Nuestro Sol es sólo una de ellas. Andrómeda, por su parte, es aún mayor, probablemente el doble (aunque la medida exacta es difícil de calcular) y contiene, según datos recientes del telescopio Spitzer, cerca de dos veces más estrellas que nuestra propia galaxia.

Andrómeda y la Vía Láctea son, de hecho, los dos miembros más grandes de los treinta que conforman el grupo local de galaxias. Cuando se encuentren, ambas se fusionarán, miles de estrellas saldrán despedidas en todas direcciones, como si se tratara de un inmenso avispero que tardará, por lo menos, otro par de miles de millones de años en calmarse. Sorprendentemente, es posible que el Sol y la Tierra (si es que para entonces aún existe) sobrevivan y se libren con una simple «patada gravitatoria» que les colocará, eso sí, en una posición que nada tiene que ver con la que ocupan hoy en día.

En la actualidad, Andrómeda, también llamada M31, se encuentra a unos 2,5 millones de años luz de distancia de nosotros (un año luz equivale a 9,5 billones de km) , pero se nos acerca a la nada despreciable velocidad de 400.000 km. por hora. O lo que es lo mismo, a 91 km. por segundo. Para hacernos una idea, baste decir que a esa velocidad se podría llegar a la Luna en apenas una hora.

Las simulaciones construidas a partir de los datos del Hubble sugieren que, después del primer encontronazo, serán necesarios por lo menos otros 2.000 millones de años para que las dos galaxias se fusionen por completo, sus estrellas se coloquen en posiciones estables y surja una nueva y gigantesca galaxia elíptica, muy parecida a las que abundan en nuestro sector del Universo.

Sin embargo, y a pesar de que el futuro de Andrómeda es el de «incrustarse» dentro de la Vía Láctea, la inmensa mayoría de las estrellas que forman ambas galaxias no chocarán entre sí durante el «encuentro». De hecho, existe el suficiente espacio entre estrella y estrella como para que la fusión se produzca sin demasiadas colisiones individuales. Eso sí, casi todas ellas serán impulsadas hacia órbitas muy diferentes de las actuales alrededor del nuevo centro galáctico. Las simulaciones muestran que, muy probablemente, nuestro Sistema Solar se verá impulsado hacia el exterior, y ocupará una posición mucho más alejada del corazón galáctico que en la actualidad.

Para complicar un poco más las cosas, entrará en juego un tercer actor, aunque con un papel secundario. Se trata de la galaxia del Triángulo (o M33), una «pequeña» galaxia satélite de Andrómeda (que sólo tiene unos 40.000 millones de estrellas) y que también se verá involucrada en el «baile». Los cálculos indican que M33 «revoloteará» alrededor de los dos gigantes mientras dure su interacción, y que sólo más tarde terminará a su vez chocando con la nueva galaxia resultante. Existe, no obstante, una pequeñísima posibilidad de que M33 colisione directamente con la Vía Láctea antes de que se produzca el «gran encuentro».

sábado, 31 de octubre de 2015

31 de octubre de 2011 - Nace el habitante Nº 7.000.000.000

Según cálculos estadísticos aproximados, el 31 de octubre de 2011 nació el habitante 7000 millones del planeta.

A principios de 1987 la población de la Tierra alcanzó los 5000 millones de personas. La cifra es grande, aunque tal vez a ustedes no les parezca catastrófica. Pero consideren lo siguiente. El hombre moderno apareció sobre la Tierra hace unos 50.000 años, y la población de la Tierra no alcanzó los 1000 millones de individuos hasta 1810. La marca de 2000 millones se alcanzó hacia 1925. Esto quiere decir que se necesitaron 50000 años para que la población llegase a los 1.000 millones, 115 años más para otros 1000 millones, y sólo 30 años más para añadir otros 1000 millones, en 1955. Después bastaron 21 años para que la población se incrementara en otros 1000 millones y sólo 10 años más para otros 1000 millones, por quinta vez. Alcanzamos los 6000 millones en 1999.

Es evidente que la población aumenta cada vez más deprisa. Esto no es de extrañar porque cuanta más gente hay, más niños nacen. Además, como la civilización se ha desarrollado, la vida se ha ido haciendo más segura y el índice de mortalidad ha descendido. Esto ha sido particularmente cierto en el último siglo y medio, gracias a la ciencia y a la medicina modernas. (Lo que importa ahora no es cuántos niños nacen sino en cuánto supera el número de nacimientos al de defunciones.)

Esto es peligroso. El aumento incesante de la población significa que cada vez se necesita más espacio para los seres humanos y que se está agotando el terreno no habitado. Para mantener el creciente ritmo de población hay que extraer cada vez más recursos de la Tierra, lo cual produce todo tipo de contaminación. Estamos destruyendo nuestro planeta.

¿Cuánto puede durar esto? No mucho. No es probable que la Tierra pueda mantener a mucha más gente. He oído decir a algunos locos optimistas que con los avances de la ciencia y poniendo fin a los despilfarros que suponen las guerras y su preparación, la Tierra podrá mantener una población de 50.000 millones. Dudo mucho de que esto pueda ser verdad, pero aunque lo fuese, al ritmo actual de crecimiento la Tierra alcanzaría una población de 50.000 millones en sólo un siglo, es decir, en el año 2100. Y después, ¿qué?


¿No podríamos enviar el sobrante de población a la Luna o a Marte, o hacer que viva en mundos artificiales en órbita alrededor de la Tierra? En tal caso esto significaría que en el próximo siglo tendríamos que trasladar a miles de millones de personas al espacio para mantener la población de la Tierra en los valores actuales. ¿Cree realmente alguien que podemos hacerlo?

Pero llevemos el asunto al extremo absoluto. Se cree que el total de la materia del universo pesa unos 200 millones de millones de millones de millones de millones de millones de toneladas. Supongamos que podemos superar todos los obstáculos y enviar seres humanos a todos los rincones del universo y convertir todas las estrellas y planetas en fuentes de nutrición y de oxígeno respirable. Entonces podríamos comerlo todo y la población aumentaría hasta 4.000 millones de millones de millones de millones de millones de millones de personas. ¿Cuánto tiempo llevaría esto? ¿1.000 millones de años? ¿Un billón de años?


Pues no. A nuestro ritmo actual de crecimiento, y en el caso de que éste continuase indefinidamente, sólo se requerirían 3500 años. Habríamos poblado todo el universo en el año 6500 dC. Es evidente que no vamos a hacer esto, y que por tanto el crecimiento de la población tendrá que interrumpirse...,Pero ¿cómo? En realidad sólo hay dos maneras de frenar el aumento incesante de la población: o elevar el índice de mortalidad hasta que el número de personas que mueren sea superior al de las que nacen, o reducir el índice de natalidad hasta que el número de personas que nacen sea menor que el de personas que mueren.

La manera que tiene la naturaleza de reducir la población es elevando el índice de mortalidad. Al aumentar el número de todas las especies se llega a un punto en que predomina el hambre, las enfermedades y los depredadores. En una palabra, si no hacemos nada, el índice de mortalidad aumentará sin nuestra ayuda. La humanidad sufrirá hambre, epidemias y guerras, y la población se verá reducida de un modo catastrófico. Y en este proceso la civilización podría quedar totalmente destruida. No creo que ninguna persona sensata pueda considerar esto como una solución adecuada del problema.

La alternativa es reducir el índice de natalidad. La abstención voluntaria de la actividad sexual podría dar resultado, pero no es lógico esperar que esto se produzca a gran escala. Por tanto, la gente debería aprender a usar anticonceptivos. Su uso se está fomentando intensamente en diversas partes del mundo.

Hay quienes consideran inmoral el uso de los anticonceptivos, pero en tal caso cabe preguntarse: ¿es moral la muerte masiva y la destrucción de la civilización?


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lunes, 17 de agosto de 2015

Las misiones Pioneer

El lanzamiento del Sputnik-1 soviético revitalizó el estancado programa espacial estadounidense. Lo hizo desde el punto de vista militar, pero también obligó a amortiguar los posibles efectos propagandísticos futuros, que se adivinaban amenazadores. La URSS tenía ya las herramientas para espiar a los americanos desde el espacio, y simultáneamente podía continuar minando su prestigio en el ámbito científico. Por eso, los militares estadounidenses, únicos dueños hasta ese momento de los medios para equilibrar el poderío espacial soviético, se vieron en la inmediata obligación de responder. El 27 de marzo de 1958, el Secretario de Defensa McElroy ordenó a la agencia ARPA (Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados) el inicio oficial de diversos programas  encaminados a competir con la URSS. Entre ellos, además de varios satélites meteorológicos, de comunicaciones, etcétera, se encontrarían diversas sondas lunares, ya estudiadas tanto por la USAF como por el US Army.

Por ejemplo, el 25 de octubre de 1957, en vista de la situación provocada por el Sputnik-1, varios ingenieros del Jet Propulsion Laboratory, en California, habían propuesto un proyecto llamado Red Socks (Calcetines Rojos), que consistiría en la utilización de un cohete Jupiter-C modificado, el cual podría lanzar unos 6,7 Kg alrededor de nuestro satélite en junio de 1958. Con mejores etapas superiores, desde enero de 1959 a finales de 1960 se podrían enviar sondas más sofisticadas, de hasta 54 Kg de peso, o incluso un ingenio nuclear ligero que se haría estallar sobre la superficie lunar para provocar la caída de fragmentos del astro sobre la Tierra y posibilitar así su estudio. El proyecto Red Socks estaría compuesto por al menos 9 lanzamientos. El ayudante del Secretario de Defensa, Donald Quarles, se mostró interesado en la iniciativa, aunque propuso implicar a la USAF, lo cual impediría que fructificase debido a la rivalidad entre servicios (el JPL dependía del US Army).

Esta y otras alternativas, literalmente cientos de ellas, fueron examinadas posteriormente, y se llegó a la conclusión de que, finalmente, tanto la USAF como el US Army debían tener la oportunidad de intentar el envío de vehículos a la Luna. Las responsabilidades sobre iniciativas espaciales puramente científicas aún no estaban del todo claras y de este modo se evitaba que una disputa entre ambos servicios militares pudiera retrasar el proyecto. Este, que se llamará Pioneer, supondrá el lanzamiento de tres cohetes Thor-Able (USAF) y dos Juno-II (US Army), cada uno con su correspondiente sonda. El objetivo inicial será sobrevolar nuestro satélite a menos de 80.000 Km de distancia, lo cual implicará, por primera vez, superar la velocidad de escape de la Tierra.

Con el proyecto en marcha, en junio de 1958 se empezó a construir una antena en Goldstone (Goldstone Space Communications Station), en California. Se emplearía para el seguimiento de las sondas lunares, operación que sería posible gracias a su parábola de 26 metros de diámetro. En el futuro formará parte de la red de antenas de la Deep Space Network.

Preparadas en un tiempo récord, las primeras sondas lunares empezaron a estar listas para su lanzamiento. En el transcurso de 1958, la USAF había encargado a los mismos ingenieros que habían fabricado los satélites secretos NOTS el diseño de su pequeña sonda experimental, no más allá de un compacto paquete de instrumentos y sensores capaces de detectar la presencia de la Luna cuando se acercase a ella. Hablando en público, sin embargo, el contratista de la sonda “era” la compañía Space Technology Laboratories, ya que las actividades del grupo de diseño de la US Navy estaban clasificadas.

Thor Able
Cabo Cañaveral, Florida, 17 de agosto de 1958. Un enorme vehículo Thor-Able descansa sobre su plataforma de lanzamiento. Son los tiempos de los pioneros: los EEUU pretenden hacer sus primeros pasos en la investigación espacial, y la misión que está a punto de comenzar será un muy buen indicio acerca de si las cosas se están haciendo como se deben. La NASA necesitaba demostrar su valor y capacidad técnica con un ensayo exitoso y resonante.

Básicamente, el vehículo (llamado proyecto Mona/Pioneer) consistía en un cuerpo cilíndrico estrecho, rematado en la parte superior por dos conos opuestos. En su interior, de una forma más o menos comprimida, viajaba el diferente instrumental. Además, en el extremo inferior de la sonda se hallaba el mecanismo que sujetaba a la Pioneer a la tercera fase del cohete portador, el Thor-Able-I, y un anillo de ocho pequeñísimos retrocohetes de combustible sólido (o verniers) que servirían para separarla de la fase Able cuando ésta finalizase su misión impulsora. Los verniers podrían realizar alguna corrección de curso, pero era algo que todavía debía intentarse en la práctica. Este anillo de propulsión actuaría como una verdadera cuarta etapa y tenía un empuje total de 1.930 newtons.

En la parte superior del vehículo Pioneer asomaba un pequeño cono invertido, que no era otra cosa sino la tobera del retrocohete principal, un motor sólido denominado TX-8 que proporcionaría 13.300 newtons de fuerza. En efecto, la USAF no sólo deseaba volar hacia la Luna sino también entrar en órbita alrededor de ella, a unos 65.000 Km de la superficie.

Pioneer 0
La primera sonda Pioneer medía algo más de 72 centímetros de diámetro máximo y poseía una altura de unos 45 centímetros, sin contar las toberas de los dos paquetes propulsores (verniers y retrocohete). En total, pesaba apenas 37,8 Kg. En su interior, se guardaban varios experimentos y diverso equipo. Entre ellos destacaban el "escáner" de T.V. infrarrojo (semejante al de los satélites NOTS), baterías, un radio-transmisor redundante, todo tipo de circuitería electrónica, sensores de temperatura, un magnetómetro, una cámara iónica para medir la densidad de radiación y, curiosamente, un micrófono para detectar el impacto de posibles micrometeoritos. Los instrumentos estudiarían con detalle los campos magnéticos de la Tierra y la Luna, la cantidad de radiación soportada por la sonda durante el viaje, etcétera.

Como no se sabía si la sonda llegaría a chocar contra la Luna, las primeras Pioneer serían esterilizadas antes del lanzamiento, evitándose así la posible contaminación bacteriológica de la superficie de nuestro satélite.

La idea era sencilla. Los norteamericanos habían planeado tres misiones a la Luna, cuando los soviéticos aún luchaban con el diseño de sus propulsores orbitales. Las tres misiones aspiraban a similares objetivos: estaban diseñadas para entrar en órbita lunar y fotografiar la superficie de nuestro satélite.

El objeto en la proa de aquel Thor-Able llegaría a conocerse como Pioneer 0 (P0), y constituía la primera de las tres misiones previstas.

Pero, aunque el lanzamiento fue exitoso en apariencia, a los 77 segundos de vuelo todo se convirtió en una catástrofe: la primera etapa del cohete -propiedad de la Fuerza Aérea norteamericana, ya que la NASA no tenía aún capacidad operativa- explotó y la sonda de 38 kg. se desintegró en el aire a apenas 16 km de la superficie terrestre.

Los dos restantes vehículos del programa (bautizados Pioneer 1 y Pioneer 2) fueron puestos bajo la responsabilidad de la incipiente NASA, que había sido creada por ley del mismo año 1958.

Menos de un mes después de la fallida misión Pioneer 0, decidió enviarse el Pioneer 1. También se lo colocó en la proa de un Thor-Able y sufrió asimismo un triste fracaso, aunque no tan espectacular como el de la 0.

El Pioneer 1, pues, fue el primero de todos los vehículos lanzados por la NASA, y abandonó nuestro planeta el 11 de octubre. Un error de programación en la última etapa del vehículo provocó que el Pioneer 1 nunca lograse alcanzar el empuje necesario, y por consiguiente tampoco la velocidad de escape. Aunque la falla fue considerada "parcial" por sus constructores y el vehículo logró transmitir algunos datos útiles (el tamaño de los cinturones de radiación, por ejemplo), nunca alcanzó la órbita lunar. Dos días más tarde, reingresó en la atmósfera y se hundió en el Océano Pacífico. Sin perjuicio de ello, llegó a 113.854 kilómetros de altura, estableciendo con ello un récord mundial para su época.
Pioneer 2 era ligeramente más grande y pesada que sus hermanas de penuria (39 kg). Fue lanzada el 8 de noviembre del mismo año por la NASA, operando la Fuerza Aérea como agente ejecutivo y proveedor de transporte. El vehículo era, por supuesto, otro Thor-Able, y contenía una sonda lunar equipada con una cámara de televisión, un magnetómetro, un detector de impactos de micrometeoritos y un detector de radiaciones. La P2 poseía, además, un retrocohete para ubicarse en la órbita lunar correcta. Tenía un estabilizador giroscópico que nunca llegó a entrar en operaciones.

El cohete que llevaba en la proa la pequeña sonda de 77 cm. de alto y 74 de diámetro falló en encender la última etapa, por lo que no logró la velocidad de escape y reingresó en la atmósfera apenas 6 horas y 52 minutos después del despegue, tras haber alcanzado un apogeo de solamente 1.550 kilómetros. La sonda Pioneer 2 no llegó a transmitir ningún dato significativo y culminó su breve misión estrellándose en un lugar desierto.

En diciembre, el Jet Propulsion Lab (JPL) entregó dos nuevas sondas lunares para la serie, de responsabilidad compartida entre el Ejército estadounidense y la NASA. Las naves que se bautizarían Pioneer 3 y 4 eran de mínimo tamaño (apenas 6 kg) y llevaban cada una un solo experimento: un detector de rayos cósmicos, con el objeto de sobrevolar la Luna y transmitir datos acerca de la intensidad de los campos radiactivos tanto de esta como de la Tierra. No olvidemos que ningún ser humano había volado aún al espacio, y el tipo de información que traerían estas sondas se consideraba de importancia crítica en un momento de la historia en que la ciencia no sabía si una persona podría sobrevivir a las altas intensidades de los Cinturones de Van Allen.

La maldición que pesaba sobre estos primeros vehículos del proyecto Pioneer, empero, tampoco respetó a Pioneer 3. La primera etapa del cohete (un Juno II, lanzado el día 6) se apagó extemporáneamente, mucho antes del momento indicado, sin permitirle alcanzar por este motivo la velocidad de escape. Prisionera del campo gravitatorio de la Tierra, la P3 cayó desde su apogeo de 102.332 km, no sin antes conseguir demostrar que los cinturones de radiación de nuestro planeta eran dos y no uno solo. Con este nuevo fracaso concluyó el año 1958 para la NASA.

Juno II
El 3 de marzo de 1959 se disparó el segundo Juno II llevando en la nariz a Pioneer 4, una sonda prácticamente gemela de la anterior. Se trataba de un proyecto de la Agencia de Misiles Balísticos del Ejército conjuntamente con el JPL, ambos bajo la dirección y supervisión de la NASA. Con un lanzamiento exitoso, esta sonda se convirtió en el primer aparato construido por los Estados Unidos en lograr la velocidad de escape y en llegar a 58.983 km. de la superficie lunar (dos veces más lejos de lo que se había planeado). Pioneer 4 cumplió con creces uno de sus objetivos (estudiar en profundidad los cinturones de radiación), pero fracasó miserablemente en el otro. La NASA pretendía que la sonda se convirtiera en el primer artefacto humano en sobrevolar la Luna, pero, para cuando llegó a ella, el aparato soviético Luna 1 se le había adelantado por varias semanas.

Sin embargo, los problemas del proyecto Pioneer no habían hecho sino comenzar. El resto de 1959 y todo el año siguiente fueron espantosamente malos. Se perdieron cinco vehículos y no se logró una sola misión exitosa. El 24 de septiembre de 1959 la Pioneer 9C estalló en su plataforma de lanzamiento, enviando fragmentos en todas direcciones y destruyendo el complejo de lanzamiento en varios cientos de metros a la redonda. Su impulsor, Atlas-Able C, no volvió a volar por más de un año.

En noviembre comenzó la serie de lanzamientos de la serie Pioneer P3, que duraría hasta fines de 1960. En rápida sucesión, la sonda Pioneer P3 se perdió al separarse prematuramente de su primera etapa (15 de noviembre), desintegrándose a los 45 segundos de su lanzamiento y a 1.000 km de altura al perder el escudo térmico. El 15 de febrero del 60 el vehículo que debía transportar la P31 estalló en la plataforma. El 25 de septiembre se perdió la Pioneer P30, destinada a convertirse en un orbitador lunar. A 1.290 km de apogeo, la segunda etapa del cohete que transportaba la sonda de 127 kilogramos sencillamente estalló. La segunda Pioneer P31 fue lanzada a fines del mismo año, con el mismo grado de "éxito" de sus predecesoras. El cohete que la vehiculizaba explotó a 12.200 metros de altura sobre el Cabo, tras escasos 70 segundos de vuelo.

La siguiente sonda exitosa luego de tantos fracasos fue bautizada Pioneer 5 (recordemos que la NASA sólo otorga su nombre definitivo a las misiones una vez que están en rumbo a cumplir sus objetivos). Lanzada el 11 de marzo, estaba equipada con instrumental destinado a trazar un mapa detallado del campo magnético interplanetario. Pioneer 5 fue impulsada por un Thor-Able y funcionó durante 106 días (récord mundial), batiendo el segundo de ellos al transmitir con éxito sus datos desde una distancia de 36,2 millones de kilómetros, alimentándose con los 16 watts producidos por sus cuatro pequeños paneles solares. En realidad, la P5 estaba diseñada como orbitador venusino, pero todos los retrasos derivados de los accidentes y fallas de la serie anterior provocaron que, para el momento del lanzamiento, Venus se hubiese trasladado al lado opuesto de la órbita. De ese modo, el artefacto fue reconvertido a sonda de espacio profundo y quedó alojado en una órbita heliocéntrica de casi 1 UA  de diámetro, donde todavía continúa. (UA=unidad astronómica. Es una unidad de longitud equivalente por definición a 149.597.870.700 metros, y que corresponde aproximadamente a la distancia media entre el planeta Tierra y el Sol)

La Pioneer 6, así como sus sucesoras 7, 8 y 9, fueron exitosas.

Pioneer 6
Toda esta serie estaba destinada a medir en forma minuciosa el viento solar, los rayos cósmicos y el campo magnético del Sol. Fueron estos vehículos los que nos dieron las primeras explicaciones concretas acerca de la física del Sol y los procesos intraestelares en general. Además, se comportaron como la primera red "meteorológica" espacial, que fue capaz de enviar datos concretos para predecir tormentas solares y otros fenómenos catastróficos que, de una u otra manera, afectan las comunicaciones y la energía humana. La serie Pioneer 6-9 batió un nuevo récord, a saber: se trató del programa espacial de la NASA más barato, considerando la relación entre resultados obtenidos por dólar gastado en él. Diseñados para durar solamente 6 meses, también excedieron con creces su tiempo estimado de operación: en 1996, la Pioneer 6 batió otro récord más. Con 30 años firmemente anclado en su órbita, se convirtió en el más antiguo satélite artificial aún en operaciones. Entre su instrumental llevaban analizadores de plasma, detectores de rayos cósmicos, etc.

 Delta-E 
Impulsadas por vehículos Delta-E, estas Pioneer pesaban 63 kilos y se encuentran todavía en órbitas estables, centradas en el Sol. Sus lanzamientos tuvieron lugar entre diciembre de 1965 y noviembre de 1968.

Hacía mucho que sólo se cosechaban éxitos, de modo que la maldición de las Pioneer tenía ganas de volver a hacer de las suyas. En efecto, el lanzamiento de la Pioneer E el 27 de 1969 sufrió una falla hidráulica en la primera etapa de su impulsor Delta-L, produciendo la desintegración del vehículo y su sonda de 67 kilogramos después de un vuelo de solamente 6 minutos y medio.

Pero ello no enfrió el entusiasmo de la NASA: entre 1972 y 1973 se prepararon dos misiones más de la serie, que, bajo los nombres de Pioneer 10 y Pioneer 11 e impulsadas por vehículos Atlas-Centauro SLV-3, iban a convertirse en los artefactos humanos más viajeros de la historia.

Ambas Pioneer fueron diseñadas como sondas planetarias de espacio profundo, y su misión consistía en echar una mirada cercana a los gigantes gaseosos del Sistema Solar: Júpiter y Saturno. Luego, arrojadas con fuerza ciclópea por el efecto gravitacional de ambos planetas, abandonarían para siempre nuestro sistema, perdiéndose en las profundidades del espacio interestelar.

Las Pioneer 10 y 11 pesaban 258 kg y se estabilizaban mediante el giro de la torta a 5 revoluciones por minuto. Estaban construidas en aluminio y epoxy para ahorrar peso, y se impulsaban mediante cohetes propulsados a hidrazina (un poderoso reductor que reacciona violentamente con los agentes oxidantes).

La computadora de a bordo de cada nave tenía una capacidad de almacenamiento de 49 kilobits (infinitesimalmente pequeña según los estándares actuales, que se miden en cientos de gigabytes), pero adecuada para manejar la gran antena parabólica de alta ganancia y las dos de media y baja ganancia, que operaban con transferencias de datos de 2048 baudios por segundo al inicio de la misión y decayeron a 16 bps hacia el final, a medida que los generadores se iban quedando sin energía. Ambas sondas llevaban, además, un magnetómetro ubicado en un brazo plegable de 6,6 metros de longitud, destinado a alejar el instrumento de las piezas metálicas de la espacionave para minimizar las lecturas erróneas.

Las Pioneer llevaban a bordo quince experimentos, destinados principalmente al estudio de los siguientes temas: campos magnéticos planetarios e interplanetarios, fotopolarimetría por imágenes que entregó gran cantidad de fotografías y medidas polarimétricas, investigación del viento solar, radiometría infrarroja, estudio de los rayos cósmicos, fotometría ultravioleta, investigación de la zona de transición de la heliósfera, penetración de meteoroides medida en cámaras selladas de argón y nitrógeno, medición de la existencia de hidrógeno interplanetario, y análisis de la distribución, tamaño, masa, flujo, abundancia y velocidad de las partículas de polvo espacial. Transportaban telescopios sin imagen con campos superpuestos para detectar el reflejo de la luz solar sobre las partículas de los micrometeoritos que pasaban a su lado, instrumental para estudiar las auroras y las emisiones de radio jovianas, detectores de ionización, buscadores de partículas cargadas, analizadores de plasma, contador de partículas, el magnetómetro ya citado y poderosas cámaras fotográficas para tomar imágenes de Júpiter y sus satélites, con particular énfasis en la luna Io, así como recursos suficientes para estudiar las atmósferas tanto del gigante joviano como de sus lunas.

Esta completa selección de aparatos científicos estaba pensada para trabajar durante dos años y medio en forma ininterrumpida, lo que cumplió largamente y con exceso.

Ambas sondas transportan unas placas metálicas con unos dibujos que muestran un hombre y una mujer (comparados con un diagrama de la propia nave para mostrar los tamaños relativos), un esquema del Sistema Solar indicando de cuál de los planetas proviene la sonda, y su localización en la galaxia. Se trata de una especie de memorándum o "saludo" destinado a alguna civilización tecnológica que pueda encontrar los artefactos dentro de unos pocos millones de años.


Además de las figuras humanas, que pueden dar al potencial descubridor de la sonda algunos indicios acerca de la naturaleza y biología de los constructores, la placa contiene muchísima información científica, casi toda destinada a establecer el punto de origen del aparato.

La Pioneer 10 fue lanzada por un Atlas-Centauro el 3 de marzo de 1972 desde Cabo Cañaveral; su órbita de encuentro con Júpiter la condujo en una larga parábola —que recorrió en exactamente un año y nueve meses— hasta pasar junto al rey de los planetas el 3 de diciembre de 1973. Logró acercarse hasta 200.000 kilómetros de Júpiter (algo más de 2,8 radios jovianos). El 1° de enero de 1997, la P10 estaba ya a 67 UA de nosotros, y alejándose del Sol a una velocidad de 2,6 UA por año en dirección al espacio interestelar.

Atlas
Centauro 
La Pioneer 11 iba a bordo de un Atlas-Centauro que fue disparado desde la misma base el 6 de abril de 1973. Con una masa de 259 kilos, la sonda sobrevoló Júpiter un año más tarde que su compañera, después de haber viajado un año y ocho meses. Cuatro años y nueve meses más adelante, se encontró con Saturno, tomando las primeras imágenes "en vivo y en directo" de su espléndido y magnífico sistema de anillos. Al igual que la Pioneer 10, Pioneer 11 utilizó el "efecto honda" de la gravedad joviana para girar alrededor del planeta en un ángulo de casi 90 grados, alcanzando de este modo una trayectoria de escape del Sistema Solar.

Su máxima aproximación a Júpiter (el 4 de diciembre de 1974) la acercó a 34.000 km de la capa superior de nubes del gigante gaseoso, para asomarse luego a menos de 21.000 km de la atmósfera superior del planeta anillado.

La nave operó con un transmisor de repuesto desde el principio; los instrumentos científicos a bordo tuvieron que comenzar a compartir el suministro de energía utilizándolo de a uno a partir de febrero de 1985: la pila de plata-cadmio que alimentaba a la nave no producía ya potencia suficiente para todos. Si bien la mayoría de las sondas utilizan paneles solares para obtener su energía, es obvio que ese sistema no serviría en el espacio profundo, muy lejos del Sol. Por ello se las dotó de pequeñas pilas metálicas. Además, las Pioneer llevaban como fuentes principales de energía cuatro SNAP-19 cada uno. Se trata de RTG (generadores a radioisótopos termonucleares), pequeñas pilas atómicas de excelente rendimiento que estaban ubicadas en los extremos de tres brazos radiales (separados por 120°), que las mantenían a 3 metros del cuerpo principal de la espacionave.

Su desempeño fue tan bueno que las de la P10 estaban generando 155 watts en el momento del despegue. Veintiún meses después, durante su tránsito por Júpiter, las cuatro baterías aún entregaban en forma firme y constante 140 vatios.

El 30 de septiembre de 1995 la P11 se quedó sin instrumentos científicos y dejó de transmitir sus datos de telemetría (como venía haciendo diariamente desde hacía más de 22 años), porque se quedó sin energía suficiente. A fines de 1995, la nave se encontraba a 44,7 UA de nosotros, alejándose del Sistema Solar a una velocidad de 2,5 UA/año. El 31 de marzo de 1997, cuando hacía ya casi veinticuatro años que la Pioneer 11 viajaba hacia el espacio interestelar, las operaciones de escucha y seguimiento, así como el procesamiento e interpretación de sus datos, fueron canceladas por la administración Clinton debido a razones presupuestarias. Desde hace casi ocho años, por lo tanto, si la Pioneer 11 tiene algo para decirnos, no queda nadie en la Tierra para escucharla.
  
La NASA pasó casi 30 años monitoreando las señales de la P10 a través de su Red de Espacio Profundo (Deep Space Network, DSN). Hacia primeros de 2002, la intensidad de su transmisión se había reducido a un murmullo lejano. El 7 de febrero la NASA intentó por última vez un contacto deliberado con la espacionave, mas no obtuvo respuesta.

El día 27 de abril, sin embargo, la esforzada sonda —ya sin energía— volvió a la vida el tiempo suficiente para transmitir un débil farfulleo y luego enmudeció. Esta señal, desplazándose a la velocidad de la luz, necesitó 11 horas y 20 minutos para alcanzar las estaciones de escucha de la DSN, viajando 82 UA (unos 12.300 millones de kilómetros). Fue la última transmisión que contenía datos de telemetría. Luego, nada. ¿Había muerto por fin la mensajera humana a las estrellas, la Pioneer 10? Al menos la NASA había decretado su muerte de facto, puesto que no tenía previsto seguirla escuchando.

Pero no. La heroica nave no estaba muerta.

Casi un año más tarde, el 22 de enero de 2003, la DSN detectó un débil, casi inaudible impulso de radio, proveniente del lugar exacto donde debía encontrarse la P10. Este pulso, tan débil que debió ser amplificado millones de veces para tornarse inteligible, no transmitía datos de telemetría, y nunca volvió a repetirse.

Fue el canto del cisne, la queja final del artefacto que, hoy en día, debe haber dejado de funcionar en todos los aspectos.

Pero no ha dejado de viajar. Su trayectoria la lleva hacia la estrella Aldebarán, también llamada Alfa Tauri, en la constelación de Tauro. Concretamente, representa el ojo del toro y es una estrella tipo K, de 1ª magnitud y la décimotercera más brillante del cielo. Es unas 350 veces más brillante que el Sol y 40 veces más masiva, ostentando un bello color rojoanaranjado.

Pioneer 10
La Pioneer 10 va hacia Aldebarán, por tanto, donde se la espera en unos... dos millones de años. Ojalá que haya alguien para recibirla.

En palabras de un vocero de la NASA, ni siquiera entonces será el fin de la P10: 
"Ella seguirá viajando cuando el Sistema Solar y por supuesto la Tierra hayan dejado de existir".



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Fuentes
http://axxon.com.ar/
http://nssdc.gsfc.nasa.gov/
http://noticiasdelaciencia.com/
https://es.wikipedia.org


lunes, 20 de julio de 2015

El hombre en la luna

En el mes de julio del año 1960, antes de finalizar el Programa Gemini, la NASA anunció la puesta en marcha del Programa Apolo. En principio se trataba de un viaje tripulado para localizar un lugar apropiado para aterrizar en la Luna. Sin embargo, las presiones existentes en la carrera espacial convirtieron este programa en el proyecto definitivo para que el hombre pisara por primera vez nuestro satélite.

Bajo el mandato en Estados Unidos del presidente John F. Kennedy se recrudeció la guerra fría con la URSS. Fue el propio presidente quien en 1961 anuncio que EE.UU. enviaría un hombre a la Luna y lo haría regresar sano y salvo antes de que finalizara la década. El Programa Apolo pasó a ser el centro de la atención internacional.

El programa comenzó muy mal: El 27 de enero de 1967 poco antes de llevar a cabo el primer vuelo tripulado la tragedia golpeó a la NASA. Durante una prueba de los sistemas del módulo de comando de la Apolo 1 hubo un brutal incendio dentro del mismo que se cobró, antes de que pudiera llevarse a cabo el más mínimo intento de rescate, la vida de los astronautas Virgil “Guss” GrissomEdward White II y Roger Chaffee. Una comisión investigadora determinó que la tragedia se había originado como consecuencia del oxígeno puro al 100% que entró en combustión con una chispa provocada por un cortocircuito en uno de los paneles de control de la nave.

 De izqda. a dcha.: Chaffee, White y Grissom
20 de julio de 1969: Por las pantallas de los televisores van a llegar imágenes de un sueño compartido que se está convirtiendo en realidad: la conquista de la Luna.

Para el primer alunizaje de la historia se elige un lugar situado en la parte centro-occidental del Mar de la Tranquilidad. Y es en este perdido cráter selenita, donde se encuentra el LEM con sus cómicas patas de araña, desde donde se lleva a cabo el diálogo con la base de Houston, la radiocrónica de la conquista de la Luna.

La puerta se ha abierto. Neil Armstrong ha descendido apenas sobre suelo lunar, ha dejado la primera huella y ha pronunciado, al descender de la escalerilla, la histórica frase (preparada, claro): "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gigantesco salto para toda la humanidad".

Buzz Aldrin fue el segundo astronauta en pisar suelo selenita. En un momento de la transmisión comenta: "Desde aquí se aprecia un panorama bellísimo. Es un poco parecido a algunos desiertos de los Estados Unidos". El diálogo continúa, naturalmente, hasta el momento de subir de nuevo a bordo. Han transcurrido más de catorce horas, todas utilizadas para realizar importantes experimentos y recoger muestras, cuando el LEM Eagle, el águila, vuelve a su nido, al módulo de servicio Columbia en el que se ha quedado esperando Michael Collins.

La conquista de nuestro satélite natural fue la lógica conclusión de un programa iniciado en mayo de 1961, cuando el entonces presidente de los Estados Unidos John Kennedy anunció la decisión del país de impulsar con todas sus fuerzas este proyecto.

Las etapas tecnológicas que hicieron posible la conquista de la Luna habían sido superadas aun antes de 1961, y fueron cubiertas por dos programas: "Mercury" y "Géminis". Iniciado en 1958, el proyecto "Mercury" era un programa terminado y, en el contexto de la empresa "Apolo-Luna", representó el primer paso para realizar un vehículo espacial capaz de llevar un hombre a la superficie selenita.

El segundo escalón, representado por el programa "Géminis", permitió llevar a cabo un vehículo mucho más avanzado, capaz de transportar a dos hombres. Durante las 10 misiones "Géminis" enviadas al espacio entre marzo de 1965 y noviembre de 1966, los astronautas aprendieron a realizar actividades extra-vehiculares, a efectuar maniobras de "rendez-vous" en órbita y a llevar a cabo experimentos científicos limitados.

La verdadera prueba de que el hombre podía soportar la ausencia de gravedad, sin efectos negativos durante un período suficiente que permitiera realizar el viaje Tierra-Luna, surge de la misión "Géminis 7" que se prolongó catorce días: del 4 al 18 de diciembre de 1.965.


Cuando las misiones del programa Apolo parecían haber perdido interés entre el público, el Apolo 13 consiguió retomar la atención mundial. Se trataba del séptimo vuelo que la NASA enviaba al espacio y el tercero que iba a alunizar. La nave despegó el 11 de abril de 1970. Estaba tripulada por James LovellJohn L. "Jack" Swigert y Fred W. Haise. La famosa frase de "Houston, tenemos un problema" que comenzó con la explosión de un tanque de oxígeno, fue sólo el principio de los muchos problemas que tuvo la misión.

El Apolo 13, que no llegó a alunizar, tuvo que luchar contra la energía limitada, la pérdida de calor en la cabina, la falta de agua potable y con la urgente necesidad de reparar el sistema de extracción de dióxido de carbono. A pesar de todos estos graves percances, la tripulación del Apolo 13 consiguió regresar a salvo a la Tierra el 17 de abril. Toda una aventura que, naturalmente, Hollywood convirtió en película de éxito.

El fin del programa Apolo

El proyecto Apolo siguió llevando astronautas a la Luna hasta que fue abandonado en diciembre del año 1972. Hasta entonces el coste de las misiones fue de alrededor de 20.443.600.000 dólares. A pesar de la gran inversión en personal y tecnología, la experiencia adquirida no ha servido para continuar la exploración lunar., después del Apolo 17, por razones económicas.

El programa de la NASA Perspectivas para la Exploración Espacial planea reemprender las misiones lunares tripuladas antes del final de la próxima década, después de haber completado la construcción de la Estación Espacial Internacional.

Apolo XVII esperando por su lanzamiento

Rusia

Rusia ha enviado a la Luna un total de 29 misiones no tripuladas divididas en dos programas: Luna (1959-1976) y Zond (1965-1970), además de las tripuladas del proyecto Soyuz.

Destacan las siguientes: 
  • 02 de enero de 1959: La sonda Luna-1, es el primer vehículo espacial con destino a la Luna. Consigue determinar que la Luna no posee campo magnético.
  • 14 de septiembre de 1959: La sonda Luna-2 consigue su misión: impactar en la Luna.
  • 04 de octubre de 1959: La nave Luna-3 envía las primeras fotografías de la cara oculta de la Luna.
  • 03 de febrero de 1966: Luna-9 realiza el primer descenso controlado sobre la Luna y envía imágenes de la superficie.
  • Abril y mayo de 1966.- La nave Luna-10 completa 460 órbitas lunares.
  • 18 de septiembre de 1968: La nave Zond-5, cargada con tortugas, moscas, gusanos, plantas, semillas y bacterias, gira en torno a la Luna y regresa a la Tierra.
  • 26 de octubre de 1968: El astronauta Georgi T. Beregovoy da 60 vueltas a la Luna a bordo de la Soyuz-3.
  • 10 de noviembre de 1970: La sonda Luna-17 despliega un vehículo automático de exploración lunar, el Lunokhod 1, que controlado desde la Tierra, recorre 10,5 kilómetros de la superficie lunar y transmite imágenes por televisión y datos científicos. Regresó a la Tierra en febrero de 1972.
Luna-10

China

Chang'e 3 es una misión de exploración lunar china, que incorpora un aterrizador y un rover lunar. El 14 de diciembre de 2013, a las 13:12 UTC, logró un alunizaje controlado, siendo la primera misión china en lograrlo. El último alunizaje controlado había ocurrido 37 años atrás: el Luna 24, de la Unión Soviética. La nave toma su nombre de Chang'e, la diosa china de la luna.

La misión se planeó como precursora de misiones de exploración robótica de la superficie lunar posteriores, incluyendo una misión de retorno de muestras en 2017. Siguiendo estas misiones automáticas, las autoridades chinas prevén realizar un aterrizaje tripulado en torno a 2025

Chang'e 3 durante sus pruebas

Japón

Con la Misión Hiten, Japón se convirtió en la tercera nación que envió un aparato espacial a la Luna.

El 24 de enero de 1990 la Agencia Espacial Japonesa, JAXA, envió a la Luna la nave "Hiten" con el satélite Hagoromo a bordo. En 1993 y después de tres años de vuelo, el Hiten impactó contra la superficie lunar el 10 de abril.

En 2007 Japón lanzó al espacio, a bordo del cohete H-2A, la sonda lunar Kaguya o Selene, en honor de una princesa selenita de un conocido cuento infantil nipón. Con dos satélites a bordo, el Kaguya, que viajó a la luna con la misión de que recopilar datos sobre el origen y composición del satélite natural de la Tierra.

El 12 de junio de 2009, JAXA dio por concluida, con éxito, la misión de Kaguya, que ha aportado a Japón una extensa cartografía de la superficie de la Luna.

Para 2018, la Agencia de Exploración Aeroespacial nipona (JAXA) planea realizar su primer alunizaje mediante un dispositivo no tripulado.

El objetivo de la misión será analizar la resistencia de determinados materiales sobre la superficie lunar, para determinar si pueden ser utilizados en futuras misiones tripuladas.

La misión también le servirá a JAXA para probar un sistema de aterrizaje en una zona objetivo, que buscaría tener un margen de error de tan sólo unos cientos de metros.

Según han revelado fuentes cercanas al asunto a la agencia de noticias Kyodo, JAXA presentará próximamente el proyecto ante el gobierno nipón con el objetivo de empezar a recibir financiación para la misión a partir del próximo ejercicio fiscal, que arranca en abril de 2016.

Sonda Kaguya

India

El 22 de octubre de 2008 La India lanzó a la Luna "Chandrayaan-1", su primera sonda lunar no tripulada con la misión de trazar un mapa tridimensional del satélite y estudiar su composición geológica.

La sonda, que se lanzó desde Sriharikota, la Bahía de Bengala, alcanzó la órbita lunar el 8 de noviembre, pero la Organización India de Investigación Espacial (ISRO) perdió el contacto por radio en agosto de 2009.

La Chandrayaan-1 completó 312 días en órbita y realizó 3.400 órbitas alrededor de la Luna.

Chandrayaan-1

Unión Europea

La Unión Europea, a través de la Agencia Espacial Europea (ESA), realizó la primera misión a la Luna en 2003.

El 27 de septiembre de 2003 envió, a bordo del cohete Ariane-5, la sonda Smart-1 con la misión de conseguir información de la geología, morfología, topografía, mineralogía y medio ambiente de la Luna.

La Smart-1 recogió datos y probó tecnologías que se emplearán en misiones planetarias posteriores, sin embargo, el 3 de septiembre de 2006, finalizó con éxito su primera misión lunar, tras impactar de forma controlada en el Lago Excelencia, en el hemisferio sur de la Luna.

Smart 1

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miércoles, 6 de mayo de 2015

6 de mayo de 1937 - Se incendia el dirigible "Hindenburg" en Estados Unidos

Fue el mayor objeto volante de su época, lujoso y práctico, permitía atravesar el Atlántico en sólo pocos días. Sin embargo, un 6 de mayo hace 78 años, el dirigible Hindenburg se quemaba en los cielos mientras atracaba en el que era su destino, Lakehurst (Nueva Jersey) acabando con la vida de un tercio de las personas que iban a bordo y con los sueños de una aviación comercial basada en los zepelines.

El desastre, fue grabado por las cámaras situadas en tierra: gente lanzándose desde las ventanas intentando salvarse de las llamas, otros huyendo del lugar en el que el coloso iba a caer… sin duda, la del Hindenburg es una historia que sigue sin pasar desapercibida en nuestra época, a pesar de que otras como la del «Titanic» copen el imaginario colectivo. 

El Hindenburg

Este dirigible, que se convertiría rápidamente en el orgullo del régimen nazi, se construyó en 1935 por la empresa Luftschiffbau Zeppelín, que había decidido ya integrar los dirigibles en la aviación comercial. La LZ, llevó a cabo la fabricación de dos aparatos similares, el Hindenburg, y el Graf Zeppelín II, ambos de unas dimensiones extraordinarias.

Fue el artefacto volador más grande de la historia junto a su dirigible gemelo, el Gran Zeppelín II. Medía 245 metros de largo, más que tres Boeing 747 juntos, y 41 metros de diámetro. Es decir, una extensión de 3 campos de fútbol y una altura de 16 pisos, unas medidas similares a las del colosal «Titanic», pero sobre el cielo. Contaba con una capacidad para 50 pasajeros en su primer vuelo de 1936, aunque un año después se aumentaría hasta las 72 personas. Fue diseñado con algodón y estaba barnizado con óxido de hierro y acetato-butirato de celulosa impregnado por polvo de aluminio (el polvo de aluminio y el óxido de hierro forman "termita" que es muy inflamable)

Click en la imagen para ampliar
Sin embargo, no todo en el camino de los alemanes fue sencillo a la hora de dar forma a este gigante volador, ya que desde el principio hubo problemas a la hora de encontrar materiales. Un claro ejemplo fue la dificultad para encontrar el gas que se utilizaría para elevar el aparato y que éste pudiera viajar a través de los cielos. 

Los alemanes diseñaron el Hindenburg para contener helio, pero los norteamericanos, que disponían de la casi totalidad de las reservas mundiales, no quisieron vendérselo porque no se fiaban de las intenciones de Hitler. Sin embargo, finalmente recurrieron al hidrógeno, un material más inflamable que, algunos piensan, pudo sentenciar al dirigible. Aunque este gas es inflamable, los alemanes tenían experiencia en el uso del hidrógeno, sin sufrir nunca un accidente relacionado con la alta inflamabilidad del gas. Aun así, y para mayor seguridad, se trató la envoltura del dirigible para que no acumulara electricidad estática y saltaran chispas. Tenían tanta confianza en su capacidad para manejar hidrógeno, que los ingenieros alemanes incluyeron una sala para fumar en el Hindenburg, todo un lujo si consideramos que cualquier chispa no prevista y controlada podía hacer peligrar la nave.

Concretamente, este zepelín fue bautizado con este nombre en honor de Paul Von Hindenburg, el que fue el último presidente de la República de Weimar apenas pocos años antes de que Hitler tomara el poder en Alemania. Así, y habiendo nacido a expensas de lo que se convertiría en el régimen nazi, el Hindenburg pasó a convertirse en el orgullo del Führer.

En aquella época, y pudiendo alcanzar hasta los 130 km por hora, el Hindenburg era sin duda la forma más rápida de cruzar el Atlántico, al tardar aproximadamente dos días y medio en completar el trayecto. Por el contrario, la alternativa para los deseosos de sobrevolar este territorio eran los barcos de pasajeros, los cuales prorrogaban su viaje entre 6 días y una semana completa en llegar a su destino.

Otro «palacio flotante»

El Hindenburg fue sin duda lo que se puede denominar todo un «palacio flotante» para la época, cual «Titanic» volador, ya que, aunque no podía contar con el lujo de un transatlántico, si disponía de más comodidades que otros medios de transporte aéreo como pueden ser hoy en día los aviones.

De hecho, el Hindenburg, que podía albergar a unas 100 personas, contaba con varias cabinas de pasajeros (las que incluían una cama, un pequeño armario y un lavabo), baños y salones desde los que se podía admirar el paisaje.

Un símbolo del nazismo

El Hindenburg, gracias a sus grandes dimensiones y la expectación que levantaba, pronto fue utilizado por Hitler como elemento propagandístico para sus exhibiciones de poder, incluso lo hizo aparecer en los multitudinarios congresos del partido en Nuremberg. Para el resto de países suponía un objeto de admiración, al igual que el Graf Zeppelín, que despertaba entusiasmo allí donde llegaba. No hay que olvidarse de que, en aquellos años en los que el Hindenburg inició sus primeros vuelos (1936), la II Guerra Mundial aún no había estallado y las relaciones entre los países, aunque tensas, no era todavía de beligerancia. 

El desastre

Con más de 300.000 km de vuelo a sus anchas espaldas, el 6 de mayo de 1937, el Hindenburg, con 97 personas a bordo, se dispuso a atracar en la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey. El dirigible, había realizado un vuelo de casi tres días desde Alemania y, en una noche tormentosa, se dispuso a tomar tierra para dar por finalizado su viaje, el cual, fue el último.

La maniobra de atraque de los zepelines no era sencilla, desde el globo, se tiraban maromas a tierra desde el morro, las cuales eran cogidas por los trabajadores, que, tirando de ellas, las fijaban al mástil de amarre. Este proceso, además de tedioso, era muy peligroso, ya que en ocasiones los cabos se elevaban junto con los trabajadores que los sujetaban y éstos morían tras caer varios metros. La maniobra para fijar al Hindenburg comenzó aproximadamente a las 19:25, y contaba con unos 248 obreros de tierra.

Sin embargo, justo cuando el Hindenburg había lanzado los amarres, repentinamente, los trabajadores observaron una chispa en la popa del dirigible (la parte trasera del mismo). En cuestión de segundos, y para asombro de todos los presentes, el zepelín se incendió y el fuego se extendió por todo el globo. El Hindenburg cayó a tierra en 40 segundos.


Desde tierra, también se pudo ver a los pasajeros y la tripulación intentado salvarse saltando al suelo desde una altura de 15 metros. De las 97 personas que viajaban a bordo (36 pasajeros y 61 tripulantes) murieron 35 personas (13 y 22), todo un milagro para la magnitud del desastre.

El fin de una era

Después del desastre, se abandonaron los viajes en dirigible, lo que significó el fin de una era para la aviación. Se cancelaron los vuelos en dirigible con pasajeros. Tan sólo el Graf Zeppelín II llegó a hacer algunos vuelos de prueba con personal de la compañía a bordo.

Fue un golpe muy duro para Hitler. El Hindenburg era un símbolo del poderío de la Alemania nazi y su destrucción puso en entredicho ante todo el mundo la avanzada tecnología germana. 

Durante los tres cuartos de siglo que han transcurrido desde entonces, múltiples han sido las teorías que han ido apareciendo de cuál podría haber sido el motivo principal y real de este trágico acontecimiento, no llegando los expertos a ninguna conclusión definitiva.

La mayoría de los mismos lo achacaban a las inclemencias meteorológicas y al hecho de haberse amarrado a la estructura, la cual hizo de toma de tierra ¿un escape fortuito de hidrógeno? ¿Un sabotaje? (la teoría más apoyada por el gobierno alemán y los amantes de las teorías conspiratorias) ¿o quizás fue a causa del Fuego de San Telmo?.

Recientemente Jem Stansfield, un ingeniero británico de 37 años, ha realizado varias pruebas con una serie de dirigibles que ha construido a escala del original (hay que tener en cuenta que el LZ 129 Hindenburg medía 245 metros de largo).

Tras numerosas pruebas y horas de investigación ha llegado a la conclusión de que el sabotaje quedaba descartado como motivo del accidente, apuntando a una fuga de hidrógeno a causa de una válvula defectuosa (o quizás un cable que se soltó) haciendo llegar gas hasta el conducto de ventilación. La electricidad estática del exterior hizo el resto, provocando el chispazo que hizo explotar al dirigible, ardiendo por completo en unos escasos cuarenta segundos.

Una de las incógnitas también resueltas es por qué no murieron todos los que iban a bordo y es porque, tras la explosión, se produjo la rotura de los depósitos de agua que llevaba el Hindenburg, cayendo el líquido sobre las personas que allí se encontraban.

El futuro

En los años setenta comenzaron a barajarse en Alemania, dada la carestía del petróleo, el uso de dirigibles a los que se llamó ‘los barcos del cielo’. Desde entonces ha habido decenas de proyectos civiles.


¿Volverá el cielo a verse surcado por dirigibles de la nueva hornada, cual si fueran enormes platillos voladores?  Si es así, competirán con los mercantes legales y de fortuna o se harán cargo del transporte aéreo de personas y mercancías. Ingleses, franceses, alemanes, norteamericanos y rusos se aplican en la tarea de ultimar sus modelos de «autobuses voladores» que podrán ser utilizados comercialmente dentro de unos años. Se trata del tercer nacimiento de los dirigibles. En la era de los aviones supersónicos, es más el interés comercial que la eterna nostalgia de los legendarios zeppelines, lo que ha provocado su resurrección.

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