lunes, 31 de agosto de 2015

Los crímenes de Whitechapel

Los crímenes

En las postrimerías del siglo XIX, Londres capital de Inglaterra, se erigía como la metrópoli del mayor imperio mundial de esa época. La zona más paupérrima de la gran urbe la conformaban los barrios bajos del sector este londinense, el llamado “East End”. Este último era considerado un ámbito marginal en abierta oposición al “West End” donde se congregaba la clase alta inglesa. Dentro del territorio del East End se ubicaba el distrito de Whitechapel (Capilla blanca) con sus barrios pobres y conflictivos. Este sector de la ciudad configuró el terreno que sirvió de coto de caza durante un muy restringido período, desde agosto hasta noviembre, durante el otoño europeo del año 1888, a un asesino serial que mató y mutiló con insólito ensañamiento al menos a cinco mujeres. Jack el Destripador probablemente sea el asesino en serie más famoso de la historia. La brutalidad con la que mutiló a sus víctimas y el hecho de que nunca se le capturara han impregnado al personaje de un misterio y una admiración a lo largo de la historia que se prolonga hasta nuestros días.


Las víctimas

La primera víctima “oficial” e indiscutida del Jack el Destripador la constituyó Mary Ann Nichols, conocida en su ambiente con el apodo de “Polly”. Su mutilado cadáver fue descubierto en la madrugada del 31 de agosto de 1888 por el Agente John Neil mientras cumplía su patrullaje de rutina por la zona de Bucks Row. En este caso llamó la atención la escasa cantidad de sangre percibida a su alrededor y lo seco que estaban su cuerpo y sus ropas pese a la lluvia que había caído en la noche del crimen.

El segundo homicidio incuestionable de esta saga tuvo efecto el sábado 8 de setiembre de 1888, en cuya madrugada el cadáver de Annie Chapman de cuarenta y siete años, a quien sus allegados llamaban “Annie la Morena”, fue hallado frente al patio trasero de una casa de inquilinato sita en el número 29 de la calle Hanbury, lugar frecuentemente utilizado por las meretrices para ejercer el comercio sexual. La desdichada era de baja estatura, obesa, y sufría los estragos de una enfermedad pulmonar tan avanzada que el médico examinante dejaría constancia de que la occisa estaba destinada a fallecer en los próximos meses a consecuencia de ese mal por más que no hubiera entrado en escena su victimario.

Los homicidios números tres y cuatro de la serie tuvieron lugar durante la madrugada del 30 de setiembre de aquel fatídico año, y estuvieron separados por un lapso temporal de menos de una hora. La mujer de cuarenta y cinco años y origen sueco apodada “Long Liz”, a la cual se la conocía como Elizabeth Stride por su nombre de casada, fue encontrada muerta con el característico profundo corte inflingido de izquierda a derecha en su cuello. Su cuerpo yacía tendido en un oscuro pasaje próximo a la entrada de un club político emplazado en la calle Berner. Según toda la apariencia, esta vez el asesino no dispuso de tiempo suficiente para satisfacer su sed mutiladora, tal vez al ser interrumpido por la presencia de un ocasional transeúnte y por ello habría salido en busca de una nueva víctima con la cual saciar su frenesí mutilador, sin reparar en los crecientes riesgos de ser atrapado. Tras su primer ataque el psicópata se toparía con Catherine Eddowes, de cuarenta y tres años, eliminándola con más saña aún que la empleada en las situaciones anteriores. También aquí el inicial acto homicida consistió en el clásico corte profundo inferido de izquierda a derecha en la garganta. A escasas cuadras del escenario fatal se localizó sobre la vereda un trozo de delantal empapado en sangre perteneciente presuntamente a esta difunta. En la pared frente a donde se había arrojado la prenda se leía una inscripción trazada con tiza cuyo texto contenía la extraña alusión a que los judíos serían los hombres a los que no se culparía de nada.

Luego del30 de setiembre la prensa arreció concediendo gran difusión al tema de los asesinatos el cual pasó a ser tapa de portada en la mayoría de los casi doscientos periódicos que se publicaban en el país. Por si algo le faltaba a la trama ahora había adquirido estado público el mote del hasta entonces anónimo matador. No cabe dudar que de no haber sido por el inspirado nombre con que ese asesino se bautizó a sí mismo –o fue bautizado por otros- sus crímenes, pese a lo espantosos que fueron, habrían quedado relegados en el olvido. A su vez, parecía estarse operando un intervalo. No se sumaban nuevos asesinatos. El culpable parecía replegarse y descansar. Ningún homicidio con su sello se verificó durante el mes de octubre de 1888 en Whitechapel y tampoco en el resto de Inglaterra.

El despliegue policial no tenía precedentes. Se requisaron las casas, tabernas y pensiones del distrito. Lo miembros civiles del Comité de Vigilancia cooperaban patrullando día y noche por las calles más peligrosas. Los afiches con el texto y la letra de las cartas que presuntamente Jack había enviado se reproducían en las comisarías y en distintos lugares de la vía pública. Hasta se había llegado a recurrir al uso de perros sabuesos. Se volvía evidente que la cacería se hallaba en pleno apogeo. ¿Presintiendo su aprehensión, se habría acobardado Jack el Destripador? ¿Cambiaría al menos de escenario buscando uno menos riesgoso donde proseguir sus ataques? Pronto la población saldría de dudas.

Así fue que en los primeros días de noviembre de aquel año toda Gran Bretaña se vería estremecida al enterarse que había tenido efecto uno de los asesinatos más horrorosos e indignantes de sus anales criminales. La orgía de sangre desatada por el psicópata llegaría a su paroxismo con el crimen de la más joven y atractiva de sus víctimas, Mary Jane Kelly de 25 años, a la cual literalmente descuartizaría dentro del estrecho interior de una miserable chabola sita en el número 13 de Millers Court durante la madrugada del 9 de noviembre del trágico otoño de 1888. “¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!”, habría exclamado Mr. John Mc Carthy, casero de la infortunada inquilina, al deponer en el sumario subsiguiente, dejando constancia de la terrible impresión que le produjo el hallazgo que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.



Los sospechosos

El asesino mediático

¿Fue el verdadero Jack the Ripper un criminal bromista, un guasón que enviaba cartas confeccionadas de mano propio a los periódicos, a la policía, e incluso a ciudadanos particulares, a través de las cuales alardeaba acerca de sus nefastas hazañas? La policía de aquel entonces se vio bombardeada por cientos de mensajes cuyos signatarios proclamaban ser el matador de prostitutas de Whitechapel. El tono de los escritos transcurría desde los cuales se dejaban pistas para “colaborar” con la resolución del enigma hasta aquellos donde los remitentes transitaban desde la fina ironía hacia la burla torpe y del lenguaje soez a las amenazas morbosas.

Hasta el título de la taquillera película “From Hell” – “Desde el Infierno”- debe su procedencia a una de las más notorias y espeluznantes misivas que se mandaron en el curso de estos infaustos acontecimientos. Nos referimos a la que arribara el 16 de octubre de 1888 al domicilio de George Alkin Lusk, Presidente del llamado “Comité de Vigilancia de Whitechapel”, creado a instancias de un grupo de comerciantes preocupados por los efectos nocivos que los crímenes provocaban en la zona. Menudo sobresalto sufriría el buen Mr. Lusk cuando al abrir la caja de cartón que a su casa le enviaron vio que ella guardaba la mitad de un riñón humano conservado en alcohol.

Junto con el horrible obsequio iba un recado escrito con letra irregular, tosca y plagada de errores gramaticales -que en esta transcripción se obvian- la cual decía: 
“…Desde el infierno. Mr. Lusk: Señor. Le envío la mitad del riñón que saqué de una mujer. La otra mitad la freí y me la comí, estaba muy buena. Puedo mandarle el cuchillo ensangrentado con que lo saqué sólo si espera un poco. Firmado. Atrápame si puedes. Mr. Lusk…”

Se tuvo en cuenta la autopsia sobre el cadáver de Catherine Eddowes. El fragmento fue llevado para su análisis al patólogo Dr. Thomas Oppenshaw quien ratificó el carácter humano del riñón en examen, concluyendo que había pertenecido a una mujer adulta de cuarenta años o más, afectada por enfermedades vinculadas al exceso de alcohol. Prevaleció la idea de que el trozo de víscera podía haber sido obtenido de una persona muerta a la que se hubiese realizado una autopsia y del cual un estudiante de medicina podría haberse apropiado para llevar a cabo una desagradable travesura. Contrario a esa posición era el Jefe de Policía de la City de Londres. Teniente Coronel Sir Henry Smith, quien se mostraba a favor de que ese lúgubre envío lo había hecho el asesino.

El primer mensaje veraz ligado con los crímenes del cual se posee conocimiento cierto fue mandado al máximo jefe de la policía inglesa, Sir Charles Warren. Data del 24 de setiembre de 1888, y allí el emisor se describe anunciando que: 
“…soy el hombre que cometió todos esos asesinatos…”, y que quería entregarse porque las pesadillas lo torturaban, puesto que: “… si alguien viene a prenderme me rendiré, pero no voy a ir a la comisaría por mí mismo…”. Culminaba sus líneas el dibujo de un cuchillo y debajo se proclamaba: “…Este es el cuchillo con que he hecho esos asesinatos. Tiene una empuñadura corta y una hoja larga de doble filo…”.
Este primigenio comunicado se mantuvo oculto a la opinión pública porque las autoridades creyeron que se trataba de una tosca chanza. Pero llegaría el 27 de setiembre de 1888. Ese día la denominada “Agencia Central de Noticias” de Londres alegaría haber recibido una carta firmada por el homicida anunciando nuevos crímenes, y el día 29 de ese mes se la hizo llegar a la policía. El tenor de la luego famosa epístola relacionaba: 
“…Querido Jefe: Constantemente oigo que la policía me ha atrapado pero no me echarán mano todavía. Me he reído cuando parecen tan listos y dicen que están tras de la pista correcta. Ese chiste sobre Delantal de Cuero me dio risa. Odio a las putas y no dejaré de destriparlas hasta que me harte. El último fue un trabajo grandioso. No le di tiempo a la señora ni de chillar. ¿Cómo me atraparán ahora? Me encanta mi trabajo y quiero empezar de nuevo si tengo oportunidad. Pronto oirán hablar de mí y de mis divertidos jueguecitos. Guardé algo de la sustancia roja en una botella de cerveza de jengibre para escribir, pero se puso tan espesa como la cola y no la pude usar. La tinta roja servirá igual, espero, ja, ja. En el próximo trabajo le cortaré las orejas a la dama y se las enviaré a la policía para divertirme. Guarden esta carta en secreto hasta que haya hecho un poco más de trabajo y después tírenla sin rodeos. Mi cuchillo es tan bonito y afilado que quisiera ponerme a trabajar ahora mismo si tengo la ocasión. Buena suerte. Sinceramente suyo. Jack el Destripador…”
Catherine Eddowes, daba muestras de una rajadura en el lóbulo de su oreja derecha. El seccionamiento de ese órgano dio la impresión de no haber sido intencional sino una de las cuchilladas inferidas por el Destripador en su éxtasis frenético. Por eso no existe evidencia sólida de que de que siquiera se intentara rajarles las orejas a las víctimas para enviarlas “de regalo” a la policía. De lo que se infiere que la mención formulada en la célebre carta “Querido Jefe” a lo máximo podría reputarse como una mera coincidencia.

Podrá creerse que el auténtico maníaco no elaboró ninguno de los mensajes y que la integridad de los sucesos publicitarios se debieron a la inspiración de la prensa o de terceros movidos por las más variadas intenciones. Podrá también sostenerse que todos, al menos, casi todos los actos mediáticos fueron autoría de una sola persona. La evidencia conocida y el sentido común rechazan esta postura. La tercera posibilidad radica en que algunos de los actos mediáticos resultaran creación del verdadero asesino. Esto no necesariamente equivale a aceptar que éste fuera el inventor de su tan mediático apodo criminal, sino que pudo limitarse a aceptar- quizás muy satisfecho- el alias que otros le fabricaron.


El asesino escritor

En el correr del año 1992, Se dio difusión a un diario personal adjudicado a la pluma del mítico asesino secuencial de postrimerías del siglo XIX: Jack el Destripador. Este diario lucía escrito sobre las páginas de un álbum destinado a fotografías y postales al cual le faltaban varias de sus hojas iniciales.

Su posible redactor lo constituía un adinerado industrial algodonero que en su época residiera en la ciudad inglesa de Liverpool y que había fallecido bajo circunstancias confusas en el mes de mayo de 1889. Su nombre: James Maybrick.

La credibilidad que merecería este presunto diario íntimo fue puesta en tela de juicio ya desde el comienzo de ser desvelado su texto. ¿Se trató de una burda falsificación? O, por el contrario, ¿nos encontramos frente a un documento atendible y –por tanto- sensacional? El diario de Jack el Destripador fue publicado finalmente por la editorial Smith Gryphon Ltda en el año 1993 con un extenso comentario de la escritora Shirley Harrison contratada al efecto. En dicho libro se ofrece una ampliación de la espeluznante foto tomada al mutilado cadáver de la desgraciada meretriz donde un poco por encima del cuerpo yacente sobre la cama es posible apreciar con relativa nitidez una forma que semeja el perfil de una letra “m” mayúscula, y a la izquierda aunque no ya tan nítida, parecería haberse garabateado una consonante “f”, también mayúscula.

Según narra el diario, la cónyuge del presunto autor –la hermosa y casquivana Florence Maybrick- fue la causa de los celos que incitaron la demencia homicida de James Maybrick, “f” y “m” constituían, pues, sus iniciales. Y tales iniciales son las que se pretende que el asesino dejó pintadas en sangre en la pared de aquella habitación antes de huir. En su supuesta confesión, el hombre habría hecho constar que la infortunada Mary Jane Kelly le traía recuerdos de su adúltera esposa. Los desconcertantes trazos sanguinolentos en forma de letras “f” y “m” estampados encima de aquel muro encartan una seria y válida interrogante. ¿Cómo en el diario fue posible hacer mención a estas iniciales si ninguna información de la presencia de tales letras se poseyó sino después de realizada la publicación del manuscrito en el año 1993?

Deviene igualmente bastante novedoso el terrible dato de que el asesino le arrancó el corazón a Mary Jane Kelly. Este hecho fue omitido de la lista interna confeccionada por la policía, y los médicos forenses actuantes fueron cautelosos al respecto y también lo callaron. Aparentemente, por ningún conducto se podía saber que el cadáver de aquella desgraciada difunta fue profanado de tan cruel manera pero, pese a todo, en el escrito se formula una mención al robo de ese órgano. Al llegar casi al final de su redacción se deja constancia: “…Esta noche rezaré por las mujeres que he asesinado. Que Dios me perdone los actos que cometí con Kelly, sin corazón, sin corazón…”

James Maybrick fueun comerciante algodonero que en 1887 se trasladó a Estados Unidos y fundó una agencia. Desde entonces dividía su tiempo en la atención de negocios en Gran Bretaña y Norteamérica. En 1880 durante uno de esos frecuentes viajes marítimos conoció a la joven Florence Chandler, de sólo diecinueve años. Tras el casamiento la pareja pasó a residir en una mansión palaciega sita en la zona más coqueta y reservada de Liverpool.

Empero, ninguno de tales bienes y privilegios devendría suficiente para evitar la desgracia a recaer sobre la pareja debido a que la infidelidad haría irrupción en escena. La bella Florence encontraría un amante en la persona de un próspero comerciante vinculado a los negocios de su esposo, Alfred Brierley, hombre apuesto y adinerado de treinta y seis años. Si concedemos crédito a lo que dice el manuscrito, resultarían el dolor y la furia desatados al descubrir la infidelidad de su esposa lo que transformaría a James Maybrick de apacible y clásico burgués victoriano en un sanguinario asesino serial; aunque cabe preguntarse: ¿cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su pareja toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos, aún en un caso de los más misteriosos y raros de la historia del delito como lo fue el de Jack el Destripador.

El texto del diario por fuerza debe calificarse como muy contradictorio, y el primer impulso que nace es el de negar la veracidad de su contenido y coincidir con quienes opinan que se trata de un fraude bastante burdo. Algunos datos, empero, no aceptan fácilmente tan cómoda explicación y la polémica encendida en 1993 prosigue en pie. James Maybrick, presumiblemente a su pesar, se ha convertido por obra y gracia del ingenio de los propulsores y beneficiarios del ya famoso diario en uno de los sospechosos más populares a ocupar el cargo de haber sido el tristemente célebre y elusivo “Jack el Destripador”.


El asesino conspirador

El despliegue policial, periodístico y también social llevado a cabo para lograr la captura del criminal que desde el año 1888 conmocionó a toda Inglaterra con sus atrocidades, y su consiguiente fracaso inapelable, hizo casi inevitable que se avivasen en Gran Bretaña el recelo y la suspicacia. Ese estado de alma constituía terreno fértil para que se sospechase de la policía y de los poderes que desde el gobierno monárquico podrían haber impedido la eficaz actuación de ésta. Sólo una conspiración o conjura de muy alto nivel era apta para explicar que aquel feroz delincuente, del cual se suponía había llegado al colmo de burlarse de sus perseguidores en cientos de cartas, se mantuviera impune para siempre.

En el año 1976, casi noventa años después de transcurridos los sucesos, vería la luz pública el primer libro que con minuciosidad de datos y argumentos ofrecerá una investigación aparentemente sólida en respaldo de la que se diera en llamar teoría de la conspiración o de la conjura, también conocida como teoría de la conspiración monárquico-masónica.

Jack el Destripador. La solución final” se tituló dicha obra debida a la capacidad e imaginación del periodista y escritor Stephen Knigth, y con diversas variantes conformaría la base para películas mejor o peor formuladas y actuadas, de mayor o menor éxito, pero en donde en todas ellas estaría como núcleo de su entramado esa atrayente propuesta. De acuerdo con la historia planteada el Príncipe Albert Víctor no resultaba ser el victimario, por más que le correspondería un papel destacado en la narración.

El Duque de Clarence merodearía por los arrabales del East End londinense bien lejos de las indiscretas miradas que lo vigilarían si hubiera pretendido divertirse en la lujosa zona del West End. El bohemio y talentoso pintor Walter Sickert, de quien Eddie fingiría ser el hermano menor, oficiaría a modo de baqueano cicerone del joven de sangre real durante esas incursiones. El muchacho conocería a la juvenil y sensual Annie Elizabeth Crook, una modesta dependienta que a la sazón trabajaba en una confitería emplazada en la calle Cleveland. Los jóvenes se convertiría en amantes y la chica daría a luz una hija natural del aspirante a monarca a la cual se bautizaría con los nombres de Alice Margaret. El posterior casamiento de sus padres – en una iglesia católica y con la presencia de Walter Sickert como testigo del novio y de Mary Jane Kelly asistiendo a la novia- concedería legitimidad al nacimiento de la pequeña.

Que el futuro Rey contrajera matrimonio clandestinamente en una iglesia católica y que su esposa plebeya hubiera engendrado una niña apta para aspirar al trono inglés era suficiente motivo para un gran escándalo y ese hecho constituía una razón de trascendencia como para que la Corona, enterada de tan anómala situación, tomara cartas en el asunto y mediante la intervención de la policía secreta a la cual se haría entrar en acción gracias a una gestión del Primer Ministro Lord Robert Salisbury, pretendidamente masón, separase mediante la fuerza a la pareja. Albert Víctor sería reprendido por su desatinada conducta. Annie, mientras tanto, quedaría confinada en una institución para enfermos mentales víctima de una manipulación en su glándula tiroides y ya nadie iría a creerle si contaba la historia de su casamiento con el Príncipe, de la existencia de la hija de ambos y de los derechos al trono que ésta tendría.

Estas maldades inflingidas contra la pobre Annie estaban supervisadas por el médico real Sir William Withey Gull. Este hombre, igual que sucediera con Lord Salisbury y los altos cargos Charles Warren y Robert Anderson resultaría sindicado de ser un elevado integrante de la masonería. La beba, mientras tanto, había quedado bajo los cuidados de Mary Kelly, la mejor amiga de la infortunada Annie, y luego pasaría a manos de sus abuelos maternos. Mary regresaría a su Irlanda natal pero años más tarde volvería a Inglaterra y se dedicaría a la prostitución trabando amistad con otras colegas, a saber. Mary Ann Nichols, Annie Chapman y Elizabeth Stride. En el curso de sus beberajes por los bajos fondos del East End le contaría a sus compañeras sobre la triste historia de su amiga Annie Crook enclaustrada en un hospicio para dementes, del casamiento clandestino de ésta con el Príncipe y de la bebé con presuntos derechos a la sucesión real.

Necesitadas de dinero creerían que un práctico camino para obtenerlo consistía en chantajear a la casa real reclamando dinero por su silencio. Aquí aparecería en escena el Dr. William Gull contactado para que eliminara el peligro representado por las prostitutas alineadas contra la Corona. Las dos grandes pasiones de la vida del Dr. Gull eran la monarquía británica y la orden masónica, y haría cuanto fuera preciso en salvaguarda de estas instituciones. Con la ayuda de un cochero cómplice, John Netley, pondría manos a la obra en su labor.



El asesino satánico

Jack el Destripador golpeaba repentinamente. Como si de un perverso y fulmíneo ente emergido de la nada se tratase. Agredía a sus presas humanas y les inflingía una muerte atroz, sin que aquellas pudiesen oponerle la menor resistencia.

Nunca había testigos directos presentes durante los feroces ataques. Obraba con increíble eficacia haciendo alarde de una desconcertante sangre fría y de un completo desprecio hacia el peligro, como si estuviese convencido de que jamás iría a ser capturado.

En alguno de sus asaltos, tal cual aconteciera en el homicidio de Catherine Eddowes, eliminó a la mujer en las adyacencias de una plaza alrededor de la cual un agente policial practicaba una ronda regular cada quince minutos. Aun así le alcanzó para diseccionar con certera minuciosidad al cadáver y extirparle órganos.

¿Estaba acaso protegido por fuerzas sobrenaturales? ¿Era quizás un enviado diabólico? ¿Sus escalofriantes actos obedecían a un lúgubre ritual? Preguntas análogas a las arriba formuladas se agolparon en la mente de sus contemporáneos, y de ello dio debida cuenta la prensa de aquel entonces.

El nombre y los apellidos del demoníaco personaje a quien algunos consideraron un homicida satánico responsable de esos crímenes era Robert Donston Stephenson, aunque también se lo conocía como Roslyn D´Onston. Durante el año 1888 había estado entrando y saliendo del London Hospital de Whitechapel, donde se lo trataba a causa de afecciones psiquiátricas. Se trataba de un gran mitómano y un empedernido bebedor. 

¿Podría este hombre haber constituido un criminal motivado por los extraños e incomprensibles impulsos destructores que se intuyen en las matanzas victorianas? El sujeto devino sindicado como posible culpable por el periodista William Thomas Stead, los escritores Bernard O´Donnel y Mabel Collins, la Baronesa Vittoria Cremers, y por un detective aficionado y socio suyo que lo denunció. A su turno, él se involucró por sí mismo en la historia del Destripador luego de acusar ante las autoridades a su médico, el psiquiatra Morgan Davis.

Robert Donston llena los requisitos inherentes a un desorientado que cree haber sido elegido como emisario de las fuerzas del mal. Fue un sospechoso contemporáneo a las presuntas muertes ceremoniales, devino varias veces interrogado por la policía, y está comprobado que redactó artículos periodísticos sobre magia y ocultismo. No obstante, el criterio mayoritario exteriorizado por los estudiosos en el asunto concuerda en que este individuo no calza los puntos adecuados para ser reputado como un sospechoso legítimo y, en general, su nominación al efecto resulta desechada. 

Su huella se fue hundiendo lentamente en una oscuridad semejante a la que signó toda su existencia. Oscuridad de la cual sólo lo sacarían ciertos ensayistas modernos en su búsqueda por resolver el mayor enigma criminal de todos los tiempos.


El asesino inexistente

¿Es sostenible la hipótesis de que en el caso de Jack el Destripador hubiesen participado sucesivos criminales oportunistas? ¿Resulta creíble que se haya tratado de más de un perpetrador? ¿Podrían los victimarios no guardar relación alguna entre sí, desconociendo uno la identidad de otro y así sucesivamente?

De haber acontecido así el feroz maníaco en cuestión no habría tal como lo conocemos –o creemos conocerlo- existido jamás. Nos encontraríamos –literalmente hablando- frente a la situación de un asesino inexistente, en la medida de que nunca se habría tratado de un único matador sino del accionar independiente, y mediante secuencias autónomas, de sucesivos criminales, quienes fueron remedando en forma alternativa la metodología y la parafernalia utilizada por un antecesor.

Se ha sugerido que la atroz secuencia de homicidios victorianos se debió a la eclosión de una peculiar "epidemia" de criminales imitadores fomentada por el histerismo generalizado que la prensa provocó sobre la población al poner a circular toda clase de nociones erradas en torno a cómo se consumaron los asesinatos.

Tales extrañas circunstancia se habrían verificado no sólo un vez –lo cual sería cómodo imputar a la casualidad- sino en más de una emergencia, avalando así la creencia de que un criminal oportunista habría hecho su macabro debut en escena.

Tomemos como ejemplo el deceso de Kate Eddowes cuya notable diferencia con los tres crímenes canónicos precedentes fincó en que el rostro de esa difunta resultó salvajemente mutilado. Lo insólito fue que en días previos a este crimen otra muerte más había sido atribuida a la mano del mismo ultimador.

Se trató del homicidio de una chica de nombre Jane Beadmoore, joven madre que llevaba una vida desordenada, quien en la noche del sábado 22 de setiembre de 1888 fue vista con vida por última vez y al alba del domingo se halló su cadáver en una zanja de la localidad de Birttley Fell, Country Durhan, zona de minas emplazada al nordeste de Gran Bretaña. Sufrió extensas mutilaciones faciales, idéntico género de ataque que iría a reiterarse a los pocos días en el crimen de la plaza Mitre. Para la prensa esa muerte fue echada durante largo tiempo a la cuenta de las inferidas por Jack el Destripador. 

El homicida de esa joven –su ex novio William Wadel, que la había matado por despecho- fue pronto capturado y aceptó haber tratado de hacer creer que ese crimen pertenecía a la secuencia del East End, y por ello practicó las incisiones ventrales y extrajo órganos.

Una semana después Catherine Eddowes caería bajo el cuchillo de un asesino que realizó sobre su faz mutilaciones casi idénticas a las ejecutadas por aquel desenmascarado y confeso imitador.


Jack el Destripador: Perfil psicológico

El inicial "perfilador" –cuando aún no se utilizaba ese término- contemporáneo a los acontecimientos que ofreciera un retrato psicológico sobre Jack el Destripador lo constituyó el médico forense Thomas Bond, profesional que expuso su informe diagramando el primer contorno científico buscando predecir las claves íntimas de quien se ocultaba tras el misterioso criminal de Whitechapel, y presentó sus conclusiones a requerimiento de las jerarquías de Scotland Yard.

Según el doctor Bond los cinco homicidios que luego dieron en denominarse "canónicos" fueron facturados por el mismo agresor, el cual no había dado muestras de especial sapiencia técnica a la hora de emprender las mutilaciones. No se habría tratado de un cirujano ni de una persona vinculada a la profesión médica.

El motivo de los homicidios le parecía que radicaba en un desenfrenado apetito sexual, pese a que las autopsias practicadas a las víctimas descartaban la presencia de fluidos seminales. Tal vez era impotente, o bien sufría dificultades para acceder al coito de manera normal.

A partir de datos objetivos recabados en la escena de los crímenes y del análisis de los cadáveres el forense se animó –cosa insólita para aquella época- a dar su opinión sobre cuál podría ser la personalidad del matador. A éste lo imaginó como un individuo de mediana edad, costumbres prolijas y temperamento sosegado de quien sus vecinos jamás sospecharían. Debía disponer de considerables ingresos económicos y de un trabajo regular que le impedía cometer sus asaltos durante los días hábiles, lo cual justificaba que éstos siempre tuvieron efecto durante los fines de semana.

Algunos autores estimaron que el depredador era un reformista social desequilibrado, quien al matar prostitutas obraba en la creencia de estar cumpliendo una tarea de saneamiento, pero otros comentaristas negaron que tal idea tuviera asidero. En contraposición a la tesis del "Jack reformista" se propugnó la que caracteriza al asesino como un criminal de índole sexual movido por la frustración producto de su insignificancia personal y atormentado ante la falta de desahogo natural de sus deseos, lo cual lo aleja del perfil inherente a un reformista social paranoico o de un religioso pervertido.

Pero la imaginación popular se aferró a la imagen de un criminal de religiosidad enfermiza sometido, a su vez, por irrefrenables fuerzas de la naturaleza.


Caso resuelto?

Uno de los misterios más grandes de todos los tiempos, un rompecabezas que desconcertó a investigadores por más de un siglo y que dio origen a películas e innumerables teorías, unas verosímiles y otras no tanto, habría sido resuelto en el año 2014. Según publicó el periódico inglés Daily Mail, la verdadera identidad de uno de los asesinos más famosos del mundo, responsable de al menos cinco crímenes en Whitechapel, habría sido finalmente revelada.

Un chal encontrado en el cuerpo de Catalina Eddowes, una de las víctimas, fue analizado y se encontró que contenía restos de la sangre, así como el ADN, del asesino.

El descubrimiento fue hecho luego de que el empresario Russell Edwards, de 48 años, comprara el chal en una subasta, y con la ayuda del Dr. Jari Louhelainen, un experto de renombre mundial en el análisis de la evidencia genética de escenas de crímenes históricos, realizaran el análisis.

El Dr. Louhelainen fue capaz de extraer el ADN después de 126 años, y a partir del material compararlo con el ADN de los descendientes de Eddowes y el sospechoso, comprobando una combinación perfecta con la del posible autor del crimen. El asesino podría ser un hombre llamado Aaron Kosminski, un peluquero medio judío oriundo de la localidad polaca de Kłodawa -por entonces correspondiente al Imperio Ruso- de 23 años de edad que vivía en Whitechapel por aquellos tiempos. 

La policía de Londres le tenía entre ceja y ceja como uno de los principales sospechosos, pero no consiguieron reunir las suficientes pruebas para inculparle definitivamente. La ciencia no estaba tan evolucionada como en la actualidad y, salvo por un testigo que le situó en el escenario de uno de los crímenes, Kosminski estaba limpio.

Sin embargo Scotland Yard seguía con la sospecha y le tuvo vigilado hasta que fue ingresado en un psiquiátrico. De hecho, según los documentos de la época, el sospechoso polaco era un “probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a masturbarse”. 

Cabe decir que, el tal Kosminski, ya fue uno de los principales sospechosos de aquellos tiempos, pero la falta de pruebas que le involucraran con los asesinatos le hizo quedar en libertad, aunque no por mucho tiempo, ya que tres años después de los 5 asesinatos de Jack el Destripador, en 1891, a Aaron Kosminski le encerraron en un manicomio hasta el día de su muerte en 1919, a los 53 años de edad, sin pisar una cárcel o ser juzgado por los crímenes que habría cometido.



Fuentes



domingo, 30 de agosto de 2015

El Águila que descendió: Cuauhtémoc

Cuauhtémoc
Cuauhtémoc, nombre que significa literalmente "Águila que descendió (se posó)". La forma honorífica de Cuāuhtémōc es Cuāuhtémōctzīn (el sufijo -tzīn se usa para designar una dignidad similar a "Don" o "Señor" en español).

Hijo de Ahuizotl y de Tlillalcápatl –hermana de Cuitláhuac y Moctezuma Xocoyotzin-, su fecha de nacimiento es incierta: hay quien dice que nació en 1495 y otros que en 1502. Nació en Tenochtitlan, pero parece que creció en Ichcateopan y fue educado en el Calmecac, quedó huérfano siendo todavía un niño y recibió una educación aristocrática, como correspondía a un miembro de la realeza: adquirió los conocimientos que lo preparaban para la vida adulta en un calmecac (centro con funciones de colegio y monasterio). Regresó a Tenochtitlan apenas unos años antes de la llegada de los españoles, y caballero águila, fue un jefe muy popular de Tlatelolco, donde también fue supremo sacerdote -Teotecuhtli y Tecuhtli- del culto de Huitzilopochtli. Fue nombrado emperador mexica al morir Cuitláhuac en marzo de 1521, víctima de la varicela contagiada por los peninsulares. Contrajo matrimonio con Tecuichpoch, una de las hijas del entonces emperador Moctezuma II de poco más de 10 años. Llamado por los españoles Guatimocín. Defendió tenazmente la ciudad de Tenochtitlán, capital del Imperio azteca, del asedio de las tropas españolas al mando de Hernán Cortés especialmente después de la matanza perpetrada en Tenochtitlán (el 23 de mayo de 1520) por el lugarteniente de Hernán Cortés, Pedro de Alvarado. La brutal acción del capitán español provocó la violenta reacción del pueblo azteca. Exasperados por la sumisión de Moctezuma II a los españoles, los indígenas apedrearon a su propio emperador, que murió poco después, y sitiaron a los españoles. Durante la estancia de los españoles en la capital azteca, Cuauhtémoc participó en defensa de su gente en la matanza del Templo Mayor y en la batalla de la «Noche Triste», la noche del 30 de junio al 1 de julio, cuando casi se derrota a los conquistadores. La caída de la ciudad y la captura y posterior ejecución de Cuauhtémoc puso fin a una de las más brillantes civilizaciones precolombinas. 

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) lo describió de la siguiente manera:
“de muy gentil disposición, así de cuerpo como de facciones, y la cara algo larga y alegre y los ojos más parecían que cuando miraba que eran con gravedad y halagüeños, y no había falta en ellos… y el color tiraba más a blanco que al color y matiz de esotros indios morenos.” 
Era resuelto y valiente, lo que lo había llevado a conquistar varias victorias en el terreno militar. Además, se había convertido en un estandarte de la más feroz oposición a los españoles, e incluso había criticado muy severamente a Moctezuma por su política de pacificación frente al avance invasor -de hecho hay alguna versión que lo señala como quien arrojó la piedra que hirió a Moctezuma-. Sin embargo, tuvo que enfrentar el intento de derrocamiento de uno de los hijos de Moctezuma, que pugnaba por tomar el mando para negociar una alianza con los españoles. Con esas prendas y sin ceremonial alguno, fue elegido rey en una situación extraordinariamente difícil para los mexicas.

Su tarea como emperador fue prácticamente una: la defensa de su patria de los invasores españoles y sus aliados. Organizó a su pueblo para emprender la resistencia frente a los conquistadores, además de buscar establecer alianzas con otros señoríos, a los que prometió no cobrar más tributo, en lo que fracasó, por lo que muy pronto los mexicas tuvieron que enfrentar con sus propias fuerzas a los españoles y a sus aliados que llegaron a reunir un ejército de más de ochenta mil hombres.

“Cuauhtémoc lucha a sabiendas de la derrota. En esta íntima y denodada aceptación de su pérdida radica el carácter trágico de su combate. Y el drama de esta conciencia que ve derrumbarse todo en torno suyo, y en primer término sus dioses, creadores de la grandeza de su pueblo, parece presidir nuestra historia entera”. 
Las fuerzas de Hernán Cortés sitiaron Tenochtitlan el 22 de mayo de 1521. Cortés contaba con sus propios hombres, armas, caballos, trece bergantines y los miles de soldados de los ejércitos indígenas aliados de Texcoco y de Tlaxcala. El sitio se desarrolló de manera planeada: En Chapultepec, Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid, tras fuerte batalla, rompieron el acueducto que surtía de agua a los mexica. Gonzalo de Sandoval fue a Ixtapalapa auxiliado por Cortés y sus bergantines, pero fueron atacados por los mexica cuando pasaban por el peñón de Tepopolco. Cortés desembarcó y tomó el peñón. Mientras tanto, unas quinientas canoas mexicas atacaron a los bergantines, pero la acción del viento las hizo chocar con las naves enemigas.

Ya aislado, Cuauhtémoc recibió a tres cautivos aztecas enviados por Cortés para negociar la paz y ofrecerle trato privilegiado para él y sus allegados. Después de escucharlos, acudió al Tlalocan para sujetarse a la voluntad de su gente: decidieron que era mejor morir antes que ser esclavos de los españoles. A partir de entonces ya no se pensó más en hacer tratos con los españoles; organizaron la defensa de la ciudad, mandaron sacar a los que no podían ayudar en la guerra y aprovisionarse de gran cantidad de víveres y armas; ordenaron que todo aquél que pudiera lanzar una piedra o una lanza y blandir una macana, fuera hombre, mujer o niño defendiera la Gran Tenochtitlán. Se cuenta que en alguna ocasión, Cuauhtémoc mando vestir a las mujeres con ropas militares y marchar al frente para hacer creer a los conquistadores que disponía de más guerreros que los que tenía realmente.

Un cronista atribuye a Cuauhtémoc estas extraordinarias palabras:
“Valerosos mexicanos: Ya veis cómo nuestros vasallos todos se han rebelado contra nosotros, ya tenemos por enemigos no solamente a los tlaxcaltecas y cholultecas y huexozincas, pero a los tezcucanos y chalcas y chuchimilcas tepenecas, los cuales todos nos han desamparado y dejado y se han ido y llegado a los españoles y vienen contra nosotros. Por lo cual os ruego que os acordéis del valeroso corazón y ánimo de los mexicanos chichimecas, nuestros antepasados, que siendo tan poca gente la que en esta tierra aportó, se atreviese a acometer y a entrar entre muchos millones de gentes y sujetó con su poderoso brazo todo este nuevo mundo y todas las naciones, no dejando costas ni provincias lejanas, que no corriesen y sujetasen, poniendo su vida y hacienda al tablero, por sólo aumentar y ensalzar su nombre y valor.”
Para evitar que los bergantines se acercaran a la ciudad, los mexica colocaron grandes estacas debajo del agua que bloquearon el avance de las naves y también hicieron zanjas en las calzadas para impedir el avance por tierra. Contra la costumbre indígena, Cuauhtémoc emprendió combates nocturnos que desconcertaron a los españoles. La lucha fue sin cuartel, pero mientras los indígenas eran muertos, los españoles eran hechos prisioneros para sacrificarlos. Poco a poco Cortés cerró el cerco y ordenó un ataque general, nuevamente fue rechazado y derrotado; además, le faltaron pólvora y municiones, pero casualmente llegó un barco a Veracruz que lo aprovisionó.

Al principio los mexica incineraban a sus muertos; después, la intensidad de la lucha les impidió hacerlo. Según las crónicas los muertos tapizaban el suelo y el olor era insoportable. Sin dejar de combatir los mexica se refugiaron en el último reducto indígena: Tlatelolco.

Cuenta Manuel Orozco y Berra:
“La defensa de la ciudad por los tenochca es un hecho asombroso digno de ponerse en parangón con la de Jerusalén, con la de Sagunto y de Numancia, con la de Zaragoza. Los guerreros, casi desnudos, con armas débiles, entregados a sus propias fuerzas, combatían contra hombres cubiertos de hierro, prevenidos del acero y del fuego, apoyados por un sin número de aliados. Casi siempre derrotados, volvían a la pelea sin faltarles nunca el ánimo, aunque convencidos de que les esperaba una muerte segura que preferían a perder la libertad. Acabados los mantenimientos, comieron las sabandijas del agua, los insectos del suelo, las yerbas, las hojas y las cortezas de los árboles, escarbaron la tierra para sacar las raíces. Los insepultos cadáveres colmaban los fosos, obstruían las calles, llenaban las casas; la corrupción envenenó el aire y la peste pavorosa sobrevino. Arrasados los edificios hasta los cimientos, luchaban sobre los escombros, refugiándose después a lo que en pie quedaba; vendidos por sus amigos, abandonados por sus aliados, puestos sus traidores súbditos en abierta insurrección, hicieron frente a todos, y además a los hombres blancos y barbados, a los dioses a quien el antiguo profeta daba el dominio de la tierra. Combatieron y combatieron sin tregua ni descanso, nadie habló de rendirse, no obstante haber sido solicitados frecuentemente por la paz; cayó la ciudad en poder del enemigo cuando no era más que ruinas; cuando los hombres estaban muy mermados y hambrientos, débiles, cansados ni tenían armas, y quedábales sólo el macuahuitl que con dificultad podían blandir; cuando el contagio hacía inútil todo esfuerzo, cuando estaban desamparados hasta de sus mentidos y cobardes dioses, pródigos en prometimientos, avaros a la hora de cumplirlos. Admira la defensa, asombra aquella tribu indómita, inspira respeto y entusiasmo la noble figura del rey Cuautémoc”.
Después de más de tres meses de sitio, los españoles lograron vencer la tenaz resistencia y arrasaron la ciudad; sus habitantes recibieron un trato cruel y sus suntuosos templos y palacios, símbolos de su civilización, fueron destruidos. Cuauhtémoc fue hecho prisionero el 13 de agosto de 1521, cuando intentaba huir hacia Texcoco. Vencido, el último emperador mexica fue llevado a la presencia de Cortés, quien le abrazó y ofreció asiento. Ahí, poniendo la mano en el puñal que el conquistador llevaba al cinto, le dijo: “Toma luego este puñal y mátame con él”. Este hecho fue descrito por el propio Hernán Cortés en su tercera carta de relación a Carlos I de España:
"…llegóse a mi y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir a aquel estado, que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase…"
Quería ser ofrendado a los dioses, la muerte digna de un guerrero prisionero para acompañar al sol, según la religión azteca. Contrariando sus deseos, Cortés no lo dejó completar su ciclo y Cuauhtémoc simplemente continuó apresado e incluso fue tratado con consideración, pero fue obligado a bautizarse con el nombre de Hernán de Alvarado en alusión a sus padrinos Cortés y Alvarado.

Rendición de Cuauhtémoc
Sin embargo, algunos españoles encabezados por el tesorero de la expedición Juan de Alderete, insatisfechos con el botín que les había tocado, con la aprobación de Cortés, torturaron a Cuauhtémoc y a Tetlepanquetzal, señor de Tlacopan, quemándoles pies y manos para que revelaran el lugar donde estaban sus tesoros. Al quejarse Tetlepanquetzal, Cuauhtémoc le dijo: “¿Estoy acaso en un deleite o un baño?” Después se le dio otra poética forma: “¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?”

El tesoro real o imaginado por los españoles nunca se encontró, no obstante haber buscado hasta en la profundidad de la laguna mediante buzos expertos. El oro para los aztecas no tenía el valor que le atribuían los europeos como para hacer grandes esfuerzos para atesorarlo.

Inválido por el suplicio, Cuauhtémoc fue dejado como señor de Tlaltelolco para auxiliar a los españoles en funciones judiciales y administrativas, particularmente en la recaudación de tributos.

Durante la expedición que Cortés emprendió a las Hibueras para combatir a Cristóbal de Olid, llevo consigo a Cuauhtémoc y otros señores. Al sospechar que éstos planeaban alguna conspiración, decidió darles muerte, por lo que los hizo ahorcar en un lugar llamado Izancanac el 28 de febrero de 1525.

Relata Bernal Díaz;
“Sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo. Antes que los ahorcasen, los frailes franciscos los fueron esforzando y encomendando a Dios con la lengua de doña Marina cuando le ahorcaban, dijo Guatemuz (a Cortés): ‘¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Dios te la demande, pues yo no me la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México.
Verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas que se me ofrecían, en especial darme algunos indios para traer yerba para mi caballo. Fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos.”
Con base en testimonios como el anterior, Eduardo Matos (La muerte de Cuauhtémoc: ¿Conspiración o pretexto?) concluye que ciertamente Cortés recelaba de los dirigentes indígenas; que tampoco se puede descartar que éstos tramaran una rebelión; que quienes los acusaron eran sus enemigos desde antes de la conquista; y que la denuncia de la conjura, real o inventada, era razón suficiente para descabezar cualquier alzamiento. Pero que el testimonio de Bernal Díaz y la premura con que Cortés nombró un nuevo gobernante de Tenochtitlan afín a los españoles, también pueden hacer pensar que la conjura sólo fue un pretexto para la ejecución.

Cuauhtémoc es uno de los personajes más reconocidos por los mexicanos como héroe nacional. En todos los rincones de México su nombre se usa en toponimia y onomástica, y su imaginada efigie aparece en monumentos, que hacen alusión a su coraje en la derrota, al pedir la muerte por el puñal de Cortés, o en el tormento, al reclamar estoicismo a sus compañeros de tortura. El 28 de febrero de cada año, la bandera mexicana ondea a media asta en todo el país, recordando la muerte del prócer. A partir del siglo XIX su figura fue usada con fines nacionalistas, teniendo máximo ejemplo en la inauguración del Monumento a Cuauhtémoc obra de Miguel Noreña durante la dictadura de Porfirio Díaz.




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Fuentes
https://es.wikipedia.org
http://www.biografiasyvidas.com
http://regeneracion.mx


30 de agosto de 1918 - En Moscú, antigua URSS, Lenin, Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, sufre un atentado. Una revolucionaria anarquista le dispara tres tiros, dos de los cuales lo hieren gravemente.

El 30 de agosto de 1918, Vladimir Lenin, líder del Partido Comunista de Rusia, fue gravemente herido por dos balas, pero sobrevivió. Había sido alcanzado por tres disparos con balas envenenadas al salir de la fábrica de Michelson, el 30 de agosto de 1918, donde hablaba a los obreros.


Desde el 7 de noviembre de 1917, Rusia era un país ocupado, donde reinaba el caos de la guerra civil. Después del golpe de Estado exitoso, Vladimir Ilich Ulianov, “Lenin”, inicia la construcción de un sistema dictatorial de gobierno, bajo el liderazgo de los cuadros del partido bolchevique. La oposición se suprime radicalmente.

Pero el entusiasmo se estaba enfriando. Además, reinó la guerra en Europa y parecía que los alemanes ganarían bien en el Este. El 9 de febrero de 1918, se firmó un tratado de paz entre Ucrania y Alemania. Ante el aumento de la presión sobre los bolcheviques, causando que Lev Davídovich Bronstein, más conocido como Lev Trotski o, en español, como León Trotski, como jefe de la delegación rusa, anunciara oficialmente la retirada del país de la guerra, e interrumpiendo las conversaciones de paz sin un acuerdo.

El Alto Mando del Ejército Alemán había ordenado que el ejército marchara hacia el este. El nuevo gobierno ruso, siendo inestable, tuvo que capitular y aceptar las demandas alemanas. El tratado de paz de 3 de marzo entre Rusia y el Imperio alemán, fue firmado por Lenin contra una enorme resistencia dentro del partido.

Los comunistas necesitaban paz externa, de modo que pudieran imponer internamente su revolución. El 17 de julio todos los miembros de la casa real, la familia del zar fue eliminada en Ekaterinburgo (Ver más)

Pero sólo seis semanas más tarde llegó el gran choque de la revolución. Lenin, el líder del Partido Comunista de Rusia, acababa de entrar en su coche después de una reunión con los trabajadores de una fábrica de armamentos. 

Lenin en 1918
A pesar de las heridas provocadas por los disparos en el atentado, Lenin sobrevivió aunque su salud se vio muy deteriorada, este atentado sería un factor fundamental para que seis años después en 1924, Lenin muriera. Sin duda, de no ser por la actuación de Fanya, Lenin hubiera vivido muchos años más y con él, el terror de su gobierno. Aún con la sacrificada acción de Fanya Kaplan, Lenin tenía bien atado y se guardaba en la manga su sucesión con dos candidatos forjados bajo su sombra; bien León Trostsky, el artífice de la matanza de Kronstad o bien, Stalin el atroz asesino del pueblo soviético. De principio a fin, la historia de la URSS está escrita con la sangre del pueblo ruso.

Aunque Kaplan lo negara, aparentemente el atentado no fue un hecho aislado, sino parte de un plan desatado por la reacción. Lenin no aceptó las recomendaciones de abstenerse de asistir a su encuentro con los trabajadores. Es el mismo día que otro eserista solitario ha asesinado a Moisei Uritsky el jefe de la cheka en Petrogrado. Los bolcheviques no se creen que sea una casualidad e interrogan a Kaplan buscando los responsables últimos de la conspiración. Pero no lo encuentran, Fanya Kaplan se reconoce eserista pero que detrás de ella no hay nadie. En su declaración horas después de haber atentado contra la vida de Lenin en 1918 dijo: 
"Mi nombre es Fanya Kaplán. Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Le considero un traidor a la Revolución. Estuve exiliada en Akatuy por participar en el intento de asesinato de un funcionario zarista en Kiev. Permanecí once años en régimen de trabajos forzados. Tras la Revolución fui liberada. Aprobé la Asamblea Constituyente y sigo apoyándola"

Fanya Kaplan, la anarquista que atento contra Lenin

Fanya Kaplan, hija de una familia de campesinos, había iniciado su actividad revolucionaria en grupos anarquistas y más tarde se afilió al PSR (Partido Social-Revolucionario), en 1906 participó en un atentado contra un funcionario del gobierno zarista y fue condenada de por vida a un campo de trabajo, en el que acabaría pasando once años hasta que la Revolución de Febrero de 1917 la liberó. 

Fanya Yefimovna Kaplan fue ejecutada el 3 de septiembre, tan solo cuatro días después de haber realizado el atentado. El 6 de septiembre se declara por vez primera el terror rojo y será contra los eseristas, los nuevos enemigos de la revolución. El decreto oficial que legitimó la represión en nombre de “la defensa de la revolución”, llevó al arresto y ejecución, sin juicio previo, de más de 800 opositores al régimen bolchevique y sería el preludio de la Gran Purga a finales de los años 30. 

Sirviera a los intereses que sirviera, la valiente voluntad de Fanya Kaplan demuestra cuán pronto viró la Revolución Rusa de ser una revolución, a ser un golpe de estado a los intereses de una oligarquía con ansias de poder, y nos demuestra también la imperiosa necesidad de usar todos los medios posibles para alejar a la revolución del cariz autoritario que estaba tomando

La historia de Fanya Kaplan es complicada, ella era un mujer de origen judío nacida en 1890 como Feiga Jaimova Roitman en la provincia ucrania de Zhytomir (Feiga en hebreo quiere decir pájaro). Cambió de nombre cuando sus padres marcharon a los EEUU y comenzaban sus primeros pasos revolucionarios, ligados a los anarquistas. Sus actividades sediciosas eran muy modestas llevar de un lado a otro bombas y literatura prohibida. La policía zarista la detiene con una bomba en Kiev, y es condenada a muerte en 1906 con los otros revolucionarios. Pero ella era muy joven, tan solo 16 años, y su pena es conmutada por la cadena perpetua.


Será en la cárcel donde trabe conocimiento con los socialistas revolucionarios, en particular con Mariya Spiridónova. Sus ideas cambiaran dejando el anarquismo y aproximándose a las de los eseristas. Más tarde, tras la revolución de febrero de 1917, Kaplan conseguiría el indulto. Pero sería una mujer que vagara sin rumbo y que solo se encontraba a gusto en compañía de sus camaradas de la cárcel.

También aprovechó el tiempo para recuperar prácticamente la vista que había estado a punto de perder, a pesar de lo que digan las reinterpretaciones revisionistas, que dicen que Kaplan era casi ciega y no pudo haber perpetrado el atentado contra Lenin.

En cualquier caso Kaplan siente que Lenin a traicionado a la revolución; se ha disuelto la asamblea constituyente dominada por los socialistas revolucionarios en favor de los soviets, dominados por los bolcheviques, se ha pactado la paz con los alemanes y siente que la guerra civil que asola al país es culpa suya. Y decide acabar con él.


Las dudas sobre la autoría del atentado

No hubo ningún testigo que haya visto realmente a Fanya Kaplan hacer los disparos. En 1906, había perdido por completo la vista, recuperándose parcialmente seis años más tarde. Pero era muy miope y, por tanto, inadecuada como asesina.

En el sitio del ataque a Lenin, fueron encontradas cuatro cápsulas de bala, a pesar de todos los testigos que escucharon tres disparos. También plantea la sospecha de que Fanya Kaplan ha confesado fácilmente su supuesta culpabilidad.

Un expediente médico del año 1922, cuando fue finalmente retirado la bala del hombro de Lenin. Seguramente, la bala no fue despedida de un revólver Browning, como la que la policía secreta habría encontrado en la bolsa de Fanya Kaplan y que afirmó se trataba del arma del crimen.

Por lo tanto, otro rumor se extendió desde entonces. El verdadero autor del atentado del 30 de agosto 1918 contra Lenin habría sido un hombre llamado Protopopov, jefe de una unidad de la Cheka -la organización predecesora del servicio secreto KGB- y estaría decepcionado con la revolución. Él también habría sido detenido en el lugar y ejecutado el mismo día. Kaplan estaría tratando, sin saber de su detención, de cubrirlo y habría "confesado" con el crimen.

De todos modos, el día 30 de agosto 1918 ofreció al líder de los bolcheviques pretexto oportuno para radicalizar aún más la caza de todos tus rivales. Entonces comenzó el "terror rojo". Las víctimas fueron principalmente miembros del Partido Revolucionario Social, que había obtenido en las elecciones un resultado mucho mejor que el Partido Comunista.

al anochecer del 21 de enero de 1924, Lenin falleció de un derrame cerebral. Por la noche se reunió el Pleno del Comité Central del Partido, y dirigió un llamamiento al pueblo:
"Ha muerto el hombre bajo cuya dirección combativa nuestro partido, envuelto en el humo de la pólvora, enarboló con mano recia la bandera roja de octubre en todo el país, barrió la resistencia de los enemigos y consolidó firmemente el dominio de los trabajadores en la Rusia zarista. Ha muerto el fundador de la Internacional Comunista (…) el amor y el orgullo del proletariado internacional, la bandera del Oriente oprimido, el dirigente de la clase obrera rusa".

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sábado, 29 de agosto de 2015

Las Guerras del opio

Primera Guerra del Opio

La Primera Guerra del Opio fue el conflicto que mantuvieron China y Gran Bretaña entre los años 1839 y 1842. El desencadenante del mismo fue la introducción en China de opio cultivado en la India y comercializado por la compañía británica de las Indias Orientales, administradora de la India.

Esta sustancia (una droga estupefaciente) constituía una importante fuente de ingresos para los británicos y servía para equilibrar su balanza de pagos con China al compensar el gasto de las ingentes cantidades de té chino que Gran Bretaña importaba.

La Guerra del Opio del 1839 al 1842 comenzó cuando el gobierno imperial de China confrontó barcos mercantes del extranjero, y exigió que entregaran su cargamento ilegal. En marzo de 1839, Lin Tse-hsü aceptó el cargo de comisionado en Cantón y en sólo dos meses tomó acción contra los comerciantes europeos y chinos y contra los burócratas imperiales corruptos. En poco tiempo, logró detener el tráfico de opio. Destruyó todas las tiendas existentes de opio y escribió una carta aconsejando a la reina Victoria de Inglaterra, informándole de las repercusiones del comercio inglés del opio y demandando su prohibición inmediata.

Lin Tse-hsü. Encargado de vigilar la prohibición del comercio de opio en China y organizador de la resistencia frente a los británicos tras la ruptura de las  hostilidades

Los chinos exigían que todo aquel que fuera acusado de crímenes en territorio chino tenían que ser juzgado por oficiales chinos. Ya que los británicos rehusaban someterse al dominio del Emperador, no se habían establecido relaciones comerciales formales entre ambos países. Los británicos, por su prepotencia y arrogancia, se rehusaban a entregarle al sistema legal chino a aquellos ingleses que cometieran algún delito en China, ya que entendían que ese sistema era vicioso y bárbaro.

Dado a que no recibió respuesta a su carta, el Emperador ordenó la confiscación de 20,000 barriles de opio, y detuvo algunos comerciantes extranjeros que trataron de burlar su interdicto. El superintendente de la flota naval británica, el capitán Elliot, le pidió al gobernador general de India cuantos barcos podía concederle. El capitán Elliot ordenó a esos barcos a ir a Hong Kong, en donde protegerían a los barcos mercantes que cargaran opio.


Los juncos de la Armada Imperial de China no pudieron contener la superioridad naval de la Armada Real Británica.

Las tropas chinas enviadas por el Emperador no tenían manera de ganarles a las tropas inglesas. La tecnología occidental era mucho más avanzada que la de ellos. Las guerras causaron muchas muertes y heridos para el pueblo chino. Los ejércitos ingleses dejaron un rastro de destrucción, sabotaje, abusos y violaciones en su ruta por la costa de China.

Negociaciones entre ambos gobiernos llevaron al Tratado de Bogue. El pacto falló cuando el gobierno chino rehusó pagarle al gobierno inglés por todo el opio perdido durante la guerra. Luego, los ingleses tomaron control de varias ciudades chinas incluyendo Amoy, Tinghai, Chunhai y Nigpo.

Después de la muerte de miles de chinos, la Primera Guerra del Opio acabó el 29 de agosto de 1842, con el Tratado de Nanking, el primer tratado en la historia moderna de China. El tratado obligaba a China al libre comercio -el del opio incluido- con Inglaterra, a pagar el equivalente a $15 millones a los comerciantes ingleses, más abrir cinco puertos para el libre comercio inglés y ceder el territorio de Hong Kong durante 150 años. Fue devuelta a China en 1998.

Esta derrota fue la más humillante jamás sufrida por China, considerada por ellos como “humillaciones nacionales”. En la historia europea, se puede considerar como el evento más sórdido y vicioso, solamente opacado por los excesos de los militaristas japoneses en Manchuria y de los nazis en la Unión Soviética y el Este de Europa. 

Este conflicto y su resolución a favor de la potencia imperialista británica facilitó la irrupción en el escenario de otras potencias como Estados Unidos, Francia y Rusia que forzaron a China a firmar diversos convenios que han recibido la denominación de “Tratados Desiguales”. Como consecuencia de ellos, en 1860 China se vio apremiada a abrir otros once puertos al comercio exterior con el correspondiente menoscabo de su soberanía. 

La impotencia china para conservar su independencia frente a las potencias imperialistas se acentuó aún más tras la derrota frente a Japón (1894-1895), que le costó importantes pérdidas territoriales, así como a raíz de la sublevación de los bóxers en 1900.

Luego de la primera Guerra del Opio la situación entre Inglaterra y China se había calmado, pero ahora eran otros países occidentales quienes tenían los ojos puestos sobre china para expandir sus mercados, países como Francia, EE.UU y Rusia que durante estos años habían crecido considerablemente. Inglaterra le pidió al gobierno chino renegociar el tratado de Nanking para obtener más beneficios, la dinastía Qing se niega a renegociarlo pero sabe que no puede verse involucrado en una guerra con ningún país, puesto que pasa una difícil situación interna con la rebelión Taiping.


Segunda Guerra del Opio

La Segunda Guerra del Opio empezó y terminó en 1856. La disputa se relacionaba con demandas hechas por los ingleses de que los mercados de opio se expandieran más allá de las zonas costeras. Los chinos fueron derrotados nuevamente y los británicos impusieron sus condiciones de tráfico irrestricto de las mercancías inglesas, entre las cuales, naturalmente, se destacaba el opio.

En el 1858, por el Tratado de Tietsin, la importación de opio a China fue formalmente legalizada. Muy pronto, después de esto, el opio llegaba en cantidades descomunales.

Se estima que para finales del siglo XIX más de un cuarto de la población de hombres adultos en China estaban adictos al opio.


Inglaterra necesitaba un motivo para iniciar la guerra contra china y este motivo lo encontró en el incidente del Arrow. El Arrow era un barco comerciante chino que había sido registrado en Hong Kong (territorio británico) y que al llegar a puerto chino fue confiscado y los tripulantes tomados presos acusados de piratería y contrabando. Al saber esto los ingleses exigieron la liberación de los tripulantes aduciendo que según el tratado de Nanking los barcos que pasen por Hong Kong estaban protegidos. Los ingleses, al darse cuenta que su argumento era poco convincente, cambiaron su versión de los hechos: ahora decían que un barco con bandera inglesa había sido atacado y confiscado insultando la bandera británica. La respuesta Inglesa tardo en llegar porque estaban en plena rebelión de su joya más preciada: La India

La respuesta británica al incidente del Arrow llego a fines de 1857 cuando una flota inglesa atacó Guangzhou desde el rio de la Perlas. Los británicos encontraron nula resistencia del ejército chino al atacar los fuertes aledaños a la ciudad y luego al atacar Guangzhou. Luego de la victoria en Guangzhou, Inglaterra invita a otras potencias occidentales como EE.UU, Francia y Rusia a participar en la guerra contra China y sacar provecho de esta, Francia justificó su participación por la ejecución del misionario francés Padre Auguste Chapdelaine a manos de los chinos y Rusia aludiendo que quería re-establecer su frontera con este país. Los británicos y los franceses unieron fuerzas al mando del Almirante Michael Seymour. Luego de tomar la ciudad de Guangzhou en 1857, el gobernador de esa localidad Bo-Gui se rinde, pero los invasores deciden mantenerlo en el cargo para garantizar para mantener el orden en esa ciudad. Luego de este ataque las fuerzas se dirigieron por mar hacia el norte para ataca los fuertes de Taku cerca de Tianjin.


Tratado de Tianjin


En mayo de 1858 las fuerzas occidentales ya habían atacado y tomado posesión de los fuertes de Taku, por esto el gobierno Chino se vio obligado a firmar dos tratados desiguales el primero el tratado de Tianjin con el que termino la primera parte de la segunda guerra del opio, en este tratado tomaron parte EE.UU, Francia, Rusia e Inglaterra y se puede resumir en:
  • El Reino Unido, Francia, Rusia y los Estados Unidos tendrían el derecho de establecer legaciones diplomáticas (pequeñas embajadas) en Pekín, una ciudad cerrada en aquel tiempo, el emperador decidio poner las embajadas en Pekin para mantenerlas vigiladas todo el tiempo.
  • Diez nuevos puertos serían abiertos al comercio internacional, incluyendo Niuzhuang, Danshui, Hankou y Nanking.
  • El derecho de todos los buques extranjeros incluyendo barcos comerciales a navegar libremente por el río Yangzi.
  • El derecho a los extranjeros de viajar a regiones internas de China, lo cual antes estaba restringido.
  • China debería pagar una indemnización al Reino Unido y Francia de 2 millones de teals de plata respectivamente.
  • China debería pagar una compensación a los comerciantes británicos de 2 millones de teals de plata por la destrucción de sus propiedades.
Y fue en el segundo tratado, el Tratado de Aigun, entre China y Rusia, donde Rusia ganó la orilla izquierda del río Amur. El tratado también le dio control sobre el área costera del océano Pacífico que no se congelaba, donde la ciudad de Vladivostok fue fundada en 1860.

En 1859 China se Rehusó al establecimiento de embajadas occidentales en Pekín como lo establecía el tratado de Tianjin, la respuesta británica no tardó en llegar con un ataque a cargo del Almirante Sir James Hope, quien bombardeó los fuertes ubicados en la boca del río Hari He. En 1860, una fuerza anglo-francesa se reunió en Hong Kong y luego llevó a cabo un desembarco en Pei Tang y el 21 de agosto un exitoso ataque a los fuertes de Taku.

El 26 de septiembre la fuerza Anglo-Francesa llegó a Pekín, ubicada al interior de Beijing, y el 6 de octubre toma posesión de la ciudad prohibida. el emperador Xianfeng escapó al Palacio de Verano de Chengde. Las tropas anglo-francesas incendiaron el Palacio de Verano de Pekín y el Yuanming Yuan (viejo palacio de verano) después de varios días de saquearlos. Luego de estos las fuerzas anglo-francesas se trasladaron a las afueras de Pekín.


Convención de Pekin

Durante la toma de Pekín el hermano del emperador, el príncipe Gong, realizo la convención de Pekín el 18 de octubre de 1860 con el cual se puso fin a la segunda guerra del Opio. Los términos del tratado se pueden resumir en:
  • El reconocimiento de China sobre la validez del Tratado de Tianjin.
  • Apertura de Tianjin como un puerto comercial.
  • Cesión del Distrito Nº 1 de Kowloon (al sur de la actual Boundary Street) al Reino Unido.
  • Autorización a los barcos británicos de llevar a los chinos heridos a América.
  • Indemnización al Reino Unido y Francia por 8 millones de teals de plata a cada uno.
  • Legalización del comercio de opio.




Fuentes
https://es.wikipedia.org/

viernes, 28 de agosto de 2015

La independencia de Uruguay

En agosto de 1825 los orientales se declararon independientes de Brasil y unidos a las provincias argentinas. Pocos meses después, el gobierno argentino reconoció la incorporación de la Provincia Oriental y eso provocó que Brasil le declarase la guerra.

El conflicto entre los dos países se prolongó por tres años y dificultó el comercio de la región. Esto le generaba muchos problemas a Gran Bretaña, que no solo no podía comprar materias primas sino que no podía vender productos en el Río de la Plata ni en las zonas vecinas, a las que accedía por la cuenca platense. Por ese motivo, los diplomáticos británicos mediaron entre Brasil y Argentina para solucionar el conflicto. 

Tanto las Provincias Unidas como Brasil buscaban quitarle al otro el control sobre la Provincia Oriental, en especial sobre el puerto de Montevideo. Fue la mediación británica la que propuso la opción de la independencia del Estado oriental, de modo que no quedara en poder de ninguno de los dos. Sobre esta condición se realizaron las reuniones para definir las condiciones de la paz.

En agosto de 1828 se reunieron delegados de los gobiernos de Brasil y las Provincias Unidas. No hubo delegados orientales; en cambio sí participaron algunos diplomáticos ingleses. Discutieron acerca de cómo se realizaría la declaración de independencia. Se resolvió que lo hicieran por igual el emperador de Brasil y el gobierno de las Provincias Unidas.

También se discutió si la independencia sería definitiva o temporaria. La propuesta fue que hubiera una especie de período de prueba hasta 1835, en el que los vecinos podrían auxiliar al nuevo Estado si estallaba la guerra civil. Por último, la Convención establecía que Brasil y las Provincias Unidas debían aprobar la Constitución del nuevo Estado antes de que se ratificara.

Aunque los uruguayos festejan el 25 de agosto como el día de la independencia del Uruguay, muchos historiadores no comparten dicha fecha. Consideran que las leyes del 25 de agosto de 1825 no plantean la independencia del país. Si bien una de esas leyes, la llamada “ley de independencia”, se refiere a la independencia de “la Provincia Oriental”, es con respecto al país que estaba dominando esta provincia (Brasil), pero con la intención de que la provincia pase a ser parte de otro país: las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Así lo establece claramente el texto de la “ley de unión”: “...Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre”. A fines de ese año el Congreso Constituyente reunido en Buenos Aires acepta la “reincorporación de la provincia”; y Juan Antonio Lavalleja dice “ya estamos incorporados a la gran Nación Argentina”. ¿Cuándo se independiza Uruguay? Si buscamos una fecha determinada podría el 27 de agosto de 1828. Ese día se firmó la Convención Preliminar de Paz entre Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata en la cual ambos países terminaban la guerra que tenían por la Provincia Oriental renunciando a poseer su territorio. La propuesta de que la Provincia Oriental no quedase en poder de ninguno de los dos países, y por lo tanto no se cumplía el deseo de las leyes del 25 de agosto de ser parte de la “Nación Argentina”, provino del inglés John Ponsomby. Aceptar esto es como decir que la independencia de Uruguay es un regalo que hicieron los países vecinos o que el Uruguay es un invento inglés, lo que es chocante para aquellos que buscan afirmar el nacionalismo y la identidad de los uruguayos.

En el siglo XX al plantearse festejar el centenario del Uruguay los legisladores blancos intentaron celebrarlo en 1925 centenario de 1825 porque 1825 fue año donde se habían destacado las figuras de los que años después serían caudillos blancos, Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe. Los legisladores colorados propusieron el año 1930, año en que comienza la primera presidencia, y el primer presidente fue Fructuoso Rivera, fundador del Partido Colorado. De esta manera se sumaba una nueva fecha a la polémica: el año 1830, año en que entró en vigencia la primera constitución del Uruguay y se designa al primer presidente. El argumento era que un país no es totalmente independiente hasta que tiene su propia forma de gobierno. Como no se llegó a un acuerdo, el centenario se festejó en los dos años.


La revolución de 1825

En el orden internacional hay dos hechos que van a estimular y favorecer la revolución de 1825. Por un lado se produce la derrota final de las últimas fuerzas españolas que aún permanecían en Sudamérica, en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824). Se aseguraba así el fin del dominio español, ya que era impensable la posibilidad de una reconquista hispánica sobre sus ex-colonias, sobretodo porque era claro que Inglaterra no estaba interesada en que eso ocurriera. Por lo tanto España ya no podría reclamar ningún derecho sobre el territorio de la Provincia Oriental y los orientales debían decidir si seguían perteneciendo a Brasil o si cambiaban esa situación.

El otro hecho significativo tenía que ver con la organización de las Provincias del Río de la Plata. Tras varios años de desorden y luchas entre las provincias, en diciembre de 1824 se instaló en Buenos Aires el Congreso Constituyente con el objetivo de redactar una constitución y crear un gobierno para todas las provincias que habían sido parte del Virreinato del Río de la Plata. El Congreso Constituyente aprobó en enero de 1825 una Ley Fundamental que establecía que el Congreso se encargaría de los problemas de interés común a todas las provincias y se encomendaba provisoriamente al gobernador de Buenos Aires el Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas (hasta que se aprobara la constitución definitiva).

Este acontecimiento tenía consecuencias sobre la situación de la Provincia Oriental. La dominación portuguesa y brasileña sobre la provincia había sido posible por la desunión de las provincias del Río de la Plata, pero estas nunca habían creído que aquel dominio fuera definitivo y esperaban ver a la Provincia Oriental de vuelta a su seno. Alejado Artigas de la zona, Buenos Aires ya no veía a los orientales como un peligro y las provincias del litoral seguían viendo a la provincia oriental como otra de ellas. Además la presencia brasileña en el Río de la Plata se veía como un peligro.

Los exiliados orientales que estaban en Buenos Aires se reunían en el comercio de Luis Ceferino de la Torre o en los saladeros de Pedro Trápani preparando la insurrección. Entre otros asistían a esas reuniones Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Manuel Lavalleja, Pedro Trápani, Simón del Pino, Pablo Zufriateguy, Atanasio Sierra y Manuel Freyre.

Los revolucionarios hicieron dos tipos de gestiones: unas en Buenos Aires para obtener armas y dinero; otras en la Provincia Oriental para obtener gente que apoyara el movimiento asegurándose una participación masiva en la insurrección armada.

En Buenos Aires hubo apoyo de la población; el gobierno no se comprometía públicamente para evitar una guerra prematura con Brasil, pero permitió las reuniones “secretas” y aportó dinero.

En la Provincia Oriental se obtuvo el apoyo de pequeños caudillos que se comprometieron a proporcionar caballos y conseguir gente para la lucha. Pero fracasó el intento de obtener la adhesión del caudillo principal en la campaña: Fructuoso Rivera, quien ocupaba un puesto de importancia dentro del gobierno brasileño en la Provincia Oriental.

En abril de 1825, completados todos los preparativos, se inició la Cruzada, cuya jefatura correspondió a Juan Antonio Lavalleja. Se cruzó el Río de Uruguay desde Buenos Aires en dos etapas y finalmente el día 19 de abril desembarcaron en una zona conocida como La Agraciada, en el actual departamento de Soriano. Luego de desembarcar, Lavalleja con el resto del grupo, pronunció el célebre juramento de liberar la Patria o morir en el intento, enarbolando la bandera tricolor, con la leyenda central de “Libertad o Muerte”. El grupo que desembarcó era pequeño, 33 hombres de acuerdo a la tradición; pero en territorio oriental se fueron sumando más. Diez días después del desembarco, en las cercanías del arroyo Monzón, se incorporó Rivera a las fuerzas revolucionarias.

óleo "Juramento de los 33 Orientales", de Juan Manuel Blanes
Desde el desembarco y hasta mediados de junio de 1825, los territorios liberados fueron gobernados “de facto” por el principal jefe militar, Juan Antonio Lavalleja. Este tuvo que resolver los problemas que necesitaban urgente tratamiento y darle una mínima organización al territorio, por ejemplo crear una comisión de hacienda, una receptoría de aduanas y una comisión encargada de hacer gestiones en Buenos Aires para recibir ayuda.

En el mes de mayo Lavalleja envió una comunicación a los cabildos de las principales ciudades de la provincia ordenando que se eligiera un delegado para formar un Gobierno Provisorio.

Se eligieron delegados por seis departamentos: Colonia, Maldonado, Canelones, San José, Soriano y Durazno. El 14 de junio quedó instalado el Gobierno Provisorio en la ciudad de Florida, siendo presidido por Manuel Calleros. Entre las primeras medidas que tomo este gobierno, se destaca la convocatoria a elecciones para formar una sala de Representantes que actuaría como poder legislativo.

Se realizaron las elecciones y el 20 de agosto comenzó a funcionar la Sala de Representantes que se mantuvo hasta que fue disuelta por Lavalleja en octubre de 1827. 


Las leyes del 25 de agosto

A iniciativa de Carlos Anaya la Sala de Representantes decidió anular la incorporación de la Provincia Oriental a Brasil. En la sesión del día 25 de agosto de 1825 se aprobaron tres leyes que eran fundamentales por que establecían la decisión de los orientales sobre qué estado integrarían en el futuro.
Declaración de la independencia. óleo del pintor uruguayo Eduardo Amézaga.
  • La ley de independencia: consta de dos partes. En la primera parte la Sala de Representantes declara la nulidad de todos aquellos actos por los cuales los gobiernos anteriores de la provincia habían aceptado, bajo el uso de la fuerza, incorporarse a otros estados. En la segunda parte declara que la Provincia Oriental reasume sus derechos y libertades y se declara “de hecho y de derecho” libre e independiente de Portugal, Brasil o cualquier otro poder. De esta manera se anulaba la incorporación de la Provincia realizada por el Congreso Cisplatino en 1821.
  • La ley de unión: establece que la Sala de Representantes, representando la voluntad de los orientales, declara la unión de la Provincia Oriental a las Provincias unidas del Río de la Plata, o sea que la Provincia Oriental quiere ser parte de aquellas.
  • La ley de pabellón: establece el uso de la bandera tricolor usada por los 33 al desembarcar (y que retomaba los colores de las banderas artiguistas) hasta que se admitiera a la provincia dentro de las Provincias Unidas, pasando entonces a usar la bandera de estas.


Las Provincias Unidas del Río de la plata se enfrentan a Brasil

El gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata había prestado ayuda al movimiento revolucionario en forma indirecta. Los triunfos orientales en Rincón y Sarandí y la ley de unión votada por la Sala de Representantes, decidieron al Congreso de las Provincias Unidas a considerar a la Provincia Oriental como una de ellas. Esto se hizo a través de la llamada “ley de reincorporación” aprobada el 24 de octubre de 1825, que reconocía a esta provincia como integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Al hacerlo desconocía la autoridad que Brasil decía tener sobre la Provincia Oriental; era, de hecho, la declaración de guerra a Brasil. Este, que ya había protestado reiteradamente ante Buenos Aires acusándolo de favorecer a los rebeldes orientales, declaró la guerra el 10 de diciembre. Esto no tomó de sorpresa a las Provincias Unidas que desde mayo había comenzado a reforzar los ejércitos sobre el Río Uruguay.

En enero de 1826 las fuerzas de las Provincias Unidas ingresaron a territorio oriental y los hombres dirigidos por Lavalleja se unieron a ellas. A partir de este momento la guerra ya no era entre los rebeldes orientales y el Brasil sino entre este y las Provincias Unidas del Río de la Plata

A partir de la batalla de Ituzaingó, el gobierno de Brasil, temeroso de una invasión más profunda a su territorio y con graves problemas internos para resolver, se mostró más dispuesto a negociar. 


Gestiones de paz

El presidente Bernardino Rivadavia envió a Manuel José García a Río de Janeiro con instrucciones que indicaban que debía llegarse a la paz sobre la base del reconocimiento de los derechos argentinos sobre la Banda Oriental, o bien de la independencia de la misma. García firmó un tratado que luego sería conocido como "el tratado deshonroso", ya que en él la Argentina aceptaba que Brasil ocupara nuevamente las Misiones Orientales y la totalidad de la Provincia Oriental reconociéndolas bajo soberanía del Imperio; también se comprometía a desarmar la isla Martín García, y a pagarle al Brasil una indemnización en metálico por cada presa que hubiesen hecho los buques corsarios de su servicio, a cuyos actos se los calificaba de «piratería».

A su regreso a Buenos Aires, el 20 de junio, García presentó la Convención al Presidente y al Congreso. La opinión pública reaccionó indignada, se publicaron en los periódicos artículos muy violentos contra el gobierno, y la ciudad se cubrió de panfletos ofensivos contra García, Rivadavia y Ponsonby. Presionado de este modo Rivadavia, se presentó ante el Congreso con un virulento discurso exigiendo el rechazo del tratado:
"Un argentino debe perecer mil veces con gloria antes de comprar su existencia con el sacrificio de su dignidad y de su honra".
Finalmente la Convención fue rechazada, pero igualmente Rivadavia sufrió el costo político del pacto, renunciando el 26 de junio, siendo sucedido por el federal bonaerense Manuel Dorrego, quien asumió el 13 de agosto de 1827. Desde el principio, éste declaró que estaba dispuesto a continuar la guerra, por lo que la conflagración prosiguió.

Estos cambios en territorio argentino repercutieron en la Provincia Oriental. La caída del unitarismo fortaleció a Lavalleja, tanto en lo militar como en lo político, asumiendo la totalidad del poder al disolver a la Sala de Representantes de tendencia unitaria.

Juan Antonio Lavalleja
El fortalecimiento de Lavalleja tiene una enorme importancia porque va a gravitar sobre las negociaciones de paz. Influido por Pedro Trápani, quien a su vez estaba muy vinculado a Lord Ponsomby, Lavalleja fue analizando la posibilidad de la independencia de la Provincia Oriental. Trápani a través de una intensa correspondencia, aconsejaba a Lavalleja que esa era la mejor solución. No se sabe hasta donde la idea fue concebida por Trápani y hasta donde fue realmente Lord Ponsomby el inspirador. Este en la correspondencia mantenida con Canning se volcaba a favor de la independencia como forma de terminar con el conflicto.

En una de esas cartas, Lord Ponsomby expresaba:
“... La Banda Oriental contiene la llave del Plata; su población está animada por un fuerte sentimiento nacional; le desagradan los brasileños y los de Buenos Aires por igual... Los orientales están tan poco dispuestos a permitir que Buenos Aires tenga dominio sobre ellos, como a someterse a la soberanía del emperador de Brasil...”
A fines de 1827 el emperador de Brasil, presionado por los problemas internos (movimientos separatistas), decidió negociar sobre nuevas bases, aceptando como solución la independencia de la Provincia Oriental, siempre que se le asegurara que en el futuro no se uniría a las Provincias Unidas.

Robert Gordon, el embajador inglés en Río de Janeiro notificó de esta vuelta de tuerca a Lord Ponsomby y envió a su secretario, Fraser, para que se entrevistara con Lavalleja, para ver cuál era la opinión de este. Por su parte Trápani, enterado por Lord Ponsomby de la aceptación de Brasil de la independencia oriental, también se entrevistó con Lavalleja para convencerlo que esa era la mejor solución. Trápani aconsejó a Lavalleja que mantuviera el orden dentro de la provincia demostrando capacidad para gobernarse y no iniciar nuevas operaciones militares. Lavalleja dio su conformidad.

Fructuoso Rivera

Sin embargo se iniciaron nuevas operaciones militares sin el consentimiento de Lavalleja. Fructuoso Rivera, que se encontraba en territorio argentino, había presentado ante Dorrego un plan para invadir las Misiones y el sur de Rio Grande y crear un nuevo frente de lucha. Dorrego aceptó el plan. Rivera, que pidió la aprobación de Lavalleja para hacer la invasión y no la obtuvo, decidió actuar por su cuenta. En abril de 1828 invadió las Misiones que quedaron en su poder.

El éxito de la campaña de las Misiones alarmó al emperador brasileño que aceleró las gestiones para llegar a un acuerdo. Pero ahora era Dorrego, designado por las provincias argentinas para que manejara sus relaciones exteriores, quien no estaba dispuesto a aceptar la independencia oriental. Procuró sacar ventaja del triunfo de Rivera en las Misiones y continuar la guerra contra Brasil. Tanto el cómo los jefes federales consideraban que la Provincia Oriental debía ser parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata y no un país independiente (la vieja idea de “la patria grande”).

Pero las gestiones inglesas ya estaban encaminadas hacia la independencia de la P. Oriental y Dorrego necesitaba dinero (el gobierno de Rivadavia había dejado graves problemas financieros) y los préstamos venían de Inglaterra. Presionado por la situación económica y en una posición política que aún no era estable (el apoyo de las provincias era relativo), Dorrego aceptó enviar una delegación a Río de Janeiro para llegar a un acuerdo de paz.


La Convención Preliminar de Paz

Las negociaciones definitivas se realizaron en el mes de agosto de 1828 en Río de Janeiro. Representaron a las provincias argentinas Juan Ramón Balcarce y Tomás Guido, y al gobierno de Brasil el Marqués de Aracaty, Jose Clemente Pereira y Joaquín Olivera. Se realizaron siete sesiones y el 28 de agosto de 1828 se firmó la Convención Preliminar de Paz. Lord Ponsomby no participó directamente de las reuniones pero se había trasladado a Rio para seguir de cerca lo que acontecía en ellas. Aunque no aparecían como firmantes ni garantes, los ingleses estaban “presentes” en la convención de paz. La solución que se daba al conflicto era la que Lord Ponsomby había sugerido: la independencia de la Provincia Oriental creándose un nuevo estado.

Los dos primeros artículos establecían que las P. Unidas y Brasil acordaban declarar a la llamada Provincia Cisplatina o de Montevideo como estado libre e independiente. Los delegados argentinos habían propuesto una independencia temporal, por cinco años, pero esto no fue aceptado por los brasileños.

El artículo 7º estableció que en el nuevo estado se convocaría una Asamblea Constituyente para redactar una Constitución política de la Provincia y ésta, antes de ser jurada, sería examinada por Comisarios de los dos Gobiernos contratantes para el único fin de ver si ella contenía algún artículo que se opusiera a la seguridad de los respectivos Estados.

Se discutió la forma de redactar el texto. Cada una de las partes quería un texto que indicara un derecho anterior exclusivo sobre el territorio de la P. Oriental, y que renunciaba a ese derecho. Se llegó a un acuerdo y se redactaron dos artículos con la misma fórmula, uno para Brasil y otro para las P. Unidas.

Si bien se establecía que el nuevo estado era libre e independiente, se le limitaba en su poder de decisión porque Brasil y las P. Unidas tenían derecho de intervenir en él hasta cinco años después de que entrara en vigencia la constitución.

Se establecía también el abandono del territorio de las Misiones por los ejércitos que las ocupaban.

Finalmente se establecía la libre navegación del Río de la Plata y sus afluentes por el término de 15 años.

La Convención dejaba algunos problemas sin resolver y contenía artículos que podían ser perjudiciales para los orientales:

  1. Era una “convención preliminar”, por lo tanto los firmantes iban a realizar más adelante una definitiva (que nunca se hizo). Por esa razón se dejaban muchas cosas sin resolver (como los límites del nuevo estado) para tratarlos en esa convención final. 
  2. No se establecían los límites del nuevo estado que se creaba; por lo tanto este no tenía una definición concreta de su territorio y debía resolverlo con sus poderosos vecinos, los mismos que “le daban” la independencia.
  3. Se consagraba el derecho a intervenir en los asuntos internos del nuevo país a los dos países firmantes de la convención.
  4. No existía ninguna mención a la voluntad de los orientales. La independencia de la Provincia Oriental aparecía como “un regalo” de Brasil y Argentina.

Las Provincias Unidas y Brasil obtenían la tregua necesaria para enfrentar sus problemas internos y recuperarse. No quedaban plenamente satisfechos porque perdían un territorio, pero los convencía el hecho de que el otro tampoco lo ganara y mantenía la esperanza de recuperarlo en el futuro.

Inglaterra como potencia mediadora obtuvo un éxito completo sin comprometerse oficialmente ya que no aparecía en la convención. Obtenía la paz necesaria para la normalización del comercio.

Pero, además, la creación de un nuevo estado en el Río de la Plata contemplaba los planes ingleses de “política de equilibrio”. Al no quedarse Argentina, ni Brasil, con el territorio oriental, se obtenía un equilibrio entre ambos, y el nuevo país, en medio de los dos grandes, actuaba como “estado tapón”.

Si la Provincia Oriental hubiera pasado a ser parte de las Provincias Unidas, como querían quienes redactaron las leyes del 25 de agosto de 1825, el Río de la Plata pasaba a ser un río interior quedando en manos del gobierno argentino la reglamentación de su tránsito. Al crearse un nuevo estado, el rio quedaba entre ambos y podía ser considerado un río internacional y por lo tanto de libre navegación como quería Inglaterra.

Además la creación de un pequeño estado entre dos vecinos poderosos que aspiraban a su territorio, volcaría a ese pequeño estado a buscar apoyo en otro país, y ese país bien podía ser Inglaterra, que podía tener un importante aliado en esta región de Sudamérica (y sobretodo un puerto como el de Montevideo para resguardar sus barcos y abastecerse).

El proceso de independencia del Uruguay culmina en 1830 con la puesta en práctica de la primera constitución y la primera presidencia: la de Fructuoso Rivera.



Fuentes